Moderaciones y desmesuras: grandes proyectos para la Gran Venezuela

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Complejo Urbanístico Parque Central (Caracas). Foto: Alberto Rojas @chamorojas en Instagram.

Las operaciones urbanas de grandes dimensiones pueden conducir a notables éxitos y saltos en el prestigio y el grado de desarrollo cultural y económico, o a fracasos sociales y económicos de gran impacto. El caso de Parque Central en Caracas es ilustrativo de ambos resultados.


La arquitectura es el único arte en el que se salda con una paz auténtica la gran contienda entre la voluntad del espíritu y la necesidad de la naturaleza, en el que se resuelve en un equilibrio exacto el ajuste de cuentas entre el alma, que tiende a lo alto, y la gravedad, que tira hacia abajo.

Georg Simmel (2002: 181).

En 1974 se publicó el libro Toma de decisiones sobre la renovación urbana en El Conde, de David J. Myers; una de las dos ediciones iniciales del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA). El texto consistió en un acercamiento a las circunstancias que rodearon la creación de uno de los más grandes proyectos urbanos de Venezuela: el conjunto Parque Central, inaugurado ese mismo año. Myers, profesor de la Universidad Estadal de Pennsylvania, hacía referencia a megaestructuras y procesos de renovación urbana que coronaban los deseos de modernización de un país en vías de desarrollo.

No era la primera vez que se ensayaba en el país, y menos en el mundo, una apuesta por un proyecto urbanístico de gran envergadura. Las motivaciones para estas creaciones humanas son de origen diverso: exteriorizar poder o virtud cívica, trascendencia de una persona o grupo, y deseo de lograr —mediante una directriz— que ciudades o partes de ciudades puedan resolverse en una operación, como si fueran un edificio.

«Parque Central fue un gran proyecto de desarrollo. Pero se construyó para un país inventado de la nada, que surgió de una modernidad instantánea, que no existe»

Hay en estas ideas una motivación que, llevada a su extremo, pudiera denominarse «fáustica». Es el síndrome del dominio total suscitado al crecer las ambiciones y la sed de gloria de los actores en el poder. Así lo ilustra el sinfín de obras promovidas por Robert Moses en la Nueva York de mediados del siglo XX, en un crescendo que sería solamente detenido por la presión de activistas, entre quienes se encontraba la conocida Jane Jacobs.

Los resultados de las iniciativas de gran calado pueden ser disímiles social, económica y ambientalmente: metáforas del éxito y también del fracaso. La embriaguez del gigantismo puede traer grandes alegrías, pero también resacas monumentales.

La transformación del centro tradicional

Las ciudades venezolanas, en particular la capital, fueron receptoras privilegiadas del impacto de los crecientes ingresos petroleros y del deseo de dar respuestas a demandas crecientes de una población también creciente. Se pasaba entonces de la pequeña Venecia a la Gran Venezuela.

La cuadrícula del casco tradicional caraqueño se había ido quedando obsoleta desde las postrimerías del siglo XIX. Lo que se insinuaba tímidamente en los tiempos de Guzmán Blanco tomaba cuerpo en el nuevo siglo en el llamado Plan Monumental de 1939, propuesto por un conjunto de asesores franceses encabezados por Maurice Rotival. Ahora la urbe en crecimiento tendría intervenciones que emularían la París de Napoleón III.

Caracas se estructuraba a través de un sistema vial con un gran corredor —luego avenida Bolívar— como espina dorsal. Para habilitar ese corredor se procedió a la expropiación masiva de terrenos en el centro, primero para la reurbanización de El Silencio. Luego se añadió una franja de kilómetro y medio desde el cerro de El Calvario hasta el parque Los Caobos, lo que implicó la demolición de catorce manzanas y, posteriormente, la expropiación se extendió al sur de la Avenida, sobre diecisiete hectáreas del sector El Conde. Esa periferia de pequeñas casas había sido parte del ensanche del casco realizado en la década de 1930 por un grupo encabezado por el promotor Juan Bautista Arismendi y anunciado como «el campo en la ciudad».

