El emprendimiento y sus vertientes: historia del ecosistema emprendedor venezolano

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Las cuatro vertientes del emprendimiento —cooperativa, economía solidaria, emprendimiento social y emprendimiento de base tecnológica— ayudan a comprender los antecedentes del emprendimiento de triple impacto en Venezuela.

Félix M. Ríos Álvarez / 14 de marzo de 2022


 

En marzo de 2021 la Comunidad B Venezuela publicó su estudio Opciones para el impulso de una economía de impacto en Venezuela (Páez-Acosta y otros, 2021). Entre sus aportes se encuentran la realización de un mapa de iniciativas emprendedoras en Venezuela y una línea de tiempo de hechos e iniciativas que permiten distinguir los orígenes de al menos cuatro vertientes de emprendimiento: cooperativa, economía solidaria, emprendimiento social y emprendimiento de base tecnológica.

 

Vertientes del emprendimiento en Venezuela
(fechas aproximadas de inicio)
Basado en Comunidad B Venezuela: «Línea de tiempo del ecosistema emprendedor venezolano» (https://bit.ly/LineaDeTiempoEV).

 

Estas vertientes no son consecutivas; en muchos casos, han coexistido. Lo cierto es que cada una obedece a motivaciones y circunstancias particulares que permiten comprender los antecedentes del emprendimiento de triple impacto, que, en sí mismo, es una quinta vertiente que en los últimos años ha adquirido pertinencia e interés. Salvando las particularidades de cada país, esta aproximación puede ofrecer pistas para comprender la historia del emprendimiento en otros países de América Latina.

 

Cooperativa

Casi un siglo después de los primeros ensayos del cooperativismo en Inglaterra, en 1844, bajo las ideas del llamado «socialismo utópico» que fueron permeando lentamente desde el siglo XIX (Freitez, 2008), luego de la Segunda Guerra Mundial los principales organismos internacionales de desarrollo incorporaron en sus recomendaciones la promoción de la cooperativa como vehículo para vincular a las poblaciones en situación de pobreza y «marginación» —como se les denominaba en los años cincuenta y sesenta— con las dinámicas de progreso económico, modernización, calificación técnica y participación sociopolítica, que traerían bienestar e inclusión a las mayorías.

Con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, entre los años sesenta y setenta, gobiernos, organizaciones internacionales e instituciones financieras intensificaron estas políticas de promoción del cooperativismo. Se le percibía como una «tercera vía» entre el capitalismo y el socialismo. Muchas de las cooperativas fundadas en ese entonces aún existen en el país, orientadas hacia su sostenibilidad económica e impacto social.

Con las propuestas asumidas en la Constitución Nacional (1999) y la nueva Ley de Cooperativas (2001) las políticas públicas en favor del movimiento cooperativo venezolano adquirieron un impulso humano, logístico y de recursos que propició un crecimiento cuantitativo de las cooperativas en Venezuela; sin embargo, en lo cualitativo «no contó con un modelo coherente de cooperativa. No comprendió la esencia de la integración grupal que requieren las organizaciones solidarias. No se valoró la ética indispensable para la acción solidaria» (Delgado Bello y otros, 2009: 19). Para Delgado Bello, en la actualidad:

se identifica una riqueza de experiencias de cooperativas que se resistieron al mal uso que hizo el chavismo de esta filosofía… la iniciativa de más larga data activa para este momento es la cooperativa «Tacuato», constituida en 1960 y «CECOSESOLA», en 1967, siendo esta segunda la cooperativa más estudiada dentro y fuera de Venezuela por los resultados económicos y sociales que ha generado (Páez-Acosta y otros, 2021: 15).

 

Economía solidaria

Entre los años setenta y ochenta, dados los efectos de la inflación, el desempleo, la crisis por la deuda externa y los movimientos migratorios, entre otros fenómenos que afectaban a América Latina, se despertó la atención hacia la vertiente de la economía solidaria. La idea era que cada quien podría construir su fuente de trabajo, con factores de protección y movilidad social, e impulsar reformas en el marco jurídico institucional para el desarrollo de las micro, pequeñas y medianas empresas (Valdés Díaz y Sánchez Soto, 2012).

En Latinoamérica la vertiente de economía solidaria se identifica con un tipo de empresas familiares caracterizadas, en la mayoría de los casos, por una gestión orientada a la supervivencia. En este contexto se ubican las microempresas que surgen asociadas al fenómeno del autoempleo como forma de subsistencia.

