¿Qué es Venezuela?

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Fotografía: Pexels.

En un escenario posconflicto, ¿cuál será la habilidad más valiosa para iniciar la reconstrucción? Para construir donde se destruyó, será esencial la sensatez para atender las vulnerabilidades y las debilidades que impiden poner en práctica la transformación productiva del país.

Enrique Mujica / Enero-marzo 2018


Existen mil maneras de definir un país. Pero el lenguaje es la herramienta más precisa y confiable para conocer a fondo el intercambio de ideas que le da vida a una sociedad.

El hombre y la palabra están atados a un destino común. Por eso, el funcionamiento exitoso de una sociedad no se explica por el pacto social que adopte, sino por el pacto verbal que pone en práctica: esa es la pieza clave para el reconocimiento mutuo y el entendimiento entre las personas. Las instituciones políticas y la cultura funcionan y se sustentan en la fragilidad de ese pacto verbal.

¿Qué es Venezuela? Un país sin pacto verbal, perdido en infinitas maneras de manipular y esquivar la realidad. Esa visión parroquial de hacer ruido en cada esquina para promover peleas de gallos ha logrado que el debate público —un acto cultural por excelencia— se transforme en un espectáculo vulgar. Las consecuencias de esta precaria situación están a la vista: Venezuela quedó reducida a su mínima expresión después de sufrir una colosal destrucción de sus capacidades productivas, fundamento esencial para que una sociedad evolucione y logre su desarrollo emocional y material.

El poeta Rafael Cadenas, al recibir en 2016 el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, se preguntó: «¿Dónde está Venezuela?». Respondió: «Donde está radicado el talento, la inteligencia y el trabajo de los venezolanos, ahí queda Venezuela». Venezuela está donde está el espíritu que le da vida. ¿Qué es Venezuela sin sus capacidades productivas? Un cascarón, una ubicación geográfica que perdió su energía vital: su gente productiva. El gobierno, con cinismo y maldad, insiste en simular que tiene capacidad para responderle a un país que deambula enfermo y con la carne pegada al hueso.

En el Hospital J. M. de los Ríos y en la Maternidad Concepción Palacios están las partes más frágiles del cascarón. Cuando se visitan esos lugares tan precarios y cargados de dolor, la única manera de explicar su ruina es que el petróleo se haya vendido a pérdida en los últimos 18 años. El trágico poema «La carga de la brigada ligera», de Alfred Tennyson, coincide con la tragedia que viven millones de venezolanos sumergidos en la peor de las pesadillas, convertidos en verdaderos pelotones de la muerte.

En un escenario posconflicto, ¿cuál será la habilidad más valiosa para iniciar la reconstrucción? Para construir donde se destruyó, será esencial la sensatez para atender las vulnerabilidades y las debilidades que impiden poner en práctica la transformación productiva del país. La sensatez será la habilidad que asistirá la formación de una clara visión de complementariedad entre el Estado y el mercado. La fórmula de gobernabilidad que se adopte tiene que sostenerse sobre la construcción de capacidades productivas que estén en clara sintonía con la economía mundial. El país exige experimentar una fórmula política para «desprovincializarse» y lanzar a la basura la chatarra ideológica con la que secuestraron temporalmente las libertades políticas y económicas.

La reconstrucción es mucho más que lograr arreglos políticos y económicos. Significa preparar a la sociedad emocionalmente para vincularla con una experiencia inspiradora, ambiciosa, enriquecedora y realista que apunte a lo central: corregir las brechas productivas entre Venezuela y el resto del mundo. Ahí reside el objetivo de largo alcance: desterrar la improductividad. Esta operación de reencuentro con la cultura democrática implica  mirar y entender el país como un gran inventario de habilidades, destrezas colectivas y capacidades productivas sobre las que podrán reinventarse la política y la economía venezolana. Los proyectos políticos colectivistas y nacionalistas, infectados de provincialismos, lejos de enriquecer seguirán empobreciendo al mundo en la medida que persista la tentación de promover «ogros filantrópicos»: los eternos enemigos  de la  libertad y el pensamiento crítico.


Enrique Mujica, consultor especializado en creatividad y desarrollo económico / amazonic.enrique@gmail.com