500 años de Panamá: «Un uso sostenido del canal depende del desarrollo sostenible del país»

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Conversación con Guillermo Castro, asesor ejecutivo de la Fundación Ciudad del Saber.

Para el investigador y humanista panameño la toma del control del Canal por parte del Estado significó la apertura del país al mercado mundial. Sin embargo, considera que todavía no hay una visión de conjunto del país: se lo piensa como un paso interoceánico con territorios anexos con los que no se sabe muy bien qué hacer. El reto es superar la organización «transitista» de Panamá, vigente desde la colonización española.

Nunzia Auletta / 21 de agosto de 2019


 

Nunzia Auletta: La Ciudad de Panamá celebra un cumpleaños importante. A los 500 años de su fundación, ¿cómo ha cambiado el papel del país en el escenario mundial?

Guillermo Castro: Los 500 años tendrán una gran importancia porque, para nosotros, significan el momento en que se define nuestro lugar y nuestra función en el desarrollo del mercado mundial. Los 500 años encuentran a Panamá como una república plenamente soberana y por tanto capaz de ejercer los deberes de esa soberanía para transformar, reformar y plantearse de otra manera las formas en las que va a desempeñarse en el mercado mundial del futuro.

Desde el punto de vista histórico nuestro desarrollo tuvo dos grandes momentos. El primero coincidió con la gran expansión española. Panamá desempeñó un papel muy importante porque fue la primera ciudad occidental en el Pacífico. Todo el oro y toda la plata del Perú, para ponerlo en términos concretos, pasaron por aquí. Más tarde se convirtió, también, en uno de los puntos de vinculación de América con Filipinas. El segundo momento, que en mi opinión es el más importante, ocurre en 1850 cuando ya hablamos del capitalismo de mercado mundial, cuando unos inversionistas norteamericanos construyen el primer ferrocarril interoceánico de las Américas, de Colón a Panamá. Eso significó un enorme salto de calidad, que solo fue superado con la construcción del canal. Pero fue en el siglo XXI, cuando el canal pasó a ser una empresa pública del Estado panameño, integrada a la economía interna, cuando Panamá dejó de ser un apéndice del mercado norteamericano y, de pronto, resulta ser que tenemos relaciones con Dubái, con Singapur, con China, que antes no estaban ahí. Lo que nos sorprende ahora, controlando el canal, es la posibilidad de insistir, de manera más rica para nosotros, en el desarrollo de ese mercado del que hemos sido parte durante 500 años.

 

¿Se puede decir entonces que la vocación a la economía del tránsito nació con Panamá?

Hay que verlo en el conjunto. Ninguna sociedad puede ser analizada sino en ese continuo de tiempo y de historia. Nos descubrió y nos incorporó al mundo la última gran potencia premoderna, y somos el resultado de las contradicciones típicas de la transición entre la Edad Media y la Edad Moderna. Nuestras naciones tuvieron una intelectualidad compuesta por los cuadros de la Contrarreforma: curas, abogados y militares. Solo tardíamente empezaron a incorporarse científicos, ingenieros y otros. En el marco de esa feudalidad tardía, la corona española decidió organizar a Panamá de una manera muy peculiar.

Panamá era un país donde había un tránsito internacional habitual e incluso intenso desde hacía dos mil años. Los españoles decidieron concentrar el tránsito por una sola ruta y cancelar las rutas alternas que operaban en el país antes de la conquista. Concentraron la ruta por un solo valle, el valle del río Chagres. Concentraron el control de la ruta en el Estado y en los grupos sociales que controlaban las riquezas producidas por las rutas anteriores. A ese proceso de concentración territorial, económica y política se le llama en Panamá la organización «transitista». Es un término creado en la década de 1950 por un intelectual muy destacado, Hernán Porras, para describir la gestión monopólica del tránsito.

«Teóricamente, el canal sería capaz de funcionar con sus propios recursos, pero el país no podría funcionar sin los recursos del canal»

 

¿Cómo se puede superar esa visión?

