Una nueva narrativa para Venezuela

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Fotografía: Pedro Vera / Pixabay

El futuro es un espacio para «re-considerar» lo posible y exaltar la oportunidad del ser humano de autorrealizarse mediante la participación activa en procesos de creación. El futuro hay que diseñarlo y forjarlo, con la certeza de que tanto el lenguaje como las acciones son protagonistas. Conseguir un futuro de bienestar para los venezolanos implica elaborar una nueva narrativa.

Claudia Álvarez Ortiz / 17 de febrero de 2020


 

Pensar el futuro para anticipar eventos constituye una de las facetas más fascinantes y enigmáticas de la naturaleza humana. El futuro es un espacio para re-considerar lo posible, pero también para exaltar la oportunidad de autorrealización que posee el espíritu humano cada vez que participa en un proceso de creación. Desde esta perspectiva, producir ideas para el futuro no guarda relación con profetizar hechos, sino con allanar el camino para su realización simbólica y real.

Mujeres y hombres son seres dotados de un ímpetu creador; de sus mentes surgen avances y prodigios en áreas tan variadas como el arte, la ciencia, la poesía o la tecnología. Y este espíritu de creación cuenta con un aliado muy poderoso: el lenguaje. Los humanos son los únicos seres lingüísticos del planeta. De allí que no puedan ser vistos como hormigas cuyas existencias se agotan en el trayecto rutinario de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Tampoco son avestruces que, ante el acoso de los problemas, optan por enterrar sus cabezas —y con ellas su imaginación— en el suelo. Mucho menos son arcilla, moldeable por otras personas… Los seres humanos son capaces de crear futuro mediante el lenguaje.

Las palabras crean el futuro de quienes las pronuncian. Una palabra de futuro impulsa el por-venir. Un lenguaje de futuro permite a las personas transformar su realidad actual. No es suficiente visualizar una meta y proyectarla hacia adelante. Hay que traerla al presente —con interpretaciones de presente— para que acompañe las acciones cotidianas y sea posible alcanzarla.

Cuando se introducen ideas de futuro en el presente es posible crear futuro

Winston Churchill demostró ser un líder capaz de transformar parte de la historia, al introducir ideas de futuro y propiciar acciones cónsonas con tales ideas. Con sus poderosos e inspiradores discursos, Churchill atizó la imaginación del pueblo británico, movilizó su compromiso con acciones y allanó el estado de ánimo y de conciencia que determinó la derrota de la amenaza nazi en Europa. Las palabras y acciones de Churchill construyeron futuro.

Las organizaciones exitosas —que logran actualizarse o, mejor dicho, «re-inventarse»— aplican este mismo principio de cambio. Se atreven a hacer realidad nuevas posibilidades; primero con ideas innovadoras y después con acciones transformadoras. Algo similar ocurre en el ámbito individual: una persona aquejada por una grave enfermedad siente, en lo más íntimo de su ser, el deseo de sanar y actúa en consecuencia. Establece nuevos acuerdos consigo misma, adopta hábitos saludables y se esfuerza para crear una vida diferente; una vida que haga posible la sanación definitiva.

La génesis de los cambios positivos consiste en anunciarlos, declararlos posibles mediante pensamientos y actos de habla. Creer en nuevas posibilidades y comprometerse a emprenderlas materializan las realidades que cambian el presente.

Tanto en el ámbito del crecimiento individual como en el del desarrollo colectivo —ni siquiera el concierto de las naciones escapa de este fenómeno— cualquier intento consciente y deliberado de construir futuro depende de la capacidad de imaginar posibilidades y articularlas, de establecer acuerdos prácticos para materializarlas.

Una sociedad la configuran las personas y sus maneras de pensar. La vida social está constituida por series de creencias y patrones que articulan los vínculos entre los individuos; esto es, precisamente, lo que permite hacer sociedad con otro. Si algo no funciona en una colectividad se torna imperativo revisar las creencias —reflejadas en valores, costumbres, patrones y fuerzas— subyacentes en el suelo sobre el cual se coexiste. Tales nutrientes son la base de la vida en sociedad y de sus posibilidades de cambio.

 

Una nueva narrativa para la Venezuela soñada

Es imprescindible revisar las ideas que constituyen una sociedad cuando se necesita transformar la realidad y el presente. La Venezuela actual, si quiere avanzar, necesita una nueva narrativa. Los venezolanos necesitamos atrevernos a construir un futuro mejor.