El desafío de empoderar económicamente a individuos y familias puede rastrearse hasta los años setenta en Venezuela, con el Centro al Servicio de la Acción Popular (CESAP) y su iniciativa de Apoyo a las Unidades de Producción. Luego, en la década de los ochenta, tanto Cesap —con el impulso del Apoyo a las Unidades de Gestión Económica (AUGE) en 1986—, como la Fundación Eugenio Mendoza —con su programa de Apoyo a la Microempresa en 1987—, se dedicaron a apoyar a sectores populares para propiciar su formalización económica, como explica José Ramón Llovera (Páez-Acosta y otros, 2021: 15). Este hecho coincide con la creación del Fondo de Financiamiento de Empresas Asociativas (Foncofin), que serviría para hacer transferencias a organizaciones de la sociedad civil y de estas a sus destinatarios (Méndez, 1992).

Durante la década de los noventa se contó con significativos apoyos de la cooperación internacional y el Estado. La constitución de Bangente en 1998 tuvo como accionistas e inversionistas a diversas instituciones de la sociedad civil y de la banca de desarrollo, lo que marcó un ejemplo de cómo diversos sectores podían unir esfuerzos con la intención de apoyar a los microempresarios. Esto sirvió de inspiración a otras entidades bancarias, como el Banco del Pueblo. El Decreto con Fuerza de Ley de Reforma de la Ley General de Bancos y otras Instituciones Financieras, de 2001, crea la «gaveta» obligatoria de microcréditos, con lo cual varias instituciones bancarias fundan instituciones especializadas en productos pertinentes para los microempresarios: Banauge con Emprered, Banco de Venezuela con Bancrecer y Banesco con Banca Comunitaria, entre otras iniciativas. La legislación a favor del crédito a los microempresarios contribuyó a democratizar el financiamiento; sin embargo, esto ha menguado en los últimos años.

 

Emprendimiento social

Es posible rastrear las ideas sobre emprendimiento social hasta las propuestas de Robert Owen en el siglo XIX (Gallardo, 2016). Entre los antecedentes del empleo de la expresión «emprendedor social» tiene notoriedad el aporte de William Drayton, fundador de Ashoka, quien desde finales de los años setenta impulsó la distinción del emprendimiento social. Hoy se lee en la página de Ashoka (2021) esta definición de emprendimiento social: «Los emprendedores sociales son individuos con soluciones innovadoras para los desafíos sociales, culturales y ambientales más acuciantes de la sociedad. Son ambiciosos y persistentes, abordando los principales problemas y ofreciendo nuevas ideas para el cambio a nivel de sistemas».

La presencia y acción de Ashoka en Venezuela desde 1996 y el concurso Emprendedor Social del Año, fruto de la alianza entre la Fundación Venezuela sin Límites y la Fundación Schwab entre 2010 y 2015, son ejemplos de esta vertiente. En cada una de estas iniciativas se encuentran nombres de emprendedores destacados que han sido reconocidos por sus aportes como emprendedores sociales.

También han surgido otras convocatorias y concursos para reconocer casos de excelencia o premiar proyectos destacados por su aporte social. Desde los años noventa, Venezuela Competitiva documentó casos de éxito de iniciativas públicas y privadas, incluidos también varios emprendimientos enmarcados en la categoría social. De modo similar se registran iniciativas como el Concurso Ideas, el Premio CITI o Dale Luz Verde a tu Idea.

El emprendimiento de base tecnológica fue una de las apuestas por promover el emprendimiento dinámico en Venezuela

En el ámbito universitario se destacan los esfuerzos que han realizado la Asociación Civil Eureka desde 1995 y el programa Promoviendo Líderes Socialmente Responsables (RetoU), impulsado desde 2004 por un conjunto de Clubes Rotarios del país, la Alianza Social de Venamcham y la Fundación Mercantil. Estas iniciativas logran movilizar recursos para incentivar el talento que emprende y reconocer los avances en materia social.

Un ejemplo inspirador es el de Acción Solidaria AC, una organización fundada en 1995 abocada a contribuir a reducir el impacto social de la epidemia del VIH, liderada por Feliciano Reyna. También merece mención Claudia Valladares, quien recibiera el Premio al Emprendedor Social de 2010, otorgado por las fundaciones Venezuela Sin Límites y Schwab. En ese entonces se desempeñaba como vicepresidenta de Banca Comunitaria Banesco y actualmente es cofundadora y presidente del Impact Hub Caracas. Otro ejemplo inspirador es el de Héctor González, uno de los líderes de Deporte para el Desarrollo AC, una organización deportiva social fundada en 2012 que se propuso ampliar la concepción del deporte y utilizar su potencial para transformar vidas. El desempeño de González le ha permitido convertirse en Alumni Global Shapers del Foro Económico Mundial y miembro de la Red de Jóvenes Agentes de Cambio de Ashoka.

