En busca de las claves para entender este país

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En la historia venezolana ha habido logros palpables: la superación de las guerras civiles del siglo XIX, el urbanismo y la construcción de carreteras, la modernización política, educativa y social. Pero, ¿a dónde fue todo eso?

Carlos Balladares Castillo / Julio-diciembre 2017


Reseña del libro La república fragmentada: claves para entender a Venezuela, de Tomás Straka. Caracas: Alfa. 2015.

 

Los ensayos que integran La república fragmentada fueron publicados ―en su mayoría― en la revista Debates IESA. Con esta compilación de piezas reflexivas, el historiador Tomás Straka se propone, en un primer momento, reducir la incertidumbre que puedan tener los lectores al tratar de entender a Venezuela. La incertidumbre se convierte en pesimismo y frustración entre quienes no apoyaron (y aún no apoyan) el proyecto político chavista, el cual experimentó una consolidación entre 2003 y 2004, como consecuencia del nacimiento de un cuadro de hegemonía política potenciado por un auge en el precio del petróleo: dos circunstancias que dotaron al gobierno de inmensos recursos económicos y logísticos para acometer la versión bolivariana del socialismo.

Otro elemento unificador de la obra lo ofrece el título: La república fragmentada. Esta frase resulta desilusionadora cuando se toma conciencia de que, en los años 2010 y 2011, el país conmemoraba el bicentenario de la Independencia. Straka echa mano de la metáfora acuñada por el historiador Elías Pino Iturrieta para referirse a la Venezuela del siglo XIX: «país archipiélago». Cada escrito deja claro que la mayoría de las «grietas» vienen del pasado. De allí la urgencia de comprender los problemas a la luz del sentido histórico, para identificar cabalmente aquello que tienen de «novedosos» o si en verdad forman parte de tendencias unificadoras en el tiempo.

Las crisis son tan recurrentes que impiden comprender el país. Los cambios y todo el escándalo que desatan dificultan el análisis sosegado y desprejuiciado. Tomás Straka ha querido con este libro aminorar las angustias con el bálsamo de la investigación académica. Con esta suma de textos desea ofrecer, entonces, luces para «proponer ideas, inquirir razones e interpretar problemas» en el debate público (pp. 10-11).

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El libro contiene 22 ensayos que, dada su diversidad, no pueden ser comentados todos en una reseña. Abarcan asuntos tan varios como la tristeza, el fracaso, las celebraciones históricas (en especial la del bicentenario de la Independencia), los factores para desentrañar procesos sociales, los mitos e imágenes, la barbarie en permanente lucha contra la civilización, el personalismo político, la «virtud armada», las revoluciones, el federalismo, las fiestas, la sexualidad, la locura, la nobleza en tiempos de la Colonia, la lucha por las libertades, la democracia, el espíritu empresarial, los emprendedores y el socialismo. Todos estos temas son vistos siempre desde el prisma de la venezolanidad —lo que somos, hemos sido y seremos— y la mirada del historiador consciente de la premura de abrir un debate académico acerca de las preocupaciones que despiertan.

Los dos primeros escritos impactan al tratar los temas de la tristeza y la derrota. Nos interpelan como sociedad al preguntar: ¿fracasaron los venezolanos? Y, de ser cierto, ¿la única salida razonable es emigrar? El autor analiza algunas obras de la literatura venezolana de hace poco más de un siglo, las cuales expresan la frustración de la juventud de aquel tiempo ante la perspectiva de una nación fracasada. La tentación es pensar que nada ha cambiado, que esta es otra generación que se suma a ese sentimiento de «larga tristeza» (por cierto, título del ensayo).

Siempre ha existido la esperanza de un cambio hacia algo mejor y, sin duda, ha habido logros palpables: la superación de las guerras civiles que caracterizaron el siglo XIX, el urbanismo y la construcción de carreteras, la modernización política, educativa y social. Pero, ¿adónde fue todo eso? ¿Por qué los jóvenes quieren otra vez emigrar? La respuesta está en una frustración mucho más grave que la de hace cien años: la cruel inseguridad empeorada con la vigencia de un régimen que condena a sus gobernados al fracaso y el estancamiento. También hay que mencionar la ilusión que despierta un mundo desarrollado (Estados Unidos, Canadá, Europa, Australia), mucho mejor que el de 1920; incluso otrora modestos países latinoamericanos, como Chile o la vecina Colombia, disfrutan de relativa prosperidad.

Straka advierte otra gran diferencia con respecto a los emigrantes del pasado: antes el exilio era visto como un castigo por la politización de la juventud. Actualmente, en cambio, los jóvenes se han vuelto apolíticos; en particular, a partir de la década de los ochenta. Extranjeros en su tierra, el rentismo les dio los recursos que necesitaban para dar el salto al exterior.

Desde el momento de la redacción de «La larga tristeza» median cinco años; y, como se sabe, durante este lustro se ha registrado una caída importante del precio del petróleo. Las oportunidades de la clase media para financiar «la huida» de sus hijos se desvanecieron. La emigración pareciera volver a aquellos tiempos aciagos, cuando las familias resentían mantener a sus jóvenes fuera de las fronteras. Ya se observan venezolanos mendigando en otros países, acaso porque no todos los venezolanos que han emigrado tienen el perfil de profesional, bilingüe y de clase media y alta.

