¿Quiénes cobran el dividendo demográfico?

555
Imagen de Robert Pastryk en Pixabay

El aumento de la esperanza de vida es un éxito de las sociedades; pero, al mismo tiempo, es un fracaso. Un país cobra el dividendo demográfico cuando su fuerza laboral está equilibrada (el grupo en edad de trabajar supera al de niños, adolescentes y ancianos) y hay suficientes empleos. Pero muchas personas ven en la inmigración una amenaza a su concepción del mundo.


Mucho se ha escrito en los últimos años sobre los cambios demográficos que experimentará el planeta. Para nadie es un secreto que la demografía mundial se está transformado. Europa y China se encogen y, en algún momento de 2023, la India será la nación más poblada del planeta.

En 2013 Japón fue la primera economía de gran tamaño en alcanzar el récord de que el 25 por ciento de su población tuviese más de 65 años de edad. En 2050, los mayores de 65 años constituirán casi el cuarenta por ciento de la población en algunas partes del este de Asia y Europa. Por ello, un gran número de jubilados dependerá de una reducida población económicamente activa para financiar sus gastos de retiro.

Las proyecciones demográficas de la ONU indican que para el año 2050 la población económicamente activa en Corea del Sur e Italia —dos países que tendrán la población más vieja del mundo— disminuirá en trece millones y diez millones, respectivamente. Se prevé que China tenga 200 millones menos de residentes en edad de trabajar para la misma fecha.

A medida que la población de las economías desarrolladas envejece a pasos agigantados, surgen sentimientos encontrados. El aumento de la esperanza de vida es un éxito de las sociedades; pero, al mismo tiempo, es un fracaso. Las grandes promesas de ofrecer un robusto sistema de retiro para las personas mayores de 65 años, junto con una política migratoria restrictiva serán incumplibles a mediano plazo.

La transformación de los países ricos apenas comienza. Si estos no se preparan para atender el problema de una población con una cantidad decreciente de trabajadores, enfrentarán una disminución gradual del bienestar y el poder económico.

Lo paradójico es que, conociendo la realidad que se avecina, haya tanta resistencia a aceptar lo inevitable y responder en consecuencia. En términos económicos, lo deseable es que la fuerza laboral esté equilibrada; es decir, que el grupo en edad de trabajar supere con creces a los niños, los adolescentes y los ancianos. Según cifras de la ONU, esto ocurre principalmente en el Medio Oriente, África y en el Sur y el Sureste de Asia.

Cuando la fuerza laboral está equilibrada y existen suficientes fuentes de trabajo las sociedades se vuelven más prosperas, la esperanza de vida aumenta y disminuye la tasa de natalidad. En esta fase se produce el llamado «dividendo demográfico»: los adultos con familias más pequeñas tienen más tiempo libre y recursos para dedicarlos a su mejoramiento profesional y a la educación de sus hijos. En algunos países ese es el momento cuando se potencia la participación de la mujer en los mercados laborales.

El dividendo demográfico tiende a ser estable y a garantizar una mejor calidad de vida durante largos periodos. El incremento del tamaño de la población en edad de trabajar explica alrededor de un tercio del crecimiento económico, hasta finales del siglo pasado, en Corea del Sur, China, Japón y Singapur. El dividendo demográfico solo se cobra si, para el momento en que se alcanza una fuerza laboral balanceada, existe una economía nacional capaz de adsorber esta importante masa de potenciales empleados. Si este no es el caso, lo que se tiene entonces es un conjunto de individuos insatisfechos que incrementarán el descontento social.

Las tendencias señaladas por los estudios demográficos son atenuables, e incluso reversibles, si se implantan las políticas públicas adecuadas. Pero muchas veces estas son difíciles de aceptar, porque van contra una visión compartida por muchas personas: la inmigración representa una amenaza a su concepción de cómo debería funcionar el mundo donde viven.

Estos temores comienzan a formar parte de la agenda política de grupos populistas, que se alimentan electoralmente de ellos y oponen gran resistencia a los cambios que, al menos desde un punto de vista económico, son deseables. La inversión en guarderías, enseñanza del idioma nacional a los inmigrantes y programas de pasantías para recién llegados a los mercados laborales son algunas de las medidas que pueden adoptarse para incorporar a los grupos que por diversas razones tendrán que migrar.

Además de nuevas políticas públicas se necesita un cambio de mentalidad. Los individuos necesitan aceptar que sus planes de retiro deben ser consistentes con las realidades económicas de los países donde viven. Las sociedades desarrolladas tienen que aprender a vivir con los nuevos residentes y estos últimos entender que, al llegar a un nuevo territorio, adquieren no solamente los beneficios de economías más prósperas, sino también la obligación de respetar las reglas y valores de sus anfitriones.


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo se publica en alianza con Arca Análisis Económico.

Suscríbase aquí al boletín de novedades de Debates IESA.