Diáspora

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Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La emigración es, por una parte, un fenómeno racional, un cálculo para buscar mejores oportunidades para vivir. También es un fenómeno profundamente emocional: una persona abandona por un tiempo indefinido, incierto, familiares, amigos.


 

Quienes nacieron antes de 1960 fueron testigos de una Venezuela cada vez más próspera. Vieron llegar al país inmigrantes europeos, en busca de mejores oportunidades que las ofrecidas por sus países. Luego, en los años setenta y ochenta, presenciaron la llegada de inmigrantes de países vecinos que contribuyeron al bienestar del país.

En los años sesenta Venezuela tuvo durante diez años un crecimiento anual superior al del llamado «milagro alemán». Entre 1960 y 1980, el empleo creció en sesenta por ciento. En aquellos tiempos de bonanza nadie podía imaginar que, en menos de cuarenta años, Venezuela se convertiría en un país de emigrantes, en busca de oportunidades para vivir.

Prácticamente todos los indicadores de bienestar social o económico han empeorado significativamente. Basta señalar que en 2021 la inflación fue 686,4 por ciento, cien veces más que el promedio de América Latina. Según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) de la Universidad Católica Andrés Bello, el 94,5 por ciento de la población está en situación de pobreza, el 76,6 en situación de pobreza extrema y la esperanza de vida de quienes nacieron en el lapso 2015-2020 era 3,7 años menos. La encuesta señala que 8,1 millones de venezolanos no tienen trabajo formal. Entre 2014 y 2021 se redujo el empleo en 21,8 por ciento. Cuando Hugo Chávez llegó a la Presidencia, el 49,4 por ciento vivía debajo de la línea de pobreza. Además, hoy el país enfrenta colapso de servicios básicos, persecución política, inseguridad personal, escasez de combustible, entre otros males.

En 1991 el IESA publicó un estudio sobre la emigración venezolana, que apenas comenzaba a llamar la atención de algunos. Los autores concluyeron que esa migración no era, en modo alguno, significativa en comparación con la de otros países latinoamericanos. Sin embargo, advertían la necesidad de prestarle atención porque, aunque lentamente, venía creciendo. Pero jamás nadie imaginó que llegaría a los niveles de hoy.

Una sola palabra basta para expresar lo que ha ocurrido: diáspora. Hasta la fecha más del veinte por ciento de la población venezolana ha emigrado, una magnitud solo superada por Siria como consecuencia de la violenta guerra civil que ese país ha sufrido por más de diez años. Se espera que a finales de 2023 una cuarta parte la población venezolana viva fuera del país.

La emigración puede explicarse por razones diferentes; en algunos casos, por la necesidad de sobrevivir, incluso simplemente de alimentarse; en otros, por el drástico deterioro de las condiciones de vida, el temor de que cada vez sea peor o por persecución política. En la emigración influyen fenómenos psicosociales como la imitación: «Si tú emigraste y no te ha ido mal, ¿por qué no puedo hacer lo mismo?». En este sentido tiende a tener dos momentos o fases: una persona emigra y atrae a otros, familiares, amigos o conocidos.

La emigración es, por una parte, un fenómeno racional, un cálculo para buscar mejores oportunidades para vivir, lo cual requiere indagación, preguntar, trabajar con información. También es un fenómeno profundamente emocional: una persona abandona por un tiempo indefinido, incierto, familiares, amigos, lugares amables donde ha transcurrido buena parte de su vida. Sus recuerdos, felices o no, forman parte consustancial de su vida. Emigrar preocupa, angustia, por la incertidumbre que ha de enfrentarse. Emigrar suele ser triste, por lo que se deja, tal vez para siempre. Duele también a quienes se quedan, por no saber si volverán a ver a personas muy queridas.

Ahora el país está ahí siempre presente, en la información disponible y las emociones trasmitidas por los actuales medios de comunicación. Los hijos o los nietos que vimos irse como niños o adolescentes ahora los escuchamos y vemos como jóvenes y adultos, creciendo en sus trabajos y a punto de formar familias en tierras lejanas. Pero los mismos medios hacen vivir las frustraciones de quienes no han visto sus sueños y planes hacerse realidad.


Ramón Piñango, profesor emérito del IESA y director de Debates IESA.