La infraestructura invisible para la reconstrucción de Venezuela

Alvaro Montoro / Unsplash

Las sociedades no se reconstruyen desde afuera, lo hacen primero desde adentro. La reconstrucción sostenible depende de una infraestructura invisible formada por las capacidades, las relaciones y los valores de sus ciudadanos. Es necesaria una conversación sobre las capacidades humanas requeridas para la reconstrucción de Venezuela.


En medio de la mentira, por encima de ella, en la hendidura, busca este país su verdadero rostro para curarse.
Rafael Cadenas

Toda sociedad que enfrenta una crisis profunda llega, tarde o temprano, a una misma pregunta: ¿qué hace posible su reconstrucción? La respuesta suele dirigirse hacia la recuperación de la economía, el fortalecimiento de las instituciones o la movilización de recursos. Estas son, sin duda, condiciones indispensables. Sin embargo, las experiencias de numerosos países muestran que ninguna transformación se sostiene si las personas no desarrollan las capacidades necesarias para impulsarla, sostenerla y proyectarla en el tiempo.

La reconstrucción de una nación comienza mucho antes de recuperar su economía o restablecer servicios. Ocurre cuando sus ciudadanos son capaces de cooperar, ejercer liderazgo, crear confianza y construir futuro en medio de la incertidumbre.

Venezuela enfrenta hoy ese desafío. Después de casi tres décadas de crisis estructural, la pregunta ya no es únicamente qué reconstruir, sino qué desarrollar para hacerlo posible. La recuperación del país dependerá tanto de la infraestructura visible como de otra mucho menos evidente, pero igualmente decisiva: una infraestructura invisible formada por las capacidades humanas, las relaciones y los valores que sostienen la vida colectiva. Sin ella, cualquier esfuerzo material será insuficiente. Con ella, la reconstrucción puede convertirse en un proceso de regeneración capaz de fortalecer al país frente a los desafíos del futuro.

El desafío de la reconstrucción

Venezuela enfrenta un desafío de reconstrucción excepcionalmente complejo. A diferencia de países que han debido levantarse después de una catástrofe natural, como Japón o Chile, la devastación provocada por el doblete sísmico del 24 de junio se suma a una crisis estructural que, durante casi tres décadas, socavó las instituciones, la economía, el sistema educativo, la confianza social y las oportunidades de desarrollo.


La infraestructura física, las instituciones y la economía pueden sostenerse cuando descansan sobre bases humanas y sociales suficientemente fuertes para resistir las tensiones propias de una sociedad.


El país no necesita únicamente reconstruir viviendas, infraestructura y servicios, sino también recuperar su capacidad para generar prosperidad, fortalecer sus instituciones, recomponer el tejido social y renovar las esperanzas de millones de personas. Es una reconstrucción simultáneamente física, económica, institucional, social y humana. Comprender la naturaleza de este desafío es el primer paso para reconocer que su sostenibilidad dependerá no solo de los recursos materiales y técnicos que se logren movilizar, sino también de las capacidades que desarrollen los ciudadanos para liderar, cooperar, innovar y construir futuro en medio de la incertidumbre.

Reconstruir significa volver a construir, recomponer o reedificar. En el caso de Venezuela, sin embargo, la pregunta más importante no es qué reconstruir, sino sobre cuáles bases hacerlo.

Los terremotos del 24 de junio de 2026 pusieron en evidencia la importancia de construir sobre cimientos sólidos: cuando estos fallan, incluso las estructuras más robustas sucumben ante fuerzas extraordinarias. Lo mismo ocurre con un país. La infraestructura física, las instituciones y la economía pueden sostenerse cuando descansan sobre bases humanas y sociales suficientemente fuertes para resistir las tensiones propias de una sociedad.


Los ciudadanos necesitan recuperar la certeza de que es posible influir positivamente en el rumbo del país.


