Transformaciones planetarias y reconfiguración de la ciudad

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Fotografía: Denys Nevozhai / Unsplash

La ciudad ha experimentado saltos cualitativos desde sus inicios hace unos 12.000 años. Hoy experimenta una nueva modificación estructural, que se deriva de cambios planetarios marcados por la transición de una sociedad analógica a una digital y del declive de la energía de hidrocarburos.

Carlos Mascareño Quintana / 16 de octubre de 2020


 

Las partes constitutivas de la ciudad son: 1) los humanos y sus interacciones animales (emociones, necesidades), 2) el territorio y el espacio creado, y 3) las reglas construidas socialmente: formas de gobierno e instituciones de convivencia, estructuras de producción y consumo, transmisión de la cultura y pautas de provisión de servicios. La ciudad es un sistema abierto, complejo y dinámico, en permanente transformación, en virtud de dos tipos de dinámicas:

  1. Procesos de acumulación e interacción de sus elementos; vale decir, crecimiento, incorporación de espacios, reemplazo de componentes o inercia.
  2. Saltos cualitativos, producto de la alteración de las «reglas de juego» entre sus elementos. Esas reglas emergen de lo más profundo del sistema social y tienen la capacidad de reordenar y desplazar sus estructuras.

 

Desde hace al menos tres décadas la ciudad muta y experimenta un salto cualitativo. Para incidir en esa transformación es indispensable identificar las variables y los parámetros que la impulsan, so pena de estudiar solo la inercia de la ciudad.

 

Los saltos cualitativos de la ciudad

La idea de salto cualitativo es útil para identificar transformaciones de un sistema complejo. En el caso de la ciudad es necesario entender las alteraciones de sus reglas, en su historia, y encontrar pautas de comparación.

El primer salto fue la fijación de los humanos en un lugar, de la mano de la agricultura. De allí nació la aldea-ciudad hace unos 12.000 años, luego de que el género homo viviese nómada, cazando y recolectando por 2,5 millones de años. Como explica Harari (2017), la agricultura le permitió a la especie sapiens multiplicarse y garantizar su éxito evolutivo. La primera aldea-ciudad fue Jericó, cerca del 9000 a. C.

El segundo salto ocurre hace 5.000 años con el intercambio de bienes, que condujo a una innovación: la aparición de los sistemas numéricos y alfabéticos. Esta compleja alteración de la comunicación humana determinó una inusitada acumulación de riquezas que forjó reyes-distribuidores y dioses como vehículos para organizar la masa poblacional. Surgió la ciudad-imperio. Su primera expresión fue Agadé, capital del Imperio acadio, hacia el 2335 a. C. (Leick, 2002).

El tercer salto fue la ciudad institucional, cuando se creó la primera institución territorial de la historia —el municipio— que se propagó del Imperio romano a Occidente y ha perdurado hasta hoy (Hernández, 2003). Esta maravillosa institución ha marcado la regulación en las localidades y orientado la organización de las ciudades.

La ciudad moderna es el cuarto salto. Emergió en Florencia hacia el siglo XV, asida de la ciencia, y se expandió en los hombros de la tecnología. Este salto condujo a la planetización de la ciudad, impulsado por el uso del dinero, el intercambio de ideas con la imprenta y la aceleración del transporte con la máquina de vapor y el posterior uso de la energía de hidrocarburos. En este proceso surgió la producción fabril, que separó la vivienda del trabajo y alteró la interacción humana hasta concentrarla en metrópolis.

El quinto salto cualitativo lo impulsan tres factores: a) el desplazamiento de los hidrocarburos (para 2030 dejará de ser la energía principal y cambiarán las formas de producción y las relaciones entre empresas), b) la desaparición y devaluación de la mayoría de los empleos tradicionales (surgirán nuevos oficios con otros conocimientos que pondrán en entredicho al sistema educativo) y c) la vida digital, que domina la escena y desplaza el intercambio de ideas con medios convencionales. La digitalización de la interacción humana se ha convertido en el factor que «jala» los cambios.

 

De la sociedad analógica a la digital

Las sociedades humanas han sido analógicas. Analógico es un tipo de razonamiento que conduce a conclusiones a partir de premisas que se pueden comparar. El cerebro humano tuvo un origen analógico, logró una sincronía mente-mente/individuo-individuo y, a partir de la aparición del lenguaje hace 70.000 años (Harari, 2017), comenzó una densa producción de abstracciones. Como afirma Miguel Nicolelis, el cerebro es el centro de la cosmología humana (Veiga, 2020). Es la única herramienta para construir una interpretación de la realidad, de cuya biología se han originado mitos, religiones, sistemas políticos y sistemas económicos. La analogía opera mediante la empatía-intuición-creatividad-innovación. El pensamiento analógico ha hecho posible la socialización a gran escala.

