Aferrarse a la tecnología, no confiar tanto en el oro y otras conclusiones de UBS

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La renta variable es el activo líquido de mayor rendimiento a largo plazo, las inversiones en tecnología no siempre producen burbujas y el papel del oro como instrumento de cobertura contra la inflación suscita dudas. Estas son las principales conclusiones —esperables con algunos nuevos matices— del Anuario de rentabilidades del banco suizo UBS.


 

Algunas preguntas sintetizan las preocupaciones más comunes entre los propietarios de carteras de inversión en títulos valores de oferta pública. Unas son clásicas y otras responden a situaciones coyunturales de los mercados financieros. Por ello, no es de extrañar que cada año, cuando el banco suizo UBS publica su Anuario de rentabilidades de inversión global, la industria de inversión en pleno sale a cotejar estas estadísticas con sus percepciones sobre el desempeño de los instrumentos financieros a largo plazo.

El Anuario ofrece un registro único de rentabilidades reales en acciones, bonos, letras del Tesoro, divisas y oro desde el año 1900 en 35 mercados nacionales. Esto ayuda a los inversionistas a contextualizar la evolución actual del mercado: ofrece una perspectiva clave sobre la diversificación, la mezcla de activos y los principios de riesgo y retorno de los principales títulos financieros de oferta pública.

Los temas que dominan los titulares recientes pueden parecer nuevos; abarcan desde el extraordinario aumento del precio del oro hasta el debate sobre si la inteligencia artificial podría ser una burbuja tecnológica. Pero el Anuario recuerda que muchas de las dinámicas actuales tienen precedentes. Paul Marsh, uno de sus tres autores, dio una serie de entrevistas para acompañar el lanzamiento de esta nueva edición, en las que mostró que algunos temas de la actualidad financiera pueden ser reinterpretados a la luz de estos datos.

Un buen ejemplo es el impacto de los sucesos geopolíticos en la rentabilidad de los activos financieros. Marsh señaló que estos impactos son poco relevantes para los inversionistas de largo plazo, lo que probablemente desconcierte a algunos lectores que en los últimos catorce meses habrán leído con angustia cómo algunas medidas económicas anunciadas por el presidente Trump han ocasionado olas de volatilidad que afectaron los precios de acciones, bonos, divisas y, por supuesto, el oro.

Según Marsh, las mayores conmociones geopolíticas, como las guerras mundiales y las crisis del petróleo de la década de 1970, sí dejaron huellas. Pero esos grandes acontecimientos, capaces de afectar los precios de las acciones, no son frecuentes. Los mercados bajistas en tiempos de paz han causado tanto o más daño que grandes guerras y hechos similares.

El desplome de Wall Street en la década de 1930, el crac de las puntocom a principios de este siglo y la gran crisis financiera de hace 18 años tuvieron un efecto sobre los activos bursátiles comparable al de las guerras mundiales. La historia lo dice, pero es retrospectiva, mientras que la inversión es prospectiva; de allí la tensión que producen los grandes eventos, que siempre podrían mostrar resultados diferentes de los sucedidos en situaciones similares en décadas previas.

En cuanto a las inversiones en tecnología, Marsh sostiene que la gente no olvida el crac de las puntocom. Por eso preocupa la concentración actual del mercado estadounidense en tecnología en general y en tecnología de inteligencia artificial en particular. Pero este fenómeno de concentración no es nuevo. En 1900 ocurrió algo similar con las empresas de ferrocarriles que, con el paso del tiempo, cedieron su participación en el negocio del transporte a otras soluciones. Un dólar invertido en ferrocarriles estadounidenses en el año 1900 valdría hoy 176.000 dólares, según calculan Marsh y sus colegas. En cambio, el mismo dólar invertido en sustitutos del ferrocarril, como los vehículos de transporte por carretera (camiones, autobuses, etc.) valdría 27.000 dólares, y en aerolíneas, 8.000.


Los sucesos geopolíticos son poco relevantes para los inversionistas de largo plazo.


El Anuario señala que una importante innovación tecnológica y un componente significativo del capital bursátil de finales del siglo XVIII y principios del XIX fueron los canales de navegación. A diferencia del ferrocarril, las empresas de ese sector desaparecieron, al ser sustituidas por nuevas tecnologías de transporte, incluidos los ferrocarriles.

