Los dividendos no son irrelevantes

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Sasun Bughdaryan / Unsplash

En épocas de bonanza es fácil desdeñar la rentabilidad por el pago de dividendos. Históricamente, los dividendos han representado el 31 por ciento de la rentabilidad del índice S&P 500 y entre 1871 y 2003 los dividendos reinvertidos explicaban el 97 por ciento de la rentabilidad real de las acciones.


 

Los inversionistas avanzados de economías emergentes invierten en el mercado de valores estadounidense usando los servicios de empresas especializadas. Las personas naturales con algunos ahorros también lo hacen, pero con limitaciones tanto en la variedad de productos y servicios a su alcance como en el grado real de asesoría recibida. Las personas que pertenecen al grupo que maneja directamente su cartera de inversión con la ayuda de los ejecutivos de cuenta de la banca de inversión requieren un mínimo de entendimiento del funcionamiento de los productos financieros para tener conversaciones productivas con sus asesores.

Los dividendos son un rasgo muy característico de las acciones que tiende a ser poco discutido, sobre todo cuando los dueños de las carteras de inversión están más interesados en el crecimiento de su capital que en el flujo de rentas que produce. En épocas de bonanza, como las vividas durante los últimos cuatro años, es fácil pasar por alto la rentabilidad por dividendos.

El índice S&P 500 ha logrado ganancias de dos dígitos anuales entre 2023 y 2025, y es probable que el récord se mantenga en 2026. Para los inversionistas ha resultado poco relevante si, además de esas ganancias, obtienen una rentabilidad por dividendos del uno o el tres por ciento.


Cuando el mercado atraviesa periodos más difíciles, los dividendos suelen ser el único punto positivo en una cartera de inversión.


En el mundo real, no en aquel teórico donde los profesores Miller y Modigliani desarrollaron los fundamentos de las finanzas corporativas, los dividendos son relevantes. Históricamente, los dividendos han representado el 31 por ciento de la rentabilidad total del índice S&P 500, según el índice bursátil Dow Jones, basado en datos recopilados desde 1926 hasta febrero de 2025. En la primera década del siglo XXI, que fue bastante mediocre en términos del crecimiento del valor de las acciones, los dividendos aportaron el 68 por ciento de la rentabilidad total.

La política de reparto de dividendos depende del contexto económico donde las empresas se mueven. Cuando hay grandes oportunidades de crecimiento, las empresas tienden a limitarlos para destinar los recursos a la compra de activos rentables; en épocas de menor expansión, los excedentes de efectivo se devuelven a los accionistas por esta vía.

Hoy las acciones tecnológicas, que no pagan dividendos, lideran el mercado accionario, mientras que los títulos valores, que sí los pagan, han quedado rezagados.

En el segundo trimestre de 2026 las empresas del S&P 500 registraron el pago de dividendos más bajo con respecto a sus beneficios del que se tiene constancia: devolvieron a los inversionistas solo el 24,7 por ciento. Sin embargo, cuando el mercado atraviesa periodos más difíciles, los dividendos suelen ser el único punto positivo en una cartera de inversión.

Hoy los dividendos apenas tienen impacto en la rentabilidad total. En 2025, el mercado subió el 16,4 por ciento; al incluir los dividendos, la rentabilidad total alcanzó 17,9 por ciento. Pero según estudios de Jeremy Siegel, profesor emérito de Wharton, entre 1871 y 2003 los dividendos reinvertidos explicaban el 97 por ciento de la rentabilidad real de las acciones.

En el caso de Estados Unidos, al reparto de dividendos como mecanismo de remuneración de los accionistas le surgió competencia: la recompra de acciones. Antes de la década de 1980, las recompras de acciones eran poco frecuentes, pues se consideraban una forma de manipulación del mercado. Según Morgan Stanley, en 1970 las empresas destinaban diez veces más recursos a los dividendos que a las recompras. Sin embargo, un cambio normativo en 1982 brindó a las compañías protección legal para realizar recompras, lo que impulsó la adopción de esta práctica.

Para 2004 el gasto en recompras superaba en 1,3 veces al destinado a dividendos. Siegel observó que, desde entonces, las empresas han invertido sistemáticamente más en recompras de acciones que en dividendos, salvo durante los períodos de recesión.

Este año las empresas que integran el índice S&P 500 tienen previsto distribuir 827.000 millones de dólares en dividendos, según S&P Global Market Intelligence, mientras que destinarán 1,4 billones de dólares a la recompra de acciones, según Goldman Sachs.


Hoy las acciones tecnológicas, que no pagan dividendos, lideran el mercado accionario, mientras que los títulos valores, que sí los pagan, han quedado rezagados.


Para Siegel las empresas están respondiendo a las exigencias de los inversionistas al reorientar sus estrategias de retribución al accionista hacia la recompra de acciones, una opción fiscalmente más eficiente para muchos inversionistas. Los inversionistas deben pagar impuestos por los dividendos que reciben, aun cuando se reinviertan automáticamente en las mismas acciones o en el índice bursátil correspondiente.

Las recompras de acciones pueden ofrecer ventajas fiscales, pero se consideran menos fiables. Los programas de recompra se activan o desactivan a la conveniencia de los gerentes corporativos, a diferencia de los dividendos, que las empresas suelen mantener a menos que la situación sea extremadamente grave. Por ello, los dividendos constituyen un indicador especialmente fiable de la salud de una empresa.

El carácter discrecional de las recompras de acciones conlleva, además, el riesgo de que las empresas amplíen sus programas de recompra precisamente en los momentos menos adecuados. Intensifican las adquisiciones cuando sus acciones están caras y las reducen cuando están infravaloradas.

En la actualidad, el auge de las inversiones en inteligencia artificial ha hecho que empresas de todo tipo destinen buena parte de sus recursos a las inversiones en activos fijos para no quedarse atrás en la carrera tecnológica. Más inversiones conducen a menor crecimiento del flujo de dividendos y a programas de recompra de acciones.

En este contexto, los dueños de carteras que necesitan un flujo recurrente de efectivo tendrán que vender acciones para comprar títulos de renta fija. Debido a los déficits presupuestarios de los Gobiernos de los países desarrollados y la competencia de los hiperescaladores por captar nuevos recursos vía deuda, las tasas de interés en Estados Unidos han subido. Hoy es posible comprar un bono del Tesoro con vencimiento a diez años y rendimiento del 5,1 por ciento, lo que no se veía desde julio de 2007. Los más entrenados siempre pueden mejorar los rendimientos de sus carteras de acciones emitiendo opciones sobre las acciones que poseen.

Este no es un gran momento para recibir ingresos vía dividendos, pero históricamente han sido una importante fuente de remuneración a los accionistas. Este es un hecho que no se puede ocultar, aunque la carrera de la IA ponga el foco de la atención en otros temas. La historia tiene su peso.


Carlos Jaramillo, vicepresidente ejecutivo del IESA

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