Cyrus Clark, John Loudon y los rostros del capitalismo en Venezuela

1100
Fotografía: StockSnap / Pixabay

Dos gerentes de los primeros tiempos de la industria petrolera retratan las vicisitudes del capitalismo en Venezuela, y dan pistas sobre quiénes, y en cuáles circunstancias, erigieron una de las industrias petroleras más importantes del mundo hasta hace relativamente poco.

Tomás Straka / 6 de octubre de 2020


Reseña de Robert Brandt: La odisea de un aventurero: Cyrus Norman Clark alias Camaleón y Alejandro E. Cáceres: Londres en Caracas y La Haya en Maracaibo.

 

La historia del capitalismo puede escribirse desde distintas perspectivas. Tan amplia y compleja como los siete siglos que van de los primeros bancos florentinos a la Internet, si se adopta la perspectiva de la «mano visible de la gerencia». La historia empresarial muestra un elenco en el que entran personajes tan distintos, y a la vez tan parecidos, como Vasco de Gama y Elon Musk, James Watt y Bill Gates, Luis de Santángel y Carlos Slim, Madam C. J. Walker y Amartya Sen, los tecnócratas de las hipotecas subprime y los negreros del siglo XVII, los reyes africanos que vendían esclavos y los dictadores del Tercer Mundo que venden recursos naturales. Es una lista que podría prolongarse indefinidamente. En todos los casos, esas vidas ofrecen mucho que decir: cómo tomaron sus decisiones, de qué manera influyeron en su tiempo y en los subsiguientes, cómo respondieron a unas circunstancias y moldeaban otras. Este es uno de los enfoques más útiles, por sus aplicaciones prácticas, que pueden ofrecer los estudios históricos en este ámbito.

Dos personajes clave, aunque en realidad muy poco conocidos, de la industria petrolera en Venezuela hablan del capitalismo, el venezolano y el sistema mundo, por emplear la categoría del historiador estadounidense Immanuel Wallerstein. Henry Sanger Snow, alias Cyrus Norman Clark (1857-1944), y John Loudon (1906-1996), dos gerentes de la compañía Shell, desempeñaron papeles clave en la construcción de la Venezuela que se modernizó, integró como nunca al capitalismo y llegó a desarrollar uno propio entre las décadas de 1920 y 1980. Ambos estuvieron entre los que sentaron las bases de uno de los sectores históricamente más vanguardistas —podría decirse incluso «revolucionarios»— de la historia venezolana: el petrolero, o la gente del petróleo, como comenzó a llamarse a sí misma alrededor de 1980. Encarnaron de manera emblemática las dos primeras etapas de ese proceso y su estrecha relación con lo que ocurría en el mundo.

Dos libros aparecidos recientemente en Venezuela permiten aproximarse a su tiempo y a sus vidas. Son textos muy distintos en naturaleza e intención, pero se complementan para entender la historia de los primeros años de la industria petrolera venezolana. La odisea de un aventurero: Cyrus Norman Clark alias Camaleón, del periodista Robert Brandt, es un reportaje, que prescinde de las notas para que se deje leer con la avidez de una novela de detectives (aunque al final del libro se indican las fuentes). Londres en Caracas y La Haya en Maracaibo, de Alejandro E. Cáceres, es una monografía que llevó siete años de investigación, escrita en el marco de sus estudios para la maestría de Economía e Historia de la Universidad de Utrecht, con el aparato crítico y teórico requerido para convencer a los jurados del Premio de Historia Rafael María Baralt, que le otorgó la Academia Nacional de la Historia en 2018.

Al menos desde la época de Cubagua, la historia venezolana desde el siglo XV ha estado vinculada a los grandes procesos del capitalismo

En el caso de Cyrus Clark hay más del personaje, debido a lo singular de su biografía y a la abundancia de datos que ofrece Brandt. Mientras que en el de Loudon hay más del momento histórico y de su obra; porque su vida, hasta donde se sabe, fue más convencional (bueno… tanto como puede serlo la de alguien que de Maracaibo salta a presidente de la Shell) y el objetivo de Cáceres era más amplio. Ambas figuras permiten delinear cómo se construyó el capitalismo moderno desde la era de los extraordinarios —en lo bueno y en lo malo— robber barons hasta la de los ejecutivos de transnacionales, con títulos universitarios y planes de carrera. La historia de la Shell en Venezuela tuvo mucho de ambos, con consecuencias enormes para el país.

