Las empresas venezolanas aprendieron a sobrevivir. Ahora deben aprender a competir

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Gerd Altmann / Pixabay

Venezuela se encuentra ante la posibilidad de reengancharse con la economía global. Las organizaciones que sobrevivieron la última década desarrollaron una resiliencia reactiva que les permitió funcionar en un sistema con múltiples fallas. Convertir esa capacidad en una ventaja competitiva sostenible requiere algo que la crisis no enseña por sí sola: liderazgo deliberado.


 

Venezuela se encuentra ante una encrucijada que los gerentes no pueden desestimar. La reapertura petrolera gradual, la entrada de actores internacionales y la urgencia de adecuaciones en infraestructura esencial configuran un escenario que no se parece a ninguno de los que enfrentaron las generaciones anteriores de líderes empresariales. La pregunta no es si habrá cambios, sino si las organizaciones venezolanas estarán en condiciones de protagonizarlos o padecerlos.

El ecosistema empresarial venezolano desarrolló durante la última década una capacidad que, si bien admirable, nació de la precariedad: la resiliencia reactiva. Las organizaciones aprendieron a sobrevivir con escasez, improvisar cadenas de suministros, operar con institucionalidad débil y lidiar con un tipo de cambio volátil.

Esa capacidad de pivote rápido —o improvisación orquestada— es una competencia gerencial genuina que ningún manual de expansión internacional puede enseñar. Pero la resiliencia reactiva, por sí sola, no es suficiente para competir. Aguantar no es lo mismo que ganar.


Convertir la capacidad de funcionar cuando el sistema falla en ventaja competitiva requiere algo que la crisis no enseña por sí sola: liderazgo deliberado con estructuras que aprenden y equipos que responden.


La experiencia peruana de los años noventa ofrece un espejo incómodo. Tras la liberalización económica del gobierno de Fujimori, el sistema financiero pasó de tener más de veinte bancos a quedar dominado por cuatro grandes jugadores, dos de ellos de capital extranjero. Las empresas nacionales que no desarrollaron eficiencia estructural durante los años de relativa calma fueron desplazadas por competidores con mayor músculo financiero y procesos maduros.

Venezuela opera hoy con una base económica aún más deteriorada. La advertencia, por lo tanto, es más apremiante, no menos.

El liderazgo responsable ofrece una perspectiva útil para reencuadrar este desafío. Si el liderazgo es un sistema —no una persona— y la responsabilidad recae sobre todos los integrantes del grupo, entonces la transición no puede gestionarse desde una cúpula e imponerse a los demás. Es, necesariamente, un proceso en el que participan quienes van a vivir la transformación. La diferencia entre esas dos concepciones no es retórica: determinará si el cambio prospera o se agota a mitad de camino.

 

De la improvisación a la profesionalización: una exigencia de la transición

Competir en el nuevo escenario venezolano exige algo más que resolver lo inmediato. Exige garantizar seguridad, confiabilidad y eficiencia según estándares que no serán locales. El entrante internacional no medirá a la empresa venezolana con la vara de «cuán bien sobrevivió», sino con la vara de «cuán bien funciona». Esa distinción cambia radicalmente lo que se espera de la gerencia.

Sería un error estratégico leer ese escenario únicamente como una amenaza. Las empresas venezolanas poseen activos que ningún recién llegado puede replicar rápidamente: resiliencia operativa probada bajo estrés, capital social acumulado en redes de proveedores y distribuidores, y, en algunos casos, un conocimiento del consumidor —hábitos, limitaciones de poder adquisitivo, lealtades y códigos culturales— que es invisible para quien llega de afuera.

Cuando una multinacional busca un socio nacional, en lugar de entrar sola, está poniendo precio a esas ventajas. Esa es una oportunidad que, bien gestionada, puede ser el vehículo para acceder al capital, la tecnología y los estándares de gestión que la empresa nacional necesita para dar el salto competitivo sin perder la identidad que la hace valiosa.


Una empresa cuyas prácticas y conocimiento están documentados en procesos, manuales y protocolos es más valiosa que otra cuyo conocimiento reside exclusivamente en la memoria de personas clave.


