El universo Lear, absoluto y feudal

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Lear es la suma y síntesis de la visión del mundo shakesperiana: una situación de desamparo descarnado de un padre y un rey aferrado al poder absoluto. Shakespeare lo despoja de cualquier atisbo de esperanza para exponerlo a un sufrimiento sin parangón.


 

La fábula sobre un rey prehistórico, medio bárbaro e hijo genuino del cristianismo inglés está basada en una crónica del siglo XII, Historia Regum Britanniae, escrita en 1135 por Geoffrey de Monmouth. El autor intentó ennoblecer a los reyes ingleses y se remontó a tiempos troyanos para construir una estirpe milenaria, en la que Lear vivió antes de la presencia de Julio César en tierras inglesas (55 a. C.). Lear pertenece a una época pagana, fundó Kaerleir, la actual Leicester, y gobernó su país three-score year. Monmouth escribió su crónica en el marco social del siglo XII: la formación de los ducados feudales y la economía mercantil.

Según la crónica, Lear repartió el reino entre sus tres hijas: Gonerill, Regan y Cordelia. Son ciertos el hecho de haberles preguntado quién lo quería más y su inmenso disgusto por la forma como Cordelia le expresó su amor, al punto de desheredarla y permitir su matrimonio con el rey francés Aganippus, quien no reclamó dote por ser rico. Siempre según Monmouth, tiempo después los duques de Cornwall y Albany, maridos de Gonerill y Regan, se alzaron contra Lear. Cordelia se compadeció de su padre, a quien protegió con sus cuarenta caballeros. Lear venció en la batalla, recuperó el reino británico y reinó hasta su muerte.

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El rey Lear es, en casi todos sus aspectos, la cima y suma del teatro de William Shakespeare, desde alturas infinitas hasta profundidades insondables de desolación. Lear vive la tragedia absoluta. Reta a la razón en términos absolutos y vive un sufrimiento sin paliativos. Es un derrumbe con causas concretas; principalmente, su yerro. Se habla de su locura en la situación en la que se encuentra. El yerro es consecuencia de su desmesura ante una situación y unos personajes determinados.

Lear supera los celos desmesurados de Otelo, la ambición de poder de Ricardo III, la debilidad de razonamiento de Macbeth o el irónico atraso del monje en Romeo y Julieta, causa del suicidio de los jóvenes veroneses. En fin, supera la duda existencial e histórica de Hamlet. Los oponentes de Lear son él mismo y la naturaleza.

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Para lograr su propósito, Shakespeare trastoca a mansalva el relato de Monmouth. Las relaciones de concordia y discordia entre padre e hijas contienen varios elementos. El régimen ducal inglés establecía deberes y derechos del rey y de los duques vasallos tenedores de tierras concedidas por el monarca.

El rey Lear es un fuerte y denso poema sobre la soledad, la incertidumbre y la postración de la existencia humana

Shakespeare crea una situación dramática ajena a la crónica. Al inicio representa un Lear complacido por el mundo de apariencias y rostros falsos de Gonerill y Regan, con su almibarada retórica. Además, su respuesta desmesurada a Cordelia por haber sido parca en sus expresiones de amor hacia él y, más adelante, ante sus dos hijas cuando expresan reservas para recibirlo como huésped en sus castillos por su séquito de cien caballeros. Algunas crónicas mencionan los séquitos de Isabel cuando visitaba a sus vasallos y los banquetes en su honor.

La locura de Lear es consecuencia de su intemperancia y falta de comprensión, al no aceptar las razones de sus hijas e insistir en sus derechos absolutos por su cualidad real. En este sentido, Shakespeare discute valores y creencias contemporáneas. Uno es el marco social propio de la fábula narrada por Monmouth, según la cual Lear habría existido hacia el 800 a. C., y otro el marco social de la fábula representada por Shakespeare en 1605-1606. La fábula que representa Shakespeare tiene lugar, en su estructura externa, en un tiempo precristiano, pagano, evidente en la visión de la naturaleza e invocación a los dioses. El mundo de Lear es primitivo, sin una religión formal; de ahí la valoración de las fuerzas ciegas de la naturaleza. Pero la estructura interna de la obra está en correlación con el sistema de valores y creencias actuales: es cristiana y así debió percibirla el espectador.

