Los cambios demográficos y el rendimiento de los activos financieros

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Fotografía: Ryoji Iwata / Unsplash

El envejecimiento de la población puede ocasionar tanto reducción de las tasas de interés sin riesgo en términos reales como alza de la prima de riesgo que cobran los inversionistas.

Carlos Jaramillo / 30 de julio de 2020


 

El escenario actual de bajas tasas de interés en los países desarrollados se fue consolidando en la últimas cuatro décadas casi de manera imperceptible. Los analistas de inversión, actuarios y administradores de grandes fondos institucionales pensaban que, tras cada crisis económica, los bancos centrales inyectarían una ingente cantidad de liquidez que tarde o temprano crearía una ola inflacionaria que obligaría a subir las tasas de interés. Esto resolvería los problemas de quienes aspiraban a vivir con los rendimientos generados por los instrumentos de renta fija.

Los años han pasado y las tasas de interés no han subido. Como es natural, muchos se preguntan si alguna vez se revertirá esta tendencia que les quita el sueño a quienes ven cada día más cercano su retiro.

Para contribuir a arrojar a algo de claridad sobre el futuro de las tasas de interés, los profesores Kopecky (Trinity College) y Taylor (Universidad de California, Davis) publicaron en junio de este año un artículo titulado «El asesinato-suicidio del rentista: envejecimiento de la población y prima de riesgo». Sostienen que el envejecimiento de la población puede vincularse simultáneamente con dos tendencias: reducción de las tasas de interés sin riesgo, en términos reales, y alza de la prima de riesgo que cobran los inversionistas cuando compran acciones.

A medida que la población envejece cambia su cartera de inversiones: se deshace de buena parte de los instrumentos de renta variable para comprar títulos de deuda. El aumento de la demanda de tales instrumentos ocasiona que los precios de los títulos de renta fija suban y sus retornos bajen.

Al reducirse el interés en las acciones de las personas cercanas al retiro, fenómeno conocido como reducción del apetito por el riesgo, otros actores de la economía, que sustituyen a los potenciales jubilados, requerirán un pago adicional para verse motivados a comprar títulos de renta variable. Esto trae como consecuencia un aumento de la prima de riesgo: esa diferencia de retorno que debe pagarse a cualquier persona para inducirla a vender sus activos financieros exentos de riesgo.

En la medida en que la población de los países desarrollados continúe envejeciendo, la prima de riesgo se mantendrá relativamente alta. Según el modelo matemático propuesto por Kopecky y Taylor, para el año 2050 la tasa de interés sin riesgo se ubicará en -2,8 por ciento; y el retorno del mercado accionario, en 2,2 por ciento. Por lo tanto, la prima de riesgo será de cinco puntos porcentuales.

Son varias las implicaciones de este modelo con respecto al retorno de los activos financieros. La primera es que ayuda a explicar por qué, pese a todos los programas de estímulo implementados a partir de la Gran Crisis Financiera de la década pasada, el volumen de inversión en bienes de capital es menor que el esperado.

Las empresas necesitan capital accionario o de riesgo para invertir en nuevos negocios. Si la prima de riesgo aumenta, entonces el retorno sobre el capital requerido por los accionistas para financiar nuevas iniciativas de negocios sube, lo cual hace más difícil encontrar posibilidades de inversión que cubran las expectativas de los accionistas.

La segunda implicación es que quienes puedan endeudarse a tasas cercanas a la exenta de riesgo —empresas multinacionales con gran musculo financiero, fondos de retiro y fondos soberanos— podrán invertir en activos riesgosos financiados con recursos baratos. Así, captarán los retornos adicionales de una prima de riesgo alta. Estas son inversiones a muy largo plazo. Los inversionistas que no puedan tolerar riesgo, como los jubilados, tendrán que conformarse con títulos de renta fija de muy baja rentabilidad.

La tercera es que se agravará la desigualdad, a medida que las tasas sin riesgo se hagan más negativas. Empezando por los mercados laborales, las personas tenderán a retirarse más tarde. Los grupos sindicales harán mayor presión para que los salarios compensen los retornos no obtenidos en el mercado de renta fija. Los bancos de inversión y otros actores relacionados promoverán iniciativas que arbitren la brecha entre renta fija sin riesgo y renta variable, que pueden beneficiar a la población pero colocan mayor presión sobre los organismos reguladores que deben supervisar el funcionamiento de tales productos.

Modelos como el de Kopecky y Taylor puede que no lleguen a determinar la magnitud exacta del problema que se avecina. Pero las señales tempranas siempre ofrecen la opción de prevenir y desarrollar políticas que atiendan esas nubes de desigualdad que se asoman en el horizonte.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo ha sido publicado en alianza con Arca Análisis Económico.

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