La intervención coordinada de Japón y Estados Unidos para apuntalar el yen ocurrió en los mercados de divisas, pero respondió a presiones de los mercados mundiales de bonos. El aumento de los rendimientos de los bonos japoneses está trayendo de vuelta a casa a las instituciones nacionales japonesas, lo que reduce su papel como compradoras de bonos del Tesoro de Estados Unidos.
«Bueno, es nuestro dólar, pero es tu problema». Esta frase la dijo John Connally, secretario del Tesoro de Estados Unidos en 1971, en una reunión de ministros de finanzas en Roma después de que el presidente Richard Nixon pusiera fin unilateralmente a la convertibilidad del dólar estadounidense en oro. Así, de facto, se desmanteló el sistema de Bretton Woods de la posguerra y obligó al resto del mundo a absorber la inflación y las fluctuaciones cambiarias de Estados Unidos.
Medio siglo después, es inevitable recordar la frase de Connally al ver los padecimientos de Scott Bessent, actual secretario del Tesoro, en su intento por coordinar esfuerzos para ayudar a estabilizar el yen. Una situación diferente, pero en el fondo muy similar.
La intervención coordinada de Japón y Estados Unidos a comienzos de agosto de 2026 para apuntalar el yen ocurrió en los mercados de divisas, pero respondió principalmente a presiones provenientes de los mercados mundiales de bonos. El debilitamiento de la moneda japonesa, hasta alcanzar su nivel más bajo de los últimos cuarenta años, refleja la inquietud de los mercados internacionales con respecto a la trayectoria fiscal de Japón, el país más endeudado del mundo desarrollado.
La deuda pública japonesa equivale al 230 por ciento del producto interno bruto (PIB) de ese país. Durante décadas, Japón ha mantenido un régimen de tasas de interés artificialmente bajo que le ha permitido manejar un gran volumen de endeudamiento sin descarrilar las finanzas públicas. Si el banco central de Japón dejara de comprar bonos, el rendimiento sería al menos 300 puntos básicos (tres puntos porcentuales) mayor, lo que sumiría al país en una crisis fiscal.
Durante décadas, Japón ha mantenido artificialmente bajas sus tasas de interés. El resultado de este exceso monetario ha sido un yen débil y una inflación persistente, especialmente en las importaciones de petróleo.
Un yen débil es un factor que crea inflación en Japón, que es un gran importador de bienes y servicios. El banco central japonés se encuentra atrapado en el dilema de subir las tasas de interés para fortalecer su moneda y paliar la inflación a cambio de aumentar el costo del servicio de la deuda pública.
Los inversionistas japoneses, tanto institucionales como privados, aprovecharon las bajas tasas de interés para apalancarse y comprar activos financieros en el exterior y transformarse en grandes actores de los mercados de deuda pública de los países desarrollados. A medida que los rendimientos de los bonos a largo plazo de Japón alcanzaban niveles récord —con los vencimientos a treinta años acercándose al cuatro por ciento tras haber oscilado en torno a cero durante casi una generación— han ocurrido ventas de bonos gubernamentales en los mercados mundiales.
Esto no significa que ahora los japoneses liquidarán todas sus posiciones en títulos financieros extranjeros, pero sí que reducirán su apetito por ellos a medida que las tasas de interés en Japón se vuelvan más atractivas; además, evitarán asumir el riesgo cambiario de comprar divisas para invertir fuera y luego venderlas para volver a posicionarse en yenes.
Por razones muy diferentes, el cambio de conducta de los inversionistas japoneses afecta a los mercados de deuda de los países desarrollados. En Estados Unidos se preocupan por el déficit, el gasto masivo en inteligencia artificial y la reticencia del nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, a ofrecer orientaciones sobre la política futura (forward guidance). En el Reino Unido la cuestión es la credibilidad fiscal; en Alemania, el costo del rearme; y en Francia, la política.
El banco central japonés se encuentra atrapado en el dilema de subir las tasas de interés para fortalecer su moneda y paliar la inflación a cambio de aumentar el costo del servicio de la deuda pública.
El mecanismo utilizado por Estados Unidos para apuntalar el yen fue novedoso, por decir lo menos. Lo clásico es esperar que el Departamento del Tesoro venda papeles del Tesoro para adquirir yenes, lo que tendería a elevar los rendimientos en Estados Unidos. En cambio, se vendieron euros a cambio de yenes, que fueron solicitados por Japón a la Línea de Crédito para Autoridades Monetarias Extranjeras e Internacionales (FIMA Repo Facility) del Tesoro estadounidense a fin de limitar la venta de bonos del Tesoro.
Tanto las ventas oficiales realizadas por el Ministerio de Finanzas como el movimiento del sector privado japonés (que vende bonos del Tesoro para adquirir activos denominados en yenes) ejercen presión sobre el mercado de deuda estadounidense. Esta es una situación que el Tesoro desea evitar, dado que el déficit fiscal de Estados Unidos se sitúa en el seis por ciento del PIB, una magnitud que solo se había registrado previamente en tiempos de guerra o de profunda recesión.
Durante décadas, Japón ha mantenido artificialmente bajas sus tasas de interés —hasta hace poco llegaron casi a cero—, lo que a su vez redujo los costos de financiación para el resto del mundo. Como era de esperarse, el resultado de este exceso monetario ha sido un yen débil y una inflación persistente, especialmente en las importaciones de petróleo.
¿Quién le hubiera dicho a John Connally que algún día un ministro japonés de finanzas —en este caso la actual ministra Satsuki Katayama—, bien podría decirle a su homólogo estadounidense Scott Bessent: «Bueno, es nuestro yen, pero es tu problema»?
Carlos Jaramillo, vicepresidente ejecutivo del IESA
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