Pero el piso analógico de la interacción humana se está moviendo. Las sociedades están cambiando sus formas de vida, costumbres y hábitos en un proceso exponencialmente creciente, absorbente y envolvente. La realidad ya no se crea solo por la interacción mente-mente/individuo-individuo sino también por un clic.

Los sapiens se conectan mediante infinitas cifras de bits o unidades de información, que permiten transformar realidades de «espectros infinitos» a «espectros finitos», imposibles en el mundo analógico, creados por artificios de muestreo-almacenaje-codificación-modificación-difusión de datos. Esta inusitada innovación posee la capacidad de crear una realidad distinta —la digital— que se adueñó de las interacciones humanas. ¡Quien no esté dentro de ella, queda fuera de las nuevas reglas!

El juego no-analógico lo rigen tres operaciones: a) digitalización de la información, b) tecnología de lo mínimo (nanotecnología) y c) algoritmos de respuesta o inteligencia artificial. Con una gran convergencia, estas operaciones socavan las pautas tradicionales de la comunicación humana.

El cambio no es solo tecnológico, advierte Nicolelis. Es la transición del cerebro analógico al cerebro digital. El cerebro está en remodelación, razón por la cual la lucha ya no es por medios físicos, sino por bits. Ya el humano no caza en grupo, lo hace desde aparatos caza-bits en el enjambre digital. Para Byung-Chul Han (2014), hay una radical diferencia entre la masa clásica y la masa nueva. El poder se traslada desde la biopolítica (fuerza) hacia la psicopolítica (control mental).

¿Esto se refiere a la ciudad o a la sociedad? Ambas coinciden. En 2050, setenta de cada cien humanos vivirán en ciudades y los otros treinta dependerán de aquellos. Hoy en América Latina son 81 de cada 100. La ciudad es el escenario privilegiado de las transformaciones en marcha.

 

Las transformaciones planetarias y la ciudad

El presidente del Instituto Tecnológico de Monterrey, Salvador Alva, sostiene que las ciudades abiertas son los «detonadores de la innovación» y este estatus altera el papel de las universidades en la educación y la vida. Este es un mundo sin fronteras, de hiperconexión y de conocimiento compartido. El nuevo juego se basa en la acción de una infinidad de organizaciones que distribuyen y generan confianza —una especie de descentralización de la confianza— mediante poderosas tecnologías como la cadena de bloques (Observatorio de Investigación Educativa, 2017).

Salim Ismail, cofundador de la universidad Google-NASA, advierte que es fundamental detectar y explorar las posibilidades de las «tecnologías rompedoras». La imprenta transformó la sociedad a partir del siglo XV, pero hoy existen más de veinte tecnologías de gran calado —como la energía solar, la biotecnología y la cadena de bloques— que son capaces de alterar las instituciones educativas, democráticas, jurídicas o de salud. Una clave para enfrentar esa vigorosa disrupción, afirma Ismail, es el traspaso de poder a las ciudades: solo descentralizadamente se podrá absorber este cambio (Pascual, 2020).

Jaques Attalí describe la crisis de las estructuras de producción basadas en los hidrocarburos y la denomina la decadencia de las empresas «zombis». La petroquímica, el plástico, la automotriz o la aeronáutica son «zombis»: sobreviven con los subsidios pero están muertas (Alconada, 2020). Según Attalí, hay que mirar hacia lo que emerge: la «economía de la vida». Es una nueva economía orientada a la alimentación, la salud, el mundo digital, la nueva educación, la higiene o la agricultura; todas con grandes oportunidades para el desarrollo de las localidades. Este movimiento tectónico está acompañado de una disrupción viral: durante la pandemia, más de 2.500 millones de humanos pasaron de la noche a la mañana a trabajar en línea y a aprender bajo presión. Todo indica la entrada en una zona de destrucción creativa schumpetereana.

Raghuram Rajan (2020) plantea que, si bien las nuevas tecnologías poseen la capacidad de integrar los mercados mundiales y hacerlos más competitivos, las localidades que no sintonicen con la disrupción y la emergencia de nuevos negocios quedarán profundamente afectadas. Les impactará el cierre de empresas o la automatización y la digitalización de las operaciones. Los efectos son devastadores: destrucción de empleos, devaluación de viejos oficios, deterioro de infraestructura y obsolescencia del sistema educativo. Ante el avance planetario de esta cualidad hay que promover proyectos para «revivir las comunidades», orientados a la capacitación productiva y la infraestructura. Los locales saben cómo reparar los daños y ayudar a las comunidades a enfrentar la disrupción. Son las instituciones locales, especialmente las educativas y las ciudadanas, las llamadas a promover capacidades que atenúen la devaluación de empleos. El nuevo panorama exige un modelo para la devolución del poder a los locales, la subsidiariedad y el uso intensivo de tecnologías que les conecten con el mundo.