En lo que respecta a la tesis del fracaso como nación Straka aventura como causa las «expectativas desproporcionadas» de las élites: el hábito de comparar a Venezuela, por ejemplo, con la Europa actual y no con alguna de las épocas pasadas de nuestra historia. Por eso se habla de «sensación de fracaso», que no se debe a una ausencia de logros y mejoras, sino al hecho de que el bienestar de los primeros años de los gobiernos democráticos no se mantuviera constante en las décadas de los ochenta y noventa; y, también, a las consecuencias «entrópicas» del veloz cambio y la insostenibilidad del rentismo petrolero. Como consecuencia de tal sensación llegó el anhelo de la salida cesarista, de la antipolítica, de la desconfianza en la democracia y en los partidos políticos que la construyeron.

Para intentar comprender estos vaivenes de la historia venezolana ―en especial la del siglo XX, en la que se pueden identificar éxitos con posteriores momentos de frustración colectiva, así como también los años recientes del régimen chavista― el autor ofrece unas «claves para entender a Venezuela» («aspectos de continuidad y ruptura»): 1) el «proyecto liberal» que nace de la Independencia, en especial a partir de 1830, y propugna la igualdad de derechos (o la eliminación de las trabas por el origen étnico) y las libertades de comercio, autonomía regional (federalismo) y manumisión para los esclavos; 2) el petróleo, que desde 1920 aportó a las arcas de la nación las riquezas requeridas para consolidar la unidad nacional, la fortaleza del Estado y el capitalismo rentista; 3) la democracia, que no se limita a la realización de elecciones, sino también el bienestar de las mayorías; y 4) la modernización, que desde 1930 significó asumir el logro de las condiciones de vida de las clases medias modeladas por el american way of life.

Las cuatro «claves» se interrelacionan, se fortalecen y se debilitan. La crisis de la década de los ochenta, producto del bajón del precio del petróleo, se manifestó en el estancamiento de la modernización industrial y la desestabilización del sistema democrático. La correlación de estas claves también explica la crisis actual, aunque Straka tiene a bien agregar una quinta clave al final del libro: la Fuerza Armada.

En algunos ensayos el autor se pregunta por las trabas que han entorpecido la andadura del proyecto liberal, democrático y modernizador. Aunque esta es una preocupación presente en muchos de sus textos, surge con mayor claridad cuando se pone la lupa en el binomio barbarie-caudillismo. Hoy podrían darse a estos fenómenos otras denominaciones: delincuencia y personalismo. La violencia ha recorrido nuestra historia como sociedad, y siempre ha reaparecido: cada vez que las leyes y las instituciones se debilitaron, la mirada popular siempre buscó un «padre» protector. Con esta visión de la realidad sociopolítica, la tendencia natural ha sido considerar al venezolano un «pueblo joven» y, por lo tanto, inmaduro, incapaz de vivir en libertad. El tutelaje del hombre fuerte, pero también de la institución armada, parece inevitable, recurrente. Tomás Straka expresa su opinión acerca de la inconveniencia de que el gran líder (el mejor ejemplo cercano en el tiempo sería Hugo Chávez) o la Fuerza Armada controlen el poder en exclusiva, porque las «claves» mencionadas remachan el apoyo popular como fuente de legitimación. No basta con las armas. Esta forma de gobierno sui generis se define como «cesarismo moderno».

Tres textos son dedicados especialmente al tema de la innovación y los empresarios, y ocupan las páginas finales del libro. Con esta decisión los editores acaso han querido transmitir, en medio de tantos indicadores de fracasos y tristezas, una esperanza: los venezolanos pueden crear ideas y tecnología para comercializarlas (no solo para importarlas y consumirlas). En pocas palabras, el espíritu del capitalismo no es un extranjero en estas tierras.

Straka dedica un capítulo especial a Manuel Antonio Carreño (1813-1874) con su bestseller de gran éxito continental: Manual de urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos; una obra que ha superado las cincuenta ediciones en diversos países de América Latina. Pero hay más casos de aportes venezolanos: el Amargo de Angostura de Johann Gottlieb Benjamin Siegert (1796-1870), el Ponche Crema creado en 1900 por Eliodoro González (1871-1923), el mapa geológico de Ralph Arnold (1875-1946) de 1912 que nos colocó en el mapa petrolero mundial, la promoción de la educación técnica e industrial de Luis Caballero Mejías (1903-1959) y la harina de maíz precocida marca PAN de Empresas Polar creada en 1960 por Karel Roubicek (1913-2004). Todos son ejemplos de una historia por escribir: héroes sin gestas militares, protagonistas del encumbramiento de la civilidad.

La república fragmentada facilita la compresión de los venezolanos y de lo venezolano, sin caer en teorías pesimistas o en la ceguera de relatos encendidamente nacionalistas. Las tendencias de dos siglos muestran con claridad importantes logros, con los cuales se puede reconstruir el país y disipar las tristezas, superar los errores y remontar el lento camino a la modernidad.


Carlos Balladares Castillo, profesor de las universidades Central de Venezuela y Católica Andrés Bello.