Los inicios de la conexión de los venezolanos con el mundo moderno

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Detalle de "Batalla de Carabobo", de Martín Tovar y Tovar (1887).

Entre 1810 y 1817, en el Reino Unido, los primeros «embajadores» venezolanos mantuvieron una actividad de propaganda y contactos con el mundo, de cara a sostener el sueño de ser modernos e independientes.

Carlos Balladares Castillo / Abril-diciembre 2016


Reseña del libro Diplomacia insurgente: contactos de la insurgencia venezolana con el mundo inglés (1810-1817), de Edgardo Mondolfi. Caracas: Academia Nacional de la Historia y Universidad Metropolitana. 2014.

 

La periodización tradicional del proceso de Independencia ha dividido sus etapas por las llamadas «repúblicas»: primera, segunda, tercera… De esta forma se ha transmitido la idea de una especie de extinción de la vida y la institucionalidad republicana entre cada etapa. Nada más alejado de la realidad. No solo porque en los montes algunos guerrilleros (caudillos) mantenían vivo lo creado a partir de 1810 y 1811, sino también porque en el Reino Unido los primeros «embajadores» mantenían una actividad de propaganda y contactos con el mundo, de cara a sostener el sueño de ser modernos e independientes.

La historiografía patria con los ojos puestos en Bolívar da a conocer la misión diplomática a Londres de 1810. Pero, ante su fracaso (no logró el reconocimiento de la Junta Suprema de Caracas por parte del gobierno británico) y el regreso del futuro Libertador a Caracas, parece que todo termina allí hasta que en 1818 se retoma el camino desandado. Son siete años invisibles, anulados o apartados para ese tipo de historia. Aunque ese tiempo fue atendido por importantes historiadores como Caracciolo Parra Pérez, Cristóbal Mendoza, Manuel Pérez Vila, Pedro Grases o Carlos Pi Suyer entre los años 1930 y 1960, Edgardo Mondolfi Gudat se propuso tanto hacer mucho más visible el esfuerzo de esta «protodiplomacia» o «diplomacia insurgente», como renovar su estudio al incorporar nuevos aportes bibliográficos y perspectivas historiográficas que se han desarrollado en las décadas recientes.

La soberanía no está solo en la boca de los fusiles o en el coraje de los soldados, sino también en la paciente labor del escritor que argumenta y el diplomático que negocia

Una de las mayores impresiones que deja la lectura de Diplomacia insurgente es la combinación de una atractiva redacción con el uso detallado de una inmensa bibliografía y de fuentes primarias. Mondolfi realizó una exhaustiva consulta de fondos archivísticos tanto en Venezuela como en Gran Bretaña (en especial en las bibliotecas de la Universidad de Oxford y el Museo Británico, y en los archivos del Public Record Office, en Londres), y de material hemerográfico de las colecciones de periódicos ingleses de principios del siglo XIX.

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Los hechos del 19 de abril de 1810 (la instalación de la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII de Caracas), en palabras de Mondolfi, expresan «la madurez de una voz propia» y el objetivo de «establecer conexiones expeditas con el mundo y la modernidad» (p. 1). Pero la ausencia de conocimientos diplomáticos llevaría a sufrir en los primeros siete años «asperezas y desengaños» (p. 814). La necesidad de realizar «conexiones» con el mundo exterior exigía darle una importancia fundamental a la actividad diplomática. Por ello se crea la Secretaría de Relaciones Exteriores, dirigida por Juan Germán Roscio. Esta acción autonómica representaba el ejercicio de la soberanía, aunque basado en el hecho de que duraría mientras el rey estuviera ausente (p. 27). Las primeras misiones fueron enviadas a los otros cabildos hispanoamericanos, a Estados Unidos, al Caribe controlado por el Imperio británico y a Londres. Mondolfi se centra en el «mundo inglés» debido a que la mayor parte de las islas que circundan a Venezuela, y representan el contacto más cercano con el exterior, pertenecen al Reino Unido; además, Gran Bretaña lideraba la lucha contra Napoleón Bonaparte y era la primera potencia del orbe.

Una primera mirada a las 832 páginas del libro —con 300 a 400 referencias en cada una de las seis partes— podría atemorizar ante la larga lectura que toca realizar. Sin duda, no es un libro de bolsillo, pero su lectura vale la pena por ser una obra no solo de referencia sino también, en lo que seguro se convertirá, un clásico sobre la independencia de Venezuela e Iberoamérica.

