La fase 2 de la guerra comercial chino-estadounidense

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Puerta del Templo del Cielo, Pekín. Fotografía: Rade Šaptović / Unsplash

El acuerdo firmado por Estados Unidos y China en diciembre de 2019, que cerró la primera fase de su guerra comercial, no es más que una pausa táctica. Ambas potencias compran tiempo para atender asuntos políticos internos y concretar alianzas que les permitan fortalecer sus posiciones.

Carlos Jaramillo / 20 de febrero de 2020


 

La fase 2, definitivamente, no estará hecha de aranceles, pero sí de restricciones a importaciones y exportaciones, control de inversiones y sanciones. Para nadie es un secreto que el acuerdo firmado por Estados Unidos y China el pasado mes de diciembre, con el cual se cerró la primera fase de su guerra comercial, no es más que una pausa táctica en la que ambas potencias compran tiempo para atender asuntos políticos internos, como puede ser la campaña presidencial estadounidense, y concretar alianzas que les permitan fortalecer sus posiciones de negociación en la llamada fase 2 del conflicto.

Esta segunda fase de la guerra comercial gira alrededor de la supremacía tecnológica de las potencias. La legislación estadounidense estableció en 2018 restricciones a la exportación de tecnologías emergentes, como la robótica, y a la inversión extranjera en tales industrias. También se han impuesto restricciones al uso de tecnología china en el sector de telecomunicaciones, y a la participación de los fondos de retiro de empleados públicos en compañías chinas de oferta pública, en sectores involucrados en la guerra comercial.

Pero no bastan medidas simples cuando la guerra comercial pretende modificar el ecosistema de negocios chino-estadounidense. El gobierno estadounidense puede imponer medidas coercitivas para limitar la presencia de empresas chinas en Estados Unidos, pero las empresas estadounidenses que son socias comerciales de los asiáticos también sufren con tales medidas. El gobierno estadounidense acusa a las empresas chinas de robar tecnología, y a su gobierno de otorgar a estas empresas subsidios prohibidos según la normativa comercial internacional, pues crean competencia desleal.

El gran reto consiste en usar la coerción a corto plazo para limitar el avance «del enemigo», mientras se desarrollan proveedores locales que puedan sustituir la oferta de productos y servicios chinos. Por supuesto, estos arreglos de negocios que pueden ser muy eficientes en lo político afectan la posibilidad de formar redes de negocios más eficientes, en el uso del capital y la difusión del conocimiento.

Detener el avance de los chinos en la carrera por el liderazgo tecnológico mundial requiere de terceros asumir posiciones a favor y en contra de los contendientes. Por ello, la diplomacia estadounidense ha comenzado a presionar a otros países que se han mostrado dispuestos a considerar a los chinos proveedores principales de la tecnología 5G. En los próximos años se probará si las presiones diplomáticas son más efectivas que las medidas coercitivas. Lo más probable es que ante cualquiera de estas medidas los afectados creen mecanismos para atenuarla, lo que incrementará los costos de las transacciones comerciales que se pretenden bloquear.

Las presiones diplomáticas deben ir acompañadas del desarrollo de productos sustitutos de la tecnología china a precios competitivos. Para ello el gobierno estadounidense debe emprender programas de financiamiento a las empresas nacionales, para que puedan ofrecer respuestas rápidas. Las diferencias entre estos planes de financiamiento (o subsidio) y los del gobierno chino pueden ser muy sutiles.

Las empresas de tecnologías emergentes poseen capacidad para adaptarse a entornos hostiles. Disponen de capital y una red de potenciales socios que les permiten encontrar sustitutos a los productos a los que el gobierno estadounidense pretenda bloquearles acceso.

La estrategia de largo plazo de los chinos también considera el desarrollo de bloques comerciales con los países de su área de influencia, que reciben en este momento las inversiones de la Nueva Ruta de la Seda. Estos se vislumbran como grandes regiones geográficas en cuatro continentes, que transarán en yuanes y usarán las opciones tecnológicas desarrolladas por los chinos y por empresas tecnológicas multinacionales que no pueden darse el lujo de no participar en un bloque comercial de tal magnitud.

La gran lección que dejará la fase 2 de la guerra comercial chino-estadounidense será, probablemente, que la coerción siempre puede revertirse contra los que la ejercen.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo ha sido publicado en alianza con Arca Análisis Económico.

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