¿La venganza de Jerjes? Conflicto entre civilizaciones

145
Fotografía: Estatua del rey Leónidas I de Esparta.

Las migraciones del Medio Oriente hacia Europa recuerdan los encuentros y desencuentros milenarios entre la cultura occidental y la cultura de origen mahometano, y obligan a indagar sobre el diálogo o el conflicto entre civilizaciones.

Leonardo Azparren Giménez / 2 de marzo de 2020


 

La migración masiva a Europa desde Oriente Próximo y África, con la consiguiente alteración demográfica, cultural y política, actualiza algunas hipótesis sobre las relaciones entre dos sistemas culturales y de costumbres, valores y creencias que nunca han logrado un diálogo integrador: el de origen grecolatino y judeocristiano, identificado como occidental, y el de origen mahometano, identificado como musulmán e islamita.

Existe una muralla geográfica intangible e infranqueable que separa la llamada (a regañadientes por algunos) cultura occidental —con su ubicación geográfica en Europa y América, en la que el cristianismo es su principal y casi única religión, y la democracia su aspiración y arquetipo de organización social construido con esfuerzo durante milenios, sin excluir la sangre— de la que predomina con hegemonía en Asia Menor u Oriente Próximo —en un territorio que se extiende desde el norte de África hasta la frontera oriental de Irán, donde cumple un papel hegemónico la cultura musulmana, con el islamismo y su arquetipo social no democrático—. Esa muralla intangible —desde las ruinas de Troya hasta el norte de África— permite entender que, cuando una cultura ha intentado pasar a los predios de la otra, con intenciones invasoras y hegemónicas o no, se han producido cortocircuitos sangrientos: desde la guerra de Troya hasta la guerra en Siria y los empujones del Estado Islámico.

La cultura occidental se formó durante dos milenios y medio, desde la isonomía democrática de Clístenes en 508 a. C., en buena medida con el precio de la sangre, y evolucionó hasta la actualidad cuando se expresa en una organización social horizontal y abierta; es decir, democrática. La cultura musulmana o islámica arranca alrededor del siglo VII y es vertical y cerrada, no democrática; para prueba, las monarquías árabes desde Marruecos hasta Arabia Saudí y los regímenes iraquí e iraní. Ambas culturas tienen sistemas de costumbres, valores y creencias diferentes, al parecer irreconciliables, con raíces profundas que sobreviven a los regímenes políticos que a lo largo de la historia han tenido los países definidos por esos sistemas. Por ejemplo, las sociedades occidentales son horizontales y abiertas, sean sus regímenes dictatoriales, despóticos o democráticos.

El triunfo de los griegos sobre el Imperio persa consolidó la independencia que permitió fundar la cultura occidental, con los pros y contras que se quiera endilgarle

Los comportamientos públicos y privados de los ciudadanos de ambos lados de la muralla intangible están inspirados y se fundamentan en sus respectivos sistemas de costumbres, valores y creencias. Por ejemplo, la cultura occidental tardó siglos en cambiar su concepto social de la mujer, pero lo cambió; en la cultura musulmana parece que no ha sido así. Ambas culturas responden a principios superiores a sus contingencias políticas e históricas, y tienen componentes que las definen y legitiman. Ningún gobierno de los países con mayoría musulmana ha manifestado su repudio a los atentados ocurridos en Europa y Estados Unidos, ni solidaridad con las víctimas.

El abismo cultural que separa a ambos modelos de sociedad y civilización, en ambos lados de la muralla intangible, tiene una historia interesante. El primer caso es la guerra de Troya. Haya sido o no por las causas invocadas en la Ilíada, las tribus griegas europeas asaltaron una zona asiática poblada por tribus lugareñas. Parece que por razones económicas y comerciales, porque Micenas y Troya eran reinos prósperos y el paso hacia el mar Negro era estratégico.

Una razón muy profunda y concreta explica ese acontecimiento, al margen de la poetización hecha por Homero, un europeo. Aunque no ha sido aclarado del todo por qué, después de destruir lo que destruyeron, los griegos no se quedaron ahí para ocupar y controlar el territorio y ampliar sus dominios. Cierto es que ese primer encuentro de quienes estaban en ambos lados de la muralla intangible fue sangriento. No en balde se dice, ante cualquier catástrofe, que más se perdió en la guerra de Troya. La cultura occidental ganó, eso sí, sus dos obras literarias más notables: la Ilíada y la Odisea, imitadas en cualquier parte del globo terráqueo.

Si los griegos hubiesen fracasado en su intento no es aventurado pensar que, en revancha, los troyanos habrían tomado posesión del territorio de los agresores. Clístenes no habría fundado la democracia a finales del siglo VI y comienzos del V a. C., ni la humanidad habría heredado todo lo que se produjo en el siglo de Pericles. Vaya uno a saber qué y cómo sería hoy Europa con la impronta troyana. Quizá no habrían tenido lugar la destrucción de las torres de Nueva York, el atentado en Bruselas y las masacres en París, Orlando, Florida y Niza.