De la resiliencia reactiva al liderazgo deliberado

Las organizaciones venezolanas que sobrevivieron la última década mostraron algo que ninguna certificación otorga: capacidad de funcionar cuando el sistema falla. Esa capacidad tiene un valor real en el nuevo escenario. Pero convertirla en ventaja competitiva sostenible requiere algo que la crisis no enseña por sí sola: liderazgo deliberado con estructuras que aprenden y equipos que responden. Venezuela se encuentra ante la posibilidad de reengancharse con la economía global. La pregunta no es si el país tiene con qué competir, sino si sus organizaciones están dispuestas a gestionarse a la altura de lo que ese reenganche exige.

 

Ocho prácticas para el liderazgo de la transformación

  1. Articular un propósito que trascienda la supervivencia. Los equipos que operaron durante años en modo crisis desarrollaron una identidad construida en torno al «aguante». Esa identidad fue funcional; ya no lo es. El primer trabajo del líder en este momento es comunicar, con claridad y convicción, hacia dónde se dirige la organización y por qué ese destino vale el esfuerzo de cambio.
  2. Convertir la resiliencia en proceso. Es necesario sistematizar la improvisación orquestada que permitió sobrevivir. Documentar los sistemas de contingencia, las redes de proveedores alternativos y las rutinas de adaptación que el equipo desarrolló. Este paso tiene una dimensión estratégica que con frecuencia se subestima. Explicitar apropiadamente las prácticas y el conocimiento valioso de la organización no es un ejercicio burocrático, sino la construcción de un activo intangible con valor monetario real. Una empresa cuyas prácticas y conocimientos están documentados en procesos, manuales y protocolos es más valiosa —para un socio estratégico, un inversionista o un comprador potencial— que otra cuyo conocimiento reside exclusivamente en la memoria de personas clave. Además, en un contexto de alta rotación y emigración de talento, el conocimiento documentado protege a la organización de la extracción silenciosa que ocurre cada vez que alguien se va. Lo que hoy es conocimiento tácito debe convertirse en capacidad organizacional demostrable, independiente de quién esté sentado en cuál silla.
  3. Establecer compromisos explícitos, no sobreentendidos. Al inicio de cualquier proyecto o ciclo de trabajo, se debe acordar con el equipo qué responsabilidad asume cada uno y cómo rendirá cuenta de ello. Los compromisos vagos producen resultados vagos y conversaciones incómodas que se evitan hasta que ya no se pueden evitar.
  4. Ver con ojos nuevos a todos los que tengan algún interés en la empresa (stakeholders). Un escenario de apertura redefine las partes interesadas relevantes para la organización. Se debe identificar cuáles actores internacionales, reguladores, aliados potenciales y competidores emergentes pueden afectar o verse afectados por sus decisiones estratégicas en los próximos 24 meses.
  5. Involucrar a los escépticos antes de emprender cualquier transformación. Las personas que se resisten al cambio no son necesariamente conservadoras; a menudo son quienes mejor conocen los riesgos de la transformación propuesta. Un escéptico que termina comprometido con el proceso tiene una credibilidad entre sus pares que ningún comunicado interno puede igualar.
  6. Distinguir lo que no se puede cambiar de lo que no se ha intentado cambiar. La frontera entre ambas categorías es más permeable de lo que parece. En esa frontera es donde opera la verdadera capacidad de liderazgo. Cuando el equipo identifique un obstáculo, debe convertir el diagnóstico en pregunta de diseño: en lugar de «no podemos porque…», preguntar «dado que… ¿cuáles opciones tenemos?».
  7. Diseñar victorias tempranas y visibles. Los procesos de transformación pierden impulso cuando la distancia entre el esfuerzo presente y los resultados prometidos se hace demasiado larga. Resultados concretos y cercanos —aunque sean parciales— sostienen la credibilidad del proceso y la motivación de quienes participan en él.
  8. Reconocer el esfuerzo, no solo los resultados. Un equipo que solo celebra los éxitos desarrolla aversión al riesgo. Uno que reconoce también el esfuerzo bien orientado —aunque no haya alcanzado el objetivo— desarrolla la resiliencia necesaria para operar en entornos que seguirán siendo inciertos.

Olga Bravo, profesora del IESA

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