Noticias falsas, control y usos del lenguaje

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Fotografía: Pixabay.

El lenguaje es un mecanismo de control. Los regímenes totalitarios, las teocracias, los equipos de contraespionaje o los departamentos de mercadeo son expertos en emplear el lenguaje para inducir conductas y hacer que se adopten ideologías o se compren productos. Esta obra del francés Laurent Binet usa la ficción para poner de relieve el papel del lenguaje en la sociedad.

Henryk Gzyl / 25 de noviembre de 2019


Reseña de la novela de Laurent Binet La séptima función del lenguaje. Barcelona: Seix Barral. 2016.

Esta obra de Laurent Binet entra en la categoría «novela negra», quizá thriller (semi) académico. El tema subyacente es el uso del lenguaje como mecanismo de control. Pero, ¿qué significa eso? El significado inmediato es que una persona o una colectividad sean inducidas mediante el lenguaje, sin usar la amenaza de fuerza, a hacer algo que de otro modo no harían. El lenguaje puede ser un mecanismo de presión psicológica; por ejemplo, «o te comes la sopa o no ves la tele», «si no votan por mí, no reciben pernil».

No todos los mecanismos de control son necesariamente negativos. Por ejemplo, las normas de convivencia son implícitamente mecanismos de control. En las sociedades calificadas de «vivibles», esos controles son productos de acuerdos colectivos consensuados, logrados a lo largo del tiempo. Pero no todas las normas tienen ese origen.

La situación más chocante data desde hace mucho tiempo: las regulaciones derivadas de la Biblia o el Corán. Existe una buena cantidad de prescripciones normativas, basadas en una visión del mundo existente hace varios milenios, que ha servido, y sirve, de apoyo a regímenes teocráticos para controlar a las poblaciones que profesan la fe expuesta en esos textos. Más aún, no acatar los dictados de las autoridades religiosas conduce a varias clases de castigos, divinos y terrenales. Se implanta, así, un mecanismo de control implícito entre quienes acogen esos textos como verdades y los jerarcas de turno, quienes interpretan las normas y se encargan de que se cumplan. Hay también sociedades sometidas a regímenes no teocráticos, en las cuales quienes detentan el poder político controlan los mecanismos de coacción física, y ay de quien se salga del carril.

Las noticias teledirigidas de hoy tienen como objetivo controlar el voto de grandes sectores de la población o la necesidad de consumo de la gente

Pero el tema que está de moda es el mecanismo de control teledirigido, mediante noticias falsas o medias verdades, puestas a circular en las redes sociales por usuarios con falsas identidades. Un ejemplo interesante es el del contraespionaje, como en la entretenida historia de cómo los buenos ganaron la Segunda Guerra Mundial, contada por Ben Macintyre en Double cross, en la que uno de los personajes, Juan Pujol García, producía noticias falsas «como monte» y las transmitía como resultado de sus supuestas actividades como espía alemán en territorio británico. Eran noticias falsas teledirigidas. Su objetivo era el alto mando militar alemán, y su función era hacerle creer en falsedades para que no tomaran decisiones que afectaran a los aliados.

Las noticias teledirigidas de hoy tienen como objetivo controlar el voto de grandes sectores de la población o estimular la necesidad de consumo de la gente. La manipulación de enormes cantidades de datos y la posibilidad de clasificar a la gente según sus preferencias —en respuesta a estímulos específicos canalizados por las redes sociales— convierten la posible fantasía en una realidad macabra. Los mensajes de los medios de comunicación masivos son genéricos. Los mensajes de las redes sociales son personalizados. Al respecto, véase la «Guía práctica de la desinformación en siete pasos» publicada por el diario El País (2019).

La situación es peor que la ocasionada por el uso del «neolenguaje» por regímenes que controlan los medios de comunicación. Los individuos expuestos a los nuevos trucos no saben cómo ni se dan cuenta de que están siendo manipulados.

La novela de Binet es entretenida; sobre todo, porque los personajes que aparecen son casi todos reales: un buen grupo de los estructuralistas franceses, gauchistas en mayor o menor grado, que andaban por ahí en la década de los ochenta. Binet reinterpreta eventos históricos y los rellena con una buena dosis de imaginación.

Comienza la narrativa con el atropellamiento del filósofo Roland Barthes. Los testigos ven que el presunto par de beodos culpables lo registran como si buscaran algún documento. A un policía, experto pero ajeno al circuito intelectual, se le asigna el caso y consigue como asistente (obligado) a un tesista izquierdoso que trabaja en temas filológico-filosóficos. De tumbo en tumbo descubre que los beodos (en realidad, espías búlgaros) buscaban un documento que había heredado Barthes, en el cual se describía una función del lenguaje adicional a las seis que propuso Román Jakobson (lingüista y filósofo estructuralista ruso-americano).

