Venezuela: una perspectiva posible

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Ilustración: Oswaldo Dumont.

Lo que pasa en Venezuela es mucho más que una crisis: es una ruptura con la forma tradicional en la que el venezolano se reconoce como ser humano. En la convivialidad típica de la cultura venezolana pueden encontrarse las herramientas para superar la violencia como último recurso para existir.

Alexander Campos / Enero-marzo 2018


Tener sentido de perspectiva es saber leer cada elemento dentro de la totalidad que le da sentido. Lo valioso de esta manera de concebir la perspectiva es su carácter histórico y flexible. No existe una realidad dada y estable, sino en permanente construcción por todos. La perspectiva, más que una manera de contemplar la realidad, se convierte, así, en un componente de ella y la fuerza a partir de la cual se organiza esa realidad.

El absurdo —contrario a la lógica y a la razón— que viven los venezolanos resulta de la imposición de un concepto en el cual todos los puntos de vistas deben resultar idénticos; se impone una perspectiva, de lo que resulta la aniquilación de toda humanidad, porque ser humano es ser posibilidad, perspectiva, proyección, futuro. Urge, entonces, pensar esa totalidad que es el hoy venezolano desde adentro, desde la dolorosa trama de la que está hecha la vida venezolana de hoy.

La caracterización más frecuente de lo que ocurre en Venezuela es que está en crisis: crisis económica, crisis de valores, crisis social. No parece suficiente esta definición; es más, no sólo es insuficiente, sino que puede resultar distractora. Cuando tradicionalmente se habla de crisis, se piensa en algo inestable, dudoso, inseguro, que ha sido sometido a examen para una posible rearticulación en una nueva «situacionalidad». En algunos casos es presentada como un paso necesario para un futuro mejor. Por eso, lo que para algunos resulta una tragedia, para otros es una necesidad: romper, quebrar, destruir para hacer algo mejor.

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La ruptura es total

Distintos estudios cualitativos e historias de vida muestran que el venezolano vive la situación no solo como una crisis, sino también como un cambio de la organización general, de la arquitectura y de la perspectiva de su existencia. La ruptura que se produce no es solamente de carácter político (con el surgimiento de distintas normas, reglas y estructuras de organización del poder), tampoco es solamente económica (con nuevos modos de relación con lo productivo y lo material, en los que el régimen de propiedad, entre otras cosas, varía). La ruptura es total, totalitaria, abarca todos los aspectos de la vida y hasta del propio sentido del vivir.

Esto lo experimenta el venezolano como algo inédito. Nunca había tenido que enfrentar algo parecido y, por lo tanto, no tiene memoria histórica ni cultural para enfrentarlo y pensarlo. Los cambios políticos sucedidos en Venezuela no habían implicado cambios en el modo de vivir. El cambio político más abrupto fue el paso del régimen colonial al régimen republicano, y este no implicó para el venezolano una fractura estructural en el modo de organizar y de entenderse con la vida. Posteriormente, Venezuela ha padecido formas políticas muy violentas, pero su actuar se ha reducido a la esfera de lo institucional y formal. Nunca le implicaron al venezolano de a pie modificaciones raigales.

Lo que ha estado ocurriendo en los últimos 18 años es vivido por el venezolano no solo como un cambio de estructuras políticas sino, en lo fundamental, como una destrucción de la forma en la que se reconoce como ser humano. En esta percepción se sintetiza el verdadero sentido del totalitarismo: más que un régimen político aspira a ser un modo de vida. Aspira a convertirse en una estructura supracultural y supranacional que orienta y define hasta los modos más íntimos del existir.

Adonde apunta la vida social y política de Venezuela es a un debilitamiento tal del Estado que sugiere su desaparición. Lo curioso es que esto sucede precisamente con un régimen cuyo modelo de poder ha pretendido ser el más totalitario; es decir, el que ha buscado ordenar todos los ámbitos de la vida individual y social. Pero, en ese ejercicio totalitario, lo que ha resultado es su vaciamiento, el írsele diluyendo poco a poco el poder. Esto es así, entre otras cosas, por su identificación y asociación con lo delincuencial.

Los testimonios de la gente, y lo que todos los venezolanos viven a diario, revelan que las instituciones encargadas del orden favorecen el desorden; y no solo lo favorecen, sino que se ponen, cada vez más, de parte del desorden. ¿Por qué? Porque el orden tampoco les garantiza, a quienes están en estas instituciones, la seguridad que todo ser humano busca al reunirse en sociedad. Los regímenes totalitarios se basan en la estabilidad que les proporcionan las fuerzas de seguridad. Entonces, en un mutuo intercambio, el poder garantiza beneficios a las fuerzas del orden y las fuerzas del orden se benefician del orden. Por eso, la garantía de anarquía segura que se presiente en Venezuela está en que las fuerzas del orden no se están beneficiando del orden; al contrario, están padeciendo por ese orden.

