Un líder que cuestiona con sentido crítico demuestra que la verdadera autoridad no se impone. Cuando un líder decide abandonar la piel del «criticón» y adoptar la práctica de la realimentación, está dispuesto a crecer con su equipo.
Nadie censura que las cosas no se hagan, pero sí que no se hagan bien;
pocos dicen por qué no se hizo esto o aquello,
pero sí por qué se ha hecho mal.
Baltasar Gracián[1]
El liderazgo se mueve en un delicado equilibrio entre la mirada que orienta y el juicio que hiere. Un líder puede convertirse en motor de crecimiento cuando observa con agudeza, hace preguntas que despiertan reflexión y promueve caminos de mejora. Pero corre el riesgo de transformarse en una voz áspera cuando se instala en la crítica vacía que desgasta y paraliza. En esa frontera se juega la aceptación o el rechazo, porque los equipos reconocen la diferencia entre quien impulsa con su cuestionamiento y quien debilita con su censura. De ese contraste depende que el liderazgo sea seguido con convicción o rechazado con resistencia.
La cuestión de cuestionar
«Entramos todos en el mundo con los ojos del ánimo cerrados, y cuando los abrimos al conocimiento ya la costumbre de ver las cosas, por maravillosas que sean, no deja lugar a la admiración», advierte Baltasar Gracián.[2] El autor denuncia la inercia de mirar sin ver, de pasar por la vida sin contemplar ni aprender. El líder que se atreve a cuestionar rompe con esa costumbre: no acepta lo dado, busca nuevas perspectivas y cultiva en los demás la capacidad de admirar lo que parecía rutinario.
La teoría contemporánea plantea que lo crítico no se reduce a censura o juicio, sino que también implica discernimiento y capacidad para anticipar giros emergentes en la realidad social.[3] Desde esta mirada, cuestionar se convierte en un acto prospectivo, que surge de interrogar lo presente y pretende ayudar a vislumbrar lo que está naciendo en la cultura o en la organización. Así, el liderazgo que cuestiona no se limita a corregir errores, sino que abre espacio a lo emergente, al crear posibilidades antes invisibles.
Cuestionar con autenticidad exige valentía y humildad. El líder que lo practica reconoce que no posee todas las respuestas y que la verdad se construye en interacción con otros. Su fuerza no radica en imponer certezas, sino en sostener la tensión de las preguntas, en incomodar sin destruir y en abrir el camino a soluciones que surgen del colectivo. De esta forma, el cuestionamiento deja de ser un ejercicio solitario y se convierte en un acto compartido que otorga legitimidad y confianza.
El liderazgo que cuestiona no se limita a corregir errores, sino que abre espacio a lo emergente, al crear posibilidades antes invisibles.
Ser crítico es, sobre todo, un ejercicio de escrutar el poder y desnaturalizar lo que parece incuestionable.[4] El cuestionamiento auténtico se convierte, por lo tanto, en una herramienta política en las organizaciones. Revela que las jerarquías, las rutinas y las decisiones son construcciones sujetas a revisión, carentes de neutralidad. El líder que cuestiona actúa como traductor de lo invisible: muestra que lo que parece inevitable puede transformarse en una oportunidad de cambio.
En el ámbito organizacional, la crítica adquiere incluso un giro paradójico. La crítica pública, en lugar de destruir, puede amplificar la visibilidad y la legitimidad de quien la recibe, un fenómeno al que se le ha dado el nombre de la «paradoja de la elevación».[5] Desde esta óptica, un líder que cuestiona no teme la exposición de las ideas, sino que confía en que el debate abierto puede fortalecer tanto al individuo como al colectivo. La crítica deja de ser un arma de control y se convierte en un escenario de crecimiento compartido.
«Todos, al fin, verás que van por extremos, errando el camino de la vida de medio a medio. Echemos nosotros por el más seguro, aunque no tan plausible, que es el de una prudente y feliz medianía», sostiene Gracián.[6] La «prudente medianía» es equilibrio. El líder que cuestiona sabe navegar entre el exceso de juicio y la indulgencia ciega, construye una senda donde la crítica se orienta hacia la mejora desde la duda y no hacia la destrucción desde el juicio.
