¿Se erosiona Occidente?

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Ilustración: Enrique Meseguer / Pixabay.

El orden mundial conocido está de salida. Los cambios se suceden uno tras otro y la geopolítica dicta la pauta. Los pueblos deberán ser creativos y persistentes para tener la última palabra.

María Gabriela Mata Carnevali / 31 de julio de 2019


 

El declive de la influencia occidental, visible en el desprecio de Donald Trump hacia los compromisos contraídos por Estados Unidos y en los múltiples problemas de Europa que la mantienen concentrada en sí misma, abre un camino de incertidumbre para las relaciones internacionales. El mundo ya no es el que era: una firma del presidente estadounidense dejó sin efecto el acuerdo que la comunidad internacional hilvanó con Irán durante años de esfuerzos diplomáticos continuados, Gran Bretaña se salió de la Unión Europea y Corea del Norte lanzó un misil balístico que sobrevoló Japón.

Líderes en todas partes empiezan a tantear hasta dónde pueden llegar. Muchos adoptan una mezcla nefasta de nacionalismo y autoritarismo, que suele incluir rechazo a las instituciones y las normas internacionales.

Las ideas revisionistas del orden mundial no son nuevas y tienen su fundamento en las injusticias implícitas en la repartición del poder y la gobernanza global. El orden bipolar surgido de la Segunda Guerra Mundial, con relaciones de fuerza condicionadas por la tensión entre las grandes potencias nucleares, en particular Estados Unidos y la Unión Soviética, estaba lejos de ser perfecto. El triunfo occidental, marcado por la caída del muro de Berlín en 1989, no significó «el fin de la historia» de los conflictos. Las reglas de juego liberales no pudieron impedir el uso de armas químicas por parte de Irak contra Irán en los años ochenta, las matanzas de los noventa (en Bosnia, Ruanda y Somalia), las guerras de Afganistán e Irak tras los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, la brutal campaña de Sri Lanka contra los tamiles en 2009 ni las guerras civiles de Libia y Sudán, en parte porque los promotores de las normas se sintieron con derecho a violarlas a conveniencia o escogieron la inacción calculada.

Ante el rápido auge de las potencias emergentes en un marco en el que Occidente pierde poder, las armas nucleares vuelven a ser una amenaza

Pero hubo una expansión de los valores democráticos en un entorno cooperativo, que daba la sensación de caminar en el sentido correcto. Esa sensación está amenazada no tanto por quienes demandan mayor solidaridad y justicia internacional sino por un populismo egocéntrico que ensalza la identidad social y política (conciencia de clase más ideología), denigra a las minorías y los inmigrantes, ataca el Estado de derecho y la independencia de la prensa y eleva la soberanía nacional por encima de todo lo demás.

El viento parece soplar a favor de esos gobernantes autoritarios que, para su sorpresa, gozan de una libertad de movimiento impensable tan solo unos años atrás. La expulsión en masa de 700.000 rohingyas en Myanmar, la brutal represión de la revuelta popular por el régimen sirio y el silenciamiento de la disidencia en Turquía, Egipto y Venezuela, son solo algunos ejemplos de los muchos que se podrían citar en este sentido. «Todos ellos motivados por lo que los gobernantes consideran una luz naranja donde antes había una luz inequívocamente roja» (Geografía política. Espacio y poder, 2019).

En algunos casos sus desmanes rebasan las fronteras, en acciones que no pueden ser consideradas guerras en su sentido clásico. Rusia, después de anexionarse partes de Georgia y Crimea y fomentar la violencia separatista en Ucrania, ahora se hace notar en el mar de Azov e intenta socavar las democracias occidentales por medios poco convencionales. Arabia Saudí asesinó a un periodista disidente en su consulado en Estambul. China condenó a muerte a un ciudadano canadiense por tráfico de drogas. Israel se atreve a sabotear de forma cada vez más sistemática las bases para una posible solución de dos estados.