 

La ciudad digitalizada

La alteración disruptiva no puede manejarse con instituciones diseñadas para las ciudades del siglo XX. De allí que se requiera el uso de medios de decisión que incorporen datos producidos al momento de ocurrir los cambios. Las estructuras de las instituciones locales, en especial sus gobiernos y centros académicos, lucen desfasadas para crear nuevos procesos de comunicación con los ciudadanos.

Existe una obligación de adoptar modelos de datos masivos urbanos, con los cuales las instituciones puedan comprender la dinámica de su ciudad: personas, empresas, edificaciones, vehículos, energía, producción y consumo. Son modelos basados en datos abiertos, ecosistemas de datos y servicios interrelacionados producidos colectivamente y representan el desplazamiento del escritorio del planificador al iPhone y todo dispositivo que se mueva sobre la ciudad. Es el paso de los registros estadísticos rígidos a la inteligencia artificial que facilite la solución de problemas complejos y anticipe el riesgo (Bouskela y otros, 2016).

Esa concepción se conoce como ciudad inteligente (Townsend y Zambrano, 2019), de moda en la jerga urbana. No es una solución mágica y de bajo costo. Por el contrario, requiere una sólida conectividad, sensores distribuidos, sistemas computarizados e inteligencia artificial. Es una herramienta de integración de procesos. Pero, sin una estrategia de desarrollo local que relacione sociedad-economía-ambiente–urbanismo, su utilidad no es sostenible. Otra limitante es la poca comprensión del liderazgo local sobre los cambios y la necesidad de la confianza colectiva en el uso de datos compartidos.

La disrupción del quinto salto dejará en el camino a los que no entiendan el pronunciado cambio planetario y actúen en consecuencia. Como advierte Ismail, a la humanidad le llevó un siglo absorber las bondades de la imprenta. Pero, como enfatiza Harari (2018), el mundo atraviesa la fusión de biotecnología con infotecnología: el mayor desafío que la humanidad haya conocido. Y no hay mucho tiempo para comprender.

 

Referencias

  • Alconada, H. (2020, 25 de julio). Coronavirus. Jacques Attali: «La humanidad aún no comprendió la profundidad de la crisis que se avecina y el costo de la resurrección». La Nación. https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/coronavirus-jacques-attalila-humanidad-aun-no-comprendio-nid2404532/amp?__twitter_impression=true&s=09
  • Bouskela, M., Casseb, M., Bassi, S., de Luca, C. y Facchina, M. (2016). La ruta hacia las smart cities: Migrando de una gestión tradicional a la ciudad inteligente. Banco Interamericano de Desarrollo. https://publications.iadb.org/publications/spanish/document/La-ruta-hacia-las-smart-cities-Migrando-de-una-gesti%C3%B3n-tradicional-a-la-ciudad-inteligente.pdf
  • Han, B.-C. (2014). En el enjambre. Herder.
  • Harari, Y. (2017). Sapiens: De animales a dioses. Debate.
  • Harari, Y. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Debate.
  • Hernández, A. M. (2003). Derecho municipal. Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México. http://biblioteca.municipios.unq.edu.ar/modules/mislibros/archivos/Derecho_Municipal_Parte_General_AMHernandez_UNAM_PDF.pdf
  • Leick, G. (2002). Mesopotamia: la invención de la ciudad. Paidós.
  • Observatorio de Investigación Educativa (2017, 25 de diciembre). Las ciudades serán comunidades de aprendizaje. SIC. http://revistasic.gumilla.org/2017/las-ciudades-seran-comunidades-de-aprendizaje/
  • Pascual, M. G. (2020, 14 de abril). Salim Ismail: «La energía solar provocará el mayor cambio sistémico que verá nuestra generación». El País. Retina. https://retina.elpais.com/retina/2020/04/14/talento/1586844122_534785.html
  • Rajan, R. (2020, 3 de abril). How to save global capitalism from itself. Foreign Policy. https://foreignpolicy.com/2020/04/03/save-global-capitalism-localism-deglobalization
  • Townsend, A. y Zambrano, P. (2019). Big Data urbana: Una guía estratégica para ciudades. Banco Inter-Americano de Desarrollo. Nota Técnica IDB-TN-01655. https://publications.iadb.org/publications/spanish/document/BIG_Data_urbana_Una_gu%C3%ADa_estrat%C3%A9gica_para_ciudades.pdf
  • Veiga, E. (2020, 11 de septiembre). Coronavirus: «Da miedo que haya un movimiento contra una vacuna que ni siquiera existe» [entrevista a Miguel Nicolelis]. BBC News. https://www.bbc.com/mundo/noticias-54109258

Carlos Mascareño Quintana, profesor titular de la Universidad Central de Venezuela, investigador del CENDES/UCV en políticas públicas, descentralización, desarrollo territorial y sistemas complejos, integrante de Acuerdo Social, asociación civil dedicada a la elaboración de propuestas de políticas públicas para Venezuela (acuerdosocialvenezuela@gmail.com). Twitter: @cemasquin