¡Tráeme una pizza, Robot!

262
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Los robots para entregas de comidas se popularizaron en ciertos lugares, pues los usuarios no quieren desplazarse por la covid-19. Los drones también encuentran nuevos usos, aunque enfrentan dificultades.

Fabiana Culshaw / 1 de mayo de 2021


 

La era de robots y drones llegó hace tiempo, pero parece hacerse más visible a partir de la covid-19. Como toda tecnología, seguramente estarán más presentes a medida que sus usos se popularicen y bajen sus precios. Pero, ¿por qué la pandemia favorece la producción y comercialización de estos pequeños aparatos a veces cuasihumanos? Simplemente porque la gente trata de evitar la movilidad y el contacto físico en los comercios; en esta situación, los robots son perfectos para las entregas sin exposición al mundo exterior.

La popularidad de los kiwibots, ideados y creados por los emprendedores colombianos Felipe Chávez y Sergio Pachón, tienen su auge en algunos círculos. Los kiwibots son vehículos robots controlados en forma remota para repartir comida. Son similares a los drones que utiliza, por ejemplo, Amazon para entregar pedidos, y compiten con otros tipos de servicios de mensajería, como Glovo o Uber Eats.

La empresa emergente de los kiwibots fue desarrollada en la Universidad de Berkeley, California, en 2017, con una inversión inicial de cinco millones de dólares y tomó impulso, precisamente, como respuesta a la necesidad de la gente de desplazarse menos durante la pandemia de 2020-2021. Hoy la empresa despliega flotas robóticas que entregan comidas y medicamentos en Berkeley, algunas zonas de Medellín y áreas protegidas de Taiwán. La empresa ha construido más de 200 robots y recientemente firmó una asociación estratégica con Rappi, Ordermark y Domino’s Pizza.

Los kiwibots no son casos aislados. En Estados Unidos, empresas como Vermeer y KSI desarrollan productos para drones con buena venta. En Alemania también existen aparatos de similares características, tanto drones como robots por tierra para múltiples usos. En San Pablo (Brasil) ya se hacen entregas de comida con drones que funcionan en baja escala y a buen ritmo en esta coyuntura de pandemia.

Esta industria de tecnología emergente va más allá de los despachos. En Argentina, por ejemplo, está Vistaguay, una empresa que desarrolló una plataforma en la que combina satélites, drones e inspecciones sobre los campos de cultivos para ofrecer información completa sobre su estado. En Uruguay, Dronfies ofrece servicios de seguimiento del campo mediante drones que, al sobrevolar, pueden determinar el crecimiento de las plantas, la salud de los cultivos, dónde se requiere sembrar y hasta qué cantidad de pesticidas se requiere, todo cuantificado con precisión.

En Venezuela los drones se utilizan fundamentalmente con fines recreativos y para la industria del espectáculo; toman fotos de eventos sociales o grabaciones audiovisuales, por ejemplo. Pero las aplicaciones pueden ser múltiples.

En 2019 el Fondo de Innovación de Unicef organizó una licitación en el sector de la aeronáutica, al que pertenecen los drones. Empresas de todo el mundo pudieron participar en un proyecto de tráfico aéreo de baja altura en corredores de drones de Sierra Leona y Kazajistán, con fines humanitarios, como la entrega de vacunas y sangre en zonas de desastres naturales o alejadas.

Este tipo de negocios —o servicios sociales, según los casos— con drones o robots tiene enorme potencial, pero en realidad no es tan sencillo. Hay dos aspectos que atentan contra él: por un lado, la seguridad (a pesar de que los aparatos tienen GPS y alertas, pueden sufrir ataques o robos pues se manejan en forma bastante autónoma), y, por otro lado, las regulaciones para su circulación en las calles o en el aire tienen muchos vacíos, o simplemente no existen.

Existen muchos asuntos legales espinosos implicados en los drones y robots, entre ellos la privacidad de terceros en las zonas geográficas donde circulan y las responsabilidades en casos de accidentes, entre otros. No obstante, la industria va a más. Los gobiernos la apoyan y fondos de capital de riesgo, como Sequoia Capital (en Silicon Valley) y Kaszek Venture (uno de las más importantes de América Latina), invierten en esta industria y anunciaron que lo seguirán haciendo.

La entrega de última milla (es decir, entregas de paquetes) y la movilidad aérea urbana (con drones para la recolección de datos en forma masiva en agricultura, forestación, construcción y otros sectores de la actividad económica) serán muy rentables para el año 2030. A largo plazo y ya lindando con la ciencia ficción, se proyecta la aparición del servicio de aeronaves con sistemas de propulsión eléctrica o híbrida para transporte de personas. Quizás suene al estilo Los Supersónicos, pero hacia allí van las tendencias.

En diciembre de 2020 Uber vendió Uber Elevate, su división de drones, a Joby Aviation, una de las compañías más innovadoras de Estados Unidos, y se esperan novedades en ese frente. Habrá que esperar, pero no mucho.


Fabiana Culshaw, periodista y psicóloga empresarial.