El cambio: ese inseparable compañero

2529
Ilustración: Oswaldo Dumont.

Las recomendaciones para enfrentar los cambios pueden parecen sencillas. Requieren, eso sí, una gran dosis de disposición y aceptación.

Alecia Ortiz / Enero-junio 2017


Es parte del quehacer social escuchar a innumerables personas que hablan sobre sus angustias cuando saben que viene un cambio. Tal práctica parece ser la condición natural del ser humano cuando por fin toma conciencia de que, independientemente de su voluntad, deberá abandonar una situación y encarar otra. Una sensación de desarraigo se entremezcla con temor por lo desconocido. Se sale de una zona de confort (o, si se quiere, de hábitos) para enfilar hacia un camino que la vista aún no consigue distinguir. Sin embargo, tantas incertidumbres y vacilaciones no acaban con una certeza: «la única constante en la vida es el cambio».

Desde su nacimiento todo ser humano vive con el cambio. A medida que pasan los años el cuerpo se transforma, la mente se expande y se hace receptiva a nuevos paradigmas, y se adquieren nuevos hábitos. Los amigos de la infancia también se desarrollan y cambian; algunos se alejan, otros se mantienen en el mismo círculo social. El trato familiar experimenta drásticas alteraciones: de la inocencia basada en la dependencia y la inmadurez emocional de la niñez se pasa a la etapa de la juventud con responsabilidades por comportamientos. A lo largo de la jornada humana se reciben datos e informaciones —noticias de la realidad— que modifican las percepciones e inducen nuevos comportamientos, que, lentamente, dan otro cariz al sistema de pensamientos, emociones, sentimientos, acciones, creencias y valores personales.

Hombres y mujeres, a pesar de vivir situaciones de cambio, a menudo no son conscientes de ellas. A medida que pasa el tiempo, la costumbre gana terreno en la psiquis de las personas hasta prefigurar una pauta de comportamiento (a mayor edad, mayor aversión al cambio), como si la experiencia no ayudase en absoluto, como si las vivencias acumuladas formasen un mecanismo de destrucción de oportunidades. Sin embargo, esta dinámica mental debería ser totalmente opuesta. ¿Qué explica, entonces, tal contradicción?

La neurociencia muestra que el cerebro humano establece conexiones mediante las cuales se resuelven las situaciones ya conocidas. Esto determina que, mientras más años se vivan, los paradigmas mentales existentes se consolidan y solidifican. Dichosos pues los niños, que tienen pocas vivencias y poseen cerebros vivificados con emociones frescas y razonamientos flexibles; cerebros que tantas veces son comparados con esponjas, por su capacidad de absorción. Pero, ¿se puede volver a la infancia? No. Aún no ha sido inventada la tecnología que permita hacer este tipo de viajes al pasado. Sin embargo, sí es factible que en la adultez se pueda tomar conciencia de las experiencias vividas, con el propósito de extraer de ellas lecciones que permitan hacer frente a cualquier situación del presente.

En las organizaciones ―sean emprendimientos, medianas o grandes empresas― el miedo al cambio afecta a los grupos humanos del mismo modo como afecta a un individuo. Las empresas, ante una circunstancia desesperada, no están exentas de tomar decisiones radicales, reactivas y, a veces, precipitadas, como el cierre o la eliminación de buena parte de los puestos de trabajo.

Según Eduardo Punset (2011), pese a la contradictoria historia de la humanidad, hay razones suficientes para ser optimistas. El optimismo, sin embargo, debe ser complementado con algunas consideraciones en relación con asuntos como la relación con la manada (el grupo de referencia), el cuidado psicológico y la profundización en el conocimiento de las cosas.

A continuación se presentan cinco recomendaciones para enfrentar los cambios. Aunque parecen sencillas, y de hecho lo son, requieren, eso sí, una gran dosis de disposición y aceptación.

  1. Tómese un tiempo para meditar. Durante ese breve lapso respire suavemente y de manera profunda. Trate de «escuchar» su voz interior. Tanto Punset (2011) como Covey (2005) consideran inmenso el poder de la voz interior. Más aún, para Covey, esa voz es una dimensión superior para inspirar a los demás, y representa la relevancia personal de cada individuo. En otras palabras: confíe en usted.
  2. Construya una «minería» de información sobre su entorno. Si quiere tomar decisiones acertadas necesita establecer con exactitud su situación y sus «coordenadas» con respecto al cambio. Prepare un análisis FODA: una matriz que haga explícitas sus fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. A partir de la información disponible, diseñe estrategias que le ayuden a atenuar sus vulnerabilidades y a potenciar sus destrezas y capacidades. Adicionalmente, analice el comportamiento de elementos o agentes clave (organizaciones o personas con poder de decisión) con respecto a su situación: trate de anticipar conductas y reacciones.
  3. Escuche las opiniones de personas ajenas al cambio. Tener una perspectiva externa ayuda a visualizar la situación, lejos de la óptica deformante del temor. Esta visión suele ser más objetiva, dado que no está «contaminada» con los sentimientos de los involucrados. Una excelente ayuda viene dada por la asesoría de un coach, quien le orientará en el descubrimiento de su potencial interior y de las diferentes maneras de enfrentar los cambios.
  4. Plantee escenarios y opciones. Visualizar diferentes caminos le puede ofrecer la oportunidad de encontrar vías que le permitan maniobrar con mayor libertad, sentirse más cómodo e inspirar de modo más efectivo. Usualmente, el apego a la zona de confort no ocurre por el bienestar que produce, sino por costumbre. Considerar diferentes opciones puede «reconectar» a las personas con sueños no cumplidos que habían dejado en el camino.
  5. Trace su plan de acción con una actitud positiva. Identificar el primer paso que dará, así como el que luego le seguirá, implica un avance significativo para potenciar una actitud positiva. Un plan de acción puede dar luces para determinar qué debe hacerse, en qué orden, con cuáles recursos y en cuánto tiempo. La actitud positiva da la energía y la espiritualidad necesarias para salir adelante ante cualquier adversidad. Este es el punto donde la racionalidad y la emocionalidad van de la mano armoniosamente. Siempre hay que estar pendientes de estos dos lados de la ecuación.

 

Referencias

  • Covey, E. (2005): El 8° hábito: de la efectividad a la grandeza. Bogotá: Paidós.
  • Punset, E. (2011): Viaje al optimismo. Barcelona: Destino.

Alecia Ortiz, mentora de Emprende, programa de formación de emprendedores del IESA / @AleciaortizMBA