Tres Venezuelas en seis meses: el reto de recalibrar las decisiones financieras de la empresa

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Eneas De Troya / Flickr

En seis meses la empresa venezolana ha enfrentado tres entornos distintos. Cada giro invalidó supuestos financieros que parecían firmes. Recalibrar presupuesto, capital de trabajo y horizonte de inversión deja de ser anual para volverse permanente. El mayor riesgo no es un choque aislado, sino seguir decidiendo con un mapa que ya caducó.


 

Antes del 3 de enero el horizonte de la empresa venezolana era, sobre todo, defensivo. La presión tributaria, el aislamiento con respecto al sistema financiero internacional y un régimen amplio de sanciones definían un entorno donde planificar consistía, en buena medida, en administrar la escasez. No es un detalle menor que el Banco Central de Venezuela (BCV) hubiera dejado de publicar sus indicadores desde octubre de 2024: se decidía casi a ciegas, sin cifras oficiales de inflación ni de producto.

Los supuestos de esos años eran los del repliegue: acceso restringido al crédito externo, una moneda de referencia refugiada en el dólar y horizontes de inversión cortos, casi tácticos. La gestión financiera era, por fuerza, de corto plazo: cuidar el capital de trabajo (el efectivo atado en inventarios y cuentas por cobrar), acelerar la cobranza y estirar los pagos a proveedores, sin margen para invertir en activos productivos, en un país cuyo mañana se medía en semanas.


El presupuesto construido para el país del aislamiento no sirve para el de la apertura; y el de la apertura no anticipa el del reordenamiento.


El mapa de la apertura

El 3 de enero alteró ese cuadro. La flexibilización de las sanciones, una nueva ley de hidrocarburos y la expectativa de reactivación del sector energético abrieron la posibilidad de un reencuentro con el sistema financiero internacional.

Una señal concreta: a comienzos de 2026 el BCV retomó la publicación de sus cifras, en medio de acercamientos con el Fondo Monetario Internacional. El dato que reveló invitaba, sin embargo, a la mesura: una inflación interanual superior al 600 por ciento en febrero. La apertura es real, pero su efecto no es inmediato.

Conviene, por eso, distinguir el hecho consumado de la expectativa. La reincorporación plena a los canales globales de pago, el retorno a los foros multilaterales y la renegociación de la deuda externa son todavía, en buena medida, expectativas, no realidades firmes. No obstante, para la decisión empresarial, la expectativa ya cambia el cálculo.

Un empresario que en diciembre no contemplaba inversión de largo plazo, en marzo podía empezar a evaluarla. El mapa del aislamiento cedía ante el de la apertura, con supuestos más optimistas y horizontes más largos. La gestión financiera de largo plazo —evaluar la inversión de capital, repensar la estructura de financiamiento y el costo del capital— volvía, por primera vez en años, a tener sentido.


Un puerto lento o una vía cortada alargan los días de cobro, inmovilizan el inventario y estiran el ciclo operativo.


El mapa del reordenamiento

Entonces llegó el 24 de junio. El mayor desastre natural que se recuerde reordenó las prioridades del país, de un modo que ningún modelo financiero tenía incorporado: la reconstrucción de infraestructura y la atención de una emergencia de gran escala desplazan recursos y cronogramas. Para la empresa, este nuevo mapa no es defensivo ni de apertura: el riesgo físico —antes casi ausente del análisis— pasa a primer plano y todo se reorganiza en torno a reconstruir lo perdido.

Ese riesgo físico, además, no golpea de manera uniforme. El motor de ingresos del país —la industria petrolera— salió, en lo esencial, indemne: según las evaluaciones preliminares del sector, las principales terminales de exportación siguieron cargando crudo y el mayor complejo refinador operó con normalidad.

Pero la geografía del daño alcanzó de lleno la infraestructura logística de la que depende el resto de la economía: uno de los principales puertos del país y su aeropuerto internacional más importante sufrieron daños que interrumpieron operaciones. Para el exportador de crudo, el mapa apenas se movió; para casi todos los demás —quien importa insumos, quien mueve mercancía o quien depende de la conexión aérea— cambió y mucho.