La primera parte lleva por nombre «A la vista del Caribe» y explica los contactos de la Junta Suprema de Caracas con las islas del Caribe inglés para lograr reconocimiento, evitar el apoyo de esta región a Coro y Maracaibo (contrarias a Caracas), establecer un acuerdo comercial y especialmente obtener armas. Resulta interesante la actitud del gobernador de Curazao al reconocer a la Junta e iniciar una serie de negociaciones comerciales, hasta que Londres frena estas simpatías debido a la alianza del Reino Unido con la Regencia española. Se detallan los intentos de Coro de relacionarse también con este mundo y los de Cumaná de forma autónoma a Caracas. Esta primera parte muestra cómo los particularismos de las regiones contradicen toda la historiografía que ha creído en un proceso de Independencia homogéneo (nacional, venezolano).

La segunda parte se centra en la misión a Londres que fracasa y por lo cual Bolívar se regresa. La misión se mantiene en la capital del Imperio, integrada por Luis López Méndez y Andrés Bello, y trata de conservar e incrementar los contactos y apoyos (siendo la meta el reconocimiento por el Foreign Office, el ministerio de asuntos exteriores británico). También realiza una labor de debate en la prensa británica (la cuarta parte del libro —«De comisionado a refugiado»— se dedicará a explicar ampliamente estas actividades, la dificultad de los contactos de la misión con Venezuela y las relaciones con la otra «embajada» de las Américas: la de Buenos Aires). Mondolfi describe con gran detalle cada una de las tres entrevistas llevadas a cabo por los comisionados ante el secretario de Asuntos Exteriores británico, el marqués Wellesley. En esta parte se resaltan también los contactos con el editor de El Español, José María Blanco White, quien simpatizaba con las juntas en Hispanoamérica, aunque no estaba de acuerdo con la Independencia de estas provincias. Es un personaje fascinante, y de gran importancia para los americanos «españoles» en Londres por su influencia con el gobierno inglés. Se describe también el papel de Francisco de Miranda en lo que respecta a las metas de la misión.

La tercera parte, «La frágil alianza», es fundamental para comprender cómo los antiguos enemigos, España y Reino Unido, se convirtieron en aliados contra el Imperio napoleónico. Esta alianza impidió el reconocimiento de las juntas, e incluso los esfuerzos de mediación entre estas y la Regencia resultaron en fracasos. Aunque los ingleses tenían un interés comercial en América hispana, lo primero era la derrota de Napoleón, de modo que los «juntistas» y luego republicanos del continente americano quedarían en un segundo plano. El apoyo a España como estrategia para vencer a Francia era fundamental para Londres, de manera que esta alianza no la pondría en riesgo por nada.

La quinta parte, «En la boca del volcán», se dedica a los sucesos de la llamada Primera República (1811-1812). José María Blanco White se opone a la Independencia: la califica de «jacobinismo» o «republica a la francesa». Y advierte del peligro de abandonar el «gradualismo» en las acciones autonómicas, peligro que se manifestaría en caos y violencia, tal como ocurrió en el futuro inmediato. Se revisa el rechazo del Caribe inglés al nacimiento de la nueva República, que llevará a Venezuela a iniciar contactos con las Antillas francesas, peligro que será muy bien vigilado por las autoridades británicas. Se describen los intentos de la misión en Londres de lograr el apoyo de Gran Bretaña ante la situación de los próceres encarcelados en España, como Miranda y Roscio.

La sexta parte, «Años de naufragio», se refiere al período en que la Republica luchaba sin cuartel entre 1813 y 1815, y en la que el Caribe inglés servirá de refugio para muchos exiliados. Trata sobre los reclamos de España ante una posible neutralidad de las autoridades en las Antillas británicas, la participación de franceses que salieron desde Trinidad en la expedición de Chacachacare organizada por Mariño en 1813, las misiones que la Segunda República intentó enviar a Londres, la protección de los comerciantes ingleses radicados en Tierra Firme y el problema de los refugiados venezolanos. El epílogo, «Casabe en caldo caliente: la diplomacia de Cariaco», muestra los intentos de Mariño para que el Congreso de Cariaco fuera reconocido en 1817 por Gran Bretaña.

Al finalizar la lectura se hace evidente la gran complejidad de las relaciones entre las provincias que formaban Venezuela y el mundo inglés; complejidad que se muestra en la pluralidad de intereses y la diversidad de conductas. Ejemplos de ello fueron las distintas iniciativas diplomáticas emprendidas por el occidente y el oriente de Venezuela, pero también las decisiones tomadas por el Caribe británico que no siempre estaban en armonía con Londres. En medio de este ambiente solo queda sentir admiración por estos hombres que asumieron de manera audaz el contacto con el mundo moderno. Esto demuestra que la soberanía no está solo en la boca de los fusiles o en el coraje de los soldados, sino también en la paciente labor del escritor que argumenta y el diplomático que negocia.


Carlos Balladares Castillo, profesor de las universidades Central de Venezuela y Católica Andrés Bello.

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