A los accionistas o al público: ¿a quiénes deben complacer las empresas?

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Ilustración: Oswaldo Dumont.

Algunas empresas se rigen por la regla fundamentalista del capitalismo a secas. Otras, sin embargo, practican comportamientos más favorables a la sociedad y los consumidores

Henry Gómez Samper / Enero-marzo 2017


La votación a favor del presidente Donald Trump en Estados Unidos, y en Gran Bretaña por el Brexit, son frutos del descontento social que recorre los países industrializados. Una fuente de descontento del público, atribuida por algunos a la globalización de la economía, es la creciente consolidación de las empresas y su afán por generar beneficios que favorezcan a sus accionistas. Los próximos meses dirán si esta corriente se extiende por otros países y regiones del mundo. Las empresas deberán elegir a quién deben complacer: ¿a sus accionistas o al público que consume los productos y servicios que ofrecen al mercado?

Algunos dirán que el propósito de toda empresa es generar beneficios, pero la realidad es otra. Es cierto que algunas empresas se rigen por la regla fundamentalista del capitalismo a secas. Otras, sin embargo, practican comportamientos más favorables a la sociedad y los consumidores.

Un ejemplo extremo fue la decisión de la farmacéutica canadiense Valeant, en 2016, de aumentar súbitamente el precio de ciertos medicamentos para los que tenía alta demanda. La medida repercutió en una protesta del público, tan fuerte que la empresa debió echar para atrás y volver a los precios de antes. Hoy, la sociedad rechaza el capitalismo a secas.

La mayoría de las empresas busca cultivar una buena imagen frente al público: auspician políticas de responsabilidad social y ambiental, y esperan que el retorno de sus inversiones se logre a mediano o largo plazo. Aunque, a decir verdad, el afán de las empresas listadas en las bolsas de valores por complacer a sus accionistas las impulsa a maximizar beneficios.

Muchas empresas toman en serio la responsabilidad social: a menudo son empresas familiares, como el caso de Empresas Polar en Venezuela: desde su inicio ha apoyado diversas obras sociales y, a la vez, busca promover el bienestar de sus empleados. Un caso insólito es el de la multinacional Unilever, cuyo presidente afirma que la misión de la empresa es reducir la pobreza en las decenas de países donde opera. ¡Sus altísimos beneficios durante los últimos años han llevado a que pueda darse el lujo de asumir semejante reto!

Hay también quienes sostienen que la competencia en los negocios es hoy más dura que nunca. Señalan la desaparición de grandes empresas como Kodak o Westinghouse, el desplazamiento de grandes y pequeñas librerías por parte de Amazon o, en otro plano, la creciente competencia en las grandes ciudades que representa Uber para los taxistas tradicionales, o la de Airbnb para los hoteles. Sin embargo, la tendencia que más se destaca entre las empresas es la consolidación: a partir de 2008, el aumento de fusiones y adquisiciones en Estados Unidos alcanza no menos del tres por ciento del producto nacional bruto (The Economist, 17 de diciembre de 2016). Un ejemplo por demás visible en Latinoamérica es la consolidación de líneas aéreas como Avianca, Copa y Latam, que cubren todo el continente, o la adquisición por una sola empresa de numerosos alimentos producidos por Kraft y Heinz.

La consolidación de las empresas las hace más eficientes: les permite reducir el número de empleados o mudar sus fábricas a los países donde logren operar a menor costo. Es lo que ha ocurrido en los estados del llamado «cinturón de óxido» en el medio-oeste de Estados Unidos, donde la migración de fábricas a México y China dejó sin empleos a cientos de miles de trabajadores. Igual pasó en Inglaterra y otros países de Europa.

Hasta los consumidores que aprovecharon sus vacaciones de año nuevo para viajar a Nueva York, París o Madrid, y visitaron grandes tiendas como Macy’s, Le Bon Marché o El Corte Inglés, constataron el cambio que ha venido ocurriendo: estas tiendas ya no tienen los departamentos de antes, cuyos surtidos de productos eran seleccionados por la misma tienda con miras a satisfacer sus propios clientes. Hoy se aprecian secciones dedicadas a una sola marca; por ejemplo, Polo, Versacci o Louis Vuitton. Al alquilar espacios a marcas mundialmente reconocidas, las tiendas aumentan en forma significativa el beneficio que les rinde cada metro cuadrado destinado a la venta de productos.

Esta práctica de las empresas, buscar la maximización de sus beneficios, perjudica a los consumidores comunes y corrientes, quienes manifiestan su descontento mediante el voto en los países industrializados. Con razón la primera ministra de Gran Bretaña, Theresa May, hizo un llamado a las empresas durante la reciente reunión del Foro Económico Mundial, celebrado en la aldea suiza de Davos, para que tomaran en cuenta la creciente desigualdad social.

Las empresas deben acatar tanto a sus accionistas como al público. En meses venideros se podrá constatar si habrá un cambio de péndulo: las empresas que migraron sus plantas al exterior difícilmente podrán regresarlas a Europa y Estados Unidos, pero podrán forjar nuevas estrategias que apunten a reducir el actual descontento social.


Henry Gómez Samper, profesor emérito del IESA y profesor adjunto de la Universidad de los Andes (Bogotá).