Un puerto lento o una vía cortada alargan los días de cobro, inmovilizan el inventario y estiran el ciclo operativo, hasta que el capital de trabajo que parecía holgado deja de alcanzar. La lección financiera es incómoda: un mismo golpe puede dejar intacto un supuesto y pulverizar otro, según donde esté parada cada empresa.

Cuando el presupuesto deja de servir

En finanzas hay que interpretar todo en términos relativos: una cifra —un margen, un saldo de caja, una tasa de retorno— no significa nada por sí sola, sino en relación con el entorno que le da sentido. Por eso, tres entornos en seis meses no son tres noticias: son tres conjuntos de supuestos que la empresa dio por válidos y que la realidad fue invalidando.

El presupuesto construido para el país del aislamiento no sirve para el de la apertura; y el de la apertura no anticipa el del reordenamiento. Falla aquí, precisamente, lo que el economista Tim Harford describe como «la ilusión del plan maestro»: en entornos complejos y muy volátiles, los planes rígidos se rompen, porque suponen un mundo que se queda quieto mientras se ejecutan.[1]

La alternativa no es dejar de planificar, sino planificar de otro modo. La experta en innovación Rita Gunther McGrath, de la Escuela de Negocios de Columbia, formula con precisión lo que llama «planificación guiada por el descubrimiento»: en escenarios inciertos no se presupuesta a partir del comportamiento histórico, sino que se identifican los supuestos críticos del negocio y se los pone a prueba de manera continua.[2] En la práctica, eso significa hacer explícito de qué depende el flujo de caja —tipo de cambio implícito, rotación de cuentas por cobrar y por pagar, necesidades de capital de trabajo— y fijar umbrales de alerta: valores que, al cruzarse, disparan un plan de contingencia. El control de gestión migra así del presupuesto anual, aprobado una vez y archivado, hacia pronósticos móviles y revisiones de caja frecuentes.


El error más caro, en un país que se ha reinventado tres veces en seis meses, es seguir decidiendo sobre un entorno que ya no existe.


La liquidez como opcionalidad

Hay, además, un cambio de mirada sobre la tesorería. La disciplina financiera convencional trata el efectivo ocioso como una ineficiencia. El investigador financiero Nassim Taleb invita a verlo al revés.[3] En entornos que se reconfiguran de golpe, mantener liquidez y redundancia no es desperdicio, sino compra de opcionalidad: capacidad para resistir un corte abrupto en los pagos o moverse rápidamente ante una oportunidad.

La empresa optimizada al máximo —sin holgura, con márgenes teóricos perfectos— es también la más frágil ante lo inesperado. La que conserva colchón puede, en cambio, salir fortalecida de la sacudida. En un país que cambió de mapa tres veces en seis meses, esa holgura dejó de ser un lujo para volverse un seguro.

Cambiar de mapa a tiempo

Planificar en Venezuela nunca ha sido un ejercicio sobre terreno firme. Si algo dejaron estos seis meses es una versión financiera de una idea que suele atribuirse a Darwin: no sobreviven las empresas más fuertes, sino las que mejor se adaptan al cambio. Cuando el entorno cambia de forma abruptamente, el plan estratégico y el modelo financiero no son documentos que se aprueban una vez al año, sino hipótesis que conviene poner a prueba de manera permanente.

La empresa que salga mejor librada de este medio año no será la que acertó el pronóstico —nadie lo hizo—, sino la que estuvo dispuesta a revisar sus supuestos apenas la realidad los desmintió. Porque el error más caro, en un país que se ha reinventado tres veces en seis meses, es seguir decidiendo sobre un entorno que ya no existe.


John Beaujon, profesor del IESA

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Notas

[1] Harford, T. (2011). Adáptate. Ediciones Martínez Roca.

[2] McGrath, R. G. (2013). The end of competitive advantage. Harvard Business Review Press.

[3] Taleb, N. N. (2012). Antifrágil. Paidós.