Economía esotérica

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Ilustración: Gabriella Di Stefano.

Como la astrología o la alquimia, la economía esotérica no se construye a partir de preceptos científicos. Sus recomendaciones suelen ser extravagantes; de hecho, funcionan al revés de lo que indican los textos. Su objetivo no es tanto mejorar el bienestar de los consumidores como entretenerlos; eso sí, con el máximo rédito para sus exponentes.

Francisco Sáez / Abril-junio 2017


¿Qué pensaría de un funcionario cuya política económica consistiera en recomendar baños de cariaquito morado o infusiones de semillas de alfalfa y anís estrellado para combatir la inflación? A menos que haya sido iniciado en el arte de las ciencias ocultas y la superstición, tal vez piense que este tipo de rituales tiene, por decir lo menos, «poca probabilidad de éxito». Pero, aun cuando algún talismán o acto de hechicería parezca funcionar, la coincidencia tampoco es prueba de causalidad; por lo que, en cualquier caso, seguramente mantendrá su escepticismo e incredulidad.

Ahora imagine otra situación, un tanto más cercana a la realidad. Suponga que en vez de ramas y semillas mágicas le recomiendan adoptar un estricto control de precios. ¿Cambiaría esto su percepción sobre la efectividad de la política? ¿Es mejor o peor esta «medida» para el bienestar de la población? Aunque la respuesta parezca trivial, esta cuestión puede complicarse, pues donde termina la ciencia comienza la seudociencia y en esta área difusa del pensamiento humano siempre queda un margen subjetivo y personalísimo, al valorar una política.

Para el público en general cualquier política económica pudiera ser, en principio, indiferente. La única forma razonable de diferenciar entre opciones radica en 1) la conexión afectiva o emocional con quien la propone, 2) alguna experiencia previa que indique algo sobre su efectividad y 3) la facilidad para justificar o comprender su funcionamiento. De forma tal que, con base en sus preconcepciones, podrá calificar el control de precios como una medida favorable, neutra o negativa. Pero, aun cuando intente ser imparcial, llegar a esta apreciación es un proceso extremadamente complejo y, lo que es peor, difícilmente será capaz de convertir su evaluación en un número preciso que pueda ser incorporado de forma útil al debate.

 

¿Qué dice la teoría?

Los textos básicos de microeconomía pueden dar algunas luces sobre la efectividad de los controles de precios. Una de las primeras cosas que aprende un economista es que el control de precios se asocia con la escasez. Afortunadamente, comprender por qué los controles causan escasez no es un problema particularmente difícil. Cualquier estudiante de un curso introductorio de economía se enfrentará rápidamente con una serie de gráficos y ejemplos sobre el tema.

La principal idea que extrae de esos modelos simplificados de la realidad es que el establecimiento de precios máximos produce excesos de demanda sobre oferta y, con ello, pérdidas de bienestar de los consumidores. También aprende que, con el control, algunas personas adquirirán un bien que valoran menos que el precio que pagan, mientras que otras personas estarían dispuestas a pagar un precio superior al oficial y, sin embargo, se quedan sin el bien. Bastaría con que estas personas comerciaran para que todos estuvieran mejor. En otras palabras, aparecen incentivos para lo que popularmente se ha denominado «bachaqueo».

El segundo problema del control de precios es que reduce la «calidad» de la información en la cual se basan las decisiones de productores y consumidores, lo que afecta la asignación de los recursos y la eficiencia económica. De esta forma, y paradójicamente, se invertirá menos precisamente en la producción de los bienes y servicios que las autoridades consideran prioritarios o de primera necesidad. En definitiva, la adopción de precios máximos termina por ser perniciosa para la economía, pues reduce la oferta, cae la inversión, se asignan los bienes de forma ineficiente entre los consumidores, se desaprovechan recursos, la calidad de los bienes se deteriora y aparecen los mercados negros (Krugman y Wells, 2008).

Todos estos escenarios revelan efectos negativos de los controles, pero la historia no acaba aquí. Como suele suceder en muchos otros aspectos de la vida, siempre hay otra cara de la moneda. Los libros de microeconomía también muestran que el control de precios puede ser una herramienta de política económica válida cuando se aplica a ciertas empresas con poder de mercado o en industrias estratégicas como la telefonía o la electricidad; en general, actividades productivas que tienden a devenir en lo que se conoce como «monopolios naturales». Estos monopolios surgen por la presencia de estructuras de costos y producción que, por su naturaleza, dificultan la entrada de nuevos competidores al mercado. Finalmente, la aplicación de controles de precios también pudiera justificarse, de forma más extendida pero siempre transitoria, para enfrentar crisis políticas, confrontaciones bélicas, catástrofes naturales o procesos de ajuste.

