La codicia: ¿quién está a salvo?

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Ilustración: Gerd Altmann / Pixabay

Según un viejo dicho de Wall Street, los mercados financieros están impulsados por dos emociones poderosas que se contrarrestan: codicia y miedo. Los inversionistas que reaccionan con intensidad ante la volatilidad de ganancias y pérdidas tienden a obtener menor rendimiento.

Urbi Garay y Eduardo Pérez / 7 de febrero de 2020


 

El punto, damas y caballeros, es que la codicia, por falta de una palabra mejor, es buena. La codicia es correcta. La codicia funciona. La codicia aclara, atraviesa la esencia del espíritu evolutivo.

Gordon Gekko

 

En la segunda mitad del siglo XVIII, Adam Smith había argüido que una «mano invisible» movía a los individuos en la sociedad; imagen que para el filósofo y economista escocés explicaba el hecho, en sí mismo contradictorio, de que las personas concentradas en satisfacer sus intereses egoístas terminaban creando una dinámica económica que repercutía de manera favorable en la vida colectiva. Por ello, una economía de mercado sería la única capaz de producir el máximo bienestar social.

La codicia —conocida también como avaricia— es uno de los siete pecados capitales, o vicios de la moral cristiana, delineados en la Edad Media por el sacerdote y padre de la Iglesia Juan Casiano (360-435) y el papa Gregorio Magno (540-604). Según Santo Tomás de Aquino (1225-1274), un vicio capital tiene una finalidad «excesivamente» deseable, por lo que el hombre, en su anhelo de alcanzarlo, comete numerosos pecados, tanto mayores como menores.

El Diccionario de la Real Academia Española presenta cuatro acepciones para la palabra «codicia». Las dos más populares son «afán excesivo de riquezas» y «deseo vehemente de algunas cosas buenas». En el mundo de las finanzas, la codicia se define como el deseo desmedido de obtener la mayor riqueza posible en el menor tiempo. Como es sabido, la meta de todo inversionista consiste en maximizar su riqueza. Sin embargo, a un inversionista que actúa llevado por la codicia le resulta muy difícil mantener por mucho tiempo tanto las ganancias obtenidas como el objetivo primigenio de su plan de inversión. ¿Por qué? Porque la codicia induce cortoplacismo e introduce sesgos emocionales que atentan contra el buen desenvolvimiento de las estrategias de inversión.

A un inversionista que actúa llevado por la codicia le resulta muy difícil mantener por mucho tiempo tanto las ganancias obtenidas como el objetivo primigenio de su plan de inversión

La cultura occidental concede un gran valor al materialismo y, por extensión, a la codicia. Por ello, las personas de este lado del mundo suelen idolatrar a quienes poseen yates, conducen automóviles caros y viven en casas lujosas (Kets de Vries, 2016). Para Kets de Vries, quien ve en la avaricia y la envidia hermanos siameses, la codicia es el precio que deben pagar los individuos agrupados en sociedad para tener un sistema económico basado en la búsqueda de satisfacción del interés propio. Ahora bien, para mantener claras las distinciones: codicia es un deseo excesivo de posesiones (como riqueza y poder), mientras que envidia es un anhelo extremo de obtener lo que otros poseen. Kets de Vries concluye que, sean cuales fueren las diferencias, los codiciosos son prisioneros de la envidia.

 

Codicia en el mundo de las finanzas

Por lo general, un inversionista que obtiene rendimientos superiores al promedio del mercado de valores explica su éxito como el resultado de la calidad y el tino de sus decisiones financieras. No es frecuente que alguien atribuya a factores externos el desempeño exitoso de su cartera de inversiones.

El excesivo convencimiento de la superior aptitud personal puede derivar, de no ser sometido a un análisis racional, en un sentimiento de codicia que lleve a caer en la tentación de repetir decisiones exitosas en el pasado, siempre con mayor «apetito»: aumentar la concentración de la cartera en los activos que fueron más rentables o profundizar la estrategia de endeudamiento. Tal certeza personal puede también expandirse a otras áreas de negocios; por ejemplo, intentar reproducir un modelo de negocio exitoso con una estrategia de mercadeo más arriesgada.

