Una era de cambios en las relaciones económicas

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Foto de Francesco Lo Giudice en Unsplash

Para la presidenta del Banco Central Europeo el entorno actual se caracteriza por tres variables (el mercado laboral, la transición energética y una división geopolítica cada vez más profunda), que requieren de los formuladores de políticas públicas tres virtudes: claridad, flexibilidad y humildad.


El encuentro anual en Jackson Hole (Wyoming, Estados Unidos) —que reúne a los principales economistas del mundo y funciona como un foro natural para discutir los predicamento macroeconómicos del planeta— tuvo entre sus participantes al presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, y a la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde.

En el caso de Powell se especuló mucho sobre el contenido de su intervención, que resultó ser la esperada reafirmación de que la Reserva Federal mantendrá su política de alza de tasas de interés hasta que sea evidente el control de la inflación. Lagarde, por el contrario, hizo un excelente análisis de las características del entorno macroeconómico para la próxima década. En sus palabras:

Hay escenarios probables en los que podríamos ver un cambio fundamental en la naturaleza de las interacciones económicas globales. En otras palabras, es posible que estemos entrando en una era de cambios en las relaciones económicas y de rupturas en las regularidades establecidas. Para los responsables de fijar las políticas con un mandato de estabilidad, esto plantea un desafío importante.

Debido al retraso con el que se ven los resultados de las políticas económicas, es necesario hacerse una imagen de cómo será el futuro y actuar en consecuencia. A sabiendas de que solo se ven los efectos de las decisiones cuando los hechos han ocurrido, se requiere establecer nuevos marcos orientados a una formulación de políticas sólida en condiciones de incertidumbre.

Para Christine Lagarde el entorno actual se caracteriza por tres variables que cambiarán, y con ellos los choques que han de enfrentarse. Estas son, 1) el mercado laboral y la naturaleza del trabajo; 2) la transición energética; y 3) una división geopolítica cada vez más profunda y una economía global que se fragmenta en bloques competitivos.

En el mundo anterior a la pandemia se pensaba que la economía avanzaba según una trayectoria de producción potencial en constante expansión, con fluctuaciones impulsadas principalmente por oscilaciones de la demanda privada. Pero puede que este ya no sea un modelo apropiado.

Para empezar es probable que se experimenten más choques provenientes del lado de la oferta, más frecuentes en el futuro debido a la aceleración del cambio climático. También es probable que el cambio en la combinación de fuentes energéticas en el mundo aumente el tamaño y la frecuencia de los choques de suministro de energía, pues la demanda de petróleo y gas se volverá menos elástica, mientras que las energías renovables aún enfrentan desafíos de intermitencia y almacenamiento.

La reubicación de partes de la cadena de suministros en países más amigables para Occidente ocasionará nuevas limitaciones de la oferta; especialmente si la fragmentación del comercio se acelera antes de que se hayan reconstruido totalmente esas cadenas. El Banco Central Europeo ha concluido que, en un escenario en el que el comercio se fragmenta siguiendo las líneas geopolíticas, las importaciones reales mundiales podrían disminuir hasta un treinta por ciento, y no podrían compensarse plenamente con un mayor comercio dentro de los bloques.

Una mayor exposición a estos choques puede desencadenar respuestas de política que también muevan la economía. Es probable que se vea una fase de inversión anticipada en gran medida insensible al ciclo económico, tanto porque las necesidades de inversión son apremiantes como porque el sector público será fundamental para satisfacerlas.

Ejemplo de ello es la transición energética que requerirá una inversión masiva en relativamente poco tiempo: alrededor de 600.000 millones de euros en promedio por año en la Unión Europea hasta 2030. Se espera que la inversión mundial en transformación digital se duplique con creces de aquí a 2026. El nuevo panorama internacional requerirá también un aumento significativo del gasto en defensa. En la Unión Europea se necesitarán alrededor de 60.000 millones de euros al año para cumplir el objetivo de gasto militar de la OTAN de dos por ciento del PIB.

El nuevo entorno prepara el terreno para choques de precios relativos mayores que los vistos antes de la pandemia. Al enfrentar simultáneamente mayores necesidades de inversión y mayores limitaciones de oferta, probablemente se verán mayores presiones de precios en los mercados de las materias primas; especialmente, en el caso de los metales y minerales esenciales para las tecnologías verdes.

Deben esperarse aumentos de precios en sectores en crecimiento, que no pueden compensarse completamente con la caída de precios en los sectores que se contraen debido a la rigidez a la baja de los salarios nominales. Por lo tanto, la tarea de los bancos centrales será mantener las expectativas de inflación firmemente ancladas en sus metas, mientras se alcanza un nuevo equilibrio.

Es necesario abrirse a la posibilidad de que algunos de estos cambios puedan ser duraderos. Si la oferta global se vuelve menos elástica, incluso en el mercado laboral, y si la competencia global se reduce, se debería esperar que los precios asuman un papel más importante en el ajuste. Y si también sucede que los choques son mayores y más comunes, las empresas trasladarán los aumentos de costos de manera más consistente. Este contexto exige extremada atención a la volatilidad de los precios relativos para que no se convierta en inflación a mediano plazo debido a una carrera sin fin entre el aumento de precios y la consecuente subida de salarios en una especie de «ojo por ojo».

La pregunta que deben hacerse los formuladores de políticas públicas es cómo asegurarse de adoptar medidas robustas en una era de cambios y rupturas. En opinión de Lagarde hay tres elementos clave para apuntalar tales políticas: claridad, flexibilidad y humildad.

La claridad será importante para establecer el papel adecuado de la política monetaria en las transiciones en marcha. La estabilidad de precios es un pilar fundamental de un entorno favorable a la inversión. Frente a un mundo cambiante, la política monetaria no debería convertirse en sí misma en una fuente de incertidumbre.

En los análisis se requiere flexibilidad. No se pueden formular políticas con base en reglas simples u objetivos intermedios en una economía incierta. No se puede confiar exclusivamente en modelos elaborados con datos antiguos e intentar ajustar las políticas a pronósticos específicos. Al mismo tiempo se debe evitar el otro peligro de centrarse en los datos actuales y «conducir con el espejo retrovisor», pues esto probablemente hará de la política monetaria una fuerza reactiva en lugar de estabilizadora. Para mantener la credibilidad ante el público, se requiere hablar sobre el futuro de una manera que se capte mejor la incertidumbre de esta época.

Se necesita humildad para reconocer lo que realmente se sabe y qué esperar de las políticas puestas en marcha. En esta era de incertidumbre, es aún más importante que los bancos centrales proporcionen un ancla nominal para la economía y garanticen la estabilidad de precios, de acuerdo con sus respectivos mandatos. Y, de cara al futuro, mantenerse claros en sus objetivos, flexibles en sus análisis y humildes en la forma de comunicarse.

La señora Lagarde terminó su intervención con una frase de John Maynard Keynes: «La dificultad no reside en las nuevas ideas, sino en escapar de las viejas».


Carlos Jaramillo, director académico del IESA.

Este artículo se publica en alianza con Arca Análisis Económico.

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