Todavía no hay una visión de conjunto del país y se tiende a pensar siempre como una región interoceánica a la que le cuelgan, por así decirlo, territorios con los que no se sabe muy bien qué hacer. Es un factor de riesgo terrible en el futuro, que solo se podrá resolver si se incorpora el conjunto del país a la actividad de tránsito. Es perfectamente posible hacerlo de manera gradual, con inversiones bien pensadas. Incluso hemos tenido la exploración de China por aquí, buscando cómo empezar a caminar en esa dirección, con la apertura de la vía de la seda; por ejemplo, con nuevos puertos auxiliares en el Pacifico y el Atlántico para que se establezca lo que llaman un «canal seco», con la construcción de un ferrocarril, para que el canal de Panamá tenga otros lugares de apoyo en el manejo de carga en el territorio nacional, además de la prestación de servicios marítimos de excelente calidad. También hay múltiples ofertas para que Panamá recupere la función de puente terrestre de las Américas, estableciendo finalmente una vía de comunicación terrestre con América del Sur.

 

¿Se refiere usted a rehabilitar la región del Darién?

Así es. La región del Darién sufre un impacto terrible: organizaciones delictivas, tala ilegal, construcción de caminos sin permisos. No hay manera de controlar eso, porque no hay presencia del Estado ahí, más que la policía de frontera. El impacto ambiental es inmenso.

 

A la luz de esta visión más amplia, ¿cuál es el impacto del canal de Panamá y su papel en sostener el crecimiento económico?

Estrictamente, el canal emplea cerca de diez mil personas y produce alrededor de 1.700 millones de dólares anuales, es decir cerca del quince por ciento del PIB. El canal aporta eso al Estado. Sin embargo, la plataforma de servicios globales creada alrededor del canal genera cerca de nueve de cada diez dólares de la economía interna; esto combinándolo todo, quiero decir los puertos, ferrocarriles, aeropuertos, servicios de distintos tipos, incluso financieros. El canal ha creado una fuerza de trabajo, con sus dirigentes y sus especialistas, pero lo hizo a partir de nuestra decisión de crearla en la Zona del Canal, y todavía no termina de encontrar su ensamble adecuado con el conjunto de la sociedad panameña.

El otro problema es que todo eso depende de un río. Si tenemos un evento del Niño, con sequía, como ha ocurrido, y disminuye el nivel de los lagos que alimentan el canal, eso afecta no solo al canal: eso afecta el funcionamiento del complejo completo. La dependencia de fenómenos naturales es cada vez mayor. Pero eso no es percibido todavía en el conjunto de la sociedad y la economía. Teóricamente, el canal sería capaz de funcionar con sus propios recursos, pero el país no podría funcionar sin los recursos del canal. Es paradójico que hayamos sido capaces de ampliar el canal, de abrir al tránsito la capacidad para buques Post Panamax, unos monstruos enormes, pero no hayamos sido capaces de crear un sistema de riego en el país que aproveche el agua para poner en producción segura áreas más fértiles. Vivimos en esa contradicción y la estamos resolviendo paso a paso, a partir del desarrollo de una cultura científica y académica, capaz de ver al país en su conjunto y no pensar que es la región interoceánica y los demás añadidos.

«El crecimiento económico ha facilitado la participación de organizaciones regionales de empresarios y medianos y pequeños productores en iniciativas de desarrollo»

Parecería que un crecimiento con mayor impacto nacional requiere nuevas políticas de desarrollo: ¿cuáles retos se plantearían para Panamá en su conjunto?

Creo que es importante empezar por entender la naturaleza del crecimiento que hemos tenido. Al cabo de un siglo de protectorado militar extranjero y de un siglo de separación muy neta entre el corredor interoceánico —incluyendo la antigua Zona del Canal— y el resto del país —país rural, en general muy atrasado— de pronto en veinte años hemos tenido que empezar a constituirnos como país y eso incluye encarar problemas que a veces nuestra cultura no está en capacidad de plantear. Una condición que nos bloquea es una tradición muy poderosa de centralismo político. En los últimos diez años eso empezó a dar signos de transformación, en la medida en que el crecimiento económico, estimulado por la integración del canal y el desarrollo de una plataforma de servicios globales en la región interoceánica, ha facilitado la participación de organizaciones regionales de empresarios y medianos y pequeños productores en iniciativas de desarrollo.

 

¿Puede darnos más detalle de estas iniciativas?

