Invertir en un mundo disruptivo

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Fotografía: Dietmar Dorsch / Pixabay

Comienza una nueva era de innovación tecnológica que ocasionará un ciclo de crecimiento debido a cinco factores: secuenciación de ADN, robots colaboradores en líneas de producción, equipos con gran capacidad para almacenar energía, uso de inteligencia artificial para operar sistemas complejos y masificación de cadenas de bloques.

Carlos Jaramillo / 15 de agosto de 2019


 

Hace un par de semanas la revista Barron’s entrevistó a Catherine Wood, directora fundadora de Ark Investment Management, un fondo dedicado a las llamadas inversiones disruptivas, e integrante de la lista 2018 de las personas más influyentes en las áreas de negocios, entretenimiento, finanzas, política, tecnología y ciencias que publica el servicio informativo Bloomberg.

Esta pudiera ser una más de las centenares de entrevistas a formadores de opinión que aparecen en los medios especializados en finanzas. Pero tiene algo especial: dos reflexiones que pueden ayudar a entender mejor el panorama de inversión en la próxima década.

La primera es que, para la señora Wood, comienza una nueva era de innovación tecnológica que ocasionará un gran ciclo de crecimiento en las próximas décadas debido a cinco factores: secuenciación del ADN, aparición de robots colaboradores en las líneas de producción, uso de equipos con gran capacidad para almacenar energía, uso de la inteligencia artificial para operar sistemas complejos y masificación de la tecnología de cadenas de bloques.

Cuando estas innovaciones se utilicen de manera intensiva debería producirse un aumento de la productividad que conduciría a una deflación. Esto podría ayudar a explicar uno de los grandes acertijos que no logran descifrar los bancos centrales del primer mundo: por qué, pese a los ingentes volúmenes de liquidez inyectados, la inflación sigue sin hacerse sentir en los países desarrollados.

Es probable que esta «profecía» comience a cumplirse en un sector como la venta al detal, donde los actores del comercio electrónico empiezan a sacar del juego a las grandes tiendas por departamentos. El efecto secundario es una ola de cierres de centros comerciales en Estados Unidos y próximamente en algunas capitales europeas, lo cual lleva a repensar el uso de los terrenos que ocupan estas unidades comerciales.

El negocio bancario —en particular lo relacionado con las funciones de custodios de riquezas y proveedores de medios de pago— ya ve la presencia de agentes de la disrupción. Iniciativas como la moneda virtual de Facebook («libra») son puntas de un iceberg que chocará con los cimientos de la intermediación financiera y la cambiará para siempre.

La segunda reflexión se refiere a quiénes se beneficiarán de los nuevos negocios generados por la innovación. La respuesta es que no serán los accionistas de las grandes compañías de oferta pública, en particular los que invierten en fondos indexados al S&P 500 y otros índices similares.

Muchas de las compañías que hoy cotizan en bolsa cederán participación de mercado a los productos y servicios desarrollados por los nuevos competidores. Estas iniciativas son financiadas por fondos de capital privado muy reacios a sacar sus inversiones a bolsa con relativa rapidez, pues tratan de captar la mayor cantidad de valor posible creado por los nuevos productos y servicios. Durante el ciclo de las puntocom la consigna era «creemos el prototipo y salgamos a bolsa lo más pronto posible», mientras que ahora la consigna parece ser «crezcamos, capitalicemos y luego veremos».

Entre las presiones deflacionarias que mantendrán bajas las tasas de interés en los países desarrollados y las pocas posibilidades que tiene el pequeño inversionista de participar en el financiamiento de las innovaciones, es poca la rentabilidad que puede esperarse en la próxima década, si Cathie Wood es la vidente de la nueva revolución tecnológica.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.