 

La Gente del Petróleo, o el nacimiento de un tipo histórico

Cuando se dice que Venezuela se integró como nunca al sistema mundo capitalista gracias al petróleo, eso no significa que antes no lo haya estado, incluso en términos importantes. De hecho, si bien el petróleo logró una articulación inédita con los mercados y capitales mundiales, al menos desde la época de Cubagua, la historia venezolana desde el siglo XV ha estado vinculada a los grandes procesos del capitalismo de una forma de la que pocos tienen conciencia.

Si se dejan de lado las interpretaciones convencionales, en busca de los procesos de base, muy rápidamente queda claro que la Casa Médici, los Welser, la Compañía Holandesa de la Indias Occidentales, la Compañía de los Mares del Sur y la Royal Dutch Shell, o figuras como Henri Deterding y Nelson Rockefeller, son tanto y quizá más importantes para comprender el destino del país que los héroes de la Independencia, la larga ristra de caudillos y tiranos, o incluso los políticos del siglo XX. En cualquier caso, ni Guaicaipuro, ni Simón Bolívar, ni Juan Vicente Gómez ni Rómulo Betancourt (acaso el único con plena conciencia de ello), pueden ser plenamente entendidos sin ese sistema mundo en el que actuaron, al que se enfrentaron o trataron de adaptarse a él lo mejor posible.

Venezuela ha pasado por casi todos los modelos y etapas del capitalismo, al menos en las zonas «periféricas»: sistema colonial de compañías, segunda esclavitud, imperialismo, cepalismo, lo que se conoce como neoliberalismo, un ensayo socialista y ahora, según parece, retorno al capitalismo con todas las formas iliberales, los grandes barones provenientes del viejo orden y la opacidad que los ha caracterizado en los países excomunistas. Pero, a partir de la década de 1910, el capitalismo en Venezuela tiene un nombre: petróleo.

Según se vea es mucho o muy poco lo que se ha escrito sobre este tema. Si de los grandes aspectos económicos y políticos se puede hacer una lista de trabajos importantes, sobre el funcionamiento interno de la industria y sus personas, lo que en última instancia sirvió de base para todo lo demás, los textos pueden contarse con los dedos. Esa es la primera razón por la que los libros de Brandt y de Cáceres son importantes.

Se sabe de la «danza de las concesiones» y los negociados para modificar la Ley de Hidrocarburos de 1920. Está bastante clara la importancia de la Ley de 1943 o el hecho de que Venezuela era el segundo productor mundial, en una época en la que el petróleo tenía un valor estratégico esencial. Pero quiénes eran los que iban a la mesa a negociar con los funcionarios venezolanos, cómo se tendían los puentes con el gomecismo, de qué manera funcionaba el «imperialismo financiero», villano de todos los discursos nacionalistas… ¿Cómo hicieron esos villanos para convertir unas zonas completamente silvestres en la segunda productora mundial de petróleo y, en esencia, dejarle la industria de la que vivió hasta hace muy poco? ¿Quiénes eran? ¿Cuáles eran sus nombres, sus caras, sus motivaciones? ¿Cómo funcionaban esas compañías? ¿Cómo se conectaban con el contexto bastante más amplio donde funcionaban?

Cuando las expectativas eran, en el mejor de los casos, cautelosas, apareció el petróleo y a todos les cambió la vida para siempre

Brandt y Cáceres proporcionan algunas respuestas. El primero ofrece una especie de gran reportaje sobre el estafador, prófugo, impostor, empresario, diplomático, petrolero y espía estadounidense Henry Sanger Snow. Huyendo de la justicia encontró en Caracas la posibilidad de rehacer su vida con otra identidad. Fue un completo éxito. Si faltara un dato para demostrarlo, baste el hecho de que fue uno de los fundadores del Caracas Country Club. Esas conexiones lo hicieron muy útil para las petroleras, que lo contratan en los años veinte. Ello lo pone en la primera línea de la fase inicial de la industria petrolera. Y si todo lo anterior fuera poco, el personaje, casado en segundas nupcias con una venezolana, resultó ser nada menos que tío político del historiador Manuel Caballero. Solo por esto, el cuento promete.