Una de las experiencias más destacadas en ese terreno es el Centro de Competitividad de la Región Occidental de Panamá, que ha logrado integrar en un mismo esfuerzo la experiencia agropecuaria más importante del país —en Chiriquí, la provincia más importante desde el punto de vista de la exportación de banano— con toda la comarca indígena. Es un esfuerzo común para desarrollar un plan maestro agropecuario, con el fin de renovar la actividad bananera en el Pacífico y encarar el desarrollo de una manera mucho más integral. Hemos contribuido, por ejemplo, a la creación y los inicios del desarrollo de un centro de investigación, formación y emprendimiento en el área de negocios ambientales, en una hacienda a la orilla de mar llamada Batipa, que incluye 600 hectáreas de bosque virgen, 2.000 hectáreas de manglares, 1.000 hectáreas de plantación de teca manejadas con criterios que permiten la formación de sotobosques y como 200 hectáreas de ganadería mejorada. Estas experiencias exitosas han estimulado a otras regiones a empezar sus primeros tanteos por el mismo camino, con el apoyo de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa, que hoy por hoy es probablemente el centro de pensamiento más importante que tiene Panamá en materia de desarrollo económico y social.

 

¿Cuáles son las variables clave para reproducir estas experiencias sistémicas?

Un aspecto central es atender la necesidad de formación de capital social, entendido como la capacidad de los distintos grupos para relacionarse en torno a propósitos comunes y cooperar, asimilar tecnología y plantearse metas comunes. Eso en Panamá está en un desarrollo bajísimo. Quizá el tres por ciento de los trabajadores se ha sindicalizado y, en el interior del país, las cooperativas y otras formas de mínima complejidad de relación son muy escasas. Tenemos, por supuesto, comunidades religiosas o ligas deportivas, pero no hay como en Costa Rica, por poner un ejemplo, una cultura de cooperación y una capacidad de organización para la cooperación como la que necesitaríamos crear. El principal promotor de eso en este momento es justamente el Centro de Competitividad de la Región Occidental. Eso va más allá de promover el emprendimiento de los individuos. Eso implica capacidad para crear organizaciones que movilicen cooperación unas con otras, no es solo sumar individuos que tengan micro, pequeñas y medianas empresas.

 

Más allá del Centro de Competitividad, que reúne a pequeños y medianos empresarios, ¿cuáles otros actores participan en estas iniciativas de desarrollo?

Universidades, sindicatos y otras organizaciones sociales que han ido estableciendo una visión del desarrollo para el año 2050 basada, no en una explotación extensiva de los recursos, sino en una explotación intensiva de nuestra calidad con la creación de las condiciones sociales indispensables para incorporar tecnología más compleja. Esto está teniendo expresiones muy buenas en áreas como el cultivo del café, pero debe empezar a expandirse próximamente al cacao y a negocios ambientales de distintos tipos. Es un esfuerzo que la Ciudad del Saber viene apoyando y al cual hemos procurado incorporar al IESA. Esperamos que se incorpore más pronto que tarde a esa tarea de creación de cosas que no existen todavía, pues las condiciones del siglo pasado no nos permitían crearlas.

 

Cuando menciona los negocios ambientales, ¿es apropiado enmarcarlos en principios de desarrollo sostenible, en el que se conjugan beneficios económicos, sociales y ambientales?

Cada una de nuestras sociedades tiene su propio ambientalismo, que resulta de condiciones históricas de desarrollo. En Panamá, el ambientalismo tiene un énfasis conservacionista muy fuerte, que nos viene del enorme peso cultural que ha tenido aquí el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales. Es un conservacionismo que ve una contradicción entre conservación y desarrollo, y que en general lucha por limitar el desarrollo para favorecer la conservación de los recursos. Yo creo que esa es una visión comprensiva, pero que no lleva a ningún lado.

Tenemos que ser capaces de entender que el deterioro de los ecosistemas —que ha seguido progresando, y seguirá progresando— está produciendo un deterioro de la capacidad natural para proveer servicios ecosistémicos, como la captura de carbono, la captura de agua en invierno para garantizar que haya agua en la estación seca, la protección de la biodiversidad sin la cual se limita nuestra capacidad en el campo, la biotecnología y otros servicios. Necesitamos encarar el deterioro de los servicios ecosistémicos mediante la promoción de la producción de servicios ambientales como la captura de agua y carbono.

 

¿Cuáles pasos deben ser impulsados para mejorar los servicios ambientales?

Si no tenemos una sociedad organizada, de una manera correspondiente a la complejidad de los problemas que hay que encarar, no podremos encontrar la solución de esos problemas. Si queremos un ambiente distinto tenemos que crear una sociedad diferente. Y esta experiencia se expresa, por ejemplo, en formas de organización del trabajo que ya no pueden ser el campesino en su finquita, sino ir hacia la creación de vínculos que permitan incorporar tecnología más compleja. Quienes trabajan en eso, en el caso de comunidades campesinas pobres que dependen de ecosistemas frágiles, lo llaman desarrollo organizacional en base comunitaria, sobre el cual construir empresas productivas que aborden la gestión de los recursos y, además, contribuyan a la restauración de ecosistemas degradados.

