Al que produce y no reparte, ¿le toca la mejor parte?

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Ilustración: Mohamed Hassan / Stockvault

La reducción del retorno de los títulos de oferta pública en países desarrollados ha obligado a los inversionistas institucionales a incursionar en el mercado privado de acciones. La consecuencia ha sido la disminución de nuevas emisiones públicas de acciones y, quizá por la sobreoferta de dinero invertible, una caída en la rentabilidad de los fondos de capital privado.

Carlos Jaramillo / 10 de septiembre de 2020


 

Hay una notable diferencia entre los planes de los fundadores de las empresas de tecnología avanzada de la última década del siglo XX y de los que operan actualmente. A finales del siglo pasado, la meta de muchos fundadores era llevar sus empresas a bolsa lo más rápido posible o venderlas en una transacción privada a una empresa más grande, interesada en ahorrarse el tiempo requerido para desarrollar el bien o servicio que podía adquirir mediante esta transacción.

En la actualidad la situación es bastante diferente. Mientras que en la década de los noventa las empresas debutantes en bolsa tenían no más de ocho años de antigüedad, hoy ese número ha subido a once. Hay varias razones que explican el retraso del debut de las empresas en los mercados accionarios. Una de ellas es el costo de las emisiones. Algunos potenciales emisores han tratado de minimizarlo con colocaciones directas en bolsa, sin la intermediación de bancos de inversión, con lo cual corren el riesgo de no colocar todos los títulos (un terrible precedente para futuras rondas de levantar capital).

Otros no acuden a los mercados de oferta pública porque, simplemente, en el segmento donde actúan los fondos de capital privado pueden conseguir abundantes socios en condiciones bastante razonables. ¿Cómo se explica esa abundancia de recursos para operaciones de capital privado? Es una mezcla de factores.

Por un lado el régimen de bajas tasas de interés ha obligado a los inversionistas, en general, a abrir sus mentes a nuevas opciones que los instrumentos de renta fija convencionales no ofrecen. Por otro lado, en el año 1996 cotizaban en las bolsas estadounidenses 8.000 compañías y ese número se redujo a 4.400 en 2019. Ahora hay más fondos de inversión que compiten por un número menor de acciones, lo cual conduce en el largo plazo a una inflación de los precios de los activos financieros y una reducción de su rentabilidad futura.

Se calcula que el rendimiento promedio del S&P 500 en los próximos diez años será seis por ciento, de los cuales dos por ciento vendrá vía dividendos y cuatro por ciento por apreciación de capital. Para muchos fondos de inversión un rendimiento de seis por ciento es insuficiente; en particular para los fondos de retiro, que se debaten entre reducir beneficios, aumentar las contribuciones de empleados y empleadores o asumir más riesgo.

La gran pregunta que flota en el ambiente es si las inversiones en compañías que retrasan su salida a bolsa serán tan rentables como lo fueron en las dos últimas décadas. Hay mucho chance de que la respuesta sea negativa, porque en la medida en que los intermediarios en el sector de capital privado dispongan de más recursos para invertir, facilitados por los inversionistas institucionales que no pueden vivir con la rentabilidad de los mercados de oferta pública, mayor será la competencia por las acciones de estas compañías y menores los retornos futuros.

Si el público en general no tiene acceso a una porción de la creación de valor que generan las tecnologías emergentes, o ese acceso es limitado y tardío, la brecha de desigualdad de la riqueza se seguirán ampliando y las consecuencias serán terribles.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo ha sido publicado en alianza con Arca Análisis Económico.

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