El texto de Cáceres, por su parte, se centra en el desarrollo organizacional de la Shell en Venezuela, y permite apreciar la naturaleza dual de la historia empresarial. Para la abrumadora mayoría de los historiadores, el desarrollo organizacional es un completo arcano y, además, con apariencia de muy aburrido. Mientras que, para los especialistas en lo organizacional, la historia suele ser algo de lo que no tienen idea, cuya utilidad en el mejor de los casos se les escapa y que, si por algo se caracteriza, es por fastidiosa. Pero estos trabajos muestran la utilidad y el interés de ambas cosas para ambos grupos.

Los dos libros relatan la historia petrolera en sus primeros treinta años. El salto de las aventuras y trapisondas de alias Cyrus Norman a la contratación de la consultora McKinsey en tiempos de Loudon es el mismo que va de las rancherías iniciales llenas de bares, prostitutas y pianolas —los primeros campamentos petroleros— a las organizadas urbanizaciones de casas simétricas, jardines con perfecto cuidado, clubes, escuelas y hospitales. Fue también el paso de un tipo de emprendedor, medio aventurero y medio visionario, medio pillo y medio héroe, al gerente moderno, que puede tener algunas de esas características, pero que en general es un profesional disciplinado, dirigido por rutinas muy institucionalizadas. Cyrus Clark tiene mucho de los robber barons de su época, incluso podría decirse que fue uno de ellos, aunque en una escala menor. Los gerentes de la Shell, como Barthold van Hasselt y John Loudon, llevaron vidas menos pintorescas, pero no menos importantes.

El robber baron suele ser un self made man que pasa por muchas cosas antes de triunfar (aunque no siempre tan extraordinarias como un escape a Sudamérica y un cambio de identidad). Mientras que van Hasselt y Loudon representan ese tipo de gerentes que solía provenir de familias de clase media (aunque van Hasselt y Loudon eran de clase alta) y había ido a un buen colegio y a la universidad para después, en la turbulenta primera mitad del siglo XX, hacer una pasantía en el ejército y la guerra. En ocasiones se invertía el orden, y era tras sobrevivir a la guerra cuando terminaban la universidad (si van Hasselt y Loudon no conocieron la guerra, fue porque Holanda se mantuvo neutral en la Primera Guerra Mundial y durante la Segunda estuvieron en Venezuela). Con su baja militar y su título, los pasos siguientes del gerente eran casarse con una buena muchacha (o, en todo caso, una conveniente) y entrar en los primeros escalafones de una gran empresa, por lo general en una de sus sucursales de las colonias o en otro sitio atrasado, y desde ahí ir ascendiendo. El ascenso, en los casos de van Hasselt y Loudon, fue a lo más alto.

Pero hay más. Si a la generación de Clark se debe que la industria se haya establecido, a la de Loudon se le debe, además de su crecimiento, modernización y adecentamiento, otra cosa muy importante: la formación de una tercera generación de petroleros, cuya mayoría sería venezolana. Producto en gran medida de la venezolanización que empezó a exigir el Estado a partir de 1960, esos venezolanos formados en la industria ocupaban la mayor parte de los cargos directivos a comienzos de los años setenta y después, con la nacionalización, asumieron su control. Fueron esos «hombres Shell» y «hombres Creole» de los que hablaba con menosprecio el antropólogo marxista Rodolfo Quintero, o la «Gente del Petróleo» como los bautizó Gustavo Coronel. Tal vez las acusaciones de Quintero sobre su americanización y transculturación tenían fundamento, pero los hechos han demostrado dos cosas: cuando se pusieron al mando convirtieron a PDVSA en una de las grandes petroleras del mundo y, a partir de 2003, cuando fueron despedidos de forma masiva por Hugo Chávez, la industria comenzó un declive hasta quedar prácticamente colapsada veinte años después.