En la medida en que esto sucede con el Estado —mientras el régimen destruye todas las instituciones y el sistema de normas y reglas en el que el venezolano se reconoce como sujeto en sociedad y, lo que es peor, no construye nada sólido y permanente en su lugar—, la gente se va quedando sin referentes políticos y culturales a los cuales recurrir para ordenar, no digamos la convivencia, sino la más básica posibilidad de vida. Los crecientes saqueos y linchamientos, de los que ya ni siquiera se quiere dar cuenta en los medios, indican que la gente no encuentra respuestas en las leyes y normas, que el estado de anarquía generalizada produce una especie de suspensión de las reglas asumidas para sobrevivir en civilización y deja la violencia como único y último recurso.

En las dictaduras, en los regímenes totalitarios, hay una estructura de poder, hay unos referentes a los cuales recurrir. Hasta en una guerra, hasta en ese engendro llamado guerra civil, hay un horizonte normativo al cual recurrir. En cambio, la violencia anárquica en la que se sumerge el país no tiene estructura, se construye en el mismo ejercicio de producirse y por los múltiples e inesperados actores que surgen. Es posible evadir la reflexión sobre esta realidad, pero no escapar de ella, porque el hambre y la violencia traspasan las paredes de las casas y hasta de la habitación.

Este sistema va dejando al venezolano sin las bases materiales necesarias para sostener y mantener una cultura que, históricamente, ha estado fundada en la relación afectiva matricentrada y que se caracteriza por una convivencia cercana y directa. El gran peligro es que el modo de vida que está siendo impuesto por el modelo político haga fallar a la cultura venezolana en lo que constituye su centro y motor: la madredad. Si se ve en peligro el fundamento de la cultura, corre peligro todo lo que de ella depende, tanto en lo subjetivo como en lo comunitario y lo social. La fuerza que la sostiene, el impulso que le da vida está desapareciendo.

 

La gran preocupación es la familia

Esta es la gran preocupación que surge en cualquier conversación cotidiana y que con detalle aparece en las investigaciones de campo que, de verdad, se detienen sobre la vida del venezolano. Sean estas investigaciones de mercado o estrictamente sociales, la gran preocupación del venezolano se centra en la familia y en los hijos: «Ese es mi día a día, pensando siempre en ellos», «Cuando los chamos te piden y no tienes nada que darles, no existe experiencia más dolorosa».

La familia se vive enfrentando sola esa experiencia, como quien no tiene apoyo de nadie, ni de ninguna instancia. «Ellos y yo estamos solos», «A mí lo que me preocupa no es tanto yo, es mi familia», «Todos piensan qué le voy a dar a mi hijo, qué voy a hacer con mi hijo». Y la preocupación llega a su máxima expresión cuando la falla es definitiva, cuando la madre no puede ser garantía, ni siquiera, de la vida —«Mamá, ¿qué estás esperando, qué nos maten?»— o cuando el padre no puede cumplir la función central que la cultura le tiene como destino: ser proveedor. Es la desfundamentación de la existencia.

Otra realidad que se encuentra en los estudios de campo es una permanente nostalgia por el rompimiento de la convivialidad comunitaria. Esta expresión sintetiza lo que significa esta nostalgia (transcripción literal): «Llegó un momento en que la gente empezó a discutir, empezaron a formarse líos, empezaron los tiros, los disparos y desde ese momento ya no salimos a la calle».

Está ocurriendo una transición: de una Venezuela en la que la convivencia era celebrada y vivida afuera a otra en la que encerrarse, en el círculo más íntimo, dentro de la casa, se está convirtiendo en el único camino para la supervivencia. Sea porque la violencia delincuencial y política enemista y enfrenta, sea porque no hay posibilidades económicas o materiales para otra cosa, el movimiento que se encuentra en todas las narraciones va de un proceso de apertura y encuentro a otro de volverse sobre sí. Las calles, desde las más urbanas hasta las más rurales, pasaron de ser un espacio de permanente convivencia a un desierto. La gente no se expande, cada vez más se contrae a lo más cercano afectiva y espacialmente.

La convivencia se hacía y se celebraba afuera: «Uno estaba hasta las diez de la noche en la calle», «Por donde yo vivía, celebraban todo», «Las puertas amanecían abiertas y entonces el vecino: “Vecino, ¿tienes una leche que me regales?”», «Todos eran amigables. Se saludaban todos los días. Jugábamos en la calle», «Tú podías salir al pasillo, asomarte y saludar al vecino de al lado», «Le quitó la felicidad a uno, así, pa’ salí pa’ la calle».

 

La destrucción de un modo de vivir

No se está viviendo una destrucción de lo económico. Lo que está ocurriendo es mucho más de fondo; porque de lo económico, con disposición y algunas recomendaciones básicas, se puede salir. Está ocurriendo la destrucción de un mundo total de vida. No es solo la imposición de un cuerpo de teorías y modelos, sino la eliminación de un modo de vivir por otro modo de vivir en el que el venezolano, por cierto, no se reconoce y se resiste, pero no tiene en su memoria cultural mecanismos efectivos para enfrentarlo. Es una realidad que le es desconocida. La resistencia que ofrece y su no reconocimiento hacen que la tragedia sea mucho mayor. No le gusta en qué se está convirtiendo.

