Covid-19 y las grietas de las democracias

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Algunos gobiernos utilizan la pandemia como justificación para profundizar el autoritarismo. Sus medidas autocráticas seguirán luego de la crisis sanitaria, cuando se evidencien con mayor claridad la crisis económica, el malestar social y el hambre.

Fabiana Culshaw / 29 de junio de 2020


 

El escritor Mario Vargas Llosa y 150 expresidentes, políticos y escritores de 23 países firmaron una declaración en Madrid el pasado abril —con el título «Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo»—, publicada en la página web de la Fundación Internacional para la Libertad, que preside Vargas Llosa. En ella sus firmantes expresan su preocupación sobre cómo algunos gobiernos se aprovechan de la emergencia sanitaria para tomar medidas que restringen libertades y derechos básicos. «Algunos gobiernos han identificado una oportunidad para arrogarse un poder desmedido. Han suspendido el Estado de derecho e, incluso, la democracia representativa y el sistema de justicia», dice el comunicado.

La declaración señala que a los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua la pandemia les sirve de pretexto para aumentar la persecución política y la opresión. También menciona a España y Argentina, donde los dirigentes «pretenden utilizar las duras circunstancias para acaparar prerrogativas políticas y económicas que en otro contexto la ciudadanía rechazaría resueltamente». Otro caso mencionado es el de México, donde «la presión contra la empresa privada arrecia y se utiliza el Grupo de Puebla para atacar a los gobiernos de signos distintos».

En muchos países se confinan derechos y libertades, que no regresarán fácilmente luego de la COVID-19

El comunicado advierte que resurgen el intervencionismo y el populismo, alejados de la democracia. Finalmente, los firmantes manifiestan «enérgicamente» que «esta crisis no debe ser enfrentada sacrificando los derechos y libertades que ha costado mucho conseguir. Rechazamos el falso dilema de que estas circunstancias obligan a elegir entre el autoritarismo y la inseguridad…».

Entre los firmantes aparecen los expresidentes José María Aznar (España), Mauricio Macri (Argentina), Álvaro Uribe (Colombia), Luis Alberto Lacalle y Julio María Sanguinetti (Uruguay), Alfredo Cristiani (El Salvador) y Federico Franco (Paraguay); también Leopoldo López y María Corina Machado (dirigentes políticos, Venezuela), Enrique Krauze (historiador, México), Carlos Alberto Montaner (escritor, Cuba), Guillermo Zuloaga, Rafael Alfonzo y Marcel Granier (empresarios, Venezuela) y Rocío Guijarro (Cedice, Venezuela).

El comunicado llama la atención hacia la fragilidad de las democracias en países donde está latente el riesgo de profundización del autoritarismo, existente o emergente. Algunos gobiernos no solo se aferran al argumento de la pandemia para justificar sus medidas autocráticas, sino que lo seguirán haciendo aún más cuando, luego de la crisis sanitaria, se evidencien con mayor claridad la crisis económica, el malestar social y el hambre.

En el libro Cómo mueren las democracias Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018) explican que, para la mayoría de la gente, las democracias mueren a manos de hombres armados (por ejemplo, en los golpes de Estado de los años setenta en América Latina). Pero hay otras formas de destruir las democracias. La más recurrente consiste en erosionarlas lentamente, desmenuzarlas hasta despojarlas de contenido, aumentar la represión social en forma gradual, definir reelecciones cuestionables y aprovechar coyunturas de crisis (como la pandemia).

Levitsky y Ziblatt señalan que, desde el final de la Guerra Fría, la mayoría de las quiebras democráticas no ha sido provocada por generales y soldados, sino por gobiernos electos. Muchas medidas gubernamentales que subvierten las democracias son «legales», en el sentido de ser aprobadas por los órganos competentes, y los ciudadanos las respaldan como supuestas acciones para «mejorar la democracia», cuando en realidad lo único que hacen es desguazarla o banalizarla.

Advierten que un líder autoritario como Donald Trump pone en riesgo la democracia estadounidense, y que el Partido Republicano no pudo impedir que un extremista de entre sus filas fuera elegido candidato en 2016. Lo mismo suele ocurrir con los partidos políticos de otros países. De ahí la importancia de mantener una educación y una cultura política elevada —o, al menos, media— para la ciudadanía y asegurar que los partidos se esfuercen para defender los valores democráticos, sin aliarse con líderes populistas que atraen votos pero se perfilan como autoritarios ni dar cabida a extremismos que arriesgan las instituciones y las transforman en armas políticas, como sucede en Venezuela.

Esta pandemia amenaza la vida, la salud, el trabajo, el sustento social, y pulveriza las economías. Pero en muchos países también se confinan derechos y libertades, que no regresarán fácilmente luego de la COVID-19.

Hoy se habla mucho de todo lo que estamos aprendiendo y valorando durante la cuarentena, pero es necesario evitar que la realidad prosaica nos agarre con la guardia baja. Esta coyuntura tiene impacto en la ambición política de algunos grupos en detrimento de otros, y eso es peligrosamente contagioso. Bien es sabido que, lejos de proveer lecciones, la historia tiende a repetirse.

 

Referencias

  • FIL (2020): «Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo». Fundación Internacional para la Libertad. Abril. https://fundacionfil.org/manifiesto-fil/
  • Levitsky, S. y Ziblatt, D. (2018): Cómo mueren las democracias. Barcelona: Ariel.

Fabiana Culshaw, periodista y psicóloga empresarial / @fabianaculshaw