La experiencia de Perú de la que Venezuela puede aprender para recuperar su servicio de agua potable

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Instalación del Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima (Sedapal).

La experiencia de Perú en la década de los noventa puede ser una lección para reconstruir los sistemas de suministro de agua y saneamiento en Venezuela.


Con la idea de tener a mano una hoja de ruta para recuperar el sector de agua potable y saneamiento en Venezuela, una vez definido un cambio político o una apertura en el país, el Grupo Orinoco Energía y Ambiente elaboró en 2018 una propuesta sectorial para ser discutida en el país y posteriormente con instituciones internacionales, que serían las palancas financieras del proceso.

La iniciativa, aplaudida por el ingeniero Abel Mejía Betancourt, consultor líder de Agua para el Banco Mundial, con una extensa trayectoria en diversos países, tiene muchas similitudes con la experiencia peruana; así lo expresó en una conferencia ofrecida en el Programa de Formación de Gerentes para la Industria de Agua y Saneamiento de Venezuela, del IESA. En las peores condiciones económicas y políticas, hace más de dos décadas esa nación emprendió una transición de los servicios básicos.

Durante el gobierno de Alberto Fujimori comenzó, de la mano del Banco Mundial y otros organismos multilaterales, un proceso de mejora del sector de agua potable y saneamiento, que permitió recuperar un sector fundamental y estratégico para el desarrollo económico y social. Para Mejía Betancourt, el primer paso para enderezar el timón en naciones empobrecidas y en situaciones críticas es que los gobiernos entiendan la necesidad de dejar de lado el factor político, formular planes maestros y pedir ayuda a tiempo. La experiencia peruana puede ser referencia para Venezuela:

En ese momento (1990) Perú, que registraba inflaciones interanuales de más de 7.000 por ciento, estaba en una situación de impago, con un default prácticamente abierto con el Fondo Monetario Internacional, con acreencias con el Banco Mundial y otros entes bilaterales. Para la época, Perú estaba en una situación económica y social muy crítica.

Mejía Betancourt, que ha liderado en el Banco Mundial equipos técnicos de primer nivel y equipos internacionales encargados de la preparación y supervisión de proyectos de inversión, advierte que la infraestructura hídrica necesita una visión de largo plazo —de cincuenta años o más—, toda vez que requiere un trabajo de envergadura con lapsos y metas, para el que los países deben prepararse.

Luego de que el Banco Mundial y el gobierno de Fujimori retomaron las relaciones, comenzó el gran reto de llevar agua potable a las casas de los peruanos. Cuenta Mejía Betancourt que, previo a los acuerdos para obtener ayuda financiera, debió cumplirse una serie de pasos para obtener el visto bueno del organismo multilateral y convertir al Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima (Sedapal) en una empresa eficiente, autosostenible y capaz de cumplir sus metas.

Pero el camino de estas transformaciones no es tan simple. Según Mejía Betancourt, los países deben prepararse para asumir los grandes retos que implica cambiar el rumbo del país y pensar y visualizar el futuro.

Mejía Betancourt sintetiza el boceto técnico que se emplea en estos casos. El primer paso consiste en levantar la información básica física y social. Luego debe diseñarse un Plan Maestro, del cual se evalúa la factibilidad. Deben realizarse estudios profundos de impacto medioambiental, para más adelante desarrollar el diseño de ingeniería. El siguiente eslabón de la cadena da inicio a los arreglos financieros, cuando comienza la mayor presencia de organismos internacionales. Seguido viene el proceso de licitaciones y contratación de obras; finalmente, se da luz verde a la fase de operación y mantenimiento.

 

La crisis de Perú y la asistencia internacional

La decisión del gobierno peruano de solucionar su profunda crisis convocó a un importante grupo de apoyo de organismos multilaterales. Recuerda Mejía Betancourt que el programa con los multilaterales se enmarcaba dentro de los mismos parámetros que los adoptados durante el segundo período de gobierno de Carlos Andrés Pérez, en Venezuela.

  • Enero de 1991: Perú pacta con el Fondo Monetario Internacional un programa de ajustes y la contratación de deuda internacional, además del financiamiento del déficit presupuestario y las deudas con el Club de París.
  • Junio de 1991: se lanza un gran plan de ajuste estructural patrocinado por el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.
  • Febrero de 1992: Perú solicita al Banco Mundial ayuda para la privatización de Sedapal y el financiamiento de ese programa.
  • Marzo de 1992: se acuerda un plan de ajuste macroeconómico, la liberalización comercial, la reforma financiera y se impulsa la privatización (en las áreas de electricidad, telecomunicaciones, agua, minería, pesca, entre otras).