Pero no sería la avenida monumental la única intervención a gran escala en Caracas. La ciudad se había ido extendiendo en todas direcciones: a la poligonal urbana se habían sumado nuevos proyectos, como los conjuntos del Banco Obrero, en especial el 2 de Diciembre (luego 23 de Enero), las autopistas, vías arteriales, los campus universitarios, los parques nacionales y metropolitanos, obras de infraestructura y servicios, y, posteriormente, el sistema Metro.

Para la creación y la gestión de varias de las grandes obras en Caracas se creó en 1947 el Centro Simón Bolívar (CSB) —liquidado entre los años 2010 y 2013— como C.A. Obras Avenida Bolívar. Su principal actuación, en los terrenos del flamante corredor, fue el Centro Simón Bolívar, con sus torres gemelas convertidas en símbolos de la ciudad. Los terrenos contiguos a la vía se mantendrían como un erial por décadas. La imagen era similar a la de las escenas iniciales del film West Side Story, de 2021, donde las ruinas de un proceso de renovación (slum clearance) borran un distrito neoyorkino completo, convertido en escombros para dar paso al Lincoln Center.

En el caso caraqueño numerosos proyectistas y promotores —nacionales y extranjeros— buscaban dar respuestas definitivas a ese paisaje sin destino claro, como las contenidas en el Plano Regulador de 1951. En una suerte de tormenta de ideas, unos apostaban por subir las densidades a lo largo del eje que se había convertido en vialidad expresa, mientras que otros promovían la utilización para usos recreacionales. La megaestructura vial había ido mutando en una colección de megaproyectos, un incrementalismo rayano en la improvisación (Vallmitjana y otros, 1991).

En medio de tales debates el CSB y el Ejecutivo Nacional decidieron darle uso residencial a estos terrenos. Surgió entonces el Parque Central —un «nuevo modo de vivir»— y con él formas novedosas de imaginar la ciudad. Se dio un nuevo impulso a lo que Christopher Alexander y su equipo de Berkeley, en un texto escrito en 1972 y publicado en 1975, al tiempo que se construía Parque Central, denominaron «crecimiento a grandes dosis», donde «cada acto constructivo es un hecho aislado que crea un edificio “perfecto” y aislado, en el momento en que se construye, y que luego se abandona para siempre a su destino» (Alexander y otros, 1978: 51).

Decisiones y proyectos para un nuevo modo de vivir en Caracas

Myers (1974) analizó el proceso que llevó a la construcción de Parque Central, mediante un detallado escrutinio de actores como el CSB, el Ministerio de Obras Públicas (MOP), la Oficina Municipal (luego Metropolitana) de Planeamiento Urbano (OMPU), los órganos del Ejecutivo del nuevo gobierno electo en 1968 y actores del sector privado. Mostró la manera espasmódica de muchas decisiones políticas y económicas; particularmente, la voluntad de hacer en pocos meses lo que tenía lustros durmiendo o víctima de sucesivas operaciones u operativos.

Luego de las expropiaciones y las variaciones delineadas en el Plano Regulador de 1951, apareció la construcción de la avenida Lecuna y la autopista Francisco Fajardo. Estas obras prácticamente arrasaron el ensanche de 1930, respetuoso de la cuadrícula original de la ciudad (Valery, 1978). Paradójicamente, la enorme cantidad de expropiaciones y demoliciones agotó los recursos para realizar las obras.

En la década de 1960 surgió la idea de crear un centro recreacional y, en 1967, con la celebración del Cuatricentenario de la ciudad, hubo una limpieza de los terrenos y se añadieron espacios de espectáculos y el parque de atracciones El Conde, lo más cerca que estuvo el sector de ser un parque. Pero había una cuantiosa inversión que rentabilizar, apoyada en una reglamentación urbanística de altas densidades que iba cambiando el perfil del casco.

