Venezuela se encuentra ante la posibilidad de reengancharse con la economía global. Las organizaciones que sobrevivieron la última década desarrollaron una resiliencia reactiva que les permitió funcionar en un sistema con múltiples fallas. Convertir esa capacidad en una ventaja competitiva sostenible requiere algo que la crisis no enseña por sí sola: liderazgo deliberado.
Venezuela se encuentra ante una encrucijada que los gerentes no pueden desestimar. La reapertura petrolera gradual, la entrada de actores internacionales y la urgencia de adecuaciones en infraestructura esencial configuran un escenario que no se parece a ninguno de los que enfrentaron las generaciones anteriores de líderes empresariales. La pregunta no es si habrá cambios, sino si las organizaciones venezolanas estarán en condiciones de protagonizarlos o padecerlos.
El ecosistema empresarial venezolano desarrolló durante la última década una capacidad que, si bien admirable, nació de la precariedad: la resiliencia reactiva. Las organizaciones aprendieron a sobrevivir con escasez, improvisar cadenas de suministros, operar con institucionalidad débil y lidiar con un tipo de cambio volátil.
Esa capacidad de pivote rápido —o improvisación orquestada— es una competencia gerencial genuina que ningún manual de expansión internacional puede enseñar. Pero la resiliencia reactiva, por sí sola, no es suficiente para competir. Aguantar no es lo mismo que ganar.
Convertir la capacidad de funcionar cuando el sistema falla en ventaja competitiva requiere algo que la crisis no enseña por sí sola: liderazgo deliberado con estructuras que aprenden y equipos que responden.
La experiencia peruana de los años noventa ofrece un espejo incómodo. Tras la liberalización económica del gobierno de Fujimori, el sistema financiero pasó de tener más de veinte bancos a quedar dominado por cuatro grandes jugadores, dos de ellos de capital extranjero. Las empresas nacionales que no desarrollaron eficiencia estructural durante los años de relativa calma fueron desplazadas por competidores con mayor músculo financiero y procesos maduros.
Venezuela opera hoy con una base económica aún más deteriorada. La advertencia, por lo tanto, es más apremiante, no menos.
El liderazgo responsable ofrece una perspectiva útil para reencuadrar este desafío. Si el liderazgo es un sistema —no una persona— y la responsabilidad recae sobre todos los integrantes del grupo, entonces la transición no puede gestionarse desde una cúpula e imponerse a los demás. Es, necesariamente, un proceso en el que participan quienes van a vivir la transformación. La diferencia entre esas dos concepciones no es retórica: determinará si el cambio prospera o se agota a mitad de camino.
De la improvisación a la profesionalización: una exigencia de la transición
Competir en el nuevo escenario venezolano exige algo más que resolver lo inmediato. Exige garantizar seguridad, confiabilidad y eficiencia según estándares que no serán locales. El entrante internacional no medirá a la empresa venezolana con la vara de «cuán bien sobrevivió», sino con la vara de «cuán bien funciona». Esa distinción cambia radicalmente lo que se espera de la gerencia.
Sería un error estratégico leer ese escenario únicamente como una amenaza. Las empresas venezolanas poseen activos que ningún recién llegado puede replicar rápidamente: resiliencia operativa probada bajo estrés, capital social acumulado en redes de proveedores y distribuidores, y, en algunos casos, un conocimiento del consumidor —hábitos, limitaciones de poder adquisitivo, lealtades y códigos culturales— que es invisible para quien llega de afuera.
Cuando una multinacional busca un socio nacional, en lugar de entrar sola, está poniendo precio a esas ventajas. Esa es una oportunidad que, bien gestionada, puede ser el vehículo para acceder al capital, la tecnología y los estándares de gestión que la empresa nacional necesita para dar el salto competitivo sin perder la identidad que la hace valiosa.
Una empresa cuyas prácticas y conocimiento están documentados en procesos, manuales y protocolos es más valiosa que otra cuyo conocimiento reside exclusivamente en la memoria de personas clave.
De la resiliencia reactiva al liderazgo deliberado
Las organizaciones venezolanas que sobrevivieron la última década mostraron algo que ninguna certificación otorga: capacidad de funcionar cuando el sistema falla. Esa capacidad tiene un valor real en el nuevo escenario. Pero convertirla en ventaja competitiva sostenible requiere algo que la crisis no enseña por sí sola: liderazgo deliberado con estructuras que aprenden y equipos que responden. Venezuela se encuentra ante la posibilidad de reengancharse con la economía global. La pregunta no es si el país tiene con qué competir, sino si sus organizaciones están dispuestas a gestionarse a la altura de lo que ese reenganche exige.
Ocho prácticas para el liderazgo de la transformación
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Olga Bravo, profesora del IESA
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