Venezuela: país entrampado

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Ilustración: Oswaldo Dumont.

Seis especialistas analizan las perspectivas de Venezuela para el año 2017, en los ámbitos político, diplomático, económico y energético. Aunque el tono pesimista es mayoritario, todos coincidieron en la necesidad de buscar soluciones a la crisis mediante un proceso de diálogo y negociación.

Rafael Jiménez Moreno / Julio-diciembre 2017


Tan pronto se acerca al estrado y toma la palabra, Rosa Amelia González, coordinadora académica del IESA, recuerda a los asistentes que el foro «Perspectivas» acumula ya 32 ediciones desde su creación ―en el año 1985― por un joven profesor de nombre Moisés Naím. Vistos con los ojos del futuro, los venezolanos de 1985 desconocían al menos dos cosas: eran felices (si se toma por cierto el chiste popular) y habitaban un tiempo histórico que sería conocido, décadas después, como «la cuarta república».

Las palabras de recibimiento de Rosa Amelia González, 32 años después, aluden a la importancia de la tradición en la vida de un país: una observación cargada de sabiduría a la luz de las duras consecuencias del colapso de la institucionalidad republicana. En el Foro Perspectivas 2017, realizado el 21 de marzo, participaron en el panel de expertos Giovanna De Michele, Francisco Monaldi, José Manuel Puente, Francisco Rodríguez, Richard Obuchi y Michael Penfold. A continuación se presentan resúmenes y extractos de sus intervenciones.

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Rumbo a un Estado fallido

Giovanna De Michele, analista internacional y profesora de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Central de Venezuela, identifica tres características del actual contexto internacional —aumento de la conflictividad en países y regiones, creciente interdependencia de los estados nacionales e incertidumbre acerca del nuevo orden político mundial— para enmarcar su análisis de la situación del país.

No exagero al decir que no existe algún aspecto de la realidad venezolana que pueda considerarse estrictamente nacional, porque la sucesión de acontecimientos que pasan en nuestro país producen resonancias internacionales. Además, en la actualidad, la democracia es entendida en muchas partes del mundo como un derecho humano y no únicamente como una forma de gobierno. La democracia se percibe como una forma de vida centrada en la dignidad del ser humano.

Para De Michele, el principal desafío del Estado venezolano es impedir que los organismos internacionales de integración lo califiquen como Estado fallido o Estado forajido.

Un Estado fallido es aquel que no es capaz de garantizar un proyecto de vida para sus nacionales, que no puede abatir la inflación, que no hace efectivos los derechos consagrados en textos legales, que irrespeta el principio republicano de separación de poderes. Mientras que un Estado forajido es aquel que representa un foco de desestabilización para los países de su región, que cuestiona y rechaza las instituciones supranacionales establecidas por el derecho internacional, que se niega a cumplir las convenciones internacionales en materia de derechos humanos en nombre de un concepto de soberanía propio del siglo XVIII y no del siglo XXI.

En sus primeros catorce años de gestión los gobiernos chavistas consiguieron granjearse el prestigio internacional e incluso influyeron en el ascenso al poder de proyectos políticos de orientación izquierdista. Durante este período, la política internacional de Venezuela fue la proyección de un clima de paz social basado en el influjo de un liderazgo carismático ―como el ejercido por Hugo Chávez― y la distribución masiva del ingreso petrolero. Al descender el precio internacional del crudo, el gobierno de Nicolás Maduro entró en una profunda crisis de gobernabilidad, hasta el punto de estar planteada la posibilidad de aplicación de la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos.

Frente a la posibilidad de la activación de la Carta Democrática, el gobierno madurista ha decidido apelar a la estrategia de la victimización. Según su narrativa, Maduro representa a David y el imperio a Goliat. Sin embargo, resulta muy difícil desprestigiar a la Carta Democrática, porque este instrumento democrático contó con el apoyo del gobierno de Hugo Chávez. Por tanto, la Venezuela revolucionaria, la de la quinta república, contrajo el compromiso de honrar los términos del pacto.