 

Un robber baron

Cyrus Clark representa a la primera generación, fundacional, de petroleros. Sin duda, la mayoría estaba integrada por gente honesta, que de ningún modo tuvo una vida fantástica como la suya. En ella se encontraban profesionales con experiencia en Estados Unidos, México y Trinidad, desde geólogos salidos de universidades estadounidenses hasta obreros trinitarios y mexicanos, y sirvientes chinos. No eran extraños los aventureros en busca de fortuna o que trataban de poner mar de por medio con la ley de su país, pero no puede decirse que constituían la mayoría. A eso se sumaba todo lo que la nueva industria podía contratar en Venezuela: braceros y porteadores, personas que tenían el extraño mérito de saber inglés (en un país donde los pocos que dominaban otro idioma hablaban francés), abogados y contables que supieran de las leyes locales y todo «musiú» que pudiera colaborar y contara con la credencial de ser blanco y europeo o estadounidense (criterio que se mantuvo hasta entrados los años cincuenta y explica en parte las leyes de venezolanización). Clark era de estos últimos.

Había llegado al país cuando nadie hablaba aún de petróleo. Hoy se sabe que si a algo se parece su viaje es al que hicieron sus connacionales y contemporáneos Butch Cassidy y Sundance Kid a Argentina, incluso con objetivos y métodos similares: escapar de la justicia, cambiar de identidad y hacerse pasar por empresarios honrados… para volver a las andadas tan pronto como fuera posible. La diferencia está en que a Clark las cosas le salieron bien, más allá de que es necesario admitir que sus líos, en Estados Unidos o en Venezuela, nunca llegaron tan lejos como los de Cassidy y Kid. Lo que le ocurrió es en realidad una metáfora del destino de todo el país en aquella época: cuando las cosas mejoraban muy poco a poco, cuando en realidad nadie apostaba a un cambio esencial en la vida (en todo caso, no para bien), cuando las expectativas eran, en el mejor de los casos, cautelosas, apareció el petróleo y a todos les cambió la vida para siempre.

No tiene sentido volver a narrar lo que Brandt ya contó muy bien. Basta con recordar algunos trazos: Snow era un prominente hombre de negocios de Nueva York que en 1908 se ve involucrado en el desfalco de una empresa en la que era tesorero. No era un self made man, sino hijo de una familia de clase alta, con estudios universitarios, al que hasta la víspera todos tenían por respetable. Un socialité, benefactor de instituciones educativas, miembro de exclusivos clubs. Pero sus negocios no iban tan bien como podrían hacer suponer sus gastos. Eso tal vez lo impulsó a actos cada vez más audaces, hasta que se le escaparon de las manos. Puesto al descubierto, un día desapareció, y para siempre, de la vista de la policía, los acreedores y, oficialmente, su familia.

El siguiente acto del drama es el de un hombre de negocios llamado Cyrus Norman Clark que está en Caracas en busca de oportunidades. Piensa en una concesión para dragar la Barra de Maracaibo, después representa a otra empresa para conseguir una concesión de hierro y, aunque no tiene éxito en ningún proyecto, hace amistad con todo el mundo, sabe meterse en el bolsillo al aún pequeño círculo de empresarios estadounidenses, comenzando por William H. Phelps, y sobre todo empieza a descifrar a los hombres de Estado venezolanos, sus modos, el gusto creciente por el whisky. Al mismo tiempo, sus contactos en Estados Unidos parecen ser impresionantes.

Nadie sabe realmente quién es Clark, lo que no es raro en una época anterior a internet, y a nadie parece importarle. Ser musiú y tener modales abre muchas puertas en Venezuela, y la colonia estadounidense que se reúne en torno a Phelps es en principio muy solidaria entre sí. Por eso todos, en Caracas y en Washington, rompen lanzas por él para que en 1912 sea nombrado vicecónsul de Estados Unidos en La Guaira. Es el despegue. A partir de ese momento su estrella no deja de crecer, entre intrigas para derribar a sus rivales en el mundo diplomático, como el pobre cónsul que comienza a sospechar que algo no cuadra en el personaje, y urdir negociados palaciegos.