Esas bases constituyen la infraestructura invisible de la reconstrucción: el patrimonio de capacidades compartidas que promueve la cooperación, fortalece las instituciones y permite a una sociedad enfrentar la adversidad sin perder su capacidad de construir futuro. Esta infraestructura invisible descansa sobre cinco cimientos fundamentales estrechamente relacionados:

  1. Infraestructura de confianza: conjunto de relaciones y expectativas compartidas que sostiene la cooperación, fortalece las instituciones, facilita la innovación y permite que las personas trabajen juntas para construir bienestar colectivo y realizar sus proyectos de vida. La confianza constituye un activo social que facilita la coordinación de esfuerzos, el cumplimiento de compromisos y la creación de prosperidad.[1]
  2. Infraestructura ética: aptitud para discernir lo correcto de lo incorrecto, actuar con integridad y responsabilidad y orientar las decisiones individuales y colectivas hacia el bien común. Constituye una barrera protectora frente a la corrupción, el abuso de poder y el autoritarismo. Cuando las personas ejercen activamente su capacidad de razonar sobre lo que consideran justo, florecen la justicia y la búsqueda del bien común.[2]
  3. Infraestructura simbólica: acervo de significados, narrativas e identidades compartidas que permiten comprender quiénes somos, reconocer la historia común y proyectar el futuro. Corresponde al concepto de imaginario social: la forma en que las personas entienden su existencia colectiva, las expectativas que comparten y el sentido que atribuyen a la vida en común.[3] Después de casi tres décadas de fractura y tergiversación de la historia nacional, Venezuela necesita resignificarse como nación, abrazar su identidad y construir una nueva narrativa compartida que contribuya a sanar la polarización y movilizar un proyecto colectivo de futuro.
  4. Infraestructura de agencia: convicción de que las acciones propias cuentan y pueden transformar la realidad. Los ciudadanos necesitan recuperar la certeza de que es posible influir positivamente en el rumbo del país. Esta infraestructura está estrechamente vinculada con las anteriores, pues muchos logros humanos solo son posibles mediante la acción colectiva, la puesta en práctica de conocimientos, recursos y capacidades y la decisión compartida de construir un futuro diferente.[4]
  5. Infraestructura de esperanza: entendida no como un optimismo ingenuo, sino como la convicción colectiva de que, si trabajan juntos, es posible superar la adversidad y construir un futuro próspero para Venezuela. Supone la capacidad de conectar con el futuro que quiere emerger y asumir la responsabilidad de hacerlo posible.[5]

La calidad de las instituciones, las políticas públicas y los resultados que produce una sociedad dependen de la calidad del suelo social que la sustenta. Ese suelo está formado por la calidad de las relaciones, la conciencia compartida y las formas de interacción de quienes integran el sistema.[6] Desde esta perspectiva, la infraestructura invisible constituye precisamente ese suelo que Venezuela necesita regenerar.


La reconstrucción responde a la urgencia del presente; la regeneración fortalece la capacidad de la sociedad para afrontar los desafíos del futuro.


Capacidad interna de reconstrucción

Si se acepta que la reconstrucción de Venezuela depende tanto de la infraestructura visible como de la infraestructura invisible que la sostiene, surge una pregunta inevitable: ¿de dónde nace la capacidad de una sociedad para reconstruirse?

La respuesta comienza por reconocer una realidad sencilla, pero fundamental: los países no tienen capacidades, las tienen las personas y las organizaciones que los conforman. Son ellas las que crean instituciones, producen conocimiento, construyen relaciones de confianza, ejercen liderazgo y toman las decisiones que hacen posible la recuperación. En consecuencia, la fortaleza de la infraestructura invisible depende, en última instancia, de la capacidad interna de reconstrucción (CIR) presente en sus ciudadanos, organizaciones e instituciones.

La CIR puede definirse como el conjunto de capacidades que permite a una sociedad desarrollar organizaciones e instituciones, conocimientos, liderazgos, relaciones, decisiones y acciones necesarias para recuperarse, adaptarse y crear prosperidad después de una crisis estructural o una catástrofe. La CIR constituye el potencial de una sociedad para convertirse en protagonista de su recuperación. No se limita a que las personas se sobrepongan ante la adversidad; las impulsa a asumir un papel activo en la reconstrucción de sus familias, comunidades, organizaciones y su país.

Su rasgo distintivo no reside únicamente en las capacidades que la integran —cognitivas, emocionales, éticas y relacionales—, sino también en el propósito que las orienta. La CIR pone esas capacidades al servicio del bien común y de la reconstrucción nacional.

