Marxismo y lenguaje

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Fotografía: Pixabay.

Las relaciones entre marxismo y lingüística fueron prácticamente inexistentes en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Durante ese lapso la ciencia del lenguaje y el pensamiento marxista siguieron cursos paralelos e independientes. Cuando por fin parecen converger, en la temprana época soviética, el dogmatismo ideológico frustra el acercamiento.

Víctor Rago A. / 22 de abril de 2019


 

Algunos marxistas parecen no estar conformes con la conclusión de que Marx no concedió al lenguaje una importancia primordial. Quienes han emprendido un escrutinio minucioso de su obra solo han extraído unos pocos fragmentos aislados, en prolijos territorios textuales vertebrados alrededor de temas o contenidos no lingüísticos. Han merecido mayor atención los que figuran en algunos pasajes de La ideología alemana. El lingüista George Mounin (1972: 231) los remite a dos campos de interés: el «problema de las relaciones entre lenguaje, mundo exterior y pensamiento» y el lenguaje como «producto de la comunicación entre los hombres». He aquí esos fragmentos:

  • El lenguaje es la actividad inmediata del pensamiento.
  • Ni la lengua ni el pensamiento constituyen por sí mismos un reino particular; son solo las manifestaciones de la vida real.
  • La lengua nace solamente de la necesidad, de la insistente necesidad de relaciones entre los hombres.
  • El lenguaje es un conocimiento activo, práctico, que existe para los demás hombres y solo a causa de ello también existente para mí.

La lingüística de hoy estará sin duda de acuerdo con estas proposiciones, así como muy probablemente también la de los tiempos de Marx, en caso de que hubiera tenido noticias de ellas, lo que al parecer no ocurrió.

«En conjunto, se tiene la impresión de que Engels y Marx han tratado del lenguaje siempre a propósito de otra cosa, de pasada»

Esas breves y juiciosas formulaciones han sido invocadas más de una vez para sustentar la hiperbólica afirmación de que contienen en estado embrionario una teoría del lenguaje, como si fueran la prueba irrefutable de que Marx la hubiera podido desarrollar, de habérselo propuesto. Pero subsiste el hecho de que no lo hizo, pues estaba absorbido por tareas a las que dio más importancia.

Parece razonable admitir que Marx debió reflexionar sobre el lenguaje en más de una oportunidad, en el curso de las investigaciones que produjeron su obra intelectual. Como hombre culto y atento al acontecer de su época debió estar relativamente informado de lo que se hacía en otros campos del saber. Como correctamente reconoce uno de sus biógrafos más críticos (Berlin, 1964: 120):

No le cabe a Marx el reproche que se ha hecho a Hegel por su actitud atolondrada y menospreciativa hacia los resultados de la investigación científica de su tiempo; por el contrario, intenta seguir la dirección indicada por las ciencias empíricas e incorporar al sistema sus resultados generales.

De hecho, aparte de los fragmentos aducidos, han podido espigarse entre sus textos los nombres de algunos lingüistas —Schlegel, Herder, Grimm— y unas pocas referencias a hechos lingüísticos. Una de estas, por cierto, relativa a la conocida mutación consonántica de la lengua alemana (estudiada por Grimm), exhibe un revelador detalle: Marx reconoce que ese fenómeno no podía explicarse a partir de hechos económicos. No es poca cosa para quien ha recibido frecuentemente la recriminación de haber convertido a la economía en la causa eficiente y última de todos los fenómenos.

A esto se reduce todo, o casi todo, para no excluir algún dato, en lo que se refiere a Marx y el lenguaje. Se puede, en consecuencia, considerar fundado el parecer de Mounin (1972: 232) según el cual

En conjunto, se tiene la impresión de que Engels y Marx han tratado del lenguaje siempre a propósito de otra cosa, de pasada. No hay nada fundamental que recuperar en ellos directamente sobre la lingüística como ciencia, ni sobre la aplicación del marxismo a la lingüística.

Además, sin poner en cuestión el valor conceptual intrínseco de los fragmentos citados, la fuente de la que provienen —La ideología alemana— excluye toda pretensión de adscribirlos a un planteamiento axial con algún propósito teórico orientado a la lingüística o a la filosofía del lenguaje, pues tal libro resulta de una artificiosa maniobra que confunde materiales de Marx y de Engels (sobre todo el primero), producidos en diferentes épocas y tal vez con diferentes cometidos (Jones, 2018: 733-734, n80).