 

Emprendimiento de base tecnológica

En 1945 Vannevar Bush (1999), con el informe «Ciencia, la frontera sin fin», encargado por el presidente Roosevelt, concibió la investigación científica vinculada al desarrollo tecnológico y a las empresas como la principal fuente de riqueza, progreso económico y competitividad. Uno de los indicadores utilizados para medir la innovación es la transferencia de conocimiento desde las universidades o centros de investigación, que puede manifestarse en la creación de empresas de base tecnológica.

Las empresas intensivas en conocimiento y tecnología no solo favorecen la creación de valor e impulsan la economía, sino que también dinamizan el tejido industrial en el entorno donde se encuentran. Las nuevas empresas de base tecnológica (NEBT) tienen efectos positivos en el desarrollo económico y constituyen un verdadero motor para el crecimiento de la economía y el empleo (Zapata y otros, 2014).

Estas ideas fueron tomando fuerza en Latinoamérica desde la década de los setenta. Hacia finales de los ochenta, en Venezuela, un grupo de jóvenes recién graduados de la Universidad Simón Bolívar (USB) funda la empresa DBAccess, antes de la llegada de internet. Fueron pioneros en la industria de base tecnológica en el país.

En esta vertiente el objetivo es validar proyectos innovadores capaces de crecer de manera rentable, rápida y sostenible, tal como se entienden los emprendimientos dinámicos. Desde los años noventa se registra el impulso, desde la academia, de este tipo de emprendimientos: la USB con un Parque Tecnológico en su campus (creado entre 1989-1992), el Centro de Emprendedores del IESA (2003), Novos I+E en la Universidad Metropolitana (2014), el Centro de Innovación y Emprendimiento de la Universidad Católica Andrés Bello (2016), entre otros parques tecnológicos y centros de emprendimiento universitarios creados en Venezuela.

Hoy se cuenta en Venezuela con dos empresas B certificadas: Leather Heart (2019) y Casa Franceschi (2021)

Con el auge de internet y los emprendimientos de base tecnológica, en el mundo, a finales de los años noventa empieza a sentirse la efervescencia de esta agenda en Venezuela, como explica Lorenzo Lara (Páez-Acosta y otros, 2021: 16). Se constituye la Cámara Venezolana de Comercio Electrónico (1999) y para la primera década del siglo XXI se registra un importante movimiento en esta vertiente: en 2002 se constituye el grupo de competitividad del software en el Centro de Excelencia en Ingeniería de Software (Ceisoft) de la Universidad de los Andes. A esto sigue la creación de fondos de capital de riesgo para apuntalar proyectos tecnológicos, tales como Innovex y la Fundación Ideas. Fundación Telefónica también apostó desde 2012 en esta vertiente con la Academia Wayra.

El emprendimiento de base tecnológica fue una de las apuestas por promover el emprendimiento dinámico en Venezuela e integrar eficazmente emprendimientos, inversiones y agencias. No obstante, muchos emprendedores de base tecnológica emigraron en busca de condiciones más favorables en otros países y ecosistemas emprendedores, aunque mantuvieron ciertos vínculos operativos con Venezuela.

 

Hacia el triple impacto, la sostenibilidad y la regeneración

A partir de aportes como los de John Elkington con sus propuestas sobre el triple impacto, Michael Porter con la creación de valor compartido, los estándares de la Iniciativa de Reporte Global (GRI), el nacimiento de la certificación de empresas B, los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2015-2030 que aluden al comportamiento de las empresas, entre muchos otros antecedentes, queda manifiesta la inquietud de que las empresas podían hacer algo más que producir ganancias para sus accionistas: impulsar modelos de negocios que también puedan resolver problemas sociales y ambientales. Esto da pie a una conversación que ha adquirido fuerza desde la segunda década del siglo XXI, en torno a cómo pueden las empresas lograr impactos más allá de lo económico, en una clara orientación para desarrollar mejores empresas para el mundo.

Esta vertiente, con mayor penetración en otros países y regiones, ha producido diversas reacciones en Venezuela que van de la extrañeza a la curiosidad y al interés genuino. Desde 2018 se ha venido gestando un grupo de venezolanos motivados por impulsar la visión de la triple cuenta de resultados, la transparencia y el valor compartido, como vía para cimentar una nueva economía en el país. De estos esfuerzos surge en 2020 la Comunidad B Venezuela. Hoy se cuenta con dos empresas B certificadas: Leather Heart (2019) y Casa Franceschi (2021).