¿Qué impacto tiene para el gobierno de Nicolás Maduro la aplicación de la Carta Democrática? En términos de permanencia en el poder, ninguno; porque es un instrumento diplomático de carácter político, que no prevé algún tipo de intervención militar extranjera en el territorio venezolano, tampoco implica embargos o bloqueos.

Cuando desde el exterior se mira a Venezuela, a menudo se le percibe como un país contradictorio. Por ejemplo, en algunas calles se observa a un grupo de personas hurgar en la basura, pero al mismo tiempo en las urbanizaciones más pudientes se aprecian los restaurantes más costosos abarrotados de clientes. Este tipo de contradicciones causan un efecto en la opinión pública mundial: crean la sensación de que en Venezuela el problema no es tan grave. De allí que no resulte sorprendente comprobar que en el extranjero hay gente que no entiende lo que aquí pasa.

De Michele opina que el gran desafío del gobierno venezolano es mejorar su posicionamiento en el nuevo orden mundial. En cambio, la oposición afronta el desafío de armonizar sus proyectos políticos y elaborar una hoja de ruta democrática consolidada y viable; esto es, no puede ser que un partido pida elecciones generales y otro prefiera esperar las presidenciales de 2018.

La comunidad internacional es muy severa con este tipo de incongruencias, porque las interpreta como pruebas de que la crisis no es grave ni terminal. Hay sectores que dicen que Venezuela vive en comunismo, pero visto bien existen rasgos de un modelo agotado de capitalismo de Estado. Pero por supuesto que ha habido avances en la persuasión de la opinión pública internacional: el gobierno venezolano siente el acoso de la institucionalidad internacional, que condena su desempeño en materia de derechos humanos y democracia. Yo no descarto la toma de medidas precipitadas, como el retiro de Venezuela de la OEA. Pero al gobierno no le conviene el aislamiento, sino tratar de fortalecer su política de alianzas.

 

La producción petrolera cada mes es menor

Francisco Monaldi, profesor del Centro Internacional de Energía y Ambiente del IESA y profesor invitado del Instituto Baker de Políticas Públicas de la Universidad Rice, en Houston, Estados Unidos, calificó como preocupante el futuro operativo de la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsas).

Solo en el año 2016 hubo en Venezuela una caída del diez por ciento en la producción petrolera. Según reportes oficiales, en la actualidad la producción petrolera está alrededor de 2,3 millones de barriles. Ahora bien, dentro de lo malo se puede rescatar la disminución de 28 por ciento en el consumo de gasolina en el mercado interno. Es una noticia positiva, porque en nuestro país la gasolina es prácticamente gratis y, además, su fabricación precisa de la importación de crudo liviano para diluir el crudo extrapesado.

Las cifras de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) discrepan ligeramente de las reportadas por el gobierno madurista. Para febrero de 2017, la OPEP reconoce una producción de 2,24 millones de barriles. «Pero otras fuentes secundarias fijan la producción en un poco menos de 2 millones de barriles; una cantidad similar a lo que se producía en el país a principios de la década de los noventa. En todo caso, estamos en presencia de un retroceso histórico importante», agrega Monaldi. La caída de la producción tiene lugar tanto en los campos de Occidente como en los de Oriente. En la Faja del Orinoco, tras ligeros aumentos de producción durante el año pasado, en la actualidad hay una merma.

En el año 2014 Venezuela entró en crisis presupuestaria a raíz de la caída del precio del petróleo en los mercados internacionales. Tras una ligera recuperación en 2015, en 2016 el crudo se ubicó en un precio promedio de 25 dólares por barril. Desde ese momento, el gobierno venezolano ha apostado por apuntalar una política de reducción de la oferta, en concertación con Rusia y los países miembros de la OPEP.

