El largo camino de Sefarad

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Fotografía: Pixabay.

Muchos venezolanos, hasta ayer ignorantes de su filiación sefardí, están emprendiendo el retorno a Sefarad, nombre hebreo de la península ibérica. Tal vez algún rabino pueda desentrañar las claves teológicas de esa esperanza cumplida, pero un historiador puede encontrar en ella algunas pistas acerca de los venezolanos y su destino.

Tomás Straka / 21 de septiembre de 2019


 

La historia no es cosa del pasado. Aunque muchas veces la escuela conspire para que así lo creamos, la vida se encarga de demostrarnos una y otra vez es que la historia está acá, ahora, dentro de cada uno; que aquello de «los muertos gobiernan a los vivos» (Augusto Comte), o que en ocasiones el «pasado no pasa, se disfraza» (Elías Pino Iturrieta), es dramáticamente cierto. Cuando Enrique Bernardo Núñez inventó (o en todo caso ayudó inventar en el ámbito latinoamericano) las rupturas de planos temporales en su ineludible Cubagua (1931), lo hizo para evidenciar en el tiempo histórico constantes vasos comunicantes entre el presente y el pasado. Se puede saltar de uno a otro, ir y venir, estar ahora o quinientos años atrás, sin advertirlo. El largo camino de retorno a Sefarad —nombre hebreo de la península ibérica— que están experimentando muchos venezolanos, de los cuales quizá la mayoría no tenía hasta ayer idea de su filiación sefardí, es una prueba de ello. Tal vez algún rabino pueda desentrañar las claves teológicas de esa esperanza cumplida, pero un historiador puede encontrar en ella algunas pistas acerca de los venezolanos y su destino.

 

 

Tan lejos y tan cerca: el Siglo de Oro español

Si puede ocurrir el salto del pasado al presente, y viceversa, no suele ser tan evidente como lo que está ocurriendo en América Latina con la Ley de Nacionalidad española para sefardíes, promulgada en España en 2015. No imaginó el Estado español que con este acto de justicia histórica reviviría muchos otros problemas que acompañaron al acto que se quiere resarcir ahora, y que constituyeron parte del drama que acompañó a la diáspora de Sefarad. Especialmente en el siglo XVII, cuando la comunidad sefardí volvió a florecer, reconstituida en Holanda, y empezó a emigrar al Caribe, Venezuela incluida. Pareciera ser que un conjunto de cosas larvadas dentro de nosotros, solo necesitaban que se las invocara para que, abruptamente, retornaran desde el Más Allá.

Es muy probable que al menos en ciertas regiones cualquier venezolano tenga algún ancestro sefardí, cosa que por demás debería tener a honra

Lejanos nietos de los hombres y las mujeres del Siglo de Oro, muchos venezolanos están otra vez buscando (¡o inventando!) genealogías, desandando caminos de certificados de limpieza de sangre, escarbando en legajos con la esperanza de hallar alguna prueba incriminadora de la Santa Inquisición. Pero, pasando de la justicia histórica a la poética, lo hacen de forma inversa a como lo hicieron sus ancestros: si antes era para ocultar inclinaciones judaizantes, para echar al olvido un bisabuelo hereje, para borrar los rastros comprometedores de su linaje, ahora es precisamente para lo contrario. Si tuvieron ancestros que en el Siglo de Oro agotaron recursos y gestos para demostrarse cristianos viejos, ahora sus descendientes intentan desmentir tanta piedad cristiana mostrada por sus mayores. Si ocultaron escrupulosamente al tío o al bisabuelo sancionado por el Santo Oficio, hoy es legajo inquisidor es el salvador de toda la familia.