La historia del ferrocarril es diferente, pues se ha mantenido como la forma más rentable de transportar carga muy pesada y la industria se ha vuelto cada vez más productiva gracias a las mejoras de procesos y la consolidación de empresas del sector. Los altos costos de entrada y los efectos de red implican que la ventaja competitiva de la industria es muy amplia.

Cuando analiza la industria de la tecnología de la información, el Anuario pone en perspectiva lo sucedido con la burbuja de las puntocom. Al igual que en el caso de los ferrocarriles a comienzos del siglo XX, se fundaron muchas empresas que no tenían un modelo de negocio viable y posteriormente terminaron quebrando. Estos resultados refuerzan la tesis de que es preferible, en el caso de los pequeños inversionistas, apostar a las tecnologías mediante fondos mutuales y ETF en lugar de comprar títulos individuales.

Pero, al igual que con los ferrocarriles, los inversionistas que se mantuvieron en la industria tecnológica han obtenido buenos resultados a largo plazo. Quien hubiera invertido dinero en tecnología estadounidense a finales de 1996, y mantenido sin liquidar posiciones en momentos críticos, habría obtenido una rentabilidad anualizada del 14,1 por ciento, que contrasta positivamente con el 10 por ciento del mercado estadounidense como un todo.

La clave podría residir en que los índices del sector tecnológico abarcan una amplia gama de tecnologías, desde sistemas operativos para PC hasta búsquedas en internet e inteligencia artificial. La lección, según los autores del Anuario, es aferrarse a la tecnología, incluso cuando parezca cara, pero diversificarse dentro de ella.


El oro ha sido una cobertura deficiente contra la inflación. De los 28 años desde 1971 en los que la inflación superó el tres por ciento, la rentabilidad del oro fue negativa en trece de ellos.


El Anuario de este año incluye una nueva sección sobre el oro, que ofrece una visión equilibrada de las características de inversión del metal precioso. Desde 1900, la rentabilidad real anualizada del oro ha sido del 1,3 por ciento, inferior a la de los bonos globales (el 1,7 por ciento) y las acciones (del 6 al 7 por ciento). Sin embargo, la serie histórica no es consistente en su totalidad, porque el perfil de rentabilidad del metal cambió drásticamente después de que Estados Unidos abandonara el patrón oro en 1971.

Desde entonces, la rentabilidad real anual ha estado en el orden del 4,7 por ciento. Pero esta cifra debe verse con cuidado, pues fue favorecida por el sorprendente repunte del precio del oro en 2025 y ha venido acompañada de un 40 por ciento más de volatilidad que la de las acciones estadounidenses.

Sede de UBS en Nueva York

El oro ha sido una cobertura deficiente contra la inflación. Según el Anuario, de los 28 años desde 1971 en los que la inflación superó el tres por ciento, la rentabilidad del oro fue negativa en trece de ellos. En promedio, el rendimiento del oro no presenta una correlación negativa significativa con el de las acciones. Todo esto hace que el oro no sea un componente deseable de las carteras de inversión. Sin embargo, destaca en un aspecto clave: tiende a tener un buen rendimiento cuando las acciones tienen un rendimiento pésimo y en recesiones. Los precios del oro subieron en ocho de las once caídas bursátiles posteriores a 1971 y cayeron menos que el S&P 500 en las tres restantes.


Las inversiones en nuevas tecnologías no siempre no implican necesariamente baja rentabilidad a largo plazo.


El hecho de que, históricamente, el oro solo supere consistentemente los rendimientos en momentos muy críticos para el resto de los títulos de oferta pública sugiere que los inversionistas no deberían simplemente mantenerlo de forma pasiva a largo plazo. Si lo hacen, obtendrán rendimientos inferiores a los de las acciones, pero con mayor volatilidad. En cambio, los inversionistas que aprecian el oro deberían comprarlo en tiempos de baja turbulencia, disfrutar de su estabilidad cuando llega la tormenta y luego venderlo cuando el clima se calme, para invertir las ganancias en otra parte. Con este tipo de reequilibrio, el oro puede ser útil.

