Vamos a contar mentiras

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Casi sesenta por ciento de quienes comparten noticias en sus muros de Facebook no las han leído; simplemente, les gustan sus títulos.

Luis Ernesto Blanco / Enero-marzo 2018


Si algo ha dejado de manifiesto el auge de las redes sociales en internet es que a mucha gente le gusta contar mentiras. Y a la mayoría le gusta creerlas. No es un fenómeno nuevo. La fábrica de rumores, medias verdades, imprecisiones y mentiras descaradas para manipular la opinión pública ha existido siempre, pero con internet el periodismo malo se puede ocultar detrás de cualquier tuit. Como explicó Umberto Eco (2015): «Con Internet te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada. Piense tan solo en el éxito que tiene en Internet cualquier página web que hable de complots o que se inventen historias absurdas: tienen un increíble seguimiento, de navegadores y de personas importantes que se las toman en serio».

 

Quién dice qué cosa

Así como la gente miente en la vida real es inevitable que mienta en redes sociales, sobre todo si el incentivo, además de alimentar el ego, consiste en cambiar el rumbo de la historia e imponer agendas. Le toca a las audiencias ser muy precavidas en la información que consumen.

No se puede caer en la trampa de la confianza que aportan los contactos directos. Es posible que no haya mala intención, pero ocurre casi siempre que no hay una verificación medianamente seria. En cualquier caso, hay que cuestionar y evitar compartir sin tener certeza de lo que se propaga. En ningún caso se debe caer en aquello de «como me llegó lo reenvío» y mucho menos dar crédito a sitios de dudosa o ninguna reputación.

Nunca es recomendable bloquear o ignorar lo que no concuerde con el punto de vista personal. Pero es igualmente peligroso dar por cierto todo lo que confirma los supuestos y creencias propios. Si parece «demasiado bueno para ser cierto», generalmente es una mentira: más que informar de hechos objetivos pretende sensibilizar a la audiencia con respecto a una causa. Es lo que se ha conocido como «posverdad»: un emborronamiento de la frontera entre la verdad y la mentira, que crea una tercera categoría distinta a las dos anteriores. Un hecho —ficticio o no— es aceptado de antemano por una persona solo porque encaja con sus esquemas mentales. No importa lo que se cuenta, sino cómo se cuenta y, sobre todo, con cuánta facilidad se propaga.

Lo peligroso de la posverdad es que se difunde con gran velocidad y los líderes de opinión la han puesto a trabajar para beneficiar sus causas. La compañía de medios sociales SocialFlow calculó, durante la campaña presidencial de Estados Unidos, que Donald Trump obtenía tres veces más exposición gratuita en redes sociales que Hillary Clinton: en enero de 2016, el magnate se había convertido en «la persona de la que más se habló en el planeta» (Alaimo, 2016). Lo más grave es que no todo lo que dijo el hoy presidente Trump fue precisamente cierto. Desde aquellos días en los que insistía en la idea falsa de que el expresidente Barack Obama había nacido en Kenia, hasta sus afirmaciones exageradas sobre la cantidad de personas que asistieron a su toma de posesión, Trump pasa con gran facilidad y de forma cotidiana de la hipérbole a la distorsión y la mentira (Leonhardt y Thompson, 2017).

 

Guerra a las noticias falsas

El problema principal del combate a las noticias falsas difundidas por Internet es que su identificación requiere, ante todo, un esfuerzo del internauta y que este sea mínimamente desconfiado. Sin embargo, un estudio de la Universidad de Columbia en 2016 encontró que 59 por ciento de quienes compartieron noticias en sus muros de Facebook ni siquiera las leyeron; lo hicieron porque les gustaron sus títulos (DeMers, 2016).

Si algo tiene una noticia falsa es que viene en un paquete atractivo. Un trabajo publicado por BuzzFeed en diciembre de 2016 da cuenta de las cincuenta noticias fraudulentas más difundidas en Facebook durante ese año. Solamente entre ellas se produjeron más de 21,5 millones de reacciones y comentarios, la mitad de los cuales provenían de informaciones de corte político (Silverman, 2016).

Las grandes compañías tecnológicas, como Google y Facebook, intentan arreglar las cosas. Con el apoyo de organizaciones independientes, han puesto en marcha sistemas de verificación en los cuales editores humanos y no algoritmos ponen una etiqueta al final de la noticia cuando los datos han sido verificados.

La necesidad de la sociedad de distinguir entre lo real y lo falso ha motivado la creación de instituciones totalmente dedicadas a la verificación de datos y declaraciones ofrecidas por políticos. Ha sido muy saludable la aparición de organizaciones como FactCheck.org, un proyecto de la Universidad de Pensilvania, cuyo propósito es responder las preguntas de los lectores sobre lo que han escuchado o leído en los distintos medios de comunicación o redes sociales y elaborar artículos semanales con sus conclusiones para alertar sobre rumores falsos. Otros sitios que van en esa dirección son Politifact.com y The Fact Checker, una iniciativa del diario The Washington Post.

Con más de mil millones de sitios de internet en el mundo, y casi tantas cuentas de redes sociales como humanos hay en el planeta, no será una tarea sencilla lidiar con mentiras y posverdades. Aunque crezcan los servicios de verificación, siempre irán más lentos que la capacidad de propagación de los rumores y nunca podrán reemplazar la sana desconfianza del lector.

Referencias

  • Alaimo, K. (2016): «Redes sociales: donde Donald Trump tiene su verdadero poder». CNN en español. http://cnnespanol.cnn.com/2016/11/17/redes-sociales-donde-donald-trump-tiene-su-verdadero-poder/
  • DeMers, J. (2016): «59 percent of you will share this article without even reading it». 8 de agosto. https://www.forbes.com/sites/jaysondemers/2016/08/08/59-percent-of-you-will-share-this-article-without-even-reading-it/#64bba66e2a64
  • Eco, U. (2015): «Internet puede tomar el puesto del periodismo malo». El País. 30 de marzo. https://elpais.com/elpais/2015/03/26/eps/1427393303_512601.html
  • Leonhardt, D. y Thompson, S. A. (2017): «Trump’s lies». The New York Times. 14 de diciembre. https://www.nytimes.com/interactive/2017/06/23/opinion/trumps-lies.html
  • Silverman, C. (2016): «Here are 50 of the biggest fake news hits on Facebook from 2016». 30 de diciembre. https://www.buzzfeed.com/craigsilverman/top-fake-news-of-2016?utm_term=.ijqYeje7Q#.fb8BLJLql

Luis Ernesto Blanco, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello / @lblancor