Ver el poscomunismo, antes de que llegara a Venezuela

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Fortaleza de Brest, Bielorrusia. Fotografía: Yolanda Pantin.

Entre 2002 y 2012 Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin recorrieron el vasto territorio que media entre Polonia y Mongolia. Allí pudieron ver las cicatrices de una historia llena de traumas. El poscomunismo no es necesariamente libertad y prosperidad; en muchos sitios es la alcabala para alcanzarlas, en otros no. Muy pronto verían a su país sumergirse en él.

Tomás Straka / 30 de noviembre de 2020


Reseña de Viaje al poscomunismo, de Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin. Eclepsidra. 2020. 230 páginas.

 

En uno de los casos de seducción más grandes e influyentes de la historia, el periodista Lincoln Steffens acuñó en 1919 la frase con la que pasó a la posteridad: «He visto el futuro y funciona». No lo hizo en uno de sus tantos artículos y libros, que entonces eran muy leídos, sino que corrió en muchas versiones y al final la recogió su esposa. Pero bastó, ella sola, para que su nombre trascendiera el pequeño círculo de especialistas que leen reportajes de finales del siglo XIX e inicios del XX.

La frase corrió con suerte. Steffens creyó que se le había dado el prodigio de ir al más allá y volver. Como el que salió de la caverna y vio en colores lo que los demás solo veían en sombras, se apresuró a difundir su buena nueva. Había visto, para su enorme dicha, el destino de la humanidad y, con ese derroche de fe, creó una de los grandes lemas del comunismo, lo que no es poco en un movimiento que siempre fue muy prolijo en ellos. En ocho palabras —I have seen the future, and it works— resumió toda la teoría de la historia y de la sociedad sobre la que descansaba el socialismo, en particular el marxista, y su gran promesa: hay leyes que indican claramente hacia dónde va el destino, esas leyes han demostrado que inexorablemente el destino es socialista y, por esa misma condición necesaria de toda ley histórica, el socialismo será el reino de la felicidad sin límites. A los escépticos, que eran muchos, y algunos tan importantes como Karl Kautsky, Steffens les decía que era real, que él lo había visto con sus ojos y que ese futuro funcionaba.

El futuro es el poscomunismo, con lo terrible y a la vez esperanzador que tiene

Poco importó que Kautsky hubiera advertido, después de su peregrinación a la Unión Soviética, que aquello era una escenografía, que los turistas revolucionarios caían en una especie de gran trampa cazabobos de la que regresaban como propagandistas o agentes. Muchos prefirieron la versión optimista. Por años el lema de Steffens se repitió como un mantra y Kautsky fue, como lo tituló Lenin, «el renegado Kautsky». Pero el renegado tenía razón.

 

Venimos del más allá

Cuando Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin hicieron su primer viaje a Polonia y Lituania, en 2002, la Unión Soviética ya no existía y, al menos en aquellos lugares, se consideraba al comunismo algo dejado completamente atrás. Era pasado —y un mal pasado— que aparentemente nada tenía que ofrecer al porvenir. Aquellos países vivían una nueva realidad. No eran ya comunistas; pero, aunque se esforzaban mucho por incorporarse al modelo capitalista occidental, aún estaban lejos de lograrlo. Estaban en un «tercer mundo», como lo llamó Torres, entre el soviético y el occidental, el del «poscomunismo»: un mundo que muy pronto se haría familiar para ambas.

Entre 2002 y 2016 hicieron seis viajes a los países que habían dejado atrás el comunismo, atravesando en distintos itinerarios el vasto territorio que va de Polonia a Mongolia. De miradas atentas, la poeta y la novelista y psicoanalista recogieron imágenes y otras sensaciones, hablaron con la gente (tanto como lo permitía el idioma y cierta tendencia, acaso heredada del totalitarismo, a eludir la conversación), siguieron las rutas turísticas y, cada vez que pudieron, otras más cercanas a la cotidianidad de los habitantes. Reflexionaron mucho, sobre todo porque con cada viaje se hacían más claros los contornos que estaba tomando su país. El envejecimiento y el abandono de platas industriales, el rezago tecnológico, traumas por lo vivido y por lo que se estaba viviendo, las enormes desigualdades después de llevar setenta años proclamando el reino de la igualdad: todo parecía estar al final de la autopista por la que Venezuela rodaba a gran velocidad.