Cuando los compatriotas se van no renuncian, solamente, a un país, a un modelo político, a unas condiciones sociales. Renuncian a un modo de ser. Y eso, en términos de posibilidades para la reconstrucción, puede representar el principal problema que enfrentará el país. Lo que era vivido por el venezolano como nostalgia, ahora es experimentado con rabia.

Cada vez se encuentra en el venezolano una mayor disposición a la violencia como mecanismo para regular la convivencia. El tono general del relacionamiento se va haciendo cada día más áspero, duro, muchas veces desconocido. Varias son las razones de este estado, pero la principal se encuentra en la pedagogía pública del régimen, que construye toda su política a partir del enfrentamiento. El régimen se alimenta de una doctrina y una práctica en las que el aniquilamiento, la eliminación del otro debe ser el motor de la realidad. Obviar este modo que tiene el régimen de entender la realidad es evasión inútil, porque tarde o temprano se enfrentarán sus consecuencias.

Otra nota característica del hoy venezolano, o uno de los síntomas más elocuentes de la hora actual, es la ausencia en toda Venezuela de una ilusión hacia el mañana. En Venezuela hoy no se anhela. No hay «cosecha de deseos». Todo se ha vuelto como de plastilina y parece falso. Las empresas, las universidades, todo sitio de creación se queda solo, no por falta de incentivos materiales, sino por ausencia de motivación. Señal de esto es que no se emprende nada nuevo en lo político, en lo científico, en lo empresarial ni en lo moral. Apenas se vegeta.

Quien se atreve a emprender es visto como un bicho raro. Sin este impulso, sin estas ganas, ni siquiera la vida biológica vale la pena: «Yo no le paro un hijo más a Maduro» es una expresión significativa a este respecto. Cuando se indaga en relatos de vida —en los que dado el carácter tan íntimo de empatía que se produce y que permite indagar en profundidades ajenas a otras herramientas de investigación—, se encuentran revelaciones como la siguiente: «Es preferible una guerra civil porque en ella uno espera algo, uno está motivado por un resultado posible. Eso es preferible a esta falta de ganas que estamos viviendo ahora en Venezuela y que es tan parecida a Cuba. Cuba es un sitio en el que ya no se espera nada».

 

Que triunfe la convivialidad

Lo que se vive en las mesas de diálogo en que se han convertido las colas es que la gente experimenta un tránsito de la desesperación a la desesperanza. Eso es aterrador, porque en la desesperación todavía quedan cabos sueltos a los cuales aferrarse y eso, políticamente, es muy rico. Pero en la desesperanza es el abandono la actitud en la que se cae. El abandono le cierra el campo a la política.

Estas dos características —la disposición general a la violencia y la falta de deseo, de anhelo— son dos de los grandes retos para la reconstrucción de este país. ¿Cómo hacerle frente a esta situación, si la conmoción es tan grande que hasta las mismas estructuras tradicionales de la cultura parecieran suspendidas y dejadas a un lado mientras se recuperan las bases materiales que hacen posibles su concreción? La respuesta no puede ser sino política, si las causas tienen un origen político.

Es necesario apelar, en lo político, precisamente a eso que está suspendido pero no eliminado. Hannah Arendt recurre contra el totalitarismo a la fuerza que al individuo le viene de los mecanismos más primitivos del existir. A la totalidad le enfrenta la individualidad. Es necesario construir una política que, sin miedo ni vergüenza, encuentre en la convivialidad típica de la cultura venezolana las herramientas para superar la violencia como último recurso que el régimen deja para existir.

¿Quiere decir esto que quienes se ubican fuera del ámbito político no pueden hacer nada? ¿Nada se puede hacer desde la perspectiva del mundo productivo? Varias son las cosas que se pueden hacer. Hay un talante necesario para abordar semejante situación, como enseña la historia:

  • No es con pesimismo como se enfrenta esta situación.
  • Los cambios han solido hacerse con ideas de alto alcance.
  • Se necesita una palpitación de horizontes que atraiga, que incite a la unión.
  • La idea de las grandes cosas por hacer es la que llevará a la unión del país.
  • El venezolano debe percibir que integra un Estado, los empleados deben percibir que integran una empresa: un conglomerado en el que están juntos para algo. No se convive por estar juntos, sino para construir juntos. Se necesita una ilusión.
  • El venezolano debe percibir el gremio como un grupo de personas con talento sinóptico suficiente para formarse una visión íntegra de la situación nacional y capacidad para hacer aparecer los hechos en su verdadera perspectiva.
  • Un organismo que sirva de agente de totalización se articula como parte en un todo más amplio, más allá de intereses particulares mezquinos.
  • Para que el talento se quede hay que proponer algo más que incentivos materiales: lo más importante en este momento es proponer un proyecto que sugestione.

Que nos reconozcamos en la convivialidad y no en la violencia puede resultar nuestro más grande triunfo contra el régimen.


Alexander Campos, investigador del Centro de Investigaciones Populares y profesor de la Universidad Central de Venezuela / camposalex@gmail.com / @camposalexan