Quizás convenga preguntar si, entre los más conspicuos seguidores de Marx de finales del siglo XIX y las tres primeras décadas o poco más del XX, hubo quienes mostraran interés en los problemas del lenguaje. Si se toma a Lenin como caso, la respuesta es negativa. Aunque se ocupa del lenguaje en Materialismo y empiriocriticismo, la polémica que sostiene con Helmholtz no se plantea en términos lingüísticos sino filosóficos y, sobre todo, psicológicos.

Otro tanto puede afirmarse de sus Cuadernos filosóficos. Bien que en diferentes ocasiones toca cuestiones de lenguaje, el encuadramiento epistemológico no autoriza una aproximación a la lingüística. Ni siquiera cuando tropieza en La ideología alemana con uno de los enunciados de Marx (arriba citados) va Lenin más allá de la emisión de un comentario tópico: «El lenguaje es el medio de comunicación más importante entre los hombres» (Mounin 1972: 233-5).

La pesquisa puede proseguir sin que el esfuerzo se vea recompensado. Acaso deba mencionarse como excepción a Paul Lafargue (yerno de Marx, muerto en 1910), autor de un estudio lexicológico titulado La langue francaise avant et après la Révolution (La lengua francesa antes y después de la Revolución), en el que trata de mostrar el efecto de las transformaciones sociales acaecidas entre 1789 y 1799 sobre el vocabulario francés. Pero, sea cual fuere el valor que se asigne a este trabajo, la cuestión es que no constituye un aporte al marxismo desde el punto de vista de la lingüística ni toma de aquel algo que a esta enriquezca (Mounin 1972).

Según la lingüística «marxista» de Nicolás Marr (1864-1934), la lengua —fenómeno superestructural— era un reflejo de la clase social

No mucho tiempo después se encuentra un asombroso episodio de la lingüística soviética. Durante la segunda mitad del siglo XIX los lingüistas rusos estuvieron al corriente de los avances de la gramática comparada y la lingüística histórica. Tanto en Moscú como en San Petersburgo existían activos círculos intelectuales y académicos consagrados al estudio de la lengua, la literatura y la cultura popular. Pero un punto de inflexión ocurre con la Revolución bolchevique en 1917, que provocó la emigración de no pocos de los más eminentes intelectuales (por ejemplo, Nicolás Trubetzkoy y Roman Jakobson). A partir de los años veinte y hasta 1950 como mínimo, en el campo de la ciencia, así como en las restantes esferas de la vida social, se propagó el dogmatismo originado en una peculiar interpretación del «marxismo» (que era una variante particular de las ideas de Marx).

Protagonista principal de estos avatares fue Nicolás Marr (1864-1934), un lingüista georgiano formado en la tradición comparatista y especialista en las lenguas del Cáucaso. Marr se propuso aplicar los postulados del «materialismo histórico» al análisis lingüístico, con el objeto de crear una lingüística «marxista». Sostuvo que la lengua —fenómeno superestructural— era un reflejo de la clase social y que a cada clase correspondían rasgos tipológicos específicos, independientemente de las lenguas. Esto significaba que un obrero de habla rusa y otro que hablara una lengua distinta podían comunicarse con más facilidad entre sí que cada uno de ellos con los hablantes de su misma lengua pertenecientes a otra clase social, para el caso la burguesía. A medida que Marr desarrollaba sus extravagantes propuestas teóricas se alejaba cada vez más de los datos de la realidad.

Lo trágico de estas excentricidades, que emparentan el caso de Marr con el del «agrónomo» Lysenko (que carecía de la formación académica de aquel), es que adquirieron condición oficial, constituyeron doctrinas reconocidas por las instituciones del campo respectivo, dieron lugar a prácticas obligatorias cuya elusión comportaba las más severas sanciones (de la simple destitución a la pena capital pasando por la reeducación concentracionaria) y crearon castas «científicas» privilegiadas que disfrutaban de considerables cuotas de poder, mientras invocaran ritual y preceptivamente el «marxismo» para identificarse con el proceso político soviético en un paradójico alarde de rigidez dogmática y genuflexión intelectual. En 1950, Stalin, quien tenía la primera y la última palabra en todas las agendas, en nombre de aquel «marxismo» que había terminado siendo más suyo que de Marx, decretó la muerte total y definitiva del marrismo, dieciséis años después de la de su fundador.

 

Referencias

  • Berlin, I. (1964): Karl Marx, su vida y su contorno. Buenos Aires: Sur.
  • Jones, G. S. (2018): Karl Marx, ilusión y grandeza. Madrid: Taurus.
  • Mounin, G. (1972): La linguistique du XXème siècle. París: Presses Universitaires de France.

Víctor Rago A., profesor de la Universidad Central de Venezuela.