En sus manifestaciones más nocivas la codicia conduce a predicciones irracionales, pues se parte de la premisa engañosa de que los resultados obtenidos únicamente pueden explicarse por la influencia de decisiones pasadas, sujetas al control estricto del individuo. Una persona codiciosa desdeña la existencia de numerosas variables que escapan a su voluntad, y que muy bien pudieron influir en los resultados exitosos de los cuales tanto se vanagloria. Esta circunstancia se estudia en finanzas conductuales como consecuencia de un sesgo psicológico conocido como exceso de confianza.

La codicia induce cortoplacismo e introduce sesgos emocionales que atentan contra el buen desenvolvimiento de las estrategias de inversión

La denominada «burbuja de las compañías puntocom», ocurrida en los años noventa del siglo XX, ofrece un ejemplo histórico del destino trágico de los mercados financieros cuando ceden a un sentimiento generalizado de codicia. El auge del comercio electrónico y el alza de los precios de las acciones de las empresas que brindan soporte en internet estimularon en los inversionistas un deseo desmedido en invertir en empresas cuyos planes de negocios incluían el dominio «puntocom». Esta dinámica de exceso de demanda —alimentada por la codicia de actores obsesionados con grandes ganancias en corto tiempo— se tradujo en una burbuja especulativa que explotó en el año 2000, con el sucesivo desplome del índice Nasdaq en más de setenta por ciento entre ese año y comienzos de 2003.

La década de los ochenta del siglo pasado —conocida como la «década de la codicia»— se caracterizó por los precios crecientes de las acciones en muchas bolsas del mundo. Tanto optimismo y euforia terminaron de cuajo el lunes 19 de octubre de 1987, cuando el Dow Jones cayó 22,6 por ciento y se registró el mayor desplome de la Bolsa de Valores de Nueva York en un solo día.

 

Codicia y miedo

Si bien es de esperar que algunos inversionistas actúen de forma codiciosa en la gestión de sus carteras, no lo es menos que haya quienes estén atenazados por otro sentimiento costoso y perjudicial: el miedo. Esta emoción resulta de la anticipación del peligro o excesiva conciencia de los riesgos.

El miedo es la otra cara de la moneda de la codicia. Puede ocasionar un gran costo de oportunidad para los inversionistas, cuando conduce a una parálisis en la toma de decisiones —los inversionistas no se animan a invertir— o a liquidar las inversiones una vez que el mercado ―volátil por naturaleza― experimenta alguna baja.

El miedo domina a los mercados financieros cuando las acciones sufren grandes pérdidas durante un tiempo prolongado. En tales circunstancias, los inversionistas suelen liquidar las posiciones riesgosas y optar por carteras integradas por activos muy seguros y, por lo tanto, de ínfimo rendimiento. Ahora bien, una estrategia guiada por la máxima reducción de riesgos es contraria a la esencia de un plan de inversión a largo plazo, basado en el valor fundamental de los activos.

El comportamiento irracional de los agentes económicos, al tomar decisiones guiadas por la codicia o el miedo, podría explicar parte de la volatilidad del mercado accionario

La codicia puede ocasionar sobreestimación del conocimiento, subestimación de los riesgos y exageración de las habilidades para controlar los eventos. El miedo excesivo también tiene consecuencias indeseables. La principal es nublar el entendimiento del inversionista y hacerle desechar planes de inversión a largo plazo; a todas luces un error porque, a largo plazo, los mercados generalmente recompensan a los inversionistas. Según una frase atribuida a Warren Buffett, uno de los inversionistas más famosos de todos los tiempos: «El mercado de valores es un dispositivo para transferir dinero del impaciente al paciente».

Cuando el mercado de valores, embriagado por la codicia del crecimiento de las compañías puntocom, se desplomó a comienzos del año 2000 el miedo fue el gran ganador. Desde ese momento, el miedo explica el comportamiento de gran cantidad de inversionistas, que privilegian la protección patrimonial en sus estrategias y carteras.