Los griegos establecieron, siglos más tarde, colonias en las costas asiáticas del otro lado del Egeo (traspasaron la naciente muralla intangible); colonias siempre problemáticas en un mundo social distinto a la cultura griega, tanto así que alguna vez se sublevaron contra el Imperio persa con ayuda de los griegos continentales. Ciro («señor del mundo»), Darío y Jerjes, cada uno en su momento, se ocuparon de ponerlas en su lugar. Fueron unas colonias culturalmente significativas, como Mileto, asolada durante once años. De allí eran Tales, uno de los Siete Sabios, Anaximandro y Anaxímenes, los fundadores del pensamiento filosófico que desde entonces ha dominado en Occidente.

Tanta debió ser la indignación de los persas que, para evitar nuevas sublevaciones de los colonos griegos en su territorio, decidieron invadir Grecia para poner orden y control. Esa tarea costó bastante sangre. Invadieron por el norte y el rey Leónidas de Esparta pasó a la historia con sus trecientos guerreros en la batalla de las Termópilas, en el 480. Liderados por Jerjes, los persas llegaron a desolar a Atenas y destruir la primera Acrópolis. Los griegos tomaron conciencia de lo que se les venía encima. En esa época, Clístenes le dio a Atenas una organización social inédita: inventó la democracia. De manera que lo que estaba en juego no era solo el territorio. Las batallas de Maratón (490) y Salamina (480) consagraron la muralla.

Oswyn Murray, en su Grecia antigua, recoge el «Decreto de Temístocles» en el que la ciudad se le confía a Atenea para protegerla «contra los bárbaros en bien de la patria… los bárbaros de mente cerrada». En la parte central del decreto se lee:

Los tesoreros y las sacerdotisas deben permanecer en la Acrópolis, guardando las posesiones de los dioses. Todo el resto de los atenienses y de los extranjeros que hayan llegado a la edad militar deben embarcar en los doscientos barcos preparados y luchar contra los bárbaros por la libertad de sí mismos y de los demás griegos (Murray, 1981: 266).

Según este texto, la guerra entre griegos y persas a comienzos del siglo V a. C. fue por la libertad y la democracia, contra el despotismo y la dictadura. Murray concluye:

Las guerras médicas abrieron una nueva época. Pero también cerraron una época antigua. La cultura griega había sido creada mediante el intercambio fructífero entre el Este y el Oeste; esa deuda cayó en el olvido. Una cortina de hierro había descendido: El Este contra el Oeste, el despotismo contra la libertad; las dicotomías creadas en las guerras médicas producirían su eco a través de la historia del mundo y parecen continuar aún, ahora que el hombre retoma antiguos caminos y descubre otros nuevos para atormentar su alma (Murray, 1981: 270).

Algunos historiadores coinciden con esta interpretación: la guerra contra los persas fue un dilema agónico entre libertad y despotismo. El triunfo de los griegos sobre el Imperio persa consolidó la independencia que permitió fundar la cultura occidental, con los pros y contras que se quiera endilgarle.

La derrota de Jerjes en el siglo V a. C. en territorio europeo tuvo su contraparte en la derrota de los cruzados europeos en territorio asiático. Este encuentro sangriento consolidó hasta hoy la muralla imaginaria

Un elemental ejercicio de imaginación permite suponer que, si los persas hubiesen vencido y tomado posesión del territorio griego, no se habría producido lo que en el siglo V se dio: el teatro, la teoría política, la poesía y la filosofía, el desarrollo de la arquitectura y la escultura. Curiosamente, cuando los cristianos nacidos judíos llegaron a Grecia desde Judea o Palestina, como quieran llamarla, y pasaron a Roma, dialogaron con la cultura que encontraron: otro rasgo del mestizaje cultural que produjo la cultura occidental. Cuando Pablo de Tarso llegó a Atenas encontró en la Acrópolis la base para la estatua de un dios en la que leyó: «Para el dios desconocido». Enseguida les dijo a los atenientes que venía a hablarles de ese dios (Hechos: 17:23). Verdadera o no la anécdota, lo cierto es que se produjo un diálogo de culturas de tal significación que la teología cristiana tiene en Platón y Aristóteles dos basamentos fundamentales.