 

Mafias y controles

Hasta aquí todo va bien: una de cal y otra de arena. El verdadero problema comienza cuando el aprendiz de economista advierte que en ningún caso se menciona la palabra inflación. De hecho, los libros de macroeconomía (en los que se analizan los fenómenos económicos agregados, como el crecimiento, la inflación o el desempleo) no suelen prestar mayor atención a los controles de precios; si acaso, se mencionan para destacar su inefectividad o los perjuicios que ocasionan. Los controles de precios se asocian, indefectiblemente, con disminución de la calidad de los productos, procesos de arbitraje, ineficiencia en la asignación de los recursos y sus características más sintomáticas: escasez, colas y reventa de productos.

En el caso de los controles de cambio los efectos negativos se manifiestan en forma de contrabando, sobrefacturación de importaciones, subfacturación de exportaciones y, desde luego, la inevitable y temida tasa de cambio paralela. Tanto así que la magnitud de la brecha cambiaria —la diferencia entre el tipo de cambio paralelo y el oficial— se toma en ocasiones como una medida de las distorsiones de la economía.

En todos los casos, sin excepciones, los controles se asocian con corrupción rampante y, casi también sin excepción, la interpretación oficial es que el saboteo, la conspiración y la falta de patriotismo de los especuladores son los culpables de todos los males. Si alguno de estos efectos le suena parecido a lo acontecido con el tipo de cambio paralelo en Venezuela, o si la política de controles de precios parece no funcionar como usted desea, recuerde que los libros de economía no son los culpables.

En teoría económica, gústele o no, los controles de precios se asocian a escasez y mercados paralelos; más aún, el precio que se forma en el mercado «no oficial» es la referencia utilizada por los individuos para valorar el bien, independientemente del precio oficial. Otra mala noticia que sorprende al «preciofijista» es que resulta prácticamente imposible luchar contra los mercados paralelos. Tanto es así que la introducción de más restricciones o medidas punitivas solo logra encarecer aún más el bien en los mercados paralelos, entronizar las mafias y reducir el bienestar de los consumidores. Curiosamente, las actividades ilegales se benefician de las restricciones e incrementan sus ganancias debido a que participan en una posición ventajosa en el acceso y la reventa de los productos controlados. Por eso, no es de extrañar que sea precisamente dentro de las mafias del arbitraje donde se encuentren con frecuencia los más acérrimos defensores de las regulaciones y los más activos promotores de los controles. Recuerde, por ejemplo, los efectos de la ley seca en Estados Unidos, que tanto benefició al crimen organizado.

Menor inversión, desaparición de empresas, menor crecimiento económico, mayor corrupción: el uso y el abuso de los controles de precios pueden ser simplemente devastador. Aunque se reconozca que en Venezuela la caída del precio del petróleo produjo un impacto negativo de gran magnitud, la escasez y las colas se decretaron desde el momento en que a alguien se le ocurrió que el control de precios era una buena política antinflacionaria, en una economía con déficits fiscales de más de dos dígitos y enormes expansiones de la cantidad de dinero.

Tal vez esta afirmación suene un tanto taxativa. Después de todo, es importante reconocer que ningún cuerpo colegiado es una pieza monolítica, de verdades incontrovertibles o pensamiento único; mucho menos en las ciencias sociales, donde siempre se pueden identificar matices o contraejemplos. Pero una cosa es administrar el precio de aquellos bienes que pudiesen ser objeto de regulaciones antimonopolio y otra muy distinta pretender combatir procesos inflacionarios —que además tienen un importante componente monetario— con controles de precios; mucho menos si, de forma simultánea, no se adoptan medidas correctivas que ataquen las fuentes de la inflación. En el mejor de los casos, y en un proceso de ajuste «heterodoxo», podría pensarse en la concertación de precios con el sector privado para atender una emergencia macroeconómica, pero siempre como estrategia de corto plazo y acompañada de un paquete antinflacionario completo; nunca como una medida aislada o con personalidad propia.