El conflicto de Lear apela a la crítica del espectador y sus marcos sociales. Cuando divide su reino, Shakespeare lo sitúa en correlación con los valores sociales y políticos y las creencias del espectador. Los señores podían ocupar con su séquito el palacio del vasallo y hospedarse en él. Buena parte de la obra representa a Lear en un interminable peregrinar en busca de algún cobijo por la negativa de sus hijas a aceptarlo con sus caballeros. Es muy probable que el joven Shakespeare fuera espectador de la recepción dada en Stratford a Isabel y su séquito.

Al mismo tiempo los señores feudales tenían derechos derivados de la explotación de la tierra feudal, cuya consecuencia fue la existencia de tribunales en los que los vasallos podían defenderlos. Shakespeare representa un marco social conocido por su espectador, en el que están en conflicto el derecho de Lear de ser recibido como huésped por sus hijas duquesas y el de ellas en sus dominios al condicionar su recepción, por estar acompañado de un séquito de cien caballeros. A partir de esta situación, el comportamiento de Lear alcanza una desmesura que lo conduce a la desdicha.

En El rey Lear no hay margen para el compromiso reconstructor del orden desquiciado, la esperanza ni la justicia poética

¿Cuál fue el propósito de William Shakespeare al escribir esta obra? ¿Qué quiso comunicar a su espectador? Esta tragedia tiene una estructura externa que se corresponde con las obras históricas de la época. Ocurre en el pasado: el más remoto de todas las obras históricas de Shakespeare. El comienzo monárquico es armónico con un rey reconocido y admirado por sus súbditos, en el esplendor de su majestad y en dominio pleno de sus poderes políticos. En tal situación hace la división feudal de su reino entre sus tres hijas.

De inmediato comienza el conflicto gradual con ellas; primero con Cordelia, por la parquedad con que le expresó su amor. Después rompe con Gonerill y Regan por negarse a acogerlo con su séquito. La indignación de Lear con sus hijas le impide aceptar la nueva realidad social y actúa con desmesura ante la impotencia para ser servido. No logra imponer su autoridad a sus hijas, señoras de sus territorios.

Lear, desolado y en el descampado, se enfrenta a las fuerzas de la naturaleza cuando se desata una tormenta y surge un conflicto con Francia, cuyo rey casado con Cordelia quiere defenderlo. Es la dimensión política de la obra hasta un desenlace violento en el que mueren todos. En una hecatombe sin parangón, Lear carece de esperanza, así como en Medida por medida no hay margen para los valores morales y religiosos comúnmente aceptados por la sociedad.

En otras tragedias la hecatombe no es tan rotunda. En Romeo y Julieta, el príncipe está por encima de las familias feudales en conflicto y anuncia un equilibrio social ante los cadáveres de los amantes. Compromiso de justicia poética final parecida proclama Fortinbrás en el cierre de Hamlet. En El rey Lear no hay margen para el compromiso reconstructor del orden desquiciado, la esperanza ni la justicia poética. Edgar, sobreviviente de la hecatombe, se resigna sin muchas esperanzas.

La organización política general de esta tragedia tiene por referente rector la monarquía absoluta en su armonía social inicial. Al igual que los reyes medievales, Lear se considera ungido por los dioses; por eso no tolera disonancias. Divide el reino entre sus hijas en una decisión unilateral e inconsulta; solo su voluntad personal prima y exige una retribución acorde con su majestad.