Necesitamos crear un mercado de servicios ambientales que tenga soporte financiero, organizado de manera que pueda relacionarse con el exterior, que pueda participar realmente en el mercado de bonos de carbono, que pueda también participar realmente en la producción de agua. También necesitamos organizar empresas que gestionen los bosques de manera productiva, no simplemente protegerlos y contemplarlos, sino también desarrollarlos como fuente de riqueza, tanto en términos de una recolección ordenada para el mercado de frutos, resina, plantas, como en el sentido de aprovechar sus recursos genéticos para empresas de carácter biotecnológico. Eso hay que armarlo, estas son ideas dispersas. Igualmente, necesitamos desarrollar capacidades de gerencia para el desarrollo de un mercado de servicios ambientales en Panamá, para generar iniciativas realmente innovadoras.

«Desde Ciudad del Saber hemos apoyado el desarrollo de una primera iniciativa empresarial en Panamá, para vincular a las empresas con la compensación de su huella ambiental»

 

¿Puede citarnos alguna experiencia exitosa?

Es el caso de las comunidades dependientes del manglar —la gente más pobre, con peores condiciones de trabajo del país— que, asociándose con alguna ayuda de organismos internacionales, pasan no solo a producir carbón de mangle en condiciones más humanas, sino también a gestionar el bosque y desarrollar nuevas actividades menos destructivas, como la producción de miel, que es uno de los ejemplos que más me gusta.

 

¿Qué se puede hacer para multiplicar estas experiencias de nuevos modelos de negocios sostenibles?

Ante todo, debemos entender que una cosa es ser amigable desde el punto de vista ambiental. Este es el caso del plan maestro agropecuario, cuya meta es disminuir muy radicalmente el consumo de agroquímica, pues Panamá registra el más elevado consumo per cápita en Centroamérica. Tenemos un modelo sumamente contaminante tanto en el pequeño campesino como en las fincas grandes. Pero eso no es suficiente. El cambio de modelo reside en la restauración de ecosistemas completos, lo que implica entender que el agua es algo que debe ser producido.

En un país que ha tenido en su vertiente del Pacífico 500 años de ganadería extensiva, muy desforestado y con el suelo muy compactado, tú restauras una cuenca no solo en la medida en que la reforestas sino también en la medida en que le permites volver a funcionar como un ecosistema capaz de sostenerse a sí mismo. No es una plantación de teca lo que restaura una cuenca sino el esfuerzo prolongado, de largo plazo, que permite a la cuenca recuperar su capacidad para infiltrar agua en el piso, para ofrecer agua de esa que infiltra. Ahora damos por supuesto que esa agua es gratuita y eso es falso: no es gratuita, porque producirla requiere inversión, requiere trabajo. Eso debe ser recompensado. Entonces, uno empieza a hablar de producción de servicios ambientales cuando el beneficiario de esos servicios reconoce su deuda y la paga. La Autoridad del Canal de Panamá, por ejemplo, ha establecido el pago por servicios ambientales para organizaciones campesinas de la región occidental de la cuenca, que además debe sembrar su café o sus cultivos habituales. Han estado combinando eso con la reforestación y con el manejo del bosque para garantizar un mejor abastecimiento de agua para el canal.

 

El propósito es, entonces, lograr el equilibrio

Así es, un uso sostenido del canal depende del desarrollo sostenible del país. El canal depende de una fuente de agua que, además, abastece a más de la mitad de la población del país; por lo tanto, no solo es el paso de barcos sino también el abastecimiento a los pobladores de la región interoceánica que dependen del agua del río Chagras y del río Trinidad, y de las hidroeléctricas que están en la frontera con Costa Rica para tener energía eléctrica en el corredor interoceánico.

 

¿Cómo colabora la Ciudad del Saber con estos procesos?

Desde Ciudad del Saber hemos apoyado el desarrollo de una primera iniciativa empresarial en Panamá, para vincular a las empresas con la compensación de su huella ambiental. Esta empresa mide la huella ambiental, calcula el valor de la huella en términos de sus efectos sobre otros y conecta a las empresas con organizaciones campesinas o comunitarias, por ejemplo, que puedan compensar sus huellas ambientales con la producción de servicios ambientales de mejor calidad, en un círculo virtuoso. Esta empresa está empezando a tomar vuelo en Panamá ahora mismo.