Las dos Chinas

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Bo Peng en Unsplash

Es común la percepción de una China en decadencia cuya estrategia de invertir en infraestructura para afrontar las crisis no funciona, y otra en rápido avance que necesita reducir su dependencia tecnológica. El Gobierno chino necesita dar un vuelco a su economía y el XV Plan Quinquenal promete un «desarrollo de alta calidad», con modernización industrial y mayor demanda interna


 

¿Economía en decadencia o competidor tecnológico? Es común tener la percepción de que existen simultáneamente dos Chinas. La percepción de decadencia es alimentada por una reducción en la inversión en activos fijos y las ventas al detal, tres años consecutivos de disminución de la población y, sobre todo, por el deterioro del valor de la mayor reserva de riqueza familiar representada por un mercado inmobiliario que tiene más de cuatro años en caída. Aunque la crisis inmobiliaria esté cerca de terminar, lo que quede del sector será una sombra de lo que fue, quizás un cuarenta por ciento de su tamaño original (que llegó a ser una cuarta parte del PIB).

El endeudamiento de 2024 fue un 83 por ciento del PIB. Esta cifra puede ser mayor si se incluyen las deudas de las empresas estatales y los vehículos de financiación de Gobiernos locales. La suma de todas estas variables obliga a los expertos a pensar que el crecimiento económico anual se sitúe entre el tres y el cuatro por ciento durante los próximos años, frente al seis u ocho por ciento del pasado reciente.

El Gobierno chino necesita dar un vuelco a su economía. Tal preocupación se refleja en el XV Plan Quinquenal (2026-2030), que promete un «desarrollo de alta calidad» mediante la autosuficiencia tecnológica, una mayor modernización industrial y el aumento de la demanda interna.

El aumento de la demanda interna, una «vieja promesa» de la Administración de Xi, requiere que los hogares chinos aumenten su consumo, lo que implica reducir la represión financiera del país: transformar los recursos que hoy fluyen hacia las empresas del Estado, los Gobiernos locales y los bancos del Estado en créditos al consumidor. Esta sería una profunda transformación de la economía política y de todos los intereses creados que la conforman.

China se ha mostrado reacia a adoptar las medidas drásticas que muchos economistas sugieren: iniciativas para que los hogares chinos consuman más bienes y servicios producidos en el país en lugar de depender de la demanda del resto del mundo. China aporta el 27 por ciento de la inversión mundial, pero representa solo el 12 por ciento del consumo global.


El XV Plan Quinquenal del Gobierno chino (2026-2030) promete un «desarrollo de alta calidad».


La transformación tecnológica mencionada en el XV Plan Quinquenal tiene sus antecedentes en inversiones que ya empezaron a ejecutarse en sectores como el farmacéutico, el de semiconductores y el de computación cuántica, respaldadas por subvenciones y capital paciente para investigación y desarrollo, así como por reformas que reducen la burocracia. En todos estos procesos intervienen avances de la inteligencia artificial, que requerirán cerca de 98.000 millones de dólares en 2025, de los cuales la mitad serán fondos del Estado.

La inversión en investigación y desarrollo ha aumentado casi un 9 por ciento anual, frente al 1,7 por ciento de Estados Unidos, según los últimos datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. En 2024, China registró 70.160 patentes internacionales que superan ampliamente las 54.087 registradas por los innovadores estadounidenses. Ese mismo año instaló unos 300.000 robots industriales, casi diez veces más que Estados Unidos, y aportó aproximadamente dos tercios de las ventas totales de vehículos eléctricos.

El impulso tecnológico sin duda presionará a las empresas estadounidenses. Así como en el pasado las inversiones chinas en sectores como el acero ayudaron a debilitar la industria manufacturera básica en Estados Unidos —hecho que el Gobierno de Trump usa como argumento para justificar su política arancelaria—, las inversiones del gigante asiático en las nuevas tecnologías crean tensiones en las economías desarrolladas.


China aporta el 27 por ciento de la inversión mundial, pero representa solo el 12 por ciento del consumo global.


Cuando en 2001 China entró en la Organización Mundial del Comercio, comenzó un ciclo de expansión de sus exportaciones que se reflejó en un aumento del poder adquisitivo de su población, que comenzó a importar materias primas, automóviles y bienes de capital, lo que estimuló el crecimiento de la economía mundial. El nuevo ciclo de crecimiento apalancado en tecnología seguramente producirá una riqueza que se canalizará hacia las empresas chinas que satisfacen el consumo interno, para el disgusto de Estados Unidos y la Unión Europea.

Pese al impacto que podría traer consigo la «autosuficiencia tecnológica», las inversiones que estas actividades movilizarían no alcanzan a totalizar el 10 por ciento del PIB del país. El hueco dejado por el sector inmobiliario —que en algún momento aportó el 27 por ciento del PIB— no se termina de llenar. Aun con las inversiones tecnológicas, el banco de inversión Goldman Sachs pronostica un crecimiento del PIB chino de 4,8 por ciento para 2026, medio punto porcentual mayor que el previsto para el cierre de 2025.

El mercado de capitales chino no es para todo el mundo. El potencial de crecimiento es enorme y la población china tiene una gran propensión a invertir, entre otras cosas porque siente que las redes de protección social no son suficientes para cubrir los gastos de educación y retiro. Por lo tanto, las personas dejan de consumir para cubrir estas necesidades.

Los depósitos bancarios chinos totalizan 165 billones de yuanes, frente a una capitalización bursátil de alrededor de 100 billones de yuanes. Si parte de estos depósitos migraran a la bolsa, el mercado alcista recibiría un gran espaldarazo. Pero el riesgo político es enorme. Cuando el Partido Comunista Chino realiza purgas, las empresas de los que caen en desgracias sufren las consecuencias. Por ello, invertir en el mercado accionario chino requiere un seguimiento que no es sencillo ni económico de instrumentar.


Carlos Jaramillo, vicepresidente ejecutivo del IESA.

Este artículo se publica en alianza con Arca Análisis Económico.

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