En el Olimpo de su reinado, cual Zeus, Lear no se percata —he aquí su yerro trágico, su alienación— de que su decisión implica la instauración del feudalismo con los derechos de los duques. Se entregó a los señores feudales para que gobernaran en sus ducados. Confió en su majestad. Su tragedia es no comprender los nuevos marcos sociales y verse confrontado con la naturaleza en un universo antiguo y precristiano, presentado por Shakespeare con la perspectiva del hombre moderno del siglo XVII.

Pero Shakespeare se ocupa de evitar que el espectador sea llevado por Lear a su territorio, al incorporar un recurso distanciador: Bufón. Este no es un calificativo, el personaje no es un bufón. Es Bufón. Al incorporarlo, Shakespeare coloca a Lear en la perspectiva de sus marcos sociales, porque Bufón es un contrapunto ante nobles y aristócratas. Bufón es la sabiduría popular; por eso habla de la realidad que no percibe su amo. Por ser tal, imita, se burla y parodia a los monarcas.

Bufón es externo al drama, no involucrado en los conflictos de los personajes. Es el Sancho Panza de Lear, al que Shakespeare asigna el papel de colocar a su amo en la realidad y aportar recursos al espectador para comprender los ámbitos de significación de la obra.

El dramaturgo va más allá en sus propósitos y estrategia cuando incorpora la historia paralela de Gloucester y sus dos hijos (Edmund, bastardo, y Edgar), y da a la naturaleza la preeminencia propia de una sociedad primitiva aún sin una religión institucional. Esta naturaleza planteará el dilema entre los derechos humanos y las normas sociales: entre libertad y necesidad.

La naturaleza le otorga, así, significación a la fábula. Hombre y naturaleza son una unidad; aún no es tiempo de discernirla y colocarla frente al hombre para intentar dominarla; él es dominado por ella. La necesidad se impone a la libertad. Desde un punto de vista cristiano, es pagano el tiempo que transmite Lear: la tempestad de la naturaleza y la interior del ser humano son una y la misma. «Furiosa tempestad» y «tormenta del espíritu» son figuras poéticas esenciales de la obra: una es la otra. La tempestad es poesía dramática, poesía realista y realismo poético: la majestad del actor en escena.

El paganismo de El rey Lear es una atmósfera dramática, dispuesta para trasladar al espectador a un mundo extraño, desde el cual confrontarlo con el actual. Como todo paganismo, es politeísta, y el politeísmo implica la manipulación del ser humano por fuerzas superiores. Así lo deja sentir Gloucester cuando el futuro nada bueno presagia:

Somos para los dioses lo que las moscas para los niños, / nos matan para su diversión (IV, i, 36).

Es una visión casi homérica y pre-siglo V a. C. Pagano, pero también arreligioso, el mundo de El rey Lear depende de las fuerzas de la naturaleza que lo dominan: las estrellas rigen la naturaleza humana, comenta Kent, y de ello depende que se engendren hijos tan diferentes.

Pero Shakespeare es consciente de su contemporaneidad. No hace arqueología dramática, no representa los restos de un pasado antiguo y primitivo que nada tiene que decirle a una sociedad cristiana. La precristiana ubicación temporal de la obra es una estructura superficial impregnada de elementos cristianos. La metáfora del dragón remite al diablo, incluso en la invocación sexual de Edmund:

Mi padre holgaba con mi madre bajo la cola del Dragón y fui a nacer bajo la Osa Mayor, de lo que se deduce que soy violento y lujurioso, ¡bah! (I, ii, 17ss).

Shakespeare se cuidó de no ser específico en sus obras sobre asuntos religiosos. Su padre fue católico y vivió un anglicanismo inquisidor. Pero no por ello se abstuvo de poner en boca de sus personajes algunas opiniones. En El rey Lear colocó a un personaje que, por ser tal, se permite cualquier comentario que en el mejor sentido brechtiano distancia la significación de la fábula. Es Bufón:

Os diré una profecía antes de partir: / Cuando los curas hagan algo mejor que hablar; / … / cuando no quemen al hereje sino al buscaputas; / … / y putas y alcahuetes construyan iglesias; / entonces, solo entonces el gran reino de Albión / caerá confundido (III, ii, 78ss).