Esta perspectiva se diferencia de la visión tradicional de las habilidades blandas (soft skills). No porque estas dejen de ser relevantes, sino porque la CIR las integra y las trasciende al orientarlas hacia un propósito colectivo. El foco deja de estar exclusivamente en el desempeño individual o el éxito organizacional, para plantear una pregunta más amplia y exigente: ¿qué hace posible que una persona contribuya activamente a la reconstrucción de su sociedad?

La experiencia internacional muestra que los procesos de reconstrucción sostenida —después de guerras, catástrofes naturales o crisis institucionales prolongadas— no dependen únicamente de inversiones, infraestructura física o políticas públicas. También descansan sobre la CIR de sus ciudadanos: la competencia para cooperar, ejercer liderazgo, actuar con integridad, generar confianza y sostener el esfuerzo colectivo durante largos períodos. El análisis de esos casos confirma una idea fundamental: si la recuperación de Venezuela depende de la CIR de su gente, esta conversación apenas comienza.

Ello plantea una agenda de investigación y acción impostergable. ¿Cómo fortalecer la CIR de los venezolanos? ¿Cuáles de sus componentes están presentes en esta sociedad? ¿Cuáles hay que desarrollar deliberadamente para sostener la recuperación a largo plazo?

Responder estas preguntas exige mirar más allá de lo inmediato. El verdadero horizonte no es únicamente la reconstrucción, sino también la regeneración. Una sociedad regenerativa no solo recupera lo que perdió, sino también restaura su vitalidad, fortalece sus instituciones y se transforma cuando las circunstancias lo exigen. La reconstrucción responde a la urgencia del presente; la regeneración fortalece la capacidad de la sociedad para afrontar los desafíos del futuro.


Venezuela necesita resignificarse como nación, abrazar su identidad y construir una nueva narrativa compartida que contribuya a sanar la polarización y movilizar un proyecto colectivo de futuro.


Señales de esperanza

La buena noticia es que Venezuela ha ofrecido numerosas señales de que esa CIR existe. Durante la pandemia surgieron, en distintas comunidades del país, expresiones de un verdadero orden educativo espontáneo. Familias, docentes y organizaciones asumieron la responsabilidad de garantizar la continuidad del aprendizaje de niños y adolescentes frente al deterioro progresivo del sistema educativo y las restricciones derivadas del confinamiento.

Poco antes de las elecciones presidenciales de julio de 2024, una investigación del Centro de Investigaciones Populares Alejandro Moreno evidenció un cambio cualitativo en la percepción que muchos venezolanos tenían de su responsabilidad en la transformación del país. Ese cambio se tradujo posteriormente en una extraordinaria movilización ciudadana que, durante meses, organizó una amplia red para la protección y resguardo de las actas electorales (Red 600K), iniciativa que posteriormente recibió reconocimiento internacional en el Festival Cannes Lions.

Más recientemente, tras el doblete sísmico del 24 de junio, innumerables redes de solidaridad ciudadana se activaron espontáneamente para rescatar personas, organizar centros de acopio, distribuir alimentos, acoger familias damnificadas y movilizar recursos para atender a las comunidades afectadas.

Aunque ocurrieron en contextos distintos estos episodios revelan un mismo patrón: cuando las circunstancias lo exigen, los venezolanos son capaces de organizarse, cooperar, ejercer liderazgo y poner sus capacidades al servicio del país. El desafío consiste ahora en fortalecer estas aptitudes para que no sean únicamente una respuesta espontánea frente a una emergencia o coyuntura concreta, sino un rasgo permanente de la vida colectiva.

Reconocer esas capacidades no significa desconocer la magnitud de los desafíos. Significa comprender que la infraestructura invisible sobre la que puede edificarse la reconstrucción del país existe, aunque de manera dispersa y desigual. El reto de los próximos años será cultivarla deliberadamente, fortalecerla y convertirla en el principal motor de una Venezuela capaz no solo de reconstruirse, sino también de regenerarse.

 

El desafío del liderazgo venezolano

Si la infraestructura invisible sostiene la reconstrucción del país y la CIR constituye su principal motor, entonces el liderazgo tiene una responsabilidad ineludible: cultivarla deliberadamente.