Torres y Pantin no aspiraban a ver el futuro, no son creyentes en peregrinación como Steffens o Kautsky, no esperaban montarse en algún carro de Ezequiel para volver a Venezuela con revelaciones del más allá. Sin embargo, a diferencias de tantos que las buscaron, les fue dada una especie de revelación: vieron el futuro, al menos el suyo como venezolanas, y no, no funcionaba. El futuro es el poscomunismo, con lo terrible y a la vez esperanzador que tiene. Eso es lo que está en el más allá de la revolución.

La editorial Eclepsidra acaba de publicar sus recuerdos bajo el título Viaje al poscomunismo. Es un libro de viajes, con esa combinación de crónica y ensayo que los caracteriza, cuyo texto corre a cargo de Ana Teresa Torres y las fotografías son de Yolanda Pantin (que ha demostrado ser no solo una de las voces fundamentales de la poesía venezolana sino, además, una avezada fotógrafa).

 

El poscomunismo

Debían estar bastante enteradas del duro declive de los países comunistas en la década de los ochenta. Seguramente tenían alguna información del parto doloroso de la nueva realidad. Pero nunca es lo mismo leer sobre algo que vivirlo. Además, mujeres nacidas y formadas durante la Guerra Fría, jóvenes en la época de mayor entusiasmo comunista en las universidades, aquel paisaje no podía dejar de sorprender:

… entreverado con el mundo soviético, un tercer mundo, el poscomunista, que circula sobre todo por el centro, proliferan los automóviles lujosos, las vallas de Coca-Cola, Samsung, Rolex, las joyerías, las tiendas de marcas de lujo, los restaurantes impagables, y en las aceras tenderetes de venta de matrioshkas y franelas, platos con el rostro de Putin o de Lenin, y de vez en cuando una placa en la pared, que ha resistido los cambios, en la que aparece el símbolo de la hoz y el martillo (p. 72).

Poscomunismo no significa necesariamente desarrollo y libertad. Es la primera sorpresa y lo primero que necesitan anotar los venezolanos. En ocasiones es así, pero en otras deviene en ese «tercer mundo» de desigualdad que saltaba a los ojos en la Rusia de inicios de los 2000. No hay un camino indefectible. Por eso hay que estar atentos a los recursos —principalmente, los humanos— con los que se cuenta y las decisiones que se toman. Una cosa ha sido el destino de los países bálticos, que avanzaron hacia el capitalismo de tipo occidental, otra el modelo aplicado en China y Vietnam, y otra muy distinta lo ocurrido en Rumania o en Asia Central.

¿Qué ocurrió en Venezuela? En 2005 Hugo Chávez comenzó a hablar del socialismo. Antes de eso eran claras sus simpatías por la izquierda extrema (que lo apoyaba), su cercanía a Fidel Castro (que pronto se convirtió en una estrecha alianza) y su aversión al liberalismo. Al principio no quedó muy claro de qué tipo de socialismo hablaba, pero poco a poco se vio que era una versión moderada del modelo soviético, algo que estaba cerca del comunismo goulash o hasta del yugoslavo. Era una apuesta muy alta, comoquiera que esos modelos tampoco habían logrado sobrevivir. Pero el auge petrolero y la ristra de sus triunfos políticos le permitieron seguir adelante.

A partir de 2007 comenzó la aplicación oficial y sistemática del modelo, con millares de estatizaciones y controles de todo tipo. Muy pronto vinieron la crisis económica de 2008, la caída del precio del petróleo y la enfermedad de Chávez. Para 2012 Venezuela no había alcanzado aún el comunismo, pero sí tenía muchos de los problemas económicos y sociales que los países comunistas tuvieron antes de abandonar el modelo.

Desde entonces lo que vino fue un rápido declive, colapso económico y, a partir de 2018, poco a poco, desmantelamiento del modelo, que fue adquiriendo características cada vez más similares a las de Rusia: inflación (sí, la inflación fue un problema de los países comunistas), desabastecimiento, racionamiento, endeudamiento, colapso de los servicios públicos, apagones, falta de gas, aparición de una economía paralela en divisas a las que solo accedía la élite y apertura hacia lo privado, inicialmente aprovechada por los de la nomenklatura. Esto ocurrió en Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Vietnam, la Unión Soviética de los años ochenta y, en menor proporción, la República Democrática Alemana.