Esta línea de tiempo de organizaciones que se han venido fundando tiene una expresión geográfica que permite reconocer los activos institucionales con los que cuenta Venezuela. La investigación de la Comunidad B Venezuela (Páez-Acosta y otros, 2021) contiene la primera versión de un mapa interactivo de emprendimientos y organizaciones de apoyo al emprendedor (https://bit.ly/MapaInteractivoEV).

Cada vertiente ayuda a comprender la evolución del emprendimiento en Venezuela con recorridos plenos y diversos de iniciativas, obstáculos, aprendizajes y desafíos:

  • Las nociones de movimiento y ecosistema resultan útiles para seguir fortaleciendo el tejido emprendedor del país. Cada vertiente y actor significativo suma aprendizajes de valor para impulsar el espíritu emprendedor en Venezuela.
  • Los intercambios entre visiones y generaciones son vitales para identificar puntos de encuentro y trabajar a partir de desafíos colectivos.
  • Aún queda un gran camino por recorrer para la apropiación y la aplicación práctica de estas narrativas.
  • Se precisa profundizar en la validación de los factores que permiten —o impiden— avanzar en el ecosistema emprendedor venezolano, así como la participación de actores regionales y locales para fortalecer la cobertura.

 

¿Es posible que la narrativa del triple impacto, la sostenibilidad y la regeneración sea un punto de convergencia de estas vertientes y un aporte para una Venezuela que vive en un declive de la renta petrolera y una emergencia humanitaria compleja? Esta es la pregunta para los años por venir.

Venezuela requerirá tanto los aprendizajes de cada vertiente como la capacidad de innovación y articulación de intereses de emprendedores, ecosistemas e instituciones. Las palabras de Andrés Simón González (Páez-Acosta y otros, 2021: 17) lanzan un reto para quienes deseen impulsar el emprendimiento en la Venezuela contemporánea:

Los emprendedores deben ser insolentes. Definiendo insolencia en términos de retar. No porque está escrito, funciona. Capacidad de romper paradigmas, alterar, retar el status. No se trata de pensar fuera de la caja, es que a veces no hay caja.


Félix M. Ríos Álvarez, director de Opción Venezuela AC y miembro del Equipo de Coordinación Local de la Comunidad B Venezuela.

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Referencias

Ashoka (2021). Emprendimiento social. Ashoka Región Andina. https://www.ashoka.org/es/focus/emprendimiento-social

Bush, V. (1999). Ciencia, la frontera sin fin. Un informe al presidente, julio de 1945. Redes, 6(14), 91-137. http://ridaa.unq.edu.ar/handle/20.500.11807/715

Delgado Bello, L., Weber, Y. y Monzant, E. (2009). Diagnóstico del sector de la economía social y solidaria en Venezuela. Cooperativa Gestión Participativa.

Freitez, N. (2018). El cooperativismo larense: Surgimiento y desarrollo en cinco décadas (1958-2008). Fundación Centro Gumilla.

Gallardo, R. (2016). Emprendimiento social: Semántica, tipología e historia. Trabajo de grado para la Maestría en Administración. Universidad Nacional Autónoma de México.

Méndez, D. (1992). Reinventando el gobierno: Foncofin, la sociedad civil y los gobiernos locales. SIC, 55(548), 356-359. http://64.227.108.231/PDF/SIC1992548_356-359.pdf

Páez-Acosta, G., Delgado Flores, C., Giraud Herrera, L., Ojeda, E. y Ríos, F. (2021). Opciones para el impulso de una economía de impacto en Venezuela: A la búsqueda de capacidades y posibilidades. Comunidad B Venezuela. https://drive.google.com/file/d/1oZr4n1mMgNduX2-Ia9URbPa3VOjr-uCf/view

Zapata H., G., Fernández L., S., Vivel B., M., Neira G., I. y Rodeiro P., D. (2014). El emprendimiento de base tecnológica. características diferenciales. En X. Vence y D. Rodeiro P. (Eds.), Innovación y emprendimiento con base en las ciencias (pp. 3-22). Universidad de Santiago de Compostela.

Valdés Díaz, J. A. y Sánchez Soto, G. A. (2012). Las mipymes en el contexto mundial: Sus particularidades en México. Iberóforum. Revista de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana, VII(14), 126-156. https://www.redalyc.org/pdf/2110/211026873005.pdf