Venezuela luce atrasada en la carrera de la inteligencia artificial. Quizá lo primero sea advertir en qué consiste la carrera. Para ganar una carrera finita hay que cubrir la distancia en menos tiempo, pero en un juego infinito la regla cambia y lo que importa es permanecer. El reto no es correr más rápidamente, sino desarrollar infraestructura, investigación y gobernanza para jugar apropiadamente.
En 2022, a dos meses de su lanzamiento, ChatGPT había sumado cien millones de usuarios; ninguna tecnología se había difundido tan rápidamente como la inteligencia artificial generativa. Hoy casi uno de cada cinco adultos usa estas herramientas. Con esa velocidad llegó una metáfora: «En la carrera de la IA quien no corra se quedará atrás».
Lo cierto es que en esa carrera Latinoamérica va detrás. La región recibe poco más de uno por ciento de la inversión mundial en IA y 13 de los 19 países que mide el índice latinoamericano de IA no enseñan esas habilidades en la educación básica. Venezuela ocupa el último lugar de ese índice. Apenas uno de cada diez venezolanos en edad de trabajar usa IA generativa, la mitad de México o Brasil.
La IA se parece a un juego infinito, pues no hay meta, los modelos cambian cada pocos meses y quien hoy lidera puede retroceder mañana.
Buena parte de ese rezago no es una elección. En Venezuela, ChatGPT y Claude no están disponibles oficialmente, una restricción que el país comparte con Cuba, Irán o Rusia, en el caso de ChatGPT. Quien quiere usarlos recurre a redes privadas virtuales (VPN), números telefónicos de otros países o tarjetas de crédito internacionales, que pocos tienen. Aun con acceso, pagar veinte dólares al mes por una suscripción es un gasto difícil para buena parte de los latinoamericanos. Muchos profesionales trabajan con versiones gratuitas, limitadas. Así se compite en desventaja.
La metáfora de la carrera merece una revisión. El filósofo James Carse distinguía dos tipos de juegos. Los finitos se juegan para ganar, tienen reglas fijas y un final. Los infinitos, por su parte, se juegan para seguir jugando y sus reglas cambian en el camino. Una carrera de cien metros es un juego finito. La IA se parece más al segundo, pues no hay meta, los modelos cambian cada pocos meses y quien hoy lidera puede retroceder mañana.
En un juego infinito ir más lento no siempre es perder. Finlandia empieza a enseñar a leer alrededor de los siete años y sus estudiantes han estado por años entre los mejores lectores del mundo. Un estudio en Nueva Zelanda encontró que quienes aprendieron a leer a los siete años alcanzaban, hacia los once, a los que empezaron a los cinco. Suecia decidió en 2023 devolver los libros impresos a las aulas y reducir las pantallas. En las empresas, el banco sueco Klarna reemplazó buena parte de su atención al cliente con IA en 2024 y al año siguiente volvió a contratar personas porque el servicio se había resentido.
Llegar primero no garantiza llegar mejor, pero conviene distinguir dos tipos de lentitud. Hay una que se elige, como la de Finlandia o Suecia, y es estratégica. Hay otra que se impone, como la de Venezuela, y es desventajosa. La segunda hay que superarla y la primera hay que aprender a ejercerla. El error sería responder al rezago impuesto con una carrera por imitar a otros y adoptar herramientas sin preguntarse para qué.
Permanecer en el juego requiere, más que velocidad, formar a las personas antes de comprar licencias, porque una herramienta que nadie sabe cuestionar multiplica errores. Exige también hacerse preguntas incómodas. ¿Cuáles datos no deben llegar a una IA? ¿Qué hacer con resultados que no pueden verificarse? ¿Quién responde cuando un agente o gemelo digital toma una mala decisión? La responsabilidad sigue siendo de quien decide usarlos, aunque quien la ejecute sea una máquina.
El debate es quién utiliza la IA de manera más inteligente, productiva y humana.
Usar bien la IA exige algo todavía más difícil: ponerse límites. Una empresa puede decidir que sus clientes hablen con personas y no con un chatbot, aunque le cueste más, no por nostalgia sino porque es su modelo de negocio. Cuando todos automatizan la atención, el trato humano puede convertirse en lo que distingue a una marca. En el aula, hay ejercicios que pierden su sentido si la herramienta hace el esfuerzo que debía formarse en el estudiante. Por ello, más allá de la velocidad o de quién implementa más automatizaciones, el debate es quién utiliza la IA de manera más inteligente, productiva y humana.
La pregunta para Latinoamérica no es cómo alcanzar a los líderes en una carrera que no tiene meta, sino cómo seguir jugando con criterio, con lo que se tiene y con lo que se aprende. En un juego infinito gana quien logra mantenerse activo.
Dana Bermúdez, gerente de Planificación Académica y asistente docente del IESA
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