Desactivar la bomba de la expansión cuantitativa

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Poner fin a la expansión cuantitativa —el experimento macroeconómico más importante de los últimos veinte años— produce angustia entre banqueros centrales e inversionistas institucionales. El Banco de Inglaterra será el primero en hacerlo, bajo la mirada atenta de sus pares de países desarrollados y de la comunidad financiera.

Carlos Jaramillo / 2 de septiembre de 2021


 

El Banco de Inglaterra (BoE, por sus siglas en inglés) ha sido pionero en la implantación de mecanismos para enfrentar las crisis sistémicas del presente siglo. En el año 2010 implementó un mecanismo de inyección de liquidez al sistema financiero británico, conocido como expansión cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés), adoptado y expandido por la Reserva Federal de Estados Unidos (FED), y muy pronto puede comenzar su desmontaje, porque la emergencia económica ocasionada por la covid-19 ha sido superada tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido.

Los funcionarios de los bancos centrales de los países desarrollados y, por supuesto, los inversionistas institucionales, no podrán quitar un ojo de encima a la manera en que los británicos pongan fin a este experimento económico, sin duda el más importante de la última década. Para muchos este proceso se asemeja a la desactivación de una bomba que se detona con mecanismo de relojería, dada la volatilidad que la FED imprimió a los mercados financieros tanto en 2013 como en 2018, cuando insinuó que la versión estadounidense de la QE llegaría a su fin.

Desactivar la bomba es una tarea peligrosa. La hipótesis de trabajo de los británicos es que, si el proceso se lleva a cabo de la manera más explícita posible, la volatilidad de los mercados financieros podría atenuarse. En lugar de proponer un cronograma de reducción de compra de títulos valores, como se ha intentado hacer hasta ahora, los bancos centrales deberían explicar cómo sería la evolución de las tasas de interés que promoverían en cada posible escenario económico. Esta información no puede deducirse de un cronograma de reducción de compra de títulos de renta fija.

Es indiscutible que cuando anuncie la reducción del programa de compra de títulos de renta fija el BoE enviará el mensaje de que la economía evoluciona adecuadamente. Lamentablemente, los bancos centrales controlan lo que dicen pero no el modo como sus interlocutores procesan los anuncios. Cualquier comentario que haga sospechar un alza de las tasas de interés afectará la tasa de crecimiento de la economía y el valor de la moneda nacional frente a sus pares comerciales.

El plan de desmantelamiento de la QE británica funcionará de la siguiente manera: el BoE elevará primero la tasa bancaria (la que se paga a los bancos comerciales con depósitos en el banco central). Esta tasa es el referente a partir del cual se fijan las tasas activas y pasivas del sistema bancario, y en estos momentos se encuentra en el orden de 0,1 por ciento. En una primera etapa se espera llevarla a 0,5 por ciento.

Una vez alcanzada esta meta, el BoE comenzará a reducir su balance general no reinvirtiendo el dinero obtenido por pagos de intereses o vencimientos de los bonos que forman parte de la cartera acumulada durante la QE. Si la reducción de la cartera de bonos no introduce una volatilidad apreciable en los mercados financieros, comenzará la segunda fase de subida de la tasa bancaria, para ubicarla en uno por ciento. En ese momento, el BoE tratará de reducir más rápidamente el tamaño de su balance, vendiendo parte de los bonos de su cartera en el mercado secundario.

En el pasado el BoE pretendía primero subir la tasa bancaria y luego reducir el plan de compra de bonos. Ahora espera que los mercados financieros estén poco agitados, para vender los bonos de su cartera.

Se espera que los bancos centrales compren bonos masivamente en los momentos de crisis para inyectar rápidamente liquidez, y se deshagan de estos instrumentos una vez superado el escollo económico. De manera que si, posteriormente, es necesario volver a intervenir en los mercados financieros, tengan holgura para implementar nuevos programas de compra de bonos. Si no han vendido los instrumentos financieros adquiridos en intervenciones previas, no es posible reactivar este mecanismo.

En el caso de que la FED decida copiar el esquema de desmantelamiento de la QE propuesto por su homologo inglés, debería comenzar por eliminar el programa de compra de 120.000 millones de dólares mensuales en títulos del Tesoro y papeles hipotecarios. Después debe evaluar si la posibilidad de reducir su balance general, que en este momento roza los ocho billones, es una posibilidad real.

La idea de que la FED comience a vender su cartera de bonos en el mercado secundario de renta fija tiene implicaciones directas sobre la curva de rendimiento. En todo caso, si los bancos centrales de los países desarrollados deciden elevar las tasas de interés antes de tocar su cartera de títulos valores, la curva de rendimiento se haría más empinada: subiría el rendimiento de los bonos con vencimiento a más largo plazo. Y cuando las tasas de interés suben, el apetito por bonos basura baja, pues los inversionistas no necesitan asumir mayores riesgos para obtener flujo de caja.

Cuando las tasas suben cae el interés en las acciones con alto potencial de crecimiento, como es el caso de las empresas tecnológicas. Se producen las llamadas «rotaciones del mercado accionario»: se venden las acciones más sensibles al movimiento de las tasas de interés y se compran las que se han rezagado en las últimas subidas del mercado, como es el caso de las acciones europeas o las de mercados emergentes.

En los próximos años los inversionistas deben seguir muy de cerca las estrategias que adopten los bancos centrales para reducir el tamaño de sus balances generales. Si deciden reducir el tamaño de sus carteras de bonos para reaccionar más fácilmente a las crisis financieras del futuro, los precios de los instrumentos de renta variable se moverán bruscamente y, como siempre, habrá ganadores y perdedores. El reto es, entonces, tratar de anticipar cómo gestionarán los bancos centrales el tamaño de sus balances generales.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo ha sido publicado en alianza con Arca Análisis Económico.

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