En enero de 2017 el resultado del recorte fue un incremento de casi diez dólares por barril. Pero, ya para el mes de febrero, algunos países habían relajado el cumplimiento de los acuerdos, aunque no de manera significativa. Mientras tanto, aquí en Venezuela la producción de petróleo cayó; no por apego al pacto de la OPEP, sino más bien por problemas de carácter operativo.

En 2016 hubo una caída de 25 por ciento en la cantidad de taladros operativos; circunstancia que conspira contra la posibilidad de aumentar la producción. Pdvsa arrastra necesidades de inversión superiores a los veinte mil millones de dólares en un marco de control de cambios y, por lo tanto, de imposibilidad de repatriación de capitales y dividendos.

La ilusión de armonía del mercado petrolero internacional se vio resquebrajada cuando el ministro de Petróleo de Arabia Saudí declaró que los inventarios mundiales de crudo no disminuían sino que más bien aumentaban. De hecho, las estadísticas del gobierno de Estados Unidos dan cuenta de un incremento en la producción petrolera. Sin embargo, a juicio de Monaldi, ninguno de estos episodios tiene fuerza suficiente para tornar desventajosa la prolongación de la política de recortes durante el segundo semestre de 2017.

¿Y si efectivamente el acuerdo se prolonga y se logra un repunte considerable? «Pienso que en este punto las expectativas deben moderarse, sobre todo porque no hay que subestimar la capacidad de intervención en el mercado que tienen los productores de petróleo de lutitas, quienes siempre están alertas a una coyuntura que reduzca el impacto de sus estructuras de costos y pueda darle rentabilidad a la producción», matiza el profesor Monaldi.

En cuanto a los clientes de Pdvsa se mantiene el descenso en las cantidades de petróleo vendidas a Estados Unidos. La participación en el mercado estadounidense se ha reducido a un siete por ciento, la menor cuota de los últimos cinco años. Pdvsa atiende también el mercado chino, pero los barriles de petróleos enviados hacia allá están previamente comprometidos, porque forman parte del mecanismo de pago de los acuerdos bilaterales suscritos con Pekín; por lo tanto, no fortalecen el flujo de caja. De hecho, de la producción petrolera venezolana, solo 700.000 u 800.000 barriles se traducen en pagos en efectivo.

Con respecto al tope histórico, la producción petrolera venezolana ha caído cerca del 36 por ciento. Las empresas de capital mixto, en cambio, aumentaron su producción en más del cincuenta por ciento. De modo que si el drama de las finanzas venezolanas no es más intenso es gracias a la participación de los privados en una parte del negocio petrolero.

La industria petrolera venezolana vive el peor momento de su historia, con un endeudamiento excesivo, dificultades de flujo de caja, pérdida de calificación técnica en el personal ―como consecuencia del énfasis en el aspecto ideológico y el rezago salarial― y deterioro operativo en plantas y equipos.

En un contexto de colapso de producción y bajos precios internacionales, el ministro Eulogio del Pino ha ensayado una tímida política de apertura comercial. Pero no es una política de Estado de largo aliento, sino una reacción de desespero, porque no ha habido una modificación del marco normativo y regulatorio que favorezca la participación del sector privado en el negocio de los hidrocarburos. El acuerdo con la empresa rusa Rosneft para exportar gas desde el Complejo Mariscal Sucre a Trinidad es muy poco transparente.

A juicio de Monaldi, lo más preocupante de la actual coyuntura venezolana es la desesperación del gobierno madurista por hacerse de recursos financieros. La empresa rusa Rosneft le transfirió dinero fresco a Pdvsa, pero exigió participación accionaria en Citgo como garantía.

Para el segundo semestre de 2017 la perspectiva petrolera es muy complicada. El desafío de un futuro gobierno democrático en Venezuela será sentar las bases institucionales para impulsar un plan de incremento anual de cien mil barriles diarios en la producción de Pdvsa hasta llegar, nuevamente, a los tres millones de barriles diarios de producción.

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