El liderazgo que cuestiona se diferencia porque intenta comprender antes que condenar y convierte cada observación en semilla de transformación.
Hoy se espera que los líderes cuestionen con propósito y no con ánimo de reproche. Este cuestionamiento implica abrir espacios de diálogo que fortalezcan la seguridad psicológica, promuevan aprendizajes colectivos a partir de los errores y anticipen las transformaciones que marcarán el rumbo de la organización. Un líder que cuestiona con sentido crítico demuestra que la verdadera autoridad no se impone: se construye con la capacidad de formular las preguntas correctas, inspirar reflexión e invitar a todos a mirar más allá de lo evidente.
Cuestionar, entonces, no es sinónimo de debilitar, sino de sostener. Es un gesto de responsabilidad que se conecta con la admiración, con el discernimiento y con la valentía de confrontar el poder. En un mundo saturado de voces que juzgan, el liderazgo que cuestiona se diferencia porque intenta comprender antes que condenar y convierte cada observación en semilla de transformación. La pregunta que se abre es si los líderes están preparados para ejercer esta forma de crítica que construye o siguen atrapados en el hábito de mirar sin ver.
El arquetipo del criticón
El criticón suele encarnarse en líderes que, más que cuestionar para construir, utilizan la crítica como un mecanismo de autoafirmación. El arquetipo Solo Solver ilustra esta dinámica: se centra en proteger su imagen y acumular logros individuales y relega al equipo a la sombra. Según la teoría crítica, esta actitud refleja la reducción de lo crítico a mera censura, un uso empobrecido del juicio que pierde su potencial transformador. En lugar de abrir caminos, el criticón convierte la crítica en un espejo que solo refleja su necesidad de aprobación.
El «líder helicóptero» delega en apariencia, pero permanece distante hasta que detecta un fallo.
Otro rostro del criticón aparece en el «líder helicóptero», descrito por la empresa consultora McKinsey como el que delega en apariencia, pero permanece distante hasta que detecta un fallo.[7] Entonces desciende de manera abrupta, remueve todo a su paso y levanta polvo y caos por el mero hecho de aterrizar. Su llegada no es silenciosa ni constructiva, sino repentina y desestabilizadora. Lo paradójico es que, tras causar turbulencia, señala con críticas lo que estaba mal y se presenta como quien rescata al equipo del desorden que, en realidad, él mismo ha amplificado. Así, lejos de propiciar el aprendizaje, produce dependencia y refuerza la idea de que solo bajo su control se pueden evitar los errores.[8]
La versión negativa del liderazgo ejemplar, analizada por el psicólogo Daniel Goleman, completa este mosaico del criticón. El líder que marca el paso fija estándares tan exigentes que terminan por sofocar al equipo; lo que podría ser inspiración se degrada en presión desmedida y microgestión.[9] En este punto, la crítica deja de ser orientación y se convierte en hostigamiento. La crítica pública, en ciertas condiciones, puede incluso elevar la legitimidad del criticado, lo que convierte a este estilo en un arma de doble filo: aunque intenta imponer excelencia, en realidad alimenta la resistencia y, en ocasiones, fortalece a quien pretendía debilitar.[10]

En todos estos casos el criticón termina provocando el mismo desenlace: un clima de tensión, resistencia y rechazo. La crítica sin propósito pierde su capacidad de aprendizaje y se convierte en una herramienta de desgaste. Cuando se usa solo para censurar o intervenir de forma reactiva, la autoridad del líder se erosiona y la confianza se desploma. El desafío, entonces, es transformar la crítica en un acto de construcción colectiva y no en un ejercicio de poder que, disfrazado de exigencia, termina destruyendo la legitimidad de quien la ejerce.