Quien se ha acostumbrado a vivir con una doble identidad sabe desenvolverse bien entre todos. Durante la Gran Guerra espía a los alemanes de Caracas, mientras escribe a favor de la política neutral del Benemérito en la prensa. Se mete en la política interna: apoya a Juan Pablo Peñaloza en sus conspiraciones contra Gómez, e incluso lo ayuda a huir de Venezuela cuando todo zozobra, y al mismo tiempo se las arregla para hacerse amigo de prominentes gomecistas. Incluso se ve involucrado en otro crimen, el asesinato del administrador de La Guaira Harbor Corp., la compañía inglesa que maneja el puerto. No porque lo haya planeado o participado en él, sino porque el homicida, un joven subalterno, Benjamin George Pengelly, era muy amigo suyo, y emplea todos sus contactos para sacarlo de Venezuela antes de que lo capturaran las autoridades. Clark tenía motivos para sentir empatía por alguien al que habían descubierto en un desfalco y fue repentinamente presa de la desesperación… De cada uno de estos trances sale bien librado. Una y otra vez las sospechas giran alrededor de otros, las autoridades no lo consideran en sus investigaciones, todos le entregan su confianza; como un gato, sabe caer parado.

Esa vida que estaba más o menos establecida —diplomático de rango menor, pero con muchos contactos— va a sufrir, como las del resto de quienes están entonces en Venezuela, un viraje colosal cuando irrumpe el petróleo. En Caracas había por los días de la Gran Guerra una oficina de la Standard Oil, aunque el camino para conseguir sus primeras concesiones duraría casi una década. Estaba dirigida por Rudolf Dolge, de quien Clark se hace tan amigo que termina viviendo en una habitación en su casa, lo que en su papel de espía y falsario profesional no le impidió acusarlo arteramente de germanófilo durante la Primera Guerra Mundial. Aquel fue el primer acercamiento. El definitivo vino cuando, en 1918, entró a trabajar en la Caribbean Petroleum Company, la empresa que en 1914 había comenzado a explotar el yacimiento del Zumaque, lo que se considera el inicio de la historia moderna del petróleo en Venezuela. Aquella empresa era controlada por la Shell, a pesar de tener su sede en Estados Unidos.

Cuando Washington empezó a preocuparse porque los ingleses estaban controlando el petróleo venezolano, Clark emplea la confianza que le tenían los funcionarios diplomáticos estadounidenses, y miente una vez más para convencerlos de que eso no era así, con tecnicismos referentes al registro de la compañía. Es probablemente la primera de sus misiones como relacionista público, cuando la palabra aún no existía, de la Shell en Caracas. En efecto, Clark no parece saber mucho de yacimientos o refinación, pero muy pronto aporta algo clave: su don de gente, sus modales de socialité, su capacidad para leer a los hombres, su tolerancia a los negociados y los ilícitos. Si la Shell se convierte en la pionera de las relaciones públicas en Venezuela al establecer, como informa Alejandro E. Cáceres en Londres en Caracas…, una oficina de relaciones públicas en 1935, la experiencia exitosa de Clark debió servirle de referencia.

Lewis Proctor, gerente de la Caribbean, era un hombre eficiente; pero, como muchos de aquellos musiúes, sin mayor capacidad para tratar con los venezolanos. Solían sacarlo de sus casillas, y le hacían decir cosas ofensivas. Ahí era donde entraba Clark. Gran desfacedor de entuertos, sabía cómo hacer las paces con la gente, incluso ganarse su amistad. Pronto esa política de acercamiento se hizo sistemática y, con los años, sería una de las grandes líneas de acción de las petroleras.

Por aquella época la Standard envía a otro gerente a Caracas, Addison McKay, con el objetivo expreso de romper el monopolio de la Shell. Es también un relacionista público nato. De hecho, es casi seguro que por eso lo habían enviado a Venezuela. Gómez está muy contento con la Shell y no parecía interesado en permitir que las empresas estadounidenses obtuvieran concesiones. Hoy se sabe que fue un juego taimado del gato y el ratón, pensado para sacar las mejores ventajas y poner a los musiúes a competir entre ellos, pero en su momento aquello preocupó mucho a la Standard. La misión de McKay era hacer lo que hiciera falta para conseguir una concesión; lo que hiciera falta, en todo el sentido de la palabra.

Clark aparece de nuevo en la escena. Tal vez con cierta deslealtad hacia la Shell (aunque solo a dos cosas pareció ser leal en su vida: a su familia en Estados Unidos y a la Shell), se hizo muy amigo de McKay. Ambos comenzaron a organizar unas cenas dominicales a las que asistían petroleros, funcionarios, gente con conexiones. Pronto se convirtieron en una instancia para hacer negocios entre buenos platos, vinos y bastante whisky (lo del whisky era algo que a ambos les llamó la atención, pero que supieron aprovechar). En ese corro dominical pronto se hace habitué Rafael Requena, arqueólogo aficionado y de ideas fantásticas (creía que la Atlántida estaba por el Lago de Valencia), pero médico de confianza de Gómez y una de las vías más expeditas para acceder al dictador.