La reconstrucción de Venezuela exige un liderazgo a la altura de la magnitud del desafío. Más allá de dirigir organizaciones, administrar recursos o alcanzar resultados, será necesario movilizar personas hacia un propósito compartido en condiciones de profunda incertidumbre. El liderazgo consiste precisamente en movilizar a otros para afrontar desafíos complejos y construir el futuro que desean hacer posible.[7] Hoy ese propósito tiene un nombre: reconstruir y regenerar Venezuela.


Cada organización —empresa, universidad, institución pública, ONG— constituye un espacio privilegiado para formar ciudadanía.


Durante décadas, la formación gerencial ha estado orientada al desarrollo de competencias para administrar organizaciones, diseñar estrategias, gestionar recursos y mejorar el desempeño. Todo ello continúa siendo indispensable. Sin embargo, la realidad venezolana obliga a ampliar esa comprensión. El liderazgo del futuro no se medirá únicamente por la capacidad para alcanzar resultados, sino también por su contribución al desarrollo de la CIR de las personas, las organizaciones y la sociedad.

La pregunta que corresponde ahora es cómo fortalecer deliberadamente esa capacidad. Ello exige que quienes ejercen responsabilidades de liderazgo se pregunten con honestidad:

  • ¿Estamos desarrollando personas capaces de actuar con serenidad en medio de la incertidumbre?
  • ¿Inspiramos confianza, incluso en los momentos más difíciles?
  • ¿Cuáles nuevas formas de liderazgo, aprendizaje, cooperación y pensamiento requiere el país?
  • ¿Sabemos sostener la esperanza sin negar la realidad?
  • ¿Somos capaces de transformar las crisis en oportunidades de aprendizaje y crecimiento?
  • ¿Estamos formando personas con la CIR necesaria para reconstruir organizaciones, comunidades y el país?

Estas preguntas trascienden la coyuntura actual. En realidad, expresan una decisión mucho más profunda: qué tipo de sociedad es necesario construir durante las próximas décadas.

Cada organización —empresa, universidad, institución pública, ONG— constituye también un espacio privilegiado para formar ciudadanía. En ella las personas aprenden a enfrentar la incertidumbre, resolver conflictos, cooperar, ejercer liderazgo y construir futuro. Con frecuencia se subestima ese poder formativo. Sin embargo, los líderes no solo gestionan resultados: también modelan formas de pensar, actuar y relacionarse con los demás. Cada decisión, cada conversación y cada práctica organizacional fortalece —o debilita— la CIR de quienes forman parte de ella.

Las preguntas planteadas no pretenden ofrecer respuestas definitivas, sino abrir una conversación que apenas comienza. Si se acepta que el futuro de un país lo construyen, en buena medida, las personas que lo integran, entonces cada líder puede hacerse una pregunta sencilla, pero profundamente transformadora: ¿qué tipo de personas está ayudando a formar su organización? La respuesta puede contribuir en gran medida a la construcción del país al que todos aspiramos.


Claudia Álvarez-Ortiz y María Elena Pinto Mota, profesoras del IESA

Este artículo se publica en alianza con Arca Análisis Económico.

Suscríbase aquí al boletín de novedades (gratuito) de Debates IESA.

Notas:

[1] Fukuyama, F. (1996). Trust: the social virtues and the creation of prosperity. Free Press.

[2] Sen, A. (2009). The idea of justice. Harvard University Press.

[3] Taylor, C. (2004). Modern social imaginaries. Duke University Press.

[4] Bandura, A. (2019). Toward a psychology of human agency: pathways and reflections. Perspectives on Psychological Science, 13(2), 130-136. https://doi.org/10.1177/1745691617699280

[5] Scharmer, O. (2019). Theory U: leading from the future as it emerges. Barrett-Koehler Publishers.

[6] Scharmer, O. (2026, 24 de marzo). Holding the gaze steady. Medium. https://medium.com/presencing-institute-blog/holding-the-gaze-steady-87b5a5aa9513

[7] Ganz, M. (2010): Leading change: Leadership, organization and social movements. En N. Nohria y R. Khurana (eds.), Handbook of leadership theory and practice (pp. 527-568). Harvard Business Publishing.