Con el asunto de Gloucester y sus hijos, en algún aspecto paralelo y asemejado al de Lear con sus hijas, Shakespeare incorpora el tema de la venganza y el engaño. La venganza, además, es un contenido dramático y estratégico presente desde los orígenes del teatro europeo. En Shakespeare son varias las obras que tienen importantes componentes de venganza. Yago se propone vengarse de Otelo porque le negó un ascenso militar que merecía y Shakespeare se apoya en el ardid del pañuelo para construir una tragedia gigantesca.

En el mundo perverso de El rey Lear no hay espacio para la conmiseración. El enfrentamiento de padres e hijos es una guerra sin cuartel, capitaneada por el propio Lear contra sus hijas. Les habla así:

No, brujas desnaturalizadas, / tomaré tal venganza contra vosotras dos / que todo el mundo… He de hacer tales cosas… / las que serán aún no sé; pero sí que serán / el terror de la tierra. Pensáis que lloraré; / pero no lloraré. / Tengo razones suficientes para llorar, pero este corazón / estallará en mil pedazos / antes de que yo derrame lágrimas. ¡Bufón, me vuelvo loco! (II, iv, 273ss).

Lear, con su pretensión de poder, se siente ofendido en su absolutismo cuando sus hijas se niegan a aceptarlo con un séquito de cien caballeros. Gloucester, su alter ego en las relaciones paternofiliales, es el único que lo defiende: «Estas injurias que el rey soporta hoy serán vengadas» (III, i, 9ss).

En Dover desembarcó en su defensa el ejército francés con su hija Cordelia. La dimensión política y militar de la fábula comienza a protagonizar hasta la hecatombe final. Y surgen varias preguntas. ¿Tuvieron razón Gonerill y Regan cuando expresaron que no podían recibir a su padre con un séquito de cien caballeros? ¿Fue la reacción de Lear un acto de soberbia y desmesura, no la reacción de un rey ofendido?

La impotencia ante la decisión de sus hijas provocó en él una reacción desmesurada y soberbia que lo condujo a perder la percepción de la nueva realidad social por él mismo creada. La intemperancia o, desde otra perspectiva, la desmesura, le hacen perder el control de sí y, en consecuencia, la percepción de la realidad.

Lear tuvo reacciones sin transición y desmedidas cuando Cordelia no empleó el lenguaje almibarado de sus hermanas y fue parca en sus expresiones de amor hacia él, al punto de desheredarla y negarle su paternidad:

Renuncio a todo parentesco, afinidad / de sangre o cualquier otra paterna obligación / y os tendré siempre por extraña / para mi corazón y para mí (I, i, 108ss).

La indignación de Lear es totalizadora, y causa y razón del derrumbe racional que lo precipita en la hecatombe final. Cuando Gonerill y Regan le solicitan reducir su séquito, se desborda contra ellas y apela a la naturaleza, cual ente vivo y activo:

Escucha, naturaleza, diosa venerada, ¡óyeme! / Revoca tu propósito, si era tu intención / hacer fecunda a esta criatura. / Llena su útero de esterilidad, / deja yermo su vientre, / que de su cuerpo degradado nunca surja / un fruto que la honre. Y si ha de concebir / sea un hijo del odio, que viva para ella / como un tormento perverso y desnaturalizado (I, iv, 259ss).

Tal exabrupto no expresa locura sino frustración e impotencia ante los nuevos marcos sociales de los ducados dados a sus hijas. Frustrado, al mismo tiempo es lúcido con respecto a su situación:

Tengo razones para llorar, pero este corazón / estallará en cien mil pedazos / antes de que yo derrame lágrimas. ¡Bufón, me vuelvo loco! (II, iv, 271).