Esto no cuestiona la justicia de la medida (incluso, en gran medida, la subraya), ni pone en cuestión el anhelo de acceder a un pasaporte europeo, con todas las ventajas que eso reporta a un latinoamericano. Pero sí sirve para colocar en perspectiva ciertas cosas. En agosto de 2019, en una de las conmemoraciones del bicentenario de la batalla de Boyacá, comentaba una historiadora colombiana la paradoja de que los fastos ocurrieran «cuando todos quieren ser de nuevo españoles y andan buscando un antepasado sefardí». A quien escribe, entre el público que la oía, le sorprendió que el fenómeno ocurra también en Colombia. Un artículo de El Espectador del 27 de julio aportó más claridad sobre el asunto: junto a la reparación y justicia a los sefardíes, entre aquellos que ahora luchan por entrar a su comunidad ha aparecido un enorme negocio para abogados que los ayudan en el trance; negocio que, advertía uno de estos abogados —como informaba el periódico y en una entrevista que se citará más abajo—, lamentablemente no siempre es todo lo honesto que pudiera esperarse.

Si en Colombia la Ley de Nacionalidad española para sefardíes está dando tanto de qué hablar, ¡cómo será en Venezuela, con una inmigración sefardí datada en el siglo XVIII, muy grande durante el siglo XIX y reimpulsada a partir del petróleo! Desde aquellos sefardíes que llegaron de Curazao a hacer negocios, para tribulación (aunque a veces también conveniencia) de las autoridades españolas, hasta los que se establecieron en Coro tan pronto lo permitió la República, en la década de 1820, transcurrieron dos siglos de permanentes idas y venidas; incluso con un pequeño establecimiento judío en Tucacas, suerte de Sion caribeño a inicios del siglo XVIII. Con la independencia, los sefardíes curazoleños fundaron prósperas casas comerciales de la región coriana e iniciaron linajes y muchas veces fortunas que se prolongan hasta hoy. Para inicios del siglo XX, a esta comunidad sefardí se unió otra llegada desde Tetuán y Melilla. El resultado fue una distribución bastante amplia por el territorio venezolano.

Tal era la integración de los sefardíes en Venezuela que, salvo un par de pequeños disturbios antijudíos en Coro, nadie reparaba en su condición

Así las cosas, cuando llegan los askenazi huyendo del nazismo había una larga historia y una comunidad judía bien enraizada en Venezuela. Esos sefardíes pusieron mucho de su dinero y contactos para que en 1938 un aguerrido presidente López Contreras y un joven y talentoso funcionario, Arturo Uslar Pietri, elaboraran el informe con el que se resolvió abrirle la puerta a los «no arios», como se decía entonces en la jerga racista de las leyes migratorias (siguió prohibida la entrada de negros, más allá de que de todos modos se las arreglaron para seguir llegando desde las Antillas). Tal era la integración de aquellos sefardíes que, salvo un par de pequeños disturbios antijudíos en Coro, nadie reparaba en su condición: no había exclusiones para que entraran en el mundo académico o político, y los matrimonios mixtos eran muy frecuentes. Una buena parte se convirtió al catolicismo; particularmente, para casarse con muchachas católicas.

Es muy probable, por lo tanto, que al menos en ciertas regiones cualquier venezolano tenga algún ancestro sefardí, cosa que por demás debería tener a honra. No es casual que hasta Nicolás Maduro sea descendiente de sefardíes arubanos y curazoleños. Pero ya para la segunda década del siglo XX la abrumadora mayoría de los descendientes de los conversos no tenía consciencia de ello. El 2015 fue, en este sentido, un hito, porque en él se combinó la promulgación de la ley española con el colapso de la economía venezolana, ambos en 2015. Así, del mismo modo que Maduro afirmó que tiene derecho a la nacionalidad española (aunque no precisó si por su costado sefardí), millares de venezolanos vieron lo mismo e identificaron en esto una salvación. Al principio creyeron que bastaba con tener un apellido que figurara en la lista inicial presentada por el Estado español. Poco a poco descubrieron que el asunto no era tan sencillo. Recabar información a la que nadie le dio importancia por generaciones, o que en ocasiones francamente se quiso borrar, es un trabajo arduo, incluso para historiadores profesionales. Basta buscar en Google para ver la cantidad de problemas que han aparecido. Es en esos problemas que la historia termina de dar su giro definitivo hacia el Siglo de Oro.