El comportamiento irracional de los agentes económicos al tomar decisiones guiadas por la codicia o el miedo podría explicar parte de la volatilidad del mercado accionario y por qué los precios del mercado se alejan considerablemente de sus valores fundamentales. Las implicaciones del ser emocional en el mundo bursátil acapara el interés científico de los investigadores en finanzas conductuales, que analizan los aspectos psicológicos de los agentes integrantes de los mercados. Su propósito es identificar cómo y por qué el comportamiento de los inversionistas difiere del modelo estándar —racional— de las finanzas.

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¿Cómo afecta la codicia el desempeño de los inversionistas?

Los hallazgos de la neurociencia sugieren que las respuestas emocionales automáticas (mediadas por la amígdala, tales como el miedo y la codicia) prevalecen a menudo sobre las respuestas más controladas o «superiores», mediadas por la corteza prefrontal (Lo, Repin y Steenbarger, 2005). Lo y otros investigadores estudiaron el posible vínculo entre los factores psicológicos y el rendimiento de las inversiones en la bolsa, con el propósito de identificar los comportamientos de los inversionistas frente a las ganancias o las pérdidas. Aplicaron cuestionarios de personalidad a ochenta agentes anónimos, para determinar sus estados emocionales más estables.

Lo y otros (2005) hallaron que los inversionistas con reacciones emocionales más intensas a las ganancias y pérdidas monetarias exhibieron un rendimiento significativamente peor en sus inversiones. La principal conclusión del estudio fue que la medición de rasgos de personalidad no permitió identificar un «perfil de personalidad de inversionista» específico. Esto significa que inversionistas con diferentes tipos de personalidad pueden ser igual de competentes tras recibir una instrucción adecuada y práctica.

 

¿Se puede controlar la codicia en las finanzas?

Existe un conjunto de acciones que permiten a los inversionistas mitigar los efectos nocivos de la codicia —y su contrapartida, el miedo— en sus decisiones de inversión (Garay y Llanos, 2007).

  1. Tener un plan de inversión a largo plazo, y preparase emocionalmente para soportar pérdidas a lo largo del camino.
  2. No dejarse llevar por rumores o «consejos» acerca de inversiones infalibles ni por los «sentimientos» del mercado (como euforia o pesimismo).
  3. Conformarse con los rendimientos promedios que ofrece el mercado. Por ejemplo, entre 1926 y 2018 el índice Standard and Poor’s 500 (constituido por las 500 empresas más grandes de Estados Unidos) ofreció un rendimiento nominal anual de aproximadamente diez por ciento (siete por ciento al descontar la inflación). Quien invierta a largo plazo y lo haga desde temprana edad podrá disfrutar de los beneficios del interés compuesto, sin pretender obtener grandes ganancias cada año, pero acumulará una suma respetable al momento del retiro o la jubilación.
  4. Tener una mezcla de activos (bonos, acciones y otros) acorde con las necesidades propias. Un plan de inversión a largo plazo debe considerar: rendimiento posible alcanzable, riesgo tolerable, horizonte de inversión, liquidez necesaria y aspectos fiscales y legales.

Es necesario enfatizar la importancia de controlar las emociones durante períodos de volatilidad en los mercados financieros. Se dice fácil, pero es complicado. El consejo de oro es aún más drástico: no hacer algo distinto con las inversiones personales en momentos de turbulencia.

 

Referencias

  • Garay, U. y Llanos, J. (2007): Invertir a largo plazo. Caracas: Ediciones IESA.
  • Kets de Vries, M. F. R. (2016): «The greed syndrome». INSEAD Working Paper. No. 2016/26/EFE: https://flora.insead.edu/fichiersti_wp/inseadwp2016/2016-26.pdf
  • Lo, A. W., Repin, D. V. y Steenbarger, B. N (2005): «Fear and greed in financial markets: a clinical study of day-traders». NBER Working Paper. No. 11243: https://www.nber.org/papers/w11243.pdf

Urbi Garay y Eduardo Pérez, profesores del IESA.