Reconstruir la economía es más fácil que hacerlo con el «espacio interior», con el alma quebrada de la sociedad

Para entonces la inviabilidad del modelo era evidente y todos sabían que era necesario hacer algo al respecto, pero no se sabía muy bien cómo. Cuestiones ideológicas (¿es que el modelo estaba errado?) y prácticas (¿y si esto se nos va de las manos?) conspiraban contra las reformas. Un primer paso fue la racionalización de la economía con pequeñas reformas de mercado; por ejemplo, se sinceraron los precios de los productos y servicios, y se permitió la circulación de divisas. El impacto en la ciudadanía fue devastador, porque en mayor o menor medida creó una división entre los que tenían divisas y podían acceder a las cosas, y quienes poco a poco descendían hacia el hambre. La realidad cubana es suficientemente conocida.

En algunos sitios, cuando la Unión Soviética sumergida en sus problemas se negó a sostenerlos militarmente, los gobiernos se vinieron abajo y hubo una transición al capitalismo (lo que al final ocurrió con la mismísima Unión Soviética). En otros, donde los gobiernos pudieron mantener el control, la transición al capitalismo se hizo bajo su control, como sucedió en China. Pero, en todos los casos, el poscomunismo fue tan traumático como la crisis del comunismo anterior. Las personas perdieron sus trabajos cuando sus industrias ineficientes cerraron, las jubilaciones se vaciaron de valor y sus ahorros se evaporaron en diversas reconversiones monetarias. A treinta años, la mayor parte de las personas considera que el sacrificio ha valido la pena, aunque no siempre se ha llegado tan lejos como se soñó en la década de los noventa.

Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin llegaron a la región a comienzos del siglo XXI, cuando la transición al capitalismo llevaba más o menos una década. Si en las repúblicas bálticas y Polonia la liberación del comunismo tenía también un sentido de liberación nacional, en Rusia había cierta desazón por la grandeza perdida, y en Rumania y Moldavia la pobreza daba pocos motivos para la esperanza. Las autoras tratan de arrancarle a los guías información sobre lo que fue la vida bajo el comunismo, y sobre lo que está siendo el poscomunismo. No siempre lo logran.

Es algo con lo que se encontrarán una y otra vez: una precaución con la memoria, donde los papeles de víctimas y victimarios suelen intercalarse con demasiada facilidad. Pero logran obtener información. Algunos habían actuado como buenos comunistas, con mayor o menor convicción. Otros se ufanaban de haber resistido. Todos hablan de sus padres, con una vejez incierta, sus pensiones hechas polvo y un sistema de salud que ya no es tan inclusivo, y de sus hijos, que han emigrado o quieren emigrar. Es imposible que un venezolano de inicios de los 2000 no sintiera ya alguna identificación. A veces son optimistas, y a veces no.

Luda, nuestra guía, era una mujer extrovertida y optimista; junto con su esposo prestaba servicios turísticos a las agencias de viaje durante el verano, ella guiaba las visitas y él proporcionaba el transporte; durante el invierno era traductora para empresas rusas. No tenía empacho en exhibir su currículum, es decir, la vida de una niña nacida en una república soviética. Fue pionerita en la escuela primaria, perteneció al Komsomol en la adolescencia, y miembro del Partido Comunista en la juventud, única manera de estudiar y trabajar en tareas que no fuesen manuales (aunque obedece a la misma política de control de la población, es en todo caso un recorrido más ilustrado que el plan Chamba Mayor o el plan Chamba Juvenil de la revolución venezolana). Luda era una mujer educada, hablaba tres idiomas (lituano, ruso e inglés) y se convirtió en una emprendedora en la medida en que las circunstancias lo fueron permitiendo. Miramos hacia el futuro, no es fácil pero será posible, añadió.