¿Por dónde comenzar? Por preguntar hacia dónde deseamos ir; más aún, hacia dónde podemos ir. En esto consiste «hacer futuro»: revisar las ideas que lo harán posible. Es un ejercicio de prospectiva, de creación de una narrativa que encamine a una colectividad hacia lo posible.

Una narrativa no se limita a contar o describir el porvenir; implica algo más que un relato. Incluye un nuevo marco referencial e interpretativo que proporcione a los venezolanos un mundo intelectual y emocional que les permita re-considerar su futuro y forjarlo. Una prospectiva exitosa no puede desarraigarse de la historia del país; sería como irse de viaje con la maleta vacía. Es necesario evitar el extremismo del «borrón y cuenta nueva». No existe un año cero. La historia —la personal, la colectiva— requiere un estudio crítico y analítico, una compresión cabal de las tendencias y fuerzas que determinaron su cauce. La conciencia histórica nos permitirá tomar lo mejor de nuestra idiosincrasia como venezolanos para continuar hacia adelante.

El ejercicio de construir una nueva narrativa significa, entonces, la posibilidad de re-escribir el futuro como nación. Para un individuo o una organización, la práctica prospectiva consiste en consensuar y relatar el futuro, traer su visión al presente para que inspire las acciones acometidas ahora. Las interpretaciones y las acciones presentes se vuelven una misma cosa a partir de las ideas de futuro.

Una nueva narrativa no se agota en la sustitución de unas palabras por otras ni en el reemplazo de lugares comunes. Va más allá de la simple tentación de decir «ciudadanos» en lugar de «pueblo» o pronunciar la voz «nación» en lugar de «patria». Aunque eso sea válido como opción expresiva, no es lo único.

Si los venezolanos deseamos experimentar de nuevo la prosperidad necesitamos vivir desde ahora con el pensamiento de esa posibilidad. Necesitamos hacer ese futuro activo en el presente. Para lograrlo ayuda mucho responder una pregunta: ¿cómo vemos el futuro de Venezuela?

Hay gente que ve un futuro «negro». Incluso hay quienes piensan que en Venezuela «no hay futuro». Lo cierto es que el futuro aún no se ha hecho: está por hacerse. Toda interpretación prospectiva tendrá implicaciones en el hacer colectivo e individual, bien porque estimulará la acción o bien porque fomentará la apatía y el conformismo. Quienes creen que «en Venezuela no hay futuro», que «esto se lo llevó quién lo trajo» o que «todo se ha probado y nada ha dado resultado» formulan interpretaciones sobre un futuro que todavía no existe. No hay pensamientos neutros. Los pensamientos derrotistas crean lo que se conoce como futuro «por defecto».

Quienes creen que la Venezuela actual está condenada a ver prolongado su sufrimiento y deterioro están ante una ilusión; ergo, ante una falsedad. El futuro no es una condena, un maleficio de repetición aciaga e inevitable, fortuita, del presente. El futuro es más elección y menos azar.

Venezuela es prueba de ello. En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado fue la «tacita de plata» de Latinoamérica. De no haber interrumpido su tendencia de desarrollo hoy sería un país desarrollado, del primer mundo. Pero no ocurrió así. El futuro no fue lo que se esperaba en aquel momento.

El futuro es el resultado emergente de deseos y creencias

Corea del Sur, que en los años cincuenta era sumamente pobre, es hoy un país próspero y democrático. ¿Cómo ocurrió tal cambio? Con acuerdos sólidos y compromisos firmes. Corea del Sur logró sus objetivos sin los recursos ni las ventajas geográficas que bendicen a Venezuela. En cambio Corea del Norte, por sus malas decisiones, quedó atrapada en dictadura y pobreza.

Decidir el futuro es un acto de soberanía, de libertad. Construir una narrativa que nos dote a los venezolanos de un marco referencial para comprendernos, pero también para fijarnos el sendero hacia el bienestar, es un ejercicio colectivo que debemos encararlo con inspiración y responsabilidad. Los grandes logros son productos de la inteligencia y la voluntad; ambas capacidades se encuentran al alcance de los venezolanos. Lo que se precisa es elevar el espíritu y atrevernos a construir un futuro: re-pensar el camino con creatividad e inspiración. El premio a este esfuerzo será ganar un país —Venezuela— para vivir en libertad, prosperidad, justicia y paz. Es tiempo de edificar futuro. Es el tiempo de la posibilidad.


Claudia Álvarez Ortiz, profesora y coordinadora del Programa de Liderazgo IESA / calvarezortiz@gmail.com