La crisis del COVID-19: el juego se llama ¡liquidez!

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Fotografía: Branimir Balogović / Pexels

Cuando sucede un fenómeno de la magnitud de la pandemia del COVID-19 hace falta un hilo conductor para organizar las ideas y entender por qué los gobiernos toman tales o cuales medidas. Ese hilo conductor es la creación de liquidez.

Carlos Jaramillo / 26 de marzo de 2020


 

Crear y conservar liquidez (en instituciones públicas y privadas, con y sin fines de lucro, y por supuesto también en el ámbito familiar y personal), hacerse con ese volumen de efectivo que, en un principio, se produce de manera desordenada y limitar las pérdidas en los mercados financieros explican la caída que experimentaron los mercados financieros mundiales en la segunda quincena de marzo de 2020.

Una pandemia es, en buena medida, un fenómeno sorpresivo. Los actores de los mercados financieros no la habían tomado en cuenta al diseñar sus estrategias comerciales y de inversión, muchas de las cuales fueron implementadas meses antes de que el COVID-19 apareciese siquiera en las noticias.

El bajo nivel de las tasas de interés vigentes en las economías desarrolladas ha traído como consecuencia la proliferación de productos financieros con un perfil de riesgo alto. Con ellos, los inversionistas intentan compensar los escasos retornos de instrumentos convencionales como la renta fija (corporativa o soberana).

Cuando los precios de las acciones, algunos bonos y las materias primas caen abruptamente sus poseedores sufren pérdidas que deben cubrir rápidamente: salen a vender los títulos financieros que pueden liquidar más fácilmente.

En los momentos cruciales de la Gran Crisis Financiera de 2007-2009 hubo breves instantes en los que los títulos de renta fija con calificación AAA —los más seguros de su categoría— rentaban más que los BBB (los siguientes en la escala de riesgo). Esto, obviamente, es una anomalía —contradice el principio económico de a mayor riesgo mayor retorno— y es la consecuencia de un exceso de oferta de venta de títulos de alta calidad crediticia en momentos de mínima liquidez.

En días reciente volvió a ocurrir esa anomalía. El retorno del treasury a diez años subía de 0,7 a 1,16 por ciento, cuando el mercado accionario se desplomaba. Durante pocos días, este activo refugio no actuó como tal.

Hay quienes venden títulos financieros para controlar sus pérdidas. Otros lo hacen para acumular un inventario de efectivo que les permita moverse mejor en un contexto donde, a muy corto plazo, las fuentes de créditos de rápido acceso se reducen al mínimo.

Muchos gobiernos se apresuran a crear liquidez para enfrentar los costos económicos del coronavirus. ¿Cuánto dinero se necesita? ¿Cómo se financiarán los planes? ¿Cómo se repartirán los recursos?

Finalmente llega un momento en el cual las transacciones para acumular efectivo y reducir pérdidas cesan y sucede lo que en los círculos financieros se conoce como «capitulación»: los inversionistas renuncian a tratar de recuperar las ganancias perdidas por la caída de los precios de los títulos financieros que poseen. Es imposible medir la fracción de la caída de los precios de los títulos ocasionada por una capitulación en los distintos mercados de títulos valores o por su liquidación con el propósito de acumular efectivo.

Paralelamente los gobiernos supranacionales, nacionales y regionales empiezan a preocuparse por minimizar los daños económicos causados por la suspensión de actividades. El sentido común sugiere que, al despertar del letargo, se requerirá efectivo y para obtenerlo es necesario diferir pagos, pedir préstamos, adelantar cobros, recibir transferencias y generar ventas. De allí que las medidas propuestas vayan en tal dirección.

El caso chileno permite ilustrar las medidas de creación de efectivo. El gobierno central asignó 11.750 millones de dólares para reforzar el presupuesto del sistema de salud y crear un fondo de cesantía que pagará salarios a las familias por un total de 2.000 millones de dólares que atenderá, entre otros, a trabajadores informales, microempresarios y empleados de medianas y grandes empresas que suspendieron operaciones temporalmente.

Adicionalmente decretó medidas tributarias dirigidas a diferir el pago de tributos: suspensión de los pagos provisionales mensuales (PPM) del impuesto sobre la renta de empresas durante tres meses (2.400 millones de dólares), postergación del pago del IVA por tres meses a pequeñas empresas (1.500 millones), postergación por cuatro meses del pago de impuesto sobre la renta de las pymes (600 millones) y postergación del pago de contribuciones para empresas con ventas inferiores a 350.000 UF y personas con propiedades con avalúo fiscal inferior a 133 millones de dólares (670 millones).

La tesorería nacional decidió pagar de contado todas las facturas pendientes, lo cual produce una liquidez inmediata de mil millones de dólares, e inyectar al banco del Estado 500 millones de dólares para aumentar su capacidad crediticia en 4.400 millones. Estos recursos se destinarán principalmente a otorgar financiamiento a las personas naturales y a las pymes.

Ante un plan de generación de liquidez como este hay tres preguntas que el estamento político debe responder: ¿cuánto dinero se necesita? ¿Cómo se financiará el plan? ¿Cómo se repartirán los recursos entre los distintos beneficiarios?

En cada país la estructuración de un plan de generación de liquidez debe atender a restricciones locales muy concretas. Por ejemplo, en el plan alemán, por 150.000 millones de euros, el gobierno se plantea solicitar una exención a una restricción establecida en la Constitución que prohíbe todo incremento de la deuda pública superior al 0,35 por ciento del PIB nominal.

En Estados Unidos, para aprobar el paquete fiscal de dos billones de dólares, hubo que resolver disputas con respecto a cuáles sectores de actividad se consideraban prioritarios y, además, enfrentar uno de los grandes temores que la Gran Crisis Financiera de 2007-2009 sembró en la población: los políticos anteponen los intereses económicos de los empresarios a los de los ciudadanos. En un año electoral es natural que los parlamentarios demócratas usen la bandera del interés ciudadano y evoquen el costo de la crisis financiera para posicionarse en la contienda de noviembre de 2020. Los demócratas no pueden darse el lujo de aprobar un paquete fiscal en el cual el electorado no encuentre respuestas a sus predicamentos.

En la película Todos los hombres del presidente se acuñó el lema follow the money, según el cual la corrupción política puede salir a la luz al examinar las transferencias de dinero entre partidos. En este caso, el lema «crea la liquidez» permite encontrarle sentido a los planes de contención económica ante el COVID-19.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo ha sido publicado en alianza con Arca Análisis Económico.

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