 

Durante este proceso se acuerda también un programa de emergencia y desarrollo social dirigido a los sectores de mayor pobreza, mediante atención a necesidades de alimentación, salud y educación, y un programa de empleo, para lo que se crean fondos de inversión social. También se implementa un programa de rehabilitación de la infraestructura civil, que incluye carreteras, electricidad, agua y saneamiento. Al mismo tiempo, se suscribe un acuerdo de asistencia técnica reembolsable y no reembolsable con Japón, uno de los principales prestamistas del gobierno de Alberto Fujimori. En esta etapa el Banco Mundial presenta un informe que analiza los sectores de infraestructura, para tener un marco referencial de lo que se iba a hacer en cada uno, y se logran grandes acuerdos de cómo se iba a avanzar en los distintos campos.

 

Perú logró su cometido y Venezuela se prepara

El ingeniero Mejía Betancourt rescata de la experiencia de Perú, que logró construir una institucionalidad sólida que se mantiene a flote a pesar de la corrupción y la cárcel de casi todos sus presidentes. Asegura que Perú logró mantener un avance notable en el sector de agua potable y saneamiento en los últimos treinta años, lo cual valida el modelo sectorial adoptado.

«El documento elaborado por el Grupo Orinoco prioriza lo que debemos y podemos hacer, al tiempo que propone una estrategia y mandato, tras evaluar las capacidades actuales del sector, estimar los recursos humanos y financieros», señaló Mejía Betancourt.

Para Mejía el objetivo principal para la Venezuela del futuro es simple: «Que la gente reciba agua potable, continua y suficiente». Entre las metas tempranas se proyecta la posibilidad de que en un año se logren cincuenta litros por habitante por día, y en cinco años se llegue a los 200 litros. «Si conseguimos esto, habremos alcanzado una meta heroica», apunta Mejía Betancourt, y acota que eso sería posible si se desata el nudo gordiano que representan los sistemas de captación, tratamiento y conducción del agua, hasta la entrada de la ciudad, lo cual engloba infraestructura, personal y recursos financieros.

Pese al terrible deterioro de los sistemas de agua potable en Venezuela el experto asegura que es posible salir adelante, no solo porque la experiencia de Perú lo ha demostrado, sino también porque Venezuela cuenta con una robusta infraestructura, construida durante los gobiernos democráticos. El plan llamado «Hoja de ruta» plantea cinco desafíos prioritarios:

  • Recuperar la infraestructura troncal.
  • Revertir el mal servicio de los prestadores.
  • Paralizar los grandes proyectos que distraen la atención y no son la solución.
  • Asegurar financiamiento de gastos corrientes e inversión.
  • Construir un sistema de captación y formación de recursos humanos.

 

Para Mejía Betancourt, la Hoja de ruta contiene hitos para su puesta en acción desde el primer día de la transición: este elemento del plan es importantísimo, toda vez que no se puede perder tiempo.

El experto concluye que es importante tener claro el telón de fondo político; especialmente, la visión y los incentivos de los actores en el área de las finanzas o agentes políticos «que mueven la aguja». Sostiene, además, que las organizaciones internacionales de financiamiento pueden ayudar mucho; pero advierte, sin ánimo de restar optimismo, que no es fácil lidiar con ellas, sus procedimientos y personajes. Los proyectos necesitan organizaciones fuertes y equipos técnicos preparados que manejen las burocracias internacionales.

Mejía Betancourt reitera que los proyectos de agua necesitan una visión de largo plazo, más que otros sectores, y al mismo tiempo que deben resolverse problemas del cortísimo plazo, del día a día. Finalmente, muestra su optimismo: la emergencia institucional y económica que vive Venezuela se superará y los resultados comenzarán a observarse entre tres y cinco años. Está convencido de que, cuando se produzca una eventual transición política, las decisiones sobre qué hacer con Hidrovén y las demás «Hidros» serán inmediatas, en cosa de días. Confía en que la capacidad, el compromiso y la coherencia del Grupo Orinoco serán decisivos.


Érika Hidalgo López, periodista.

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