Inversiones en mercados emergentes: un nuevo episodio de la búsqueda de El Dorado

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Ilustración: Mohamed Hassan / Pixabay.

Los mercados de capitales de las economías emergentes son como El Dorado de las inversiones institucionales: una región exótica que ofrece grandes riquezas y múltiples peligros. No tienen, por lo general, piscinas llenas de cocodrilos ni nativos violentos, pero sí malas prácticas contables, deficientes gobiernos empresariales, expropiaciones, devaluaciones y pasivos ambientales.

Carlos Jaramillo / 1 de octubre de 2020


 

Una de las consecuencias de la gran inyección de liquidez ejecutada por los bancos centrales de los países desarrollados desde la Gran Crisis Financiera de la década pasada fue un alza generalizada de los precios de los activos financieros. Tales precios reducen los retornos futuros de muchos vehículos de inversión usados por los inversionistas institucionales.

En la medida en que se reducen las posibilidades de obtener retornos satisfactorios en las familias de activos tradicionales —instrumentos de renta fija de gobiernos y empresas, así como acciones de oferta pública de los países del G-7— los inversionistas institucionales han tenido que abrirse paso en otros «cotos» de inversión. Entre estos se encuentran los mercados de capital privado —de renta tanto fija como variable— y los mercados de capitales de las economías emergentes.

Los mercados emergentes son como El Dorado para los inversionistas institucionales: una región exótica que ofrece grandes riquezas y múltiples peligros. Por lo general, en ellos no hay piscinas llenas de cocodrilos ni nativos violentos, pero sí malas prácticas contables, deficientes gobiernos empresariales, expropiaciones, devaluaciones de las monedas locales y pasivos ambientales, más o menos ocultos, por decir lo menos. Sin embargo, quienes han transitado la pandemia saben que hay riesgos inevitables que deben ser enfrentarse con información y prudencia.

A medida que la economía se globaliza las inversiones en los mercados emergentes se vuelven parte ineludible del menú de inversiones. Algunas estadísticas permiten visualizar la escala de estas inversiones. En los primeros nueve meses del año 2020, los emisores de mercados emergentes con calificación crediticia de grado inversión colocaron 119 millardos de dólares, que superaron los 114 millardos de dólares en títulos valores similares del año 2019. No solo han aumentado las emisiones en moneda dura: los emisores de alta calificación crediticia también lo han hecho en monedas locales, de 31 millardos de dólares equivalentes en 2019 a 47 millardos en lo que va de 2020.

Durante 2020 los aficionados a los bonos de alto rendimiento emitidos por gobiernos soberanos, conocidos también como bonos basura, han dispuesto de 33 millardos de dólares en nuevas emisiones. En este segmento, los emisores han tenido que luchar contra los pronósticos reservados sobre el desarrollo de sus economías. Prueba de ello es que en 2019 pudieron colocar 50 millardos de dólares en títulos valores en los mercados internacionales.

A los familiarizados con los flujos de inversión en títulos de renta pública de los mercados emergentes los fenómenos de “estampidas” no les resultan extraños. Durante 2020, los inversionistas extranjeros han reducido sus posiciones en India, México y Brasil: trece millardos de dólares en cada uno de los dos primeros y nueve millardos en el tercero.

Como en todo mundo exótico debe haber una perla negra, un ente deseado por todos. Esa es la deuda soberana de China, que se basa en las expectativas de crecimiento del país a largo plazo. Algunos podrían preguntar por qué la segunda economía del mundo pertenece al club de los emergentes. La respuesta es que en algunas áreas, particularmente en lo referido a respeto a la propiedad intelectual, buenas prácticas contables, respeto a los derechos de los accionistas minoritarios y buen gobierno empresarial, China tiene mucho camino que recorrer.

Si los españoles no hubiesen creído en El Dorado la exploración de muchas regiones del continente americano habría ocurrido mucho más tarde, con consecuencias inimaginables. Nadie pretende que el dinero de los inversionistas se coloque con la idea de mejorar la rendición de cuentas en los mercados emergentes. Pero, si el dinero fluye, las presiones para crear condiciones aceptables —que atraigan inversionistas institucionales— también deberían rendir frutos.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo ha sido publicado en alianza con Arca Análisis Económico.

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