 

Aprovechadores y elfos

En todo este asunto de la efectividad de los controles la academia cumple también un papel ideológico, aunque sea de forma subconsciente. Para un economista promedio, escuchar que la congelación general de precios puede ser la solución a un problema inflacionario como el de Venezuela, sin hacer mención de reformas fiscales o cambiarias, y fuera del contexto de un programa de estabilización, puede resultar poco menos que una herejía. Algo así como que a un médico se le diga que una apendicitis se cura con unos rezos a Yemayá o fumando tabaco en la montaña de Sorte.

Desde luego que este modo de expresar el problema es políticamente incorrecto y pudiese parecer exagerado. Por eso, el teórico de la economía prefiere afirmar que las estrategias antinflacionarias basadas en el control de precios, sin resolver desequilibrios macroeconómicos fundamentales, tienen «muy baja probabilidad de éxito». Añadirá también que hace falta mejorar la credibilidad del conjunto de políticas y promover, entre otras cosas, la consolidación fiscal. Pero no se engañe: esta retahíla de condicionantes y conceptos es un lenguaje eufemístico dictado por las normas de etiqueta y las buenas costumbres. En realidad, si usted imagina que los controles de precios resolverán el problema de la inflación en una economía donde se quintuplica la oferta monetaria en un año, un economista pensará, simple y ramplonamente, que ha perdido el sentido de la realidad. Creer que el control de precios puede detener la inflación, en un contexto de desequilibrios fiscales como el de la economía venezolana, solo puede tener dos explicaciones: 1) usted participa en las mafias del arbitraje o 2) usted es suficientemente ingenuo para creer en los elfos y el hada de los dientes.

Pero, más allá del rechazo inmediato o el escepticismo gratuito que causan los controles de precios entre la mayoría de los economistas, es necesario reconocer que la búsqueda de soluciones mágicas ha sido una constante de la humanidad. En ocasiones, algunas ideas que en principio se consideraron extravagantes terminaron por producir resultados sorprendentes. De esta forma, alguien podría pensar que «transformar viejas y fracasadas políticas en novedosas y revolucionarias innovaciones es una loable labor científica». En cuyo caso, a menos que usted sea el conejillo de indias que va a ser sacrificado en este tipo de experimentos, probablemente no sea tan severo al evaluar las intenciones de estos alquimistas de la economía.

El problema es que, puestos a jugar con la vida de los demás, al menos no debería perderse de vista que combatir los mercados, como Don Quijote los molinos, lleva implícito un cierto toque de locura, más aún cuando no se intenta solamente controlar el precio de uno que otro producto sino sustituir todo el sistema de precios por algo parecido a lo que prevalecería en una economía planificada. En este tipo de economías, un grupo de individuos «iluminados» determina el valor de cuanto producto se atraviese. Si este es el caso, lo que tiene enfrente no es un simple error de política sino un disparate histórico y una irresponsabilidad de proporciones épicas, al menos si lo evalúa a la luz de la experiencia de los países comunistas, que solo lograron socializar el hambre y la tiranía.

Afortunadamente cada quien es libre para depositar su fe en lo que le venga en gana, sea en los babalawos o en la Rosa Mística. Como la economía es una ciencia social y es difícil establecer recetas o principios universales, tal vez alguien pueda pensar que eso le otorga licencia para cifrar sus esperanzas en cualquier tipo de políticas por estrambóticas que sean. Así, en un ejercicio de arrojo y aunque la teoría económica lo desaconseje, se lanzará confiado a construir la economía de lo nunca visto y arrastrar tras ella a todo un país. En esa mezcla de delirio y candidez podrá imaginar que los controles de precios resolverán por sí solos una inflación de más de mil por ciento, o que una economía centralmente planificada (estilo Cuba) convertirá a Venezuela en una potencia económica como Alemania.

Cada quien está en su derecho de interpretar el mundo a su manera. Después de todo, en lo que respecta a cultos y supercherías, el ser humano es libre, hasta para decidir ser embaucado por quien prefiera. Pero, antes de zambullirse en la economía de lo imposible, recuerde al menos que todas esas políticas tienen «muy baja probabilidad de éxito» y que, en el peor de los casos, los baños con cariaquito morado son inocuos, pero el control de precios no. Con lo cual, al menos desde esta perspectiva, la brujería resulta menos dañina que la mala economía.

 

Referencia

Krugman, P. y Wells, R. (2008): Microeconomía. Barcelona, España: Reverté.


Francisco Sáez, profesor del IESA.