Si se analizan las relaciones de Lear con sus hijas en una perspectiva sociológica, ellas no solo ejercen un derecho feudal, sino también se rebelan contra el absolutismo monárquico, de manera inhumana sin duda porque actúan contra su padre. Conflicto parecido dio origen a la Carta Magna de Juan sin Tierra en 1215.

La relación entre el monarca y los duques da a la obra un basamento político con la forma del complot contra Lear para asesinarlo. Así debió percibirlo el espectador. Gloucester persiste en defender a su señor:

Amigo, yo os ruego, tomadlo en vuestros brazos. / He oído que hay un complot de muerte contra él. / Hay preparada una litera; colocadle en ella, / y dirigíos a Dover, amigo, donde encontraréis / asilo y protección (III, vi, 80ss).

Gloucester pagará un alto precio por su fidelidad al monarca cuando es hecho preso, torturado y enceguecido.

Si Medida por medida representa un nihilismo religioso y moral absoluto, con una solución amañada para instaurar una falsa concordia social, El rey Lear culmina en la desolación total, en las antípodas de la narración de la crónica de Monmouth. Esta tragedia realiza el paso de la dicha a la desdicha con tensión y profundidad similares a las de Edipo, tirano de Sófocles. Cuando Edipo entra en escena es descrito ilustre, señor de la tierra, insuperable en los avatares de la vida, poderoso y liberador de Tebas. En el foso de su tragedia, exclama: «Pero a mí jamás, mientras viva, me sea permitido habitar esta mi ciudad patria; sino en los montes déjame que more» (1.449ss). La entrada inicial de Lear tiene la majestad que le dan los súbditos en escena, pero el final es desolador para todos. Algún crítico trajo a colación el evangelio de Mateo (12:25): «Todo reino dividido en bandos queda devastado, y ninguna ciudad o casa en bandos podrá resistir».

En El rey Lear no hay quien reconstruya el orden inicial alterado, como sí ocurre en Romeo y Julieta, Hamlet y Otelo. Albany habla de restituir el poder absoluto. En la desolación, Cordelia surge como un falso remanso y quiere «reparar las violentas heridas que mis dos hermanas / han cometido contra Vuestra Gracia». Pero es inútil ante la furia desmedida de Lear contra la humanidad cuando se entera de la muerte de Cordelia, con quien tardíamente busca reconciliarse:

¡Caiga la peste sobre todos vosotros, asesinos, traidores! / Podría haberla salvado; ahora se ha ido para siempre. / ¡Cordelia! ¡Cordelia! Quédate aún. Espera (V, iii, 267).

La muerte de Cordelia ocurre en la incontrolable desarticulación final de la fábula. Edmund quiere, inútilmente, conservar su poder; pero, uno tras otro, todos mueren. Kent, quien exiliado desde el primer acto deambuló disfrazado para serle fiel a Lear, sentencia:

Todo es tristeza, muerte, oscuridad. / Vuestras hijas mayores han buscado su propia destrucción, / y ahora están muertas en la desesperanza (V, iii, 287ss).

Algunos críticos se interrogan sobre el pesimismo de Shakespeare en la plenitud de su creación y con escasos 42 años. El rey Lear es un fuerte y denso poema sobre la soledad, la incertidumbre y la postración de la existencia humana. Por eso parece una obra inspirada en la sentencia de Sófocles con la que cierra su Edipo tirano:

Nadie a un mortal considere feliz antes de saber / qué ocurre en el último día de su vida, mientras no / llegue al fin de su existencia sin sufrir ningún dolor (1.527ss).


Leonardo Azparren Giménez, crítico de teatro y profesor de la Universidad Central de Venezuela.

Referencias

Monmouth, G (1966). The history of the kings of Britain. Penguin Books.

Shakespeare, W. (2005). El rey Lear. Ediciones Cátedra.

Sófocles (2015). Edipo rey. Austral.