Ante el valladar que representa el acopio de papeles y su certificación, muchos simplemente han desistido. A veces debido a falta de fondos, pero en otras ocasiones a que no hay manera de demostrar la filiación. En otros casos, hasta donde sabemos, las cosas han marchado con éxito y ya son unos cuantos los que han terminado con éxito el proceso y tienen el pasaporte europeo que el día de hoy ofrece Sefarad. El editor y abogado Crisanto Bello (@CrisantoBello, para los interesados) es uno de ellos. Ahora asesora a quienes quieren recorrer el camino de regreso a Sefarad y hace poco —comienzos de agosto de 2019— explicaba en una entrevista radial algunos peligros que acechan al proceso. Como en el siglo XVII, como ha sido siempre que los antepasados otorgan alguna ventaja por el simple hecho de serlo, han aparecido genealogistas inescrupulosos que por unos cuantos euros son capaces de demostrar la ascendencia que usted quiera. Es decir, ante la dificultad para demostrar el parentesco, muchos han optado por la vieja escuela del Siglo de Oro: simplemente mentir, a veces en complicidad con los genealogistas, y a veces inconscientemente, estafados por ellos.

Según explica Bello el dato no es irrelevante, comoquiera que en varios casos ya los estafadores están bajo alerta roja de la Interpol. De modo que si alguien ha caído en manos de uno de ellos, usted puede ser detenido en el aeropuerto de Barajas bajo una acusación de fraude bastante grave, por haber contratado a alguien que ofreció encontrarle un antepasado sefardí e introducir ese papel ante un organismo estatal español. La entrevista terminó con un giró revelador, casi metafórico, de la suerte de la vieja Sefarad y su reconduccón al mundo actual. Para asombro del entrevistador, Pedro Penzini López, Bello le dice que ha descubierto una antepasada común, quemada por la Inquisición. Penzini quedó real y comprensiblemente sorprendido, tal vez tanto como sus oyentes. La conversación se alargó un poco más, pero la radio está sometida a la tiranía del tiempo y Penzini, disciplinado, tuvo que cortar. Recordó que estaba en línea esperando la siguiente entrevistada, la gobernadora del estado Táchira, quien iba a dar unas declaraciones sobre las fiestas del Santo Cristo de La Grita.

El ancestro quemado por la Inquisición, los descendientes de sefardíes hablando de sus genealogías, el modo en que salir o entrar de la comunidad sefardí es la oportunidad de irse a un destino mejor y, como remate, el Santo Cristo, arropando y hasta callando todo aquello… ¿De verdad está tan lejos el Siglo de Oro español? ¿De verdad la historia es cosa del pasado?

 

Judíos nuevos, cristianos viejos

Este es solo un costado de la historia. El historiador israelí Yosef Kaplan, acaso el mayor experto de historia sefardí, en su ineludible Judíos nuevos en Ámsterdam (1996) reconstruye, a partir de millares de documentos en registros y sinagogas holandesas, el momento cuando el republicanismo y el protestantismo les otorgaron a los judíos cierta libertad. Entonces, a inicios y mediados del siglo XVII, los judíos de Ámsterdam, mayoritariamente sefardíes, comenzaron a prosperar con el comercio de ultramar y las oportunidades del colonialismo holandés. Eso hizo que muchos descendientes de los que se habían quedado en España como conversos intentaran, de forma muy parecida a lo que ocurre hoy en Venezuela y Colombia, recuperar la religión abandonada o practicada en secretos por ciento cincuenta años, y marchar a Holanda a probar suerte. Sin embargo, también como ahora, no era un asunto tan sencillo. Con dos siglos de catolicismo, no siempre les fue fácil demostrar que eran judaizantes (es decir, católicos que practicaban el judaísmo en secreto). Es más, muchos eran francamente católicos y estaban bastante mezclados.