Tenía la esperanza puesta en que pronto Lituania pasaría a formar parte de la Unión Europea (aunque temía que la energía de origen nuclear fuese un impedimento), y estaba segura de que el progreso que ya podía percibirse, a pocos años de haberse independizado de la URSS, se haría aun mayor, lo que el tiempo parece haber confirmado. En aquel momento el país tenía un 20% de desempleo y proliferaba la economía informal, lo que nosotros llamamos buhoneros, muy visibles en las orillas de las carreteras. Luda nos muestra con mucho orgullo los centros comerciales, los hipermercados en los que ahora se puede comprar de todo, y aunque reconocemos en su entusiasmo la admiración de nuestras ciudades de provincia cuando se instalaba un Sambil, lo cierto es que hoy comprendemos muy bien su alegría. Hablaba también mucho de su hija que estudiaba en Dinamarca (los bálticos miran hacia los nórdicos y no hacia los eslavos) y del triunfo que había significado poder obtener para ella una tarjeta de crédito en ese país (dio muchos pormenores de los trámites efectuados). Estos detalles que pueden parecer nimios ya no lo son para nosotros. Abastecimiento, visas, trabajo en otros países, cuentas en otras monedas, desplazamientos, son ahora problemas diarios para los venezolanos (pp. 27-28).

En Lituania el tiempo terminó dándole la razón a Luda. Pero a no todos les ha ido igual. En cualquier caso, el «mundo» poscomunista implica salvar años de rezago, toneladas de mentiras, ineficiencia. Son, dice Ana Teresa Torres, «sociedades que tienen que cambiar su urbanismo, pero sobre todo su paisaje interior» (p. 185). Sus reflexiones sobre la memoria valen para un ensayo entero.

El complejo y dramático poscomunismo resultó ser el futuro de la Revolución

Las heridas de la gran pesadilla del siglo XX (la Segunda Guerra Mundial, ocupación nazi, ocupación soviética) son difíciles de restañar. Hay muchas complicidades, voluntarias o porque no hubo más remedio, cosas que se esconden debajo de la alfombra y otras administradas escrupulosamente por el Estado. Como las funciones de la historia y de la memoria son tan importantes para dar legitimidad política, en sitios donde las fronteras y los regímenes se han movido muchas veces, en ocasiones por encima de los pueblos, y en otras desplazándolos o hasta eliminándolos, suelen ser espacios para el disimulo más que para hallar la verdad.

Me pregunto por la importancia de sostener la memoria del mal. Además del propósito de borrarla, ocurre que el tiempo inexorable va dejando caer capas de sucesos que terminan por ocultar todo, ¿cuál es, entonces, la razón para luchar contra el olvido, como puse en el título de una de mis primeras novelas? Dicen que si se olvida la historia estamos condenados a repetirla. Creo que es falso. La memoria no impide la repetición de sucesos indeseables. Lo que quizá la memoria puede hacer es sostener la conciencia histórica, de la que deriva la conciencia ética y la conciencia crítica (p. 97).

¿Dónde estaban los gulags?, preguntaron, para absoluta incomodidad de la guía. Evitó responder, pero las viajeras insistieron: «en todas partes», obtuvieron al final como respuesta. Era una ubicuidad borrada, o al menos borrada de la superficie: al igual que en el tiempo en el que existían, la norma es no nombrarlos.

¿Qué hacer con el recuerdo de los gulags, donde pudieron estar los abuelos, como presos o carceleros? ¿Qué hacer con matanzas como la de Babi Yar, cuyo destino había sido, una y otra vez, «el ocultamiento» (p. 167), por los nazis, por sus cómplices, muchos de los cuales eran ucranianos, por los soviéticos, quienes no hallaban qué hacer con un hecho que ponía en discusión la versión sin fisuras de la Gran Guerra Patriótica? Son esas heridas lo más complejo de la reconstrucción del «espacio interior» que implica el poscomunismo. Ver, una década después, cosas como la Ley de la Memoria promulgada en 2018 en Polonia, que en su primera versión penaba con cárcel a quien señalara lo que los documentos dicen a gritos (hubo polacos que colaboraron con el Holocausto), demuestra que reconstruir la economía es más fácil que hacerlo con el «espacio interior», con el alma quebrada de la sociedad que suele caracterizar al poscomunismo.

 

Recuerdos del futuro

Al ver aquel panorama, si se toma como inicio formal del socialismo bolivariano el año 2007, en cosa de diez años Venezuela había llegado a una situación muy parecida a la del poscomunismo. ¿Cómo enfrentará estos retos cuando los tenga enfrente? Ya hay algunos síntomas.