Para 1922 los convites de Clark y McKay habían dado resultado. Ese año ambos se hacen socios de Gómez en una empresa (en realidad de un primo de Rafael Requena), McKay finalmente consiguió unas concesiones para Standard Oil y llegó a tal cercanía con el Benemérito que el general le envió el borrador de la reforma de la Ley de Hidrocarburos. Este episodio de la ley para regular a empresas como Shell y Standard hasta hoy se considera emblemático de las relaciones entre imperialismo y corrupción. Ante las molestias de las compañías por la Ley de Hidrocarburos de 1920, personajes como Clark y McKay lograron no solo la reforma de casi todo lo que pedían, sino también la salida del gobierno de Gumersindo Torres, impulsor de la nueva legislación. Según se cuenta, Gómez dijo que —como los venezolanos no sabían de petróleo— redactaran la ley quienes sí conocían el asunto.

Existen pruebas documentales de que los manejos de relaciones públicas de McKay fueron bastante más allá de las cenas, como hubieran podido testimoniar muchos funcionarios a quienes les cambió la fortuna de forma casi milagrosa; aunque no todo puede atribuirse a ellas, algún papel tuvieron. La misma familia de Clark en Estados Unidos, con la que mantuvo contacto y le enviaba dinero, también percibió cómo mejoraban las finanzas de su patriarca prófugo. Ahora bien, por terrible que haya sido la corrupción en todo esto, aún no era peor que lo ocurrido durante la «danza de las concesiones»; especialmente la famosa Concesión Valladares, llamada así por Rafael Max Valladares, abogado de segunda línea del bufete del que era cliente la New York and Bermúdez Company, dueña de la Caribbean antes de su venta a la Shell. Si la Caribbean tenía grandes concesiones fue por la manera sorprendente como las obtuvo aquel joven abogado y, casi inmediatamente, se las vendió a la New York and Bermúdez. Tampoco era muy distinto de lo que hacían los robber barons dondequiera que se les dejara, con políticos estadounidenses, reyes africanos, nobles rusos, marajás… De hecho, la General Asphalt, dueña a su vez de la New York and Bermúdez, tenía ya fama de corrupta en Estados Unidos.

Lo que estaba ocurriendo en Venezuela no era, pues, excepcional. Pero ayudó a desprestigiar bastante a las petroleras en su primera etapa. Era la alianza entre imperialistas y caudillos descrita en el Plan de Barranquilla, y enseñada a generaciones de venezolanos en el liceo y la universidad cuando estudiaron el gomecismo. Aquellos jóvenes revolucionarios que, en su exilio de Barraquilla, se desvelaban buscando una forma de acabar con todo aquello entendieron rápidamente el gran potencial que traía el petróleo para modernizar el país. El aún marxista Raúl Leoni, con la capacidad para hacer análisis descarnados de la realidad que lo caracterizaba, lo dijo entonces: esas petroleras están cambiando al país. Había que ver cómo aprovechar ese cambio para bien. Pronto la industria y el Estado venezolano darían ese cambio; en realidad, un cambio asombroso por lo rápido, si se considera desde dónde se partió. Es acá donde entra la monografía de Cáceres.

 

Relacionistas públicos, consultores e informáticos

En 1931 Clark se retiró de la Caribbean Petroleum con una pensión de 125 dólares mensuales, y una vida más holgada de lo que ese sueldo implicaba. Alegaba haber reunido con sus ahorros un fondo de 25.000 dólares que manejaba diversas inversiones. Es recomendable creerle eso como, después de conocerlo, se creería cualquier otra cosa salida de su boca. En 1932 se casó con Carmen Luisa Caballero, treinta años menor que él. Para ese momento había muerto la esposa que dejó en Estados Unidos. En una excepcional prueba de lealtad, su alter ego no se casó en Caracas hasta que la persona real enviudó. Tal vez haya tenido esa y otras relaciones, pero esperó hasta que la esposa del desvanecido Henry Sanger Snow muriera para contraer nuevas nupcias.