¿Podrá subyacer algo de aquellos persas en el ADN de algunas tribus del Oriente Próximo cuando dinamitan las ruinas romanas, o cuando en Pakistán el 27 de marzo de 2016 hubo un ataque contra una comunidad cristiana? La guerra contra los persas consagró una muralla intangible que sigue siendo infranqueable. Jerjes regresó derrotado a Susa, y Persia no se recuperó de las derrotas en Maratón y Salamina. Esquilo, quien peleó en Maratón y quiso ser recordado por ello, en Los persas puso en boca de Jerjes las siguientes palabras: «Heme aquí, lastimero; / ruina de mi patria / y de mi pueblo he sido». No deja de ser curioso que esa obra sea la más antigua que se conserva del teatro occidental.

La historia está llena de desencuentros y fracasos entre ambos sistemas. El inicio de la era musulmana, la Hégira en 662 d. C., abrió un período aún no cerrado. El Islam («rendición» a la voluntad de Alá) inspiró un desarrollo y una ambición de conquista avasalladores entre las tribus de la hoy Arabia Saudí y los países vecinos. Ya en 625-628 había habido hostilidad contra algunas comunidades judías a las que les confiscaron sus propiedades. La expansión musulmana por el norte de África culminó en 711-726 con la conquista de la península ibérica. Pero casi de inmediato, en 722, la rebelión de Pelayo en Asturias dio inicio a lo que algunos han llamado la «Reconquista» que concluyó 781 años después, en enero de 1492, cuando los reyes Isabel y Fernando tomaron posesión de Granada.

Los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes en territorios europeos son muy significativos en relación con la muralla intangible. En 732 los musulmanes intentaron pasar a Francia desde España, pero Carlos Martel derrotó al emir Abderramán en la batalla de Poitiers; si hubiese ganado, el emir habría podido llegar hasta Alemania. No es ocioso un ejercicio de imaginación para pensar qué hubiese sido de la historia de Europa si los musulmanes no hubiesen sido derrotados en 732 y 1492. Para los protagonistas de aquellos hechos fue un conflicto entre cristianos y musulmanes.

Notables fueron las cruzadas por poner a prueba la muralla imaginaria. Su origen se atribuye a la destrucción del Santo Sepulcro en 1009 por el califa fatimita Hakim. Las subsiguientes masivas peregrinaciones a Jerusalén y las vejaciones a los peregrinos cristianos llegaron a oídos europeos, y el papa Gregorio VII elaboró en 1071 un plan para rescatar el Santo Sepulcro. La cruz fue la insignia en la ropa de las tropas que iniciaron esa aventura.

Las cruzadas no lograron su objetivo y la muralla imaginaria no fue derrumbada, a pesar de los intentos de imponer una organización social europea en Asia Menor. Fue el proyecto de Godofredo de Bouillon en 1099, al querer organizar un reino latino en Jerusalén según el modelo feudal francés para que fuese súbdito de la Iglesia. La minoría latina no pudo imponerse. La cuarta cruzada en el siglo XIII fue un proyecto en el que los señores europeos solo pensaron en repartirse territorios y riquezas. Entre tanto, en algunas ciudades del Rin, el conde Enrico de Leiningen lideró la matanza de judíos.

La derrota de Jerjes en el siglo V a. C. en territorio europeo tuvo su contraparte en la derrota de los cruzados europeos en territorio asiático. Este encuentro sangriento consolidó hasta hoy la muralla imaginaria.

En Europa aumenta la población musulmana y entre los europeos comienza a haber quienes profesan el islam. ¿Isaac e Ismael? Son dos formas de concebir la vida y la historia. ¿Será la venganza de Jerjes?

También los intentos otomanos de conquistar Europa pueden interpretarse en la perspectiva de la muralla imaginaria. No pudieron pasar de Viena al ser derrotados en 1683, y en 1686 la liberación de Hungría por tropas europeas lideradas por germanos trajo como consecuencia la expulsión de los turcos de Europa. Según una anécdota curiosa, en Budapest y Viena dicen que el pan en forma de media luna, el croissant, fue creado para comer la media luna turca.

Las arbitrarias creaciones de países por las potencias occidentales del otro lado de la muralla, después de la Primera Guerra Mundial, siguen siendo heridas sin sanar. En ningún hecho histórico que pueda traerse a colación se dio algún diálogo entre ambos sistemas, en el sentido de comprenderse, aceptarse e integrarse en una sola humanidad, como sí ocurrió entre las culturas judeocristiana y grecorromana, cuyo resultado es la llamada cultura occidental en la que la libertad es fundamental. Sin duda, hubo un espléndido desarrollo de la cultura árabe y según algunos estudiosos la ciencia y la filosofía griegas sirvieron de base a esa cultura, no a la inversa. Todo lo que los árabes hicieron en España no lo continuaron cuando fueron echados de ella. En la monumental Historia del mundo en la Edad Media, leemos: «El pensamiento de Avicena y de los filósofos españoles del siglo XII pertenece tanto (si no más) al desarrollo del pensamiento occidental que al del Oriente musulmán y su influencia fue de lo más profunda en la Europa cristiana» (Previté Orton, 1978: 167).