Myers destacó la presencia y el papel cambiante de personalidades del mundo de la política y la cantidad de propuestas en esos años, incluido el nuevo papel demográfico y electoral de la clase media. Para los gobiernos, especialmente el que llegaba al poder en 1969 abriendo paso a la alternabilidad democrática en Venezuela, era esencial mostrar su eficiencia ante una demolición sin objeto. Avanzó entonces el proyecto de Parque Central, surgido de la alianza entre Gustavo Rodríguez Amengual, presidente del CSB, y Enrique Delfino, uno de los más importantes empresarios de la época.

El proyecto consistía en realizar un conjunto de alta densidad destinado a usos múltiples, algo que había sido esbozado en el pasado, primordialmente para la creciente clase media alimentada por la bonanza petrolera, la inmigración y los nuevos campos empresariales. La construcción de dos de las etapas concebidas en el proyecto —elaborado por la empresa de arquitectura de Enrique Siso y Daniel Fernández-Shaw— se llevó a cabo en poco más de dos años. No se construyó la prevista entre las calles Este 13 y Este 17.

El diseño lograba mitigar los efectos de la alta densidad, al menos en los edificios de vivienda, con la creación de un claustro con espacios abiertos y paisajismo de Roberto Burle Marx. La solución de ocho bloques laminares con ensanchamiento en su base —para ubicación de oficinas, comercios y espacios públicos— resultó atractiva para muchas personas, mientras que la técnica de construcción tipo túnel permitió una velocidad y una precisión diametralmente opuestas al tiempo que tardaría poner un clavo en las paredes de los apartamentos.

La presentación del conjunto a escala mundial ocurrió en 1974, cuando se llevó a cabo la Tercera Conferencia sobre el Derecho del Mar de la ONU. Los espacios se acondicionaron para recibir a los visitantes: se crearon salas especiales y el edificio Anauco se convirtió en hotel.

Años más tarde aparecieron, confirmando el impulso ascendente iniciado antes, las dos torres de oficinas, las más altas de América Latina hasta entrado el siglo XXI, que incorporaron al conjunto cientos de empleados de organismos públicos. Asimismo, surgieron los museos de Arte Contemporáneo y de los Niños y el complejo Teresa Carreño, factores para la consolidación de un nodo cultural metropolitano al final de la avenida Bolívar, en Los Caobos. Avanzada la década de 1980, apareció el Paseo Vargas, que mejoró las condiciones de circulación peatonal, con un poco acostumbrado Bolívar civil del escultor Julio Maragall. Y entrado el nuevo siglo aparecieron unos cultivos organopónicos, un museo de Arquitectura y varios conjuntos de viviendas.

En sus inicios la estructura se convirtió en una proyección de país: un reflejo de sus sueños, de lo que quería ser. Según Vicente Lecuna, «Parque Central fue un gran proyecto de desarrollo. Pero se construyó para un país inventado de la nada, que surgió de una modernidad instantánea, que no existe» (El Estímulo, 2016). En contraste con esa invención apareció la visión apocalíptica de la Caracas sangrante de Nelson Garrido, de mediados de la década de 1990, en la cual la sangre bulle incesante de los edificios de Parque Central: anticipo del color que imperaría posteriormente.

Megaprecariedades en el nuevo siglo

En 1974, año inaugural de la primera etapa de Parque Central, se estrenó la película Infierno en la torre. Mientras en el conjunto caraqueño se hablaba del agua, el film mostraba cómo el fuego ocasionaba una tragedia en el rascacielos más alto del mundo. Ante el voraz incendio, entraron en acción el arquitecto y el jefe de los bomberos, representados por Paul Newman y Steve McQueen, respectivamente, en busca de respuestas a una catástrofe producida por los defectos en la construcción y, en buena parte, por la complejidad del sistema que hacía posible la vida dentro de esas torres de cristal. Al final, el bombero le dice al arquitecto: «En algún momento van a perecer diez mil personas en estas trampas que diseñas».