Los dictados del Santo Oficio vuelven a ser clave para familias venezolanas y colombianas, bien que ahora para ayudar y no para condenar

Fue así como los sefardíes de Ámsterdam, muy españoles en sus instituciones, les aplicaron equivalentes a los certificados de limpieza de sangre (el certificado de ser «cristiano viejo limpio de toda mala sangre de judío…» que se pedía para casi todo en España), a estos judíos nuevos. De hecho, no fueron pocos los abogados y funcionarios llegados entre estos españoles que emigraron a Ámsterdam (los judaizantes siguieron estando entre lo más talentoso de España), que simplemente trasvasaron prácticas y principios de la España de los Austrias a su nueva comunidad. Pronto hubo judíos nuevos y judíos viejos, un equivalente a los cristianos viejos y nuevos; y, volteándose la tortilla, también lo que podríamos llamar «cristianizantes» (la categoría no existió entonces): judíos nuevos que a escondidas prendían velas a algún santo, celebraban la Navidad y llevaban un escapulario. Por supuesto, también hubo judaizantes sinceros y piadosos. Ahora bien (y es acá cuando Venezuela entra en escena) lo normal era que a estos judíos nuevos, cuando no tenían dinero (si eran ricos, la cosa resultaba distinta), se les enviara a atender los negocios a ultramar; por ejemplo, a Curazao.

Empleemos entonces un poco la imaginación: considere al bisnieto de un converso, que ve en Holanda una oportunidad y tiene prácticas más o menos judaizantes, aunque ya diluidas. Es probable que no sepa mucho de la religión, salvo prácticas de su casa que a lo mejor no les gusten a los rabinos, y la verdad no sabe nada de hebreo. Pero se va a Holanda en algún momento del siglo XVII y a duras penas logra que se le considere judío nuevo. Ven que es un buen muchacho, incluso tiene algunos estudios en Salamanca, y obtiene la oportunidad de su vida: ser enviado a Curazao a vender esclavos y triar cacao desde Venezuela. Sabe español, se puede hacer pasar por tal cuando desembarque en Tierra Firme, incluso tal vez conozca gente. Es un candidato ideal. Así, con el tiempo, logra prosperar en la isla, pasa de ser un dependiente a ser dueño de un negocio y, muy importante, consigue una esposa en la comunidad del lugar o hasta la manda a traer de Holanda.

Piense ahora en un descendiente de este judío nuevo que hacia 1830 se establece en Coro, enviado por la casa comercial curazoleña. Le va bien, asciende socialmente y ya muy integrado a la sociedad local, su hijo se casa con una muchacha católica. Como cerrando un ciclo, el descendiente de cristiano nuevo en el siglo XVI y de judío nuevo en el siglo XVII, vuelve al catolicismo, aunque sea para pasar el examen en la parroquia y casarse. Ya después, la esposa se encarga de volver a sus hijos católicos. Pasa otro siglo y medio, y ya nadie se acuerda de eso en la familia. A lo mejor es un cuento de sobremesa del abuelo, o a lo mejor está completamente olvidado. Pero sale la Ley de Nacionalidad española para sefardíes, Venezuela está hecha un desastre y aquel ancestro se convierte abruptamente una oportunidad para emigrar.

La historia que no pasa: como cuando salió el primero de España a Holanda, y después de Holanda a Curazao, como hicieron sus ancestros en España para demostrarse católicos y en Ámsterdam para demostrarse judíos, vuelven a armar genealogías, a buscar papeles, ¡a tener que vérselas con lo que dictaminó en algún momento la Inquisición! Sí, los dictados del Santo Oficio vuelven a ser clave para familias venezolanas y colombianas, bien que ahora para ayudar y no para condenar. El ciclo no se ha cerrado. El Siglo de Oro no termina de acabarse.

Como vemos, el largo camino de Sefarad tiene salidas y entradas, imbricaciones del pasado con el presente, muertos definiendo muchas cosas de los vivos. Pero, como moraleja, ahora en términos éticos, ese camino tiene otra cosa. Una por la que no deja de generar alguna simpatía aquella familia de cristianos nuevos vueltos judíos nuevos para hacerse cristianos otra vez; aquel judaizante en España, «cristianizante» en Curazao, con sus medias mentiras, cuando era el caso, con su fe propia y dudosa en todas partes, así como sus descendientes, hasta los de hoy: siempre, desde el principio, el camino de Sefarad ha sido de búsqueda de libertad y felicidad.


Tomás Straka, historiador.