La Rusia de Putin y el fantasma de la ideología

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Fotografía: Pexels.

Las actuaciones de la «nueva Rusia» prueban que la ideología sigue haciendo historia y va más allá del sentido clasista que le diera Marx, para abrazar conceptos como nacionalismo y soberanía. Dos ejemplos cercanos a pesar de la distancia geográfica, Ucrania y Venezuela, son potencialmente explosivos.

María Gabriela Mata Carnevali / 22 de diciembre de 2018


 

En 2014 los nombres de Ucrania y Venezuela se disputaban los titulares de la prensa mundial, por el protagonismo de los ciudadanos en las calles contra sus malos gobiernos. Hoy pudiera añadirse una nueva arista: la relación con la «nueva Rusia», la Rusia de Putin, con sus ambiciones imperiales.

Los procesos en marcha en estos países han dado pie a que se vuelva a hablar de fascismo y comunismo, ideologías que Fukuyama (1992) creyó muertas con el triunfo liberal que significó la caída del muro de Berlín en 1989. La noche del 21 de noviembre de 2013 ocurrieron las primeras manifestaciones de índole europeísta en Ucrania, exrepública socialista de la órbita soviética, debido a la suspensión de la firma del Acuerdo de Asociación y Libre Comercio entre Ucrania y la Unión Europea. Tras varios meses de protestas y represión, los manifestantes tomaron las riendas del poder y ocuparon las principales instituciones. Con el derrocamiento del presidente Yanukóvich surgieron focos de resistencia al este y el sur del país, que el actual gobierno califica de separatismo prorruso.

Desde entonces las tensiones entre Rusia y Ucrania se han venido agudizando y de los enfrentamientos indirectos en tierra se pasó al choque de fuerzas en las aguas que rodean la península de Crimea, territorio que el Kremlin se anexó en 2014. El pasado 25 de noviembre, en un incidente que dio pie a titulares alarmistas, las fuerzas armadas de ambos países se enfrentaron por primera vez de forma directa en el mar: Rusia capturó tres barcos de la armada ucraniana. El presidente Petro Poroshenko habló de amenaza de «guerra total» y decretó una polémica «ley marcial», seguida de la prohibición de entrada al país de hombres rusos entre 16 y 60 años, para evitar la formación de «ejércitos privados». Algunos se preguntan si esto no afectará las elecciones presidenciales programadas para el próximo 31 de marzo (BBC Mundo, 2018).

La ideología, cual fantasma, recorre la pequeña aldea global, definiendo y derribando instituciones en nombre de intereses inevitablemente mezclados con sentimientos nacionalistas potencialmente explosivos

En Kiev se acusa a los rusos de socavar la democracia y la soberanía, y se los enfrenta en todos los órdenes; incluido el religioso con la decisión del patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, autoridad eclesiástica con sede en Estambul, de despejar el camino para la independencia de la Iglesia ortodoxa ucraniana. En opinión de Vladimir Putin, los culpables son los que destituyeron a Viktor Yanukóvich en 2014, presidente democráticamente electo. Además, no duda en acusar de «fascistas» a los partidos de ultraderecha que forman parte de la actual coalición gubernamental en Ucrania, al recordar que algunos de sus miembros colaboraron con la ocupación nazi y la matanza de judíos en la Segunda Guerra Mundial.

Para una mejor comprensión de la situación conviene agregar que Putin atribuye la raíz de las distintas disputas con las exrepúblicas soviéticas Ucrania, Georgia y Bielorrusia a que la Unión Soviética se hubiera organizado a partir de «repúblicas étnicas» con aspiraciones de autodeterminación, un principio admitido por Lenin. Esa fue la base del tratado de Brest-Litovsk, en 1917, que marcó el inicio de la separación de Ucrania y el regreso de la frontera oeste a la que existía antes de los zares Pedro y Catalina (Mata, 2017).

En Venezuela gobierno y oposición usaron hasta hace poco el mote de «fascista» para descalificarse mutuamente. El primero lo empleaba, al igual que los comunistas ucranianos, como sinónimo de «ultraderecha»; y la segunda, como sinónimo de «gobierno centralista y autoritario». A ambos les asistía algo de razón, ya que el fascismo de Hitler y Mussolini representa históricamente una posición contraria a la izquierda, pero sus gobiernos asumieron formas totalitarias al estilo de los experimentos comunistas de la Unión Soviética y China.

Los dos bandos reclaman para sí el sentir nacionalista. Sin embargo, el «socialismo del siglo XXI», devenido en dictadura al más puro estilo de los Castro, hace de la oposición el repositorio de orgullo y dignidad nacional, cuando eleva su voz para rechazar la injerencia extranjera con acento cubano en lo político y dejos rusos y chinos en lo económico y militar, que amenaza con socavar el control soberano sobre las industrias básicas y el territorio nacional. Con la corrupción galopante a lomo de la emergencia humanitaria compleja, que ha cobrado miles de vidas inocentes y ha obligado a millones al exilio, ya casi nadie cree lo de la lucha panfletaria contra el «imperialismo norteamericano». Con denodada resiliencia, los venezolanos esperan lo mejor, temiendo lo peor.

Como reflejan los casos de Ucrania y Venezuela las ideologías, «como sistemas básicos de cognición social, como elementos organizadores de actitudes y de otros tipos de representaciones sociales compartidas por los miembros pertenecientes a un grupo» (Van Dijk, 2008: 202), están de vuelta en el marco de una pugna geopolítica en la que, ante asuntos de vieja y nueva data, se reavivó el interés de Rusia por su periferia y antiguas zonas de influencia y control, sin menospreciar la oportunidad de ir un poco más allá, como la brindada por el gobierno venezolano que, a cambio de soporte financiero y militar, le abre las puertas de la América del Sur, considerada históricamente un bastión norteamericano.

Pero estos no son casos aislados. Allí está, por ejemplo, la Siria de Bashar Al Assad desgarrada por el fanatismo ideológico y religioso. El conflicto entre fuerzas locales, regionales e internacionales ha alcanzado tal complejidad que pareciera no haber etiquetas, definiciones o paralelismos históricos para describirlo. Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo también sobre el resurgir de los ultras de izquierda y de derecha en Europa, a propósito del incremento sostenido del número de inmigrantes. Así, en el horizonte del llamado Sistema Político Internacional de Posguerra Fría, la ideología, cual fantasma, recorre la pequeña aldea global, definiendo y derribando instituciones en nombre de intereses inevitablemente mezclados con sentimientos nacionalistas, potencialmente explosivos.

 

Referencias

  • BBC Mundo (2018): «Conflicto entre Rusia y Ucrania: por qué Kiev vetó la entrada a su territorio de hombres rusos de entre 16 y 60 años», 30 de noviembre: https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-46406222
  • Fukuyama, F. (1992): El fin de la historia y el último hombre. Barcelona: Planeta.
  • Mata, L. (2017): Consecuencias del neoimperialismo. Caracas: Fundación Alberto Adriani.,
  • Van Dijk, T. A. (2008): «Semántica del discurso e ideología». Discurso & Sociedad. Vol. 2. No. 1: 201-261: http://www.dissoc.org/ediciones/v02n01/DS2(1)Van%20Dijk.pdf

María Gabriela Mata Carnevali, profesora de la Universidad Central de Venezuela / @mariagab2016