En Parque Central la trampa no provino de incendios, que los ha habido en el piso 39 del edificio Tajamar en 2014 y en la torre Este en 2015, sino de un condominio con problemas de gestión, usuario de una costosa tecnología que cuando colapsa lo hace también en grande. El deterioro del conjunto y sus alrededores se ha magnificado en los últimos años. En 2009, Lucas García París escribió el cuento «Nocturno», que retrata la vida en el lugar:

«—Mira la hora — dice —. Ya debería estar en la casa. Tú sabes que yo vivo aquí, ¿no?, en el Catuche. Solo tengo que subir por el ascensor y me meto en la casa. ¿Cuánto puedo tardar desde este bar? ¿Cinco minutos, diez? Una nimiedad. Pero no lo hago. Sigo aquí, Soler, ¿y sabes por qué sigo aquí? Porque me da pánico caminar por allá afuera. Pánico. Están pasando cosas…»

Y sin duda siguen pasando cosas.

La arquitectura puede profundizar los atributos de programas predeterminados, mejorándolos o empeorándolos. Pero la belleza del arrojo o la audacia de las megaestructuras suele quedarse en el proyecto, sea privado o público, como ha ilustrado el inventario fotográfico de ruinas modernas en Europa de Julia Schulz-Dornburg (2013).

La infraestructura y el inmobiliario existente serán activos de eventuales programas de recuperación urbana. Recientemente, el trabajo de Anatoly Kurmanaev e Isayen Herrera (2022) destaca los esfuerzos para retornar a la normalidad al Museo de Arte Contemporáneo, en medio de la crisis general del condominio de Parque Central. Esto trae a la mente pequeñas operaciones que pudieran ser el punto de inflexión para la transformación de ciudades, a la inversa de la teoría de las ventanas vacías, como un pequeño café remodelado ubicado en la planta baja de un deteriorado condominio en Hong Kong (Pintos, 2022).

Si algo siempre aparece asociado a los grandes proyectos es la voluntad humana de dominio de la naturaleza y la ambición de trascendencia. En unos casos, tales cosas se logran, pero en otros la naturaleza y el tiempo se encargan de tomar su revancha. Así lo planteaba Georg Simmel (2002, p. 182) en el ensayo citado en el epígrafe: «… la ruina aparece como la venganza de la naturaleza por la violencia que le hizo el espíritu al conformarla a su propia imagen».


Lorenzo González Casas, arquitecto y urbanista, profesor de la Universidad Simón Bolívar.

Referencias

Alexander, C., Silverstein, M., Angel, S., Ishikawa, S. y Abrams, D. (1978). Urbanismo y participación: el caso de la Universidad de Oregón. Gustavo Gili.

El Estímulo (2016, 3 de marzo). Parque Central: Falsa modernidad. https://elestimulo.com/climax/parque-central-falsa-modernidad/

García París, L. (2009). Nocturno. En Payback. PuntoCero. https://ficcionbreve.org/nocturno-de-lucas-garcia-paris/

Kurmanaev, A. y Herrera, I. (2022, 7 de abril). Una joya artística en declive que simboliza las brechas de Venezuela podría ayudar a sanar al país. The New York Times. https://www.nytimes.com/es/2022/04/07/espanol/museo-arte-contemporaneo-caracas-maduro.html

Myers, D. J. (1974). Toma de decisiones sobre la renovación urbana en El Conde. Ediciones IESA.

Pintos, P. (2022, 22 de marzo). Today is long cafe/absence from island. ArchDaily. https://www.archdaily.com/957014/today-is-long-absence-from-island

Schulz-Dornburg, J. (2013). Modern ruins, a topography of profit. Aedes.

Simmel, G. (2002). Las ruinas. En Sobre la aventura: ensayos filosóficos (pp. 181-193). Península.

Valery, R. (1978). La nomenclatura caraqueña. Ediciones de Petróleos de Venezuela.

Vallmitjana, M., Negrón, M., Caraballo, C., Martín Frechilla, J. J., Jaua, M. F., de Lasala, S. H., Pedemonte, M. y Sanoja Hernández, J. (1991). El Plan Rotival: la Caracas que no fue. Ediciones Instituto de Urbanismo, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad Central de Venezuela.