Imagine a un líder criticón que se comporta como un Solo Solver que acumula méritos solo para sí mismo, un helicóptero que desciende con estrépito para señalar fallas y un ejemplar negativo que convierte la exigencia en hostigamiento. La suma de estos rasgos dibuja a un monstruo organizacional, alguien que paraliza la iniciativa, destruye la confianza y drena la energía del equipo. Las preguntas que surgen sobre ese ser son inquietantes: ¿existirán en la vida real?
Un líder que insiste en señalar errores en público corre el riesgo de convertirse en criticado, pues la audiencia percibe sus palabras más como un gesto de poder que como un aporte.
El líder criticado
La figura del criticón desgasta al equipo y erosiona la imagen del líder. Investigaciones recientes explican que la crítica pública, en vez de disminuir la influencia de alguien, puede producir el efecto contrario: dar mayor visibilidad y reforzar la legitimidad del criticado.[11] En la práctica organizacional, un líder que insiste en señalar errores en público corre el riesgo de convertirse en criticado, pues la audiencia percibe sus palabras más como un gesto de poder que como un aporte. De esta forma, la crítica se transforma en un bumerán que golpea la reputación de quien la emite, debilita su credibilidad y alimenta la resistencia de los demás.
Superar esa reputación requiere un cambio de enfoque. La realimentación bien entendida no es una forma elegante de criticar, sino una práctica completamente distinta. Aporta valor porque describe conductas sin juzgar, evita comparaciones, es concreta y se centra en lo que la persona puede mejorar.[12] En cambio, la crítica improvisada se queda en reproche y produce bloqueo. El reto para el líder es transformar la censura en acompañamiento, pasar de señalar errores a abrir caminos de desarrollo. Solo así logra desprenderse de la etiqueta de criticón y reconstruir su autoridad sobre la base de la confianza y el crecimiento compartido.
Cuando un líder decide abandonar la piel del criticón y adoptar la práctica de la realimentación, está dispuesto a crecer con su equipo. Esa transición exige un cambio de técnica y de mentalidad. Significa pasar de la lógica del control a la lógica de la colaboración, de la voz que acusa a la voz que acompaña. El resultado no se mide únicamente en mejora de desempeño, sino también en reconstrucción de vínculos, generación de confianza y creación de un entorno donde las personas se sienten escuchadas y valoradas. En última instancia, la reputación del líder deja de estar asociada a la crítica que hiere para vincularse al aprendizaje que inspira. ¿Qué dicen las personas acerca de ti? ¿Eres crítico o criticón?
Manuel Gómez Buroz, socio de Hangertips, director comercial de Educación Ejecutiva en Centrum-PUCP (Lima) y profesor de Centrum-PUCP y el IESA.
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Notas
[1] Gracián, B. (2012). El criticón. Austral, p. 374.
[2] Gracián (2012: 30).
[3] Striphas, T. (2013). Keyword: Critical. Communication and Critical/Cultural Studies, 10(2-3), 324-328. https://doi.org/10.1080/14791420.2013.806158.
[4] Pickard, V. (2013). Being critical: Contesting power within the misinformation society. Communication and Critical/Cultural Studies, 10(2-3), 306-311. https://doi.org/10.1080/14791420.2013.812590
[5] Ahmad, I., y Aboelmaged, G. (2025). The elevatory paradox: How public critique amplifies emerging leaders. FIIB Business Review 0(0). https://doi.org/10.1177/23197145251368600.
[6] Gracián (2012: 69).
[7] De Smet, A., Hewes, C. y Weis, L. (2020). For smarter decisions, empower your employees. McKinsey & Company. https://www.mckinsey.com/capabilities/people-and-organizational-performance/our-insights/for-smarter-decisions-empower-your-employees
[8] Pickard (2013).
[9] Goleman, D. (2005). Liderazgo que obtiene resultados. Harvard Business Review (dición América Latina), 83(11), 109-122.
[10] Ahmad y Aboelmaged (2025).
[11] Ahmad y Aboelmaged (2025).
[12] Zürcher, H. (2023). Moments of leadership: How to become a professional leader, manager and coach. Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-031-35660-5