En 1935, dice Cáceres en su libro, la Caribbean Petroleum abrió una oficina de relaciones públicas y un poco antes, en 1930, Loudon llegó a Maracaibo para trabajar en la Caribbean. No existen noticias de un encuentro entre Loudon y Clark, pero es muy probable que ocurriera. En cualquier caso, el nuevo, talentoso y muy ambicioso ejecutivo debió estar muy al tanto de las acciones del legendario hombre de los «viejos tiempos», con tan buenos contactos en el alto gobierno. Lo de Loudon y la oficina de relaciones públicas marcaba un paso de testigo.

Cabe imaginar a los nuevos relacionistas públicos revisando la agenda de contactos de Clark, oyendo sus consejos sobre los venezolanos, organizando cenas a las que se le invitaba como anzuelo para atraer a otras figuras, pero diseñando un plan de acción muy distinto. Con el tiempo, la Shell contratará a dos venezolanos raigales para atender este asunto: José Antonio Giacopini Zárraga (1915-2005) y, años más tarde, Guillermo Morón. Ambos serán punteros en el proceso de venezolanización de las petroleras, así como una prueba del paso a la modernización y la profesionalización que se opera entonces en todos los ámbitos de Venezuela. En 1956 Giacopini Zárraga estuvo entre los fundadores de la Asociación Venezolana de Relacionistas Públicos.

Pronto las circunstancias les demostraron a Loudon y a van Hasselt, su jefe inmediato, que estaban siguiendo el camino correcto. Después de la muerte de Juan Vicente Gómez en 1935, sus herederos dan pasos veloces hacia la institucionalización y la democratización. Hay un gran esfuerzo para adecentar la administración pública y mantener relaciones más equitativas con las compañías petroleras. De hecho, la oposición de izquierda, que empieza a actuar libremente, difunde sus acusaciones de imperialismo, en gran medida fundamentadas, y se extiende una ola nacionalista que tiene en la mira a las petroleras. Algunos comienzan a hablar de nacionalización, cuando México la estaba haciendo, e incluso en 1938 se promulga una nueva Ley de Hidrocarburos, menos favorable a las compañías.

Para 1943 el gobierno de Isaías Medina Angarita promulga una ley con la que se intenta poner orden en la maraña de concesiones que durante casi medio siglo se habían otorgado, unas más opacas que las otras, y quién sabe en medio de cuántas coimas y botellas de whisky. Por supuesto, no es una negociación fácil porque está en juego algo enorme. Venezuela es el segundo productor y el primer exportador mundial de petróleo. Y por si fuera poco, estaba en marcha la Segunda Guerra Mundial, con todo lo que eso significaba respecto del valor estratégico del hidrocarburo.

Las relaciones públicas se recondujeron hacia lo que hoy se denomina «responsabilidad social corporativa», mediante fundaciones que daban becas, apoyaban a las artes, editaban a autores de prestigio venezolanos, impulsaban el deporte, como lo expone Alejandro Cáceres. Pero, en su conjunto, las empresas tuvieron que ajustarse a las nuevas circunstancias. Durante las negociaciones previas a la Ley de Hidrocarburos de 1943, el encargado por parte de la Shell fue Barthold van Hasselt, gerente general de la Caribbean. Su segundo para entonces era Loudon. La relevancia de lo que hicieron y seguirían haciendo en los próximos años queda marcada por un hecho notable: de Venezuela saltan a presidentes de la Shell (van Hasselt de 1949 a 1951 y Loudon de 1952 a 1965). Se habla mucho de la importancia de la industria petrolera venezolana, pero si se pidiera un solo dato para ilustrarlo, bastaría este.

