El futuro de la cartera clásica 60/40

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Imagen de Steve Buissinne en Pixabay

La cartera clásica se construye suponiendo que los retornos de las acciones y los bonos están inversamente relacionados. Pero en 2022 se observó un desempeño atípico: los precios de las acciones y los bonos cayeron simultáneamente. Este hecho requiere una revisión de las premisas: no existen vehículos de inversión que sirvan para todos los escenarios.


Durante años la industria financiera estadounidense ha usado una cartera compuesta por un sesenta por ciento en acciones y un cuarenta por ciento en bonos para ilustrar conceptos que van desde el impacto de la diversificación de activos en las metas de ahorro hasta la medición del desempeño de los mercados financieros para pronosticar su futuro. Tal cartera se construye partiendo de la premisa de que los retornos de las acciones y los bonos están inversamente relacionados. Los instrumentos de renta fija reducen la volatilidad, y los de renta variable mejoran la rentabilidad.

Pero en el año 2022 se observó un desempeño atípico: los precios de las acciones y los bonos cayeron simultáneamente, lo que produjo un retorno negativo del orden de 16 por ciento. Los rendimientos anualizados durante la década que finalizó en diciembre de 2022 fueron de 6,1 por ciento. Estos resultados son la consecuencia de la política de la Reserva Federal de subir la tasa de redescuento con el objeto de controlar la inflación.

Un hecho aislado no debería dar argumentos para invalidar una estrategia de inversión que tiene más de treinta años de uso masivo. Pero sí requiere una revisión de las premisas, puesto que no existen vehículos de inversión que sirvan para todos los escenarios económicos posibles, sin realizar ajuste alguno.

Para empezar se debe reconocer que la economía mundial pasa por una transición que se refleja en una gran inflación que obligarán a mantener las tasas de interés por encima de las que prevalecieron en la última década en los países desarrollados por un tiempo hasta ahora indeterminado. El envejecimiento de la población, la desglobalización y la transición hacia una matriz energética verde señalan que habrá presiones para mantener la tendencia alcista de los precios de bienes y servicios.

Las crecientes tensiones geopolíticas, las turbulencias en el sector bancario y los riesgos que plantea el cambio climático requerirán ajustes más frecuentes en la escogencia estratégica de activos, debido a la exigencia de responder a las perturbaciones de los mercados y a la nueva información. Todos estos reacomodos del entramado de relaciones económicas producirán ganadores y perdedores. Invertir en instrumentos que repliquen índices bursátiles como el S&P 500 será insuficiente para captar los rendimientos requeridos para que la vieja cartera 60/40 cumpla su misión: asegurar acumulaciones relevantes de capital a inversionistas con horizontes de largo plazo.

En el nuevo entorno económico deberían escogerse acciones individuales de los sectores que se supone tendrán mayores posibilidades de éxito. Esto es más fácil de decir que de lograr. Los más audaces sugieren incluir participaciones en fondos de capital privado que colocan su dinero en negocios emergentes.

A medida que la inflación se vuelve un problema persistente, los fondos de inversión que replican el mercado de bonos de grado inversión como un todo —como es el caso de AGG ( iShares Core U.S. Aggregate Bond ETF), que es el instrumento por excelencia para generar la porción de renta fija de la cartera 60/40— deberían sustituirse por bonos indexados a la inflación. Los ajustes requeridos en la cartera 60/40 eliminan uno de los principales atractivos de esta estrategia: la simplicidad de su implantación.

Es muy probable que a los pequeños inversionistas, cuyos objetivos de inversión puedan ser alcanzables con una cartera 60/40, se les siga ofreciendo el producto financiero tal como se conoce hoy; es decir, apoyado en fondos de oferta pública. Esto obedece a razones de costos de manejo y para evitar exponerles a inversiones en el segmento de capital privado, que deberían estar restringidas a quienes tienen tanto músculo como conocimiento financiero.

La pertinencia de la cartera 60/40 como estrategia de inversión será muy cuestionada mientras la correlación inversa entre acciones y bonos no se restablezca, la inflación no llegue a niveles tolerables y los clásicos índices bursátiles no representen una opción razonable para captar el desempeño de los sectores exitosos de la economía. ¿Es posible esta triple convergencia? Sólo el tiempo lo dirá.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo se publica en alianza con Arca Análisis Económico.

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