La memoria ha sido un campo de polémica muy movido en los veinte años que lleva el chavismo en el poder. Consciente de que la idea que se tenga del pasado nacional es clave para la legitimidad (o no) que cada quien le dé al sistema imperante, el Estado se ha aplicado a fondo para crear y difundir una nueva «historia oficial». Mientras que una gran cantidad de historiadores críticos trata de producir una visión alternativa, más ajustada a las evidencias. Ana Teresa Torres tiene un ensayo ineludible al respecto. Pero, de cara al porvenir, a una situación parecida al poscomunismo, ¿qué se dirá de lo que actualmente está en curso? «El ánimo venezolano es borrar lo desagradable, lo que no se quiere recordar, y cada día parece ser más importante conservar las memorias de la crueldad de estos años», dice Ana Teresa Torres (p. 123). El problema, tal vez, no será tanto que haya una política sistemática de olvido. Lo será, muy probablemente, el desentendimiento alegre de la sociedad, la ignorancia intensamente ejercida. Ha ocurrido antes.

Mucho me temo que estos lugares terminarán desahuciados, violentados, vandalizados. Leía hace poco un tuit en el que alguien decía que no era posible fijar un día para recordar a las víctimas, pues eran tantas. Para eso existe el Día de la Recordación, se escoge una fecha adecuada y se acoge bajo ella a las víctimas de la dictadura venezolana del siglo XXI. O de la violencia de Estado, si se quiere otra denominación (p. 124).

El libro tiene muchas otras cosas para la reflexión, que cada lector sabrá extraer. Se cumplió lo pedido por Kavafis: el viaje a Ítaca fue largo y ofreció mucho que aprender. No sabemos si llegaron finalmente a la Ítaca que buscaban, o si nunca arribaron a ninguna, pero todo indica que el camino estuvo lleno de instrucción. Más, incluso, de lo que hubieran podido imaginar.

Sus viajes comenzaron en la época en la que el Estado racionaba los dólares de los venezolanos con un estricto control de cambios, pero los que entregaba eran casi regalados (y los que se conseguían de otras formas, eran también muy baratos). En medio del auge viajero que este contexto propició, las autoras se salieron de los destinos habituales. No es extraño que dos intelectuales prefieran conocer Mongolia o Uzbekistán a hacer shopping en Panamá o Miami, pero sí que le dedicaran seis viajes a lo largo de diez años.

Al preguntarles los motivos, lejos de la elaborada respuesta que podría esperarse de una psicoanalista y una poeta, recibí uno muy pedestre: «curiosidad, nos llamó la atención». Son mujeres criadas y crecidas durante la Guerra Fría, por lo que el mundo que se extendía detrás del Telón de Acero siempre fue una fuente de interrogantes. El Tren Transiberiano, Miguel Strogoff, las historias de Samarcanda, alimentaron por años su imaginación. Y después de que vieron aquellos parajes y a aquellas gentes por primera vez, les quedó el gusto por más. Nos ha pasado a todos con algún sitio.

Estuvieron en todas las grandes ciudades entre Viena y Ulán Bator, incluyendo la soñada Samarcanda. Parecía un viaje cargado de historia, que sin duda la tuvo (¡incluso para llevar a Ana Teresa Torres al hartazgo de palacios!), pero lo que reveló no estaba en el pasado sino en el porvenir. Lo importante no es llegar a Ítaca, sino lo que se aprende en el camino. Jugando con el título del best seller de Erich von Däniken, puede decirse que el libro de Torres y Pantin trae unos recuerdos del futuro (que en nada tienen relación con las teorías fantásticas de von Däniken, quien vendió millones de ejemplares atribuyendo los orígenes de la civilización a los alienígenas, para regocijo de una época definida por la psicodelia, los ovnis y la cultura hippie). Pero el hecho de recordar algo que no había ocurrido aún, justo cuando comienza a suceder, no deja de tener algo de lo seductivo de la ciencia ficción.

El comunismo no fue el futuro ni funcionó. El complejo y dramático poscomunismo resultó ser el futuro de la Revolución. Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin lo vieron diez años antes de que llegara a Venezuela. Y fue posible porque —¡ellas sí!— vieron el futuro y entendieron que no funcionó.


Tomás Straka, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello e individuo de número de la Academia Nacional de la Historia.

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