Como señala Cáceres, la operación en el país era la más grande que tenía la empresa en el mundo: cuarenta por ciento de lo que producía entonces. Por lo tanto, quien dirigiera las actividades de Shell en Venezuela manejaba, por decirlo de algún modo, la mitad de las operaciones globales de la empresa. No es de extrañar, entonces, que se recreara en el país la estructura que tenía globalmente. Si tenía dos sedes principales, una en La Haya y otra en Londres, la sucursal venezolana se dividiría entre Maracaibo y Caracas. Maracaibo se encargaría de la refinación y los aspectos técnicos del negocio, por lo que reportaría a La Haya, encargada mundialmente de esos aspectos. Caracas se ocuparía de las grandes decisiones administrativas y políticas, el transporte y el mercadeo, por lo que reportaría a Londres, que tenía esas competencias en el ámbito global. Para 1943 la Shell operaba a través de once compañías diferentes, desde las famosas Caribbean Petroleum, la principal, Venezuela Oil Concessions y Colon Development, hasta otras de servicios, suministros y comercialización. Cada una, a su modo, se entendía con La Haya o con Londres. El reto de van Hasselt y de Loudon era racionalizar todo aquello.

El estudio de Cáceres hace un recorrido desde la reorganización de la legendaria Caribbean Petroleum en 1945, hasta la integración de todas las compañías locales en la Compañía Shell de Venezuela en 1953, y su reorganización en 1956, tal vez la obra más grande de Loudon y el hecho final que lo catapultó a presidente. Para reorganizar a la empresa se contrata a la firma de consultoría McKinsey & Co., de Cleveland. Aún no tenía el alcance global que adquiriría después, por lo que esta experiencia puede considerarse también para ella una plataforma. En Venezuela se ensayaron muchas cosas que después se llevarían a otros lugares. La nueva estructura de la Shell, la creación de un departamento de Planificación a largo plazo y otro de Organización y Control, la combinación de los departamentos de Relaciones Públicas y Mercadeo, la adquisición de una IBM 650 (¡que entonces costaba la bicoca de 400.000 dólares!), todo eso revela que Venezuela se encontraba a la vanguardia del capitalismo del momento. Que para figuras globales como Loudon o la consultora McKinsey haya sido una pista de despegue de sus carreras y ensayo para sus técnicas, procesos y criterios, es algo que se repetirá en diversos ámbitos venezolanos. Si en algún lugar el capitalismo parecía despegar era en Venezuela.

Podría decirse que aquel no era aún un capitalismo propio, que la relación era de dependencia, incluso imperialista, que aún había connivencia con dictadores, que en última instancia la operación estaba en manos de musiúes, que las ganancias básicamente no se reinvertían, al menos no en la cantidad deseada. Pero ese período de administración por musiúes fue en realidad el de mayor crecimiento e inversión de la historia de Venezuela.

La siembra —sí, otra vez el retintín de «la siembra del petróleo»— también se hacía en algo muy importante: transferencia de conocimientos y prácticas. En la superación de la era de los robber barons, la nueva generación de gerentes -relacionistas, consultores e técnicos capaces de descifrar el funcionamiento de las paquidérmicas, pero entonces futuristas IBM- muy pronto comenzó a incorporar a venezolanos. Esos «hombres Shell» y «hombres Creole», la gente del petróleo, que en dos décadas será capaz de volver todo aquello algo nacional, tuvo, incluso puede seguir teniendo, en sus manos la oportunidad de crear un país más próspero.

Tenían razón Leoni y sus compañeros de Barranquilla: por mucho que espantaran, Clark, Requena y su grupo abrían un camino para la modernidad. Era asunto de adecentarlo y racionalizarlo. Quienes conocieron, al menos de referencia, la PDVSA anterior a 1999, la asociaban con profesionalismo, eficiencia, modernidad. Se le criticaba que era un «Estado dentro del Estado». Pero historias como las de Clark y la Ley de Hidrocarburos de 1922 habían quedado atrás, se creía, definitivamente. Eso fue así, en gran medida, por las reformas que desde la década de 1930 comienzan a implementarse, tanto por los retos que el nuevo Estado imponía como por la dinámica de la empresa.

Estos dos personajes y sus tiempos permiten apreciar, en términos concretos, la historia del petróleo venezolano: cómo, ya vistas en sentido amplio, son de complejas y contrastantes las historias del capitalismo, cuáles son los rostros de quienes lo han construido hasta hoy.

 

Referencias

  • Brandt, R. (2017): La odisea de un aventurero: Cyrus Norman Clark alias Camaleón. Caracas: Dahbar.
  • Cáceres, A. E. (2019): Londres en Caracas y La Haya en Maracaibo. Caracas: Academia Nacional de la Historia y Fundación Bancaribe.

Tomás Straka, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello e individuo de número de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.