No todo es tan terrible. Ahí está, por ejemplo, la idea de la «responsabilidad de proteger» (R2P) que busca abrirse paso en el ordenamiento jurídico internacional. Concebida en la cumbre mundial de las Naciones Unidas de 2005, en el marco de la defensa de los derechos humanos, la R2P es una muestra fehaciente del deseo de la sociedad internacional de avanzar en la senda liberal, pero todavía debe probar su eficacia en la práctica.

La R2P establece la posibilidad de una intervención humanitaria en caso de que un Estado no actúe para proteger a su población o sea en realidad el autor de los crímenes en su contra, en el entendido de que las violaciones graves de los derechos humanos constituyen una amenaza a la paz mundial. El problema es que este concepto novedoso, que implica una responsabilidad colectiva, constituye una excepción a tres de los principios más consolidados en el derecho internacional: la soberanía estatal, la no intervención en los asuntos internos de otros estados y la prohibición de usar la fuerza armada.

Si se buscan ejemplos de su aplicación se puede mirar a África (Somalia desde 2007, Sudán desde 2007, Zimbabue 2019, entre otros). Si bien la inmensa mayoría de los estados africanos y su organización multilateral más representativa, la Unión Africana, siguen apegados a la no intervención estricta, se ha producido una interesante evolución. Pudiera decirse que en África se ha pasado de la «no injerencia» a la «no indiferencia», porque determinadas barbaridades han removido conciencias. Los resultados, sin embargo, todavía distan de ser los deseados. Basta mirar hacia Libia.

El orden internacional conocido está de salida y, aunque resulta difícil vislumbrar lo que vendrá, seguro la geopolítica tiene un papel que desempeñar. Se habla mucho de la rivalidad entre Estados Unidos y China en el terreno comercial, que ya se refleja en el plano tecnológico en áreas como el desarrollo de la tecnología 5G o la carrera espacial. Menos probable, y sin embargo posible, es que la tensión entre los dos gigantes se manifieste además en el ámbito militar en el mar de la China Meridional o el estrecho de Taiwán. Pero este binomio no está solo en la pugna por el poder. Rusia pretende unirse a Estados Unidos y China en la tríada de potencias mundiales. Por su parte, Irán busca un papel preponderante en el Medio Oriente acorde con su historia y capacidades, y Japón hace lo propio en Asia oriental. Es «la revancha de los poderes revisionistas», para usar la expresión de Walter Russell Mead (2014). Conviene igualmente prestar atención a otros actores como Israel, Arabia Saudí, Catar o Etiopía, que tratarán de aumentar su influencia relativa (El Orden Mundial, 2019).

La geopolítica regresó para quedarse. Ante el rápido auge de las potencias emergentes en un marco en el que Occidente pierde poder, las armas nucleares vuelven a ser una amenaza y los repliegues y las alianzas estratégicas están a la orden del día. Al mismo tiempo, nuevos modelos de organización económica y social se abren camino de la mano de los países revisionistas que presentan formas de organización económica, política y social que distan mucho del patrón de democracia liberal.

Venezuela se ha convertido en un escenario en el que, como siguiendo un guion de la Guerra Fría, miden fuerzas Occidente y tres de estas potencias revisionistas. ¡Vaya complicación! Habrá que ser muy creativos y persistentes para, como pueblo, tener la última palabra.

 

Referencias

  • El Orden Mundial (2019): «El mundo en 2019». https://elordenmundial.com/el-mundo-en-2019/
  • Geografía política. Espacio y poder (2019): «Las guerras de 2019». https://geopolitica2012.wordpress.com/tag/conflicto-belico/
  • Mead, W. R. (2014): «The return of geopolitics: the revenge of the revisionist powers». Foreign Affairs. Vol. 93. No. 3, 69-79. https://www.jstor.org/stable/24483407

María Gabriela Mata Carnevali, profesora de la Universidad Central de Venezuela / @mariagab2016