Las conclusiones principales del Anuario mezclan resultados conocidos y esperables con algunos que presentan nuevos matices:

  1. Los mercados de valores globales se han transformado desde 1900. De un mercado relativamente equilibrado a principios del siglo XX, Estados Unidos domina ahora la capitalización bursátil global: el 62 por ciento del valor total del mercado bursátil mundial. Esto refleja una sólida rentabilidad de la renta variable a largo plazo y una emisión sostenida de acciones, incluso cuando la participación estadounidense en el PIB mundial ha disminuido desde sus máximos de mediados de siglo.
  2. Las inversiones en nuevas tecnologías no siempre producen burbujas y su ocurrencia no implica necesariamente baja rentabilidad a largo plazo. Este es un resultado digno de tener en cuenta cuando existe una importante concentración del valor del mercado en un sector económico, como ha sucedido en los últimos años con las «siete magníficas» (Alphabet, Amazon, Apple, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla). Este grupo de importantes empresas tecnológicas, cuyo crecimiento promedio del precio de sus acciones superó ampliamente al S&P 500 durante la última década, representa cerca del cuarenta por ciento de la capitalización de este índice.
  3. La renta variable es el activo líquido de mayor rendimiento. Desde 1900, la renta variable ha superado a los bonos, las letras del Tesoro y la inflación en todos los países con un historial de inversión continuo. Una inversión inicial de un dólar en renta variable en 1900 produjo 124.854 dólares en términos nominales a finales de 2025, en comparación con los 284 dólares de los bonos a largo plazo y los 69 de las letras del Tesoro.
  4. Los mercados desarrollados han obtenido mejores resultados a largo plazo. Desde 1900, estos mercados lograron mayor rentabilidad anualizada de la renta variable (el 8,5 por ciento) que los mercados emergentes (el 6,9 por ciento). Sin embargo, los mercados emergentes obtuvieron mejores resultados en períodos más recientes: el 10,9 por ciento anual entre 1960 y 2025, en comparación con el 9,6 por ciento de los mercados desarrollados.
  5. La inflación tiene un impacto clave en la rentabilidad a largo plazo, a pesar de la inflación relativamente baja en Estados Unidos según estándares globales (un promedio del 2,9 por ciento anual desde 1900). Un dólar en 1900 tenía el mismo poder adquisitivo que 38 dólares en la actualidad. Al comparar la rentabilidad a lo largo del tiempo o entre países, conviene observar la rentabilidad real ajustada por inflación. La rentabilidad real de la renta variable ha superado con creces la inflación.
  6. El papel del oro como instrumento de cobertura contra la inflación tiene matices. El abandono del patrón oro por parte de Estados Unidos en 1971 cambió para siempre el desempeño del precio de este metal. Este resultado no ha sido totalmente aceptado por quienes lo ven como la última póliza de cobertura ante lo impredecible.
  7. El riesgo económico ha superado históricamente al riesgo geopolítico. Si bien los hechos geopolíticos extremos han coincidido con algunos de los peores resultados del mercado desde 1900, la mayoría de las grandes caídas de la renta variable en tiempos de paz se debieron a factores económicos más que geopolíticos. Los inversionistas deberían mirar más allá del ruido geopolítico a corto plazo.
  8. Un nuevo estudio sobre cobertura de divisas muestra los beneficios de reducir la volatilidad. El riesgo cambiario añadió, en promedio, alrededor de seis puntos porcentuales al riesgo total, tanto en la renta variable como en la renta fija, aunque el riesgo cambiario aumenta proporcionalmente el riesgo de las carteras de renta fija. Esto podría explicar la mayor preponderancia de la cobertura en las carteras de renta fija.
  9. La diversificación es cada vez más difícil de alcanzar, pero sigue siendo eficaz. La concentración del mercado y el aumento de las correlaciones entre los títulos financieros de diversos países han incrementado la dificultad de lograr la diversificación; sin embargo, la evidencia histórica muestra que la diversificación global y las carteras equilibradas de renta variable y renta fija han reducido el riesgo y amortiguado las caídas de los títulos valores.

En marzo de 2027, UBS producirá una nueva emisión de su reporte de rentabilidades globales. Esto dará como siempre la posibilidad de revaluar lo que se sabe del desempeño de las carteras de inversión y los títulos valores que los componen en un mundo convulso e interconectado.


Carlos Jaramillo, vicepresidente ejecutivo del IESA

Este artículo se publica en alianza con Arca Análisis Económico.

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