La remuneración de los accionistas en la era del dinero barato

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Ilustración: Pixabay.

En un mundo con una importante oferta de dinero barato, gracias a la «expansión cuantitativa», y un entorno en el que es difícil identificar buenas oportunidades de negocios no es de extrañar que los flujos de inversión busquen nuevos caminos; lamentablemente, en mercados que pueden ser menos líquidos y transparentes.

Carlos Jaramillo / 14 de marzo de 2019


 

La expresión «expansión cuantitativa» (QE, por sus siglas en inglés) fue acuñada para describir la política de los bancos centrales de Estados Unidos, Reino Unido, Japón y la eurozona de inyectar liquidez a bajo costo en sus economías, mediante la compra de títulos de renta fija. Si este dinero se orientaba hacia actividades productivas se lograrían minimizar los efectos recesivos de las crisis financieras.

Para nadie es un secreto que este dinero terminó por inflar el precio de acciones de oferta pública, financiar programas de recompra de acciones y aportar fondos baratos para financiar fusiones y adquisiciones. La gran frustración de los encargados de formular políticas públicas fue que las pymes no encontraron más fuentes de financiamiento y que el flujo de inversiones en activos productivos tampoco fue muy importante.

Pero acaba de comenzar el año 2019, y en junio se cumplirán diez años de uno de los ciclos expansivos más largos de la economía estadounidense; y aunque no hay señales de cuándo terminará, finalmente lo hará. No es entonces de extrañar que ocurran movimientos corporativos para anticipar un nuevo entorno con mayores costos de financiamiento, menores tasas de crecimiento y disrupciones en líneas de negocios convencionales.

Durante la última década las empresas estadounidenses devolvieron a sus accionistas ocho billones de dólares en forma de dividendos y recompra de acciones. Si bien los programas de recompra son vistos con buenos ojos por los inversionistas, los políticos del Partido Demócrata consideran que tales programas deberían estar condicionados a una mejora en los salarios y beneficios de los empleados.

La teoría financiera sostiene que cuando los gerentes no identifican negocios rentables, antes de destruir valor con proyectos malos, deberían pagar dividendos y recomprar acciones. Por su parte, algunos congresistas republicanos recomiendan revisar el diseño de impuestos corporativos. En la actualidad, los accionistas que no venden sus títulos en los programas de recompra concentran propiedad en la empresa y difieren el pago de impuestos, en muchos casos, casi al infinito. Este es el postulado sostenido por Warren Buffett, quien sugiere, en la medida de lo posible, escoger buenas compañías: las que nadie querría vender.

Cuando un monto de dinero, en lugar de recomprar acciones, se utiliza para pagar dividendos en efectivo, la mayoría de los accionistas debe pagar impuestos sobre estos ingresos. Lo que pone capciosos a republicanos y demócratas no es la existencia de programas de recompra de acciones individuales, sino lo frecuentes que son tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo desarrollado.

Devolver dinero vía recompra compromete menos a los gerentes con la repetición de pagos a futuro que un incremento de dividendos. Precancelar un plan de recompra, o simplemente ejecutarlo de vez en cuando, afecta menos el precio de una acción que decretar un nuevo monto de dividendos y luego recortarlo. Siempre existe la posibilidad de decretar un dividendo extraordinario, pero no deja de ser un dividendo y todo dividendo está sujeto a comentarios especulativos, sobre todo cuando no forma parte de un patrón previamente establecido.

Varios temas se mezclan al evaluar los programas de recompra de acciones. Primero están las consideraciones de equidad: para algunos políticos estos programas muestran que quien está en capacidad de ejecutarlos debería pensar en compartir una porción adicional de riqueza con el resto de la sociedad. No olvide que el salario real de los hogares estadounidense no aumentó en la última década.

Segundo, si las empresas recompran acciones cuando no hay grandes oportunidades de reinversión de recursos, ¿por qué la economía no produce tales oportunidades? Tercero, ¿por qué, al mismo tiempo que se reduce la oferta de acciones de compañías públicas, crecen los mercados de capital privado? Algunos sostienen que cada vez se hace más costoso para los directores de las grandes empresas de oferta pública cumplir las regulaciones y el constante escrutinio de los bancos de inversión.

En un mundo con una importante oferta de dinero barato, gracias al QE, y un entorno cambiante que hace difícil identificar buenas oportunidades de negocios no es de extrañar que los flujos de inversión busquen nuevos caminos; lamentablemente, en mercados que pueden ser menos líquidos y transparentes.


Carlos Jaramillo, profesor del IESA.

Este artículo ha sido publicado en alianza con Arca Análisis Económico.

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