Con las migraciones de los últimos años de musulmanes hacia Europa comienza el último capítulo de esta historia. En Irak se han visto obligados a emigrar más de 130.000 cristianos por amenazas segregacionistas. En 2011, los musulmanes de segunda generación nacidos en Suiza solicitaron que la cruz desapareciera de la bandera de ese país porque no representa a una nación multicultural; pero nada dijeron sobre las banderas de los países árabes, con sus símbolos islámicos (Libertad Digital¸2011). El holocausto judío responde en mucho a esa lógica. El término «ario» tiene su origen en Irán con proyección en las lenguas indoeuropeas y significa algo así como «superior».

La aparición de xenofobia en la Europa liberal, democrática y cristiana es una grave reacción a las migraciones consecuencia de la guerra en Siria y las arremetidas del Estado Islámico. Cuando Donald Trump propuso a mediados de 2016 la prohibición de la inmigración hacia Estados Unidos desde los países con amenazas terroristas, actuó según esa lógica cultural y discursiva que segrega al otro. Producto de la islamofobia, un partido xenófobo lidera las encuestas en Holanda. Los triunfos de las extremas derechas en Alemania, Suecia y Hungría pueden andar por ahí. En el Reino Unido ganó el brexit, entre otras razones, por el temor a las inmigraciones.

El tema es objeto de reflexiones académicas. Giovanni Sartori, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2005, declaró que «los terroristas fundamentalistas islámicos se financian con el tráfico de seres humano» y cree que en treinta años habrá mayoría musulmana en Italia. Teme que el Estado Islámico pueda implantar la sharía porque «los musulmanes en Europa no se quieren integrar» (Hernández Velasco, 2016). En el anterior gobierno italiano de Giuseppe Conte, el ministro del Interior, Matteo Salvini, no aceptaba los inmigrantes africanos y asiáticos que llegaban por mar.

Europa, que sabe más por vieja que por culta, luce con las manos atadas frente a la inmigración afroasiática. Se sabe incapaz de modificar su sistema de costumbres, valores y creencias basado en la libertad, aunque algunos acontecimientos la incitan a no ser tan demócrata. ¿Qué posibilidad de prosperar tiene la idea de pedir a los inmigrantes del Medio Oriente que se integren a las sociedades occidentales que los reciben? ¿Cuáles voces en los países árabes condenan los actos terroristas que tienen lugar en Europa? El gobierno de Hungría está negado rotundamente a recibir refugiados. Un político griego habló de permitir solamente migrantes cristianos y levantar un muro en la frontera con Turquía.

Después del ataque terrorista en Barcelona de 2017, un yihadista declaró (El País, 2017):

Con el permiso de Alá, Al Ándalus volverá a ser lo que fue, tierra firme del califato… A los cristianos españoles, no os olvidéis la sangre derramada de los musulmanes en la inquisición española. Vengaremos vuestra matanza, la que estáis haciendo ahora actual con el Estado Islámico… Nuestra guerra con vosotros durará hasta el fin del mundo.

¿Islamofobia contra cristianofobia? No hay una adecuada comprensión histórica y cultural de lo que sucede. Es algo más complejo que una crisis política y las dificultades para resolverles la vida a unos inmigrantes desclasados que huyen de sus países. Terrorismo y xenofobia van de la mano. ¿Conflicto de civilizaciones o simple xenofobia? En Europa aumenta la población musulmana y entre los europeos comienza a haber quienes profesan el islam. ¿Isaac e Ismael? Son dos formas de concebir la vida y la historia. ¿Será la venganza de Jerjes?

 

Referencias

  • El País (2017): «El ISIS amenaza con más ataques a España en su primer vídeo en castellano». 26 de agosto. https://elpais.com/politica/2017/08/23/actualidad/1503514699_423271.html
  • Hernández Velasco, I. (2016): «Giovanni Sartori: “Si damos el voto a los inmigrantes impondrán la ‘sharía’ en Europa”». El Mundo (Madrid). 15 de julio. https://www.elmundo.es/cronica/2016/07/15/578238a322601d96098b4580.html
  • Libertad Digital (2011): «Musulmanes de Suiza exigen que se elimine la cruz de la bandera nacional». 22 de septiembre. https://www.libertaddigital.com/mundo/2011-09-22/musulmanes-exigen-que-suiza-elimine-la-cruz-de-la-bandera-nacional-1276436064/
  • Murray, O. (1981): Grecia antigua. Madrid: Taurus.
  • Previté-Orton, C. W. (director) (1978): Historia del mundo en la Edad Media. Madrid: Editorial Ramón Sopena.

Leonardo Azparren Giménez, crítico de teatro y profesor de la Universidad Central de Venezuela.

Suscríbase al boletín de novedades aquí.