De la existencia del documento estaba enterado Valéry Giscard d’Estaing, presidente de Francia que quiere ser reelecto, y el control de esa séptima función le sería útil. También estaba tras el documento François Mitterrand. De hecho, justo antes de ser atropellado, Barthes almorzaba con Jack Lang, eventual ministro de cultura de Miterrand.

El jefe de los servicios secretos búlgaros, que está metido hasta los tuétanos en la trama, resulta ser el padre de Julia Kristeva, filósofa feminista. Aparecen también en la novela los filósofos Michel Foucault, Jaques Derrida y eventualmente Louis Althusser, quien recibe el documento para esconderlo. Su esposa lo bota sin querer al poner orden en su escritorio. Supuestamente por eso la asesina; algo que ocurrió en la vida real, pero nadie sabe por qué.

Entretenidos son los análisis semiológicos del asistente del detective, quien termina siendo uno de los personajes centrales de la novela. En sus andanzas, el detective y su asistente pasan bastante tiempo en los baños turcos parisinos, donde algunos personajes contrataban favores sexuales de chicos norafricanos. Uno de ellos, un supuesto favorito de Barthes, recibió la carta y se la pasó a alguien más, no sin antes grabarla en un casette que oía todo el tiempo. Al final, él termina siendo alguien que «siempre consigue lo que quiere».

Pasan las andanzas del detective y su asistente por extrañas logias, en las cuales se celebran concursos de retórica, se entrevistan con personajes como Umberto Eco y asisten todos, casualmente, a un congreso en la Universidad Cornell, en el que se discuten aspectos de la diatriba filosófica acerca de los usos del lenguaje, y donde se enfrentan, intelectualmente claro está, John Searle y Michel Foucault.

Para Jakobson las funciones del lenguaje son las siguientes:

  1. Referencial: se habla acerca de cosas.
  2. Emotiva-expresiva: comunica la relación del emisor del mensaje con el mensaje.
  3. Apelativa o conativa: el hablante intenta influir en la conducta del oyente, provocar una respuesta; por ejemplo, llamar a alguien, preguntarle algo, pedirle algo.
  4. Fática: la comunicación es un fin en sí misma (intercambios de cortesía, por ejemplo).
  5. Poética: referida a los aspectos estéticos del lenguaje (cómo suena lo que se dice).
  6. Metalingüística: consiste en los mecanismos de verificación del entendimiento entre emisor y receptor del discurso.

La séptima función, que nunca se menciona, es el tema subyacente a la razón del asesinato de Barthes. Parece ser que el equipo de asesores electorales de François Mitterrand consiguió una copia del documento con la explicación de esa función. Contra todo pronóstico, Mitterrand gana la elección contra Giscard d’Estaing. En fin, la inventiva da para bastante.

El tema de los usos del lenguaje está hoy en la palestra. Al hablar, dos procesos ocurren sobre la marcha. Por un lado, el hablante busca en el registro de las palabras que conoce cuál viene después y, simultáneamente, aplica las reglas de la gramática para hacer el discurso inteligible para el (los) receptor(es) y consistente con alguna(s) de las seis funciones. Con ambos aspectos del proceso de hablar lidian los diseñadores y programadores de sistemas automatizados que hablan (robots). El disco duro debe tener una base de datos que incluya una lista gigantesca de palabras. Además, está el problema de elegir palabas a medida que el discurso avanza, para que cumpla su objetivo. No es solo, por ejemplo, elegir un verbo sino también el tiempo y el modo. Piense el lector en la mezcla de funciones del lenguaje que usa al intentar explicar un pronóstico sobre la situación política o, mejor aún, en la estructura de las frases cuando intenta explicarle a alguien por qué le gusta.

Imagine los embustes o las historias que debe armar un productor de noticias falsas, de acuerdo con el modo como un algoritmo encasilla a un grupo de personas objetivo según sus likes (preferencias o antipatías) en alguna red social. Quizá usa fabricantes de historias como los generadores automáticos de poemas. Una consecuencia curiosa de esta actividad es que los lingüistas se están volviendo necesarios para la robótica. Con los datos de Facebook la gente de Cambridge Analytica parece haber hecho precisamente eso en elecciones y referendos. ¿Cuántos de los mensajes que recibe la gente por las redes sociales son de ese tipo?

 

Referencia

El País (2019): «Guía práctica de la desinformación en siete pasos». 30 de septiembre.

 


Henryk Gzyl, profesor del IESA.