La deuda pública estadounidense ha dejado de ser el activo financiero sin riesgo por excelencia para convertirse en una nueva fuente de preocupación para los actores de los mercados financieros. No hay una señal clara de que el estamento político quiera frenar su crecimiento. Los inversionistas extranjeros están comprando más acciones que bonos gubernamentales.
Siempre ha sido importante para cualquier tipo de inversionista conocer la evolución del mercado de deuda emitida por el Gobierno estadounidense. Pero, en los últimos años y con los cambios geopolíticos en desarrollo, la deuda pública ha dejado de ser el activo financiero sin riesgo por excelencia para convertirse en una nueva fuente de preocupación para los actores de los mercados financieros.
La deuda bruta nacional de Estados Unidos superó los 40 billones de dólares en agosto de 2026, dividida principalmente entre deuda en manos del público y tenencias intragubernamentales. La deuda en manos del público es aproximadamente el 80 por ciento (unos 32 billones de dólares) y está compuesta por fondos obtenidos de inversionistas nacionales y extranjeros —incluidas las personas naturales—, así como de los fondos de inversión especializados, la Reserva Federal y Gobiernos extranjeros. Las tenencias intragubernamentales son aproximadamente el 20 por ciento (unos 8 billones de dólares) y constituye la deuda que el gobierno estadounidense tiene con sus agencias y fondos fiduciarios, como los de Seguridad Social y Medicare.
El Comité para un Presupuesto Federal Responsable (CRFB), un grupo no partidista de expertos y organizaciones que analiza el impacto fiscal de las políticas y propuestas del Congreso y la Casa Blanca, señaló recientemente que la deuda en manos del público supera el tamaño de la economía, la relación déficit-PIB duplica el nivel adecuado y los costos por intereses superan el presupuesto de defensa nacional. Estos indicadores se citan con frecuencia en la prensa especializada y reflejan las preocupaciones de diversos grupos de interés sobre la situación financiera de Estados Unidos.
Desde 2016 la deuda ha aumentado en 20 billones de dólares, una cifra repartida de manera bastante equitativa entre republicanos y demócratas. El presidente Trump ha contribuido con cerca de 11 billones a tal acumulación, de los cuales 7,8 billones se contrataron durante su primer mandato y otros 4 billones en el actual.
La deuda nacional bruta se ha duplicado en los últimos diez años y, en menos de veinte años, se ha cuadruplicado. Para muchos esta es una clara señal del deterioro económico de una potencia mundial.
El Comité para un Presupuesto Federal Responsable (CRFB) señaló recientemente que la deuda en manos del público supera el tamaño de la economía, la relación déficit-PIB.
Cuanta más deuda se contrate, mayores son los costos por intereses que impactan el presupuesto federal. Cada billón que se añade contribuye a elevar las tasas de interés y la inflación, lo que encarece las hipotecas, los préstamos para automóviles y los pagos de tarjetas de crédito de todos los estadounidenses. Al mismo tiempo, la deuda disminuye el crecimiento económico y frena el aumento de los salarios mientras el costo de vida sigue subiendo.
La percepción de muchos actores es que no hay una señal clara de que el estamento político quiera frenar el crecimiento de la deuda. Se espera, además, que siga creciendo en la medida en que los baby boomers sigan retirándose. De no hacerse reformas presupuestarias, la deuda pública estadounidense podría alcanzar los 50 billones de dólares en el año 2032.
El CRFB propone que la corrección del creciente endeudamiento comience con un compromiso del mundo político de no contraer nuevo endeudamiento. Este compromiso se reflejaría en un acuerdo de los legisladores de bajar el déficit fiscal al tres por ciento del PIB.
¿Por qué es importante para un inversionista extranjero adentrarse en las complejidades de la deuda pública estadounidense? Por su impacto en los rendimientos mundiales de la renta fija. Si se mide el desempeño de una cesta de bonos del Tesoro y otra de bonos corporativos de alta calificación con diversos vencimientos, la de los bonos del Tesoro ha registrado pérdidas en los últimos cinco años. Una cesta compuesta exclusivamente por bonos del Tesoro a largo plazo ha acumulado pérdidas durante la última década. Esto hace pensar a muchos analistas de renta fija que los bonos del Tesoro a largo plazo podrían no ofrecer ya la diversificación y la protección que históricamente han aportado.
De no hacerse reformas presupuestarias, la deuda pública estadounidense podría alcanzar los 50 billones de dólares en el año 2032.
El problema es que prescindir totalmente de los bonos estadounidenses no es una opción. Cuando las cosas se vuelven confusas en el mundo de la renta variable, algunos inversionistas migran hacia las carteras indexadas para mitigar el impacto negativo de sectores de bajo desempeño. Pero ¿la diversificación es una opción en el mundo de la renta fija? La respuesta es afirmativa, con ciertas advertencias.
En el caso de los bonos, los índices suelen ponderar las posiciones según la emisión: otorgan mayor peso a los emisores de mayor volumen de deuda que, en muchos casos, pueden ser los más riesgosos. Adicionalmente, se requieren millones de dólares para diversificar de manera adecuada una cartera de bonos, y a la mayoría de los gestores activos de renta fija les cuesta superar a los índices una vez deducidas las comisiones.
Para los bonos de mejor calidad crediticia, la rentabilidad inicial es un indicador bastante fiable de los rendimientos a largo plazo. El momento en que realmente cabía preocuparse por el bono del Tesoro a diez años fue hace seis años, cuando ofrecía una rentabilidad inferior a uno por ciento; ahora se sitúa cerca del cinco por ciento.
Es cierto que el precio aún podría caer, lo que elevaría la rentabilidad de los nuevos compradores de deuda, pero llega un punto en que unos rendimientos mayores ofrecen mayor protección. Para que los compradores actuales perdieran dinero en los próximos dos años, la rentabilidad tendría que subir hasta situarse en un 6,5 por ciento.
Los inversionistas extranjeros están comprando en los últimos meses un mayor volumen de acciones estadounidenses que de bonos gubernamentales. Este movimiento inusual ocurre en medio del temor a que la inflación y la creciente deuda de Estados Unidos estén socavando el estatus de exentos de riesgo de los bonos del Tesoro.
El valor del dólar podría estar ahora más estrechamente vinculado a los flujos hacia la renta variable estadounidense, lo cual sugiere que la divisa podría fortalecerse a medida que aumenta el apetito por el riesgo.
Según el Deutsche Bank, los flujos internacionales hacia acciones de Estados Unidos alcanzaron una media del 2,8 por ciento del PIB estadounidense, para un período de un año que terminó el 30 de junio de 2026. Superaron a los bonos del Tesoro, que se situaron en el 2 por ciento del PIB por primera vez en lo que va de siglo, con excepción de la pandemia y la crisis financiera mundial de 2007-2009.
Este cambio refleja el atractivo creciente del mercado bursátil estadounidense, con el índice S&P 500 en la vía de registrar su cuarto año consecutivo de ganancias de dos dígitos. El motor de este repunte ha sido la enorme inversión en inteligencia artificial, que está impulsando los márgenes de beneficio hasta máximos históricos.
Al mismo tiempo, el papel tradicional de los bonos del Tesoro como activo global sin riesgo se ve sometido a una presión creciente a medida que los inversionistas dudan en seguir prestando dinero a Gobiernos endeudados y cuestionan la independencia de la Reserva Federal. Esta tendencia podría transformar la dinámica de cotización del dólar estadounidense.
El valor del dólar podría estar ahora más estrechamente vinculado a los flujos hacia la renta variable estadounidense que a los flujos hacia los bonos del Tesoro, lo que sugiere que la divisa podría fortalecerse a medida que aumenta el apetito por el riesgo. Esto supondría una ruptura significativa con su patrón de cotización anterior, caracterizado por apreciarse durante los llamados períodos de aversión al riesgo, cuando los inversionistas extranjeros se deshacían de posiciones arriesgadas y buscaban refugio en la deuda estadounidense.
Definitivamente, el impacto de los cambios geopolíticos, aunados a los desbalances de las finanzas públicas estadounidenses, obliga a repensar el rol de los bonos del Tesoro en las carteras de inversión.
Carlos Jaramillo, vicepresidente ejecutivo del IESA
Este